La difunta Irene Adler 31LA TRAMPA VISIBLE
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31LA TRAMPA VISIBLE

LA TRAMPA VISIBLE

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Una trampa se monta como se monta una ópera: con presupuesto, con ensayos y con la certeza de que la noche del estreno algo saldrá distinto de lo previsto.

La mía tuvo tres semanas de producción y el reparto más irregular de Londres: un inspector que prevaricaba por método, un periodista que escribía anzuelos, un ama de llaves que callaba en dos idiomas y una diva difunta en vida.

El fonógrafo fue lo primero. El coronel Gouraud, que representa al señor Edison en esta orilla y exhibe su milagro en veladas escogidas, no pudo resistirse a lo que le propuse: que la máquina figurase entre las maravillas de la gala benéfica.

La prensa lo anunció a los dos días —«la voz de la Adler, cazada para la eternidad en un cilindro de cera»—, y con ese anuncio quedó hecha la mitad de mi trabajo: ahora todo Londres, incluido el único londinense que me importaba, sabía que en Covent Garden habría un fonógrafo.

Los magos llaman a esto enseñar la mano. Nadie vigila la mano que le enseñan.

El aparato de la gala se instaló donde debía: en la concha del apuntador, con su bocina disimulada entre el terciopelo, apuntando al proscenio.

Lo probamos una madrugada, Merrick, el operario de Gouraud y yo: giró el cilindro, hablé dos frases, y la máquina me devolvió una voz de mujer lejana, atrapada en cera, que decía mis palabras con acento de fantasma.

Merrick se santiguó a la inglesa: metiéndose las manos en los bolsillos.

—No me gusta —dijo—. Un tribunal tampoco sabrá si le gusta. No hay precedentes.

—Los precedentes, inspector, se estrenan. Como las óperas.

La segunda caja llegó a Bloomsbury un martes, en un carro sin rótulos, y se quedó en el salón, junto al mirador, sin que yo diera explicaciones a nadie. Tampoco a ustedes. Las daré a su hora.

El código de la lámpara lo fijamos Merrick y yo con la sencillez de las cosas serias: la lámpara de gas de mi mirador, visible desde la esquina del estanco, donde volvía a haber un paisano, esta vez de los nuestros. Llama alta: todo en orden. Dos bajadas seguidas: vengan. Apagada: ya.

—¿Y si la apaga él? —preguntó Merrick.

—Entonces el código funciona igual —dije—. Esa es la gracia.

Crane, mientras tanto, alimentaba el anzuelo a razón de una gacetilla por semana: que si la diva ensayaba a puerta cerrada; que si las memorias del maestro dormían «en lugar seguro»; que si después de la gala habría «revelaciones».

Escribía mentiras con tanta verdad que empecé a temer por su alma y a confiar en su pluma, por este orden.

Y en medio de toda aquella maquinaria, la casa.

La casa estaba rara porque Marta estaba rara.

Cocinaba de más y comía de menos. Sacó mi vestido negro bueno y lo volvió a guardar dos veces.

Se le olvidó un jueves darle cuerda al reloj del pasillo, y Marta no olvida: Marta archiva.

Yo lo atribuí al miedo por mí, que es el error más viejo del mundo: creer que los silencios de los demás nos tienen a nosotros dentro.

El sábado por la mañana bajé a un desayuno que no existía.

La cocina estaba fría, la tetera quieta, y sobre la mesa, sujeta con el tarro de la sal, había una nota. Cuatro palabras, en una letra que no era de pluma sino de aguja: puntadas de tinta, torcidas y aplicadas, de alguien que aprendió a coser mucho antes que a escribir.

Yo conocía esa aguja. La conocía desde octubre, desde un sobre sin remite entregado en mano mientras Scotland Yard tomaba el té en mi salón.

«Perdóneme, señora. Tenía que verlo con mis ojos.»

¿Verlo? ¿A quién?

Cogí el abrigo del forro gordo.