La deuda (Losers 1) 52 #2
99%

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Busqué a tientas la hebilla de su cinturón, la abrí y le agarré la polla a través de los calzoncillos.

Estaba caliente en mi mano, palpitando cuando la apreté.

Me empujó hasta ponerme de rodillas y yo presioné mi cara contra su ingle, inhalando con fuerza.

Estaba casi salivando, tenía la cabeza inundada con su aroma almizclado.

Se bajó los calzoncillos y yo hundí los dedos en sus caderas, metiéndome su polla en la boca hasta que mi nariz quedó enterrada en su oscuro vello. Empujó contra mi garganta, con una mano presionada en la parte posterior de mi cráneo.

—Ahógate con ella —dijo, y el placer en su voz me volvió voraz—. Mójala para mí, cachorro.

Me mantuvo ahí sujeto hasta que sentí que me ahogaba, hasta que se me llenaron los ojos de lágrimas y no pude respirar, con los pulmones doloridos por la falta de aire. Pero no me importaba. Quería llegar al límite de mi resistencia y superarla.

La sacó de mi boca y aún tenía los labios entreabiertos cuando me escupió en la cara.

—Gracias, señor.

Le sonreí, con una presión en el pecho por la risa salvaje que me provocaba la felicidad de tenerlo sobre mí. Me levantó de un tirón y me dio la vuelta, arrastrando las uñas por mi columna vertebral.

Me empujó contra la ventanilla, inmovilizándome.

—No te muevas. Ahora vuelvo —me dijo.

Los segundos que estuvo lejos de mí, rebuscando en la parte delantera del Bronco, me parecieron una eternidad. Contuve la respiración, contando cada segundo que pasaba, con la frente apoyada contra el frío cristal de la ventanilla. Cuando volvió, llevaba en las manos un botecito de lubricante.

Guardábamos esa mierda por todas partes, por si acaso. En la guantera, en los cajones de la mesita de noche, en los bolsillos de las chaquetas… No íbamos a permitir que nos pillara desprevenidos.

Me hizo quedarme quieto mientras me desnudaba. Empezó por las botas y se arrodilló para desatarme los cordones amarillos. Me bajó los vaqueros y me apartó las manos cuando intenté hacerlo yo mismo.

—Ten paciencia —me dijo, una vez estuve desnudo y él todavía vestido.

Yo le daba la espalda, con el pecho pegado al vehículo. Me costaba mucho quedarme así, obedecer sus órdenes de no moverme y simplemente esperar. No era una persona paciente. La expectación era casi insoportable.

—Joder, haz que duela —dije, repitiendo las palabras como una plegaria mientras él me besaba el hombro y me arañaba el brazo.

Se oyó un ruido, el clic de la tapa del bote, y entonces sus dedos me penetraron, resbaladizos por el lubricante. Me metió uno en el culo mientras me agarraba por la nuca. Se tomó su tiempo antes de añadir un segundo dedo y yo gemí con la sensación.

—¿Quieres más? —preguntó, con voz baja en mi oído mientras me penetraba con los dedos y la polla me goteaba contra el Bronco, dejando gotas de líquido preseminal en el metal.

—Más… Joder, dame más —gruñí.

Lo necesitaba ya, en ese mismo instante. No quería esperar. No quería quejarme ni lloriquear. Quería perderme en el dolor y la agonía hasta que no quedara nada más en mi cerebro.

Nos movió hacia un lado y me empujó la cabeza hacia abajo hasta que quedé inclinado en la parte trasera del Bronco. El temblor de su brazo delataba lo ansioso que estaba por hacerlo. Un tercer dedo se introdujo en mí y yo golpeé la fina alfombra con el puño con tanta fuerza que me dolió.

—Hazlo —murmuré—. Hazlo, hazlo, hazlo, joder, por favor…

Hundió los dedos hasta más allá de los nudillos, moviéndolos hasta que mi polla se estremeció y yo jadeé con los dientes apretados. Mis manos se cerraron en puños cuando retiró los dedos de mi interior y, en su lugar, presionó contra mí la punta de su polla.

Se inclinó sobre mi espalda, deslizando la lengua por mi columna vertebral.

—Si es demasiado dirás rojo —dijo, y yo gruñí con frustración hasta que me apretó el cuello en señal de advertencia—. Prométemelo.

—Vale, joder, sí, te lo prometo…

Me penetró, estirándome con un dolor lento y punzante que me hizo gemir con fuerza. Me estabilizó con la mano que tenía en mi cuello, manteniéndome en el sitio mientras me adaptaba a él.

—Joder, mierda… —jadeé, con las piernas temblando mientras él retiraba las caderas y volvía a empujar hacia delante, penetrándome con fuerza.

La sensación me dominó, fundiéndose en cada rincón de mi cerebro como una sustancia pegajosa que arrasaba todo a su paso.

Sin miedo, sin frustración. Sin pensamientos caóticos y confusos.

Solo placer. Solo agonía. Solo nosotros.

—¿Esto era lo que querías, cachorro? —Las palabras le salieron guturales, con la boca pegada a mi espalda, rozándome con los dientes como si quisiera grabármelas en la piel—. ¿Es esto lo que te mereces? Joder.

Intenté responder, pero se escupió en la palma de la mano y me rodeó con los brazos, agarrándome la polla y masturbándome.

Sus dedos se movían sobre mí con un movimiento circular y firme que me hacía poner los ojos en blanco.

Abandoné mis habituales esfuerzos por mantenerme impasible; los gemidos que me arrancaba eran descuidadamente fuertes.

Empujé mi polla contra su mano, con la respiración entrecortada.

—Me lo merezco… —dije con la voz entrecortada mientras mis músculos se tensaban y caía en picado más allá del punto de no retorno.

No podía moverme, solo temblar. No podía decir ni una palabra más.

Un escalofrío me recorrió cada terminación nerviosa, desde la punta de los dedos de los pies hasta la cabeza.

El semen cayó a borbotones sobre su mano mientras me corría, perdiéndome en el éxtasis.

Me volví insoportablemente sensible casi al instante, jadeando mientras él seguía tocándome hasta que quise acurrucarme en una bola para escapar.

—Aguanta, por mí —gruñó, con embestidas más fuertes y una urgencia nueva.

Se apoyó contra mi espalda, con su aliento jadeante y caliente mientras se hundía en mí, hasta el fondo. Le palpitó la polla cuando se corrió y el cuerpo le tembló.

Durante casi un minuto, ninguno de los dos se movió. Lo único que podíamos hacer era mantenernos en pie, con las piernas temblorosas, allí apoyados mientras recuperábamos el aliente.

—Te quiero —dije al final en voz baja, aunque las palabras todavía me salían temblorosas.

Apoyó la cabeza contra mi espalda, notaba su aliento cálido sobre la piel.

—Yo también te quiero.

Se separó de mí, sin soltarme el brazo, mientras nos arrastrábamos a la parte trasera del Bronco y nos derrumbábamos allí.