La devoción del alguacil (Cedar Hollow nº 3) Capítulo 3
21%

Capítulo 3

Maisie

El restaurante The Anchor era exactamente lo que había esperado por la descripción de Hadley: iluminación cálida, ladrillo visto, el tipo de lugar que se esforzaba por resultar encantador.

Estaba sentada frente a Marcus, que también era exactamente lo que Hadley me había descrito: amable, estable.

Hacía preguntas de verdad y escuchaba las respuestas, sin darme la impresión de estar esperando a que dijera algo impresionante para decidir si merecía su atención.

Habló de su trabajo. Algo sobre reclamaciones de seguros y una situación en la que la cobertura no había sido lo que la gente esperaba.

Sabía mantener una conversación. Se notaba que era bueno en lo suyo.

Llevaba dos años divorciado, algo que ya había mencionado dos veces, como si fuera un hecho del que no había logrado pasar página.

Asentí en los momentos justos con las expresiones apropiadas.

—Y tú, ¿qué? —preguntó, con una sonrisa que sugería que estaba disfrutando de la conversación—. ¿Centralita de emergencias para todo el condado?

—Solo para el Departamento del Sheriff de Cedar Hollow —le dije—. Es más pequeño, y eso me gusta. Conozco a todos los agentes. Conozco a la mayoría de las personas que llaman. Siento que hago algo concreto, algo útil, que de verdad ayuda.

Marcus asintió.

—Es una buena forma de verlo. Mi ex solía decir que me perdía demasiado en los detalles, que debería alejarme y ver la imagen completa. Pero creo que los detalles son lo que importa. La imagen completa es el resultado de hacer bien los detalles.

Había mencionado la opinión de su exesposa cada cinco minutos.

Si seguía así, la mencionaría una vez más antes de que llegara el postre, momento en el que dejaría poco a poco de responder a sus preguntas y me pondría a pensar si tenía algo de comer en casa en lugar del postre decepcionante que The Anchor probablemente iba a servirme.

Pero no estaba siendo justa con él. Era evidente que era buena persona.

Alguien lo había elegido una vez. Podría haberlo elegido yo también si hubiera conseguido ignorar que no era la persona en la que mi corazón y mi sistema nervioso pensaban al menos una docena de veces al día.

Un hombre que llevaba uniforme, con ojos marrones aterciopelados y manos firmes, que no hablaba mucho pero escuchaba como si de verdad le interesara lo que yo decía.

Marcus se rio.

—Eres graciosa.

Lo que significaba que había dicho algo sin pensar. Me pasaba a veces cuando estaba nerviosa. Se me abría la boca y salían cosas que, al parecer, resultaban encantadoras, aunque no fuera mi intención.

—Estoy nerviosa —corregí—. Se parecen mucho.

—¿Está siendo una mala cita? —Había algo sinceramente amable en cómo lo preguntó, como si de verdad quisiera saber si lo estaba pasando fatal o solo estaba cansada.

—No, no es una mala cita —le dije con sinceridad—. Eres buena persona, Marcus. Es solo que... vine aquí para olvidar a alguien, y todavía no lo he conseguido.

Asintió como si lo entendiera, y probablemente así era, teniendo en cuenta las frecuentes menciones de la exesposa de la que obviamente seguía enamorado.

Me pregunté cuál sería su historia, pero no lo conocía lo suficiente como para preguntarle.

Marcus también parecía aceptar que a veces no eres tú a quien eligen.

Era una respuesta madura. Una respuesta que me hizo sentir peor por no ser capaz de sentir entusiasmo por él.

Pero... ¿cómo iba a poder? Le había entregado mi corazón al agente Sawyer Knox unos dos segundos después de que llegara a Cedar Hollow.

—¿Quieres que lo dejemos? —preguntó Marcus—. No quiero ser alguien con quien te conformas solo porque te comprometiste a venir.

—Es muy amable —le dije—. Déjame solo... ¿darle otros veinte minutos? Le prometí a Hadley que lo intentaría de verdad, y quiero asegurarme de que no estoy huyendo porque alguien se ha instalado en mi cabeza sin pagar alquiler.

Aceptó, lo cual fue un detalle. Terminamos el vino y pedimos postre; comí algo con chocolate e intenté no mirar el reloj. A las nueve en punto, estaba claro que había cumplido con mi parte, y también estaba claro que Marcus nunca iba a ser el hombre de mi vida.

Me disculpé para ir al baño. Necesitaba unos minutos a solas para asimilar otra cita fallida por no ser Sawyer. Me dirigí hacia la parte trasera del restaurante, donde un letrero indicaba que estaban los baños.

Solo que el pasillo hacia los baños pasaba junto a lo que parecía un almacén en la parte de atrás, y la puerta estaba abierta, y dentro había gente que claramente no estaba hablando de almacenaje.

Tardé unos dos segundos en darme cuenta de lo que estaba viendo: dos hombres que no reconocía, un sobre pasando de una mano a otra, y una tensión que sugería que aquello no era una transacción amistosa.

Seguí caminando, fingiendo que no había visto nada.

Pero uno de los hombres levantó la vista —un tipo con una cicatriz que le iba del ojo a la mandíbula, con ojos que no se perdían nada— y me vio.

Estaba plantada en un pasillo de un restaurante en Marigold Falls, y acababa de presenciar algo que no debería haber visto.

Encontré el baño y pasé cinco minutos sentada en el váter, intentando decidir si estaba exagerando y si lo que había visto era realmente sospechoso o solo raro. Pero me temblaban un poco las manos, lo que indicaba que mi sistema nervioso ya había decidido que no estaba siendo paranoica.

Me lavé las manos y salí, caminando más rápido de lo normal. Marcus se dio cuenta. Me preguntó si estaba bien. Le dije que sí y sugerí que probablemente deberíamos dejarlo por esa noche. Aceptó sin problemas, como si le aliviara dejarme marchar sin tener que dar explicaciones.

Recogí mi chaqueta mientras Marcus pagaba la cuenta con una soltura que sugería que ganaba un sueldo decente y no necesitaba que yo insistiera en pagar.

Caminamos juntos hacia el aparcamiento. Era ya tan tarde que el aparcamiento estaba más vacío que cuando llegué.

Marcus me acompañó hasta mi coche. Le di las buenas noches, y él dijo algo de quedar a tomar un café algún día, eso que dice la gente cuando quiere quedar bien pero en realidad no piensa llamar.

Estaba subiéndome al coche cuando los vi.

Tres motocicletas aparcadas cerca del fondo del aparcamiento. Los hombres del almacén caminaban hacia ellas y estaban mirando en mi dirección. El de la cicatriz me clavó la mirada de inmediato, y en ese momento mis temores se hicieron realidad. Él sabía que yo sabía.

Arranqué el coche y salí del aparcamiento despacio para no parecer que estaba huyendo.

Por el espejo retrovisor, vi a uno de los hombres subirse a una moto.

Me siguieron mientras volvía a Cedar Hollow por la autopista 60. No iban pegados a mí, pero sí lo bastante cerca: cuando aceleraba, aceleraban. Cuando frenaba, frenaban.

Estaba a veinticinco minutos del pueblo. Veinticinco minutos de autopista entre yo y la seguridad. Tenía el móvil y dos opciones: llamar a Ridge y aguantar sus gritos durante una semana entera, o llamar a la línea no urgente y arriesgarme a que me atendiera Sawyer.

Llamé a la línea no urgente.

—Departamento del Sheriff de Cedar Hollow, le atiende la operadora.

No era Sawyer. Era Gemma, una de las otras operadoras, lo cual era bueno porque podía explicar la situación sin que mi voz me delatara delante del hombre ante el que llevaba tanto tiempo esforzándome por no revelar nada.

—Hola, Gemma. Soy Maisie.

Mi voz sonaba tranquila, lo cual me sorprendió.

—¿Maisie? ¿Qué pasa? —preguntó Gemma, preocupada al instante.

—Creo que me están siguiendo. Estoy en la autopista 60, a unos veinte minutos del pueblo, en dirección a Cedar Hollow. Hay tres motos detrás de mí que llevan unos cinco minutos adaptándose a mi velocidad.

Gemma me hizo las preguntas de rigor con voz serena. ¿Estaba en peligro? ¿Se habían acercado a mí? ¿Sabía quiénes eran? Respondí a todas con una precisión que sugería que alguna parte de mí llevaba mucho tiempo esperando esta situación y sabía exactamente cómo gestionarla.

—¿Cuál es tu ubicación actual? —preguntó Gemma.

Le di el punto kilométrico. Le di la velocidad exacta. Le dije que seguiría conduciendo hacia Cedar Hollow al mismo ritmo y que volvería a llamar si algo cambiaba.

—Vamos a enviar a alguien a tu encuentro —dijo—. No cuelgues.

Gemma me pasó con otra persona, y esa otra persona tenía una voz que reconocí al instante. No pude evitar la oleada de alivio que me invadió cuando pronunció mi nombre.

—¿Maisie?

—Hola, Sawyer —dije. El corazón se me aceleró tanto que me mareé—. Creo que me están siguiendo. En la autopista 60.

—De acuerdo —dijo con calma, y al instante pasó al modo de gestión de crisis—. Sigue hablando conmigo. Cuéntamelo todo.

Y eso hice. Le conté lo de la cita en The Anchor, lo de los hombres en el almacén trasero y el sobre. Describí la cicatriz. Describí las motos, cómo llevaban ya siete minutos siguiéndome, y aún me quedaban unos buenos quince minutos para llegar a Cedar Hollow.

—Lo estás haciendo muy bien —dijo, sin asomo de condescendencia—. Mantén la velocidad constante. Voy a tu encuentro.

—No hace falta que...

—Ya estoy en camino —dijo, y lo noté: la determinación en su voz, el rugido de su camioneta al acelerar—. No cuelgues. Cuéntame qué tal el día. ¿Cómo fue la cita?

Sabía que era una técnica de distracción, pero se lo agradecía, porque la alternativa era quedarme a solas con los latidos de mi corazón y la certeza de que había hombres en motos detrás de mí que sabían que los había visto.

—Fue agradable —dije, muy consciente de que estaba hablándole a Sawyer de lo majo que era otro hombre mientras me seguían por una autopista a oscuras—. Trabaja en seguros. Me escuchó hablar del trabajo de operadora.

—Suena fatal —dijo Sawyer, y pude percibir un amago de sonrisa en su voz—. ¿Pediste bourbon?

—Pedí vino —le dije—. Me dio la impresión de que era más de vino.

—Pediste vino cuando lo que te gusta es el bourbon.

Uf, ¿cómo me conoce tan bien?