EPÍLOGONueva York, 1891
EPÍLOGO
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En Nueva York, la viuda Kestrel da clases de canto en un tercer piso de la calle Veintiocho, encima de una sombrerería, y tiene fama de exigente, de extranjera y de saber escuchar, que son las tres cosas que siempre he sabido ser.
El apellido me lo presté a mí misma: en su día fue de un procurador de Manchester que no existió, y el cernícalo, ya lo dije, es el único pájaro que sabe quedarse quieto en mitad del viento. Me pareció justo que el nombre sirviera por fin a alguien de verdad.
El piano es nuevo y todavía no sabe mentir. Tengo cuatro alumnas, elegidas a la antigua: por la respiración. Y en el estante alto del armario duerme una caja de sombreros que no guarda sombreros.
Guarda un cilindro de cera con un aria dentro —mi voz de la noche del doce, que el coronel Gouraud me regaló «cazada para la eternidad», sin sospechar cuánta eternidad iba a necesitar su dueña—; guarda copias certificadas de ciertos papeles, porque los primos de los clubes tienen memoria y yo tengo notario; y guarda una revista de este verano, de la que hablaré enseguida.
Soy, que yo sepa, la única difunta del mundo que conserva su propia voz en una sombrerera.
La modestia me impide presumir de ello más de dos veces por semana.
Marta escribe cada mes, con su letra de aguja, cartas que son partes de campaña: la casa respira; las clases de Clara van «derechas»; las dos tumbas de la colina tienen flores por turnos.
En abril, su carta traía un recorte doblado con saña de plancha: el jurado condenó al resucitado a cadena perpetua.
Marta no añadió comentario. El comentario era el doblez.
Crane es ya jefe de sucesos y me manda, de tarde en tarde, notas de una sola línea que no firmo haber recibido. La última decía, completa: «¿Todavía? — N. C.» No he contestado. Aún.
Merrick rechazó un ascenso que olía a silencio y sigue en su despacho del río, con el retrato a medio volver. Hay hombres que son su propio expediente y lo llevan con honra.
En la última carta de Marta venía, suelta, una violeta prensada. No escribió por qué. Marta nunca gasta dos palabras donde basta una flor.
A Varsovia mandé por fin, con un año de retraso y una vida entera, la carta que no me atreví a escribir en octubre: tres líneas a un portero con llavero de catedral, contándole que la deuda estaba cobrada y la niña, acompañada.
Me contestó a vuelta de dos meses con una sola palabra en la lengua de abajo, grande y torcida, ocupando la hoja entera: «Dobrze. » Bien.
Y ahora, la última deuda.
En Newgate, cuando mi marido me dijo que yo era lo único de su vida que no había comprado, le contesté con una sola frase. Fue esta: «Nunca te quise, Godfrey. Ni un solo día.»
Era mentira.
Lo quise dos años, con todo lo que una mujer inteligente puede querer contra su propio dictamen, que es más de lo que se cree y peor de lo que se cuenta.
Por eso mi venganza salió perfecta: solo se caza así a quien se ha amado de memoria.
Y por eso también tuvo que morirse Irene Adler, si quieren saberlo todo: porque la mujer que lo amó no merecía sobrevivir a la que lo cazó, y una de las dos tenía que pagarle a la otra el pasaje.
Que descansen las dos. Yo doy clases los martes.
Con el verano llegó de Londres un paquete de Crane: una revista nueva, The Strand, con una historia firmada por un doctor militar acerca de cierto escándalo en Bohemia y cierta fotografía. El doctor, que escribe mucho mejor de lo que observa, me llama en ella «la difunta Irene Adler».
Leí la frase dos veces. La primera, como leen los vivos. La segunda, como leen los muertos, que es con mucha más calma.
Que lo crean.
Guardé la revista en la sombrerera, junto a mi voz. Los archivos de una difunta deben ser selectos.
Esta mañana han llamado a mi puerta.
Era una muchacha de dieciséis años con una maleta de cartón, un abrigo de tercera mano y ese hambre en los ojos que no se enseña en ningún conservatorio. Preguntó, en un inglés recién estrenado, si yo era la señora Kestrel, la profesora.
—La misma —dije.
Mentira número... He perdido la cuenta, y lo digo con orgullo profesional: las buenas mentirosas sabemos cuándo dejar de numerar. Es exactamente cuando las mentiras empiezan a ser verdad.
La hice pasar. Dejó la maleta junto al piano nuevo, se retorció los guantes, tomó aire por los hombros, como todas.
—Primera lección —le dije, y le planté la mano abierta en las costillas—. Respire donde ríen.
FIN