52
Lucas
El sol poniente acariciaba el horizonte, tiñendo el cielo de rosa y naranja. Los colores se fundían con las nubes, arremolinándose como si fueran pintura mientras la luz dorada tocaba mis brazos desnudos.
Hacía que me sintiera nostálgico, aunque no sabía muy bien por qué.
¿Era posible sentir nostalgia por algo que nunca habías experimentado?
Por los cuentos antes de dormir, por correr bajo los aspersores, por los parques infantiles y coger de la mano a tus padres…
Anhelaba cosas que solo había visto en la televisión o que había observado con envidia en otras personas.
Las deseaba como si hubieran sido mías y no solo un sueño.
Se oyó un pop y un silbido cuando Manson abrió una cerveza y me la entregó antes de abrirse la suya. Estábamos sentados en la parte de atrás del Bronco, con las piernas colgando sobre la alta hierba en medio del campo donde estábamos aparcados.
Esto también me hacía sentirme nostálgico. Los dos solos en la parte de atrás de su coche, maravillándonos ante la llegada de otra larga noche. Sorprendidos de haber sobrevivido un día más.
¿Cuántas noches habíamos pasado juntos en la parte trasera de este vehículo, contándonos todos los pensamientos jodidos que teníamos en la cabeza porque nadie más nos escuchaba?
¿Cuántas noches nos habíamos quedado dormidos en los brazos del otro, porque separarnos nos hacía sentir como si uno de nosotros no fuera a estar allí a la mañana siguiente?
¿Cuántas veces nos habíamos dicho que siguiéramos adelante, que siguiéramos luchando, porque si uno de nosotros se rendía, no habría esperanza para el otro?
—Parece que ha pasado toda una vida desde que vimos la última puesta de sol —comenté.
Manson estaba sentado a mi lado, con un brazo apoyado contra el mío, mientras bebía un sorbo de su lata.
—Ha pasado demasiado. Siento que estoy perdiendo la noción del tiempo. Los días no hacen más que desaparecer.
Asentí con la cabeza mientras sacaba un cigarrillo y lo encendía. Di una larga calada, saboreando el ligero ardor en la garganta y el golpe de la nicotina. Se lo pasé y él lo miró entre sus dedos durante un buen rato antes de dar una calada.
—Quizá debería dejarlo —dijo.
Esas palabras me atravesaron como un rayo.
Tenía razón, los dos teníamos que dejarlo.
Pero a veces, cuando veía que él mejoraba, cuando veía lo mucho que se esforzaba por ser un hombre mejor, sentía que me quedaba atrás.
Él era capaz de hacer lo que yo no podía y, aunque seguía intentando arrastrarme con él, yo seguía viviendo con el miedo de que, al final, se recuperara y yo siguiera roto.
Demasiado roto para él, para cualquiera de ellos.
Nos conocimos en nuestro peor momento y juntos logramos salir adelante. En aquel entonces estábamos desesperados, buscando cualquier motivo para no abandonar, y lo encontramos en el otro.
¿Hasta qué punto era egoísta por mi parte preocuparme de que él ya no me necesitara?
Era raro cómo parecía que podía leerme el pensamiento.
—¿Sabes por qué quería que estuvieras con ella? ¿Por qué te envié dentro con Jess, en lugar de pedirte que te quedaras conmigo? —preguntó, devolviéndome el cigarrillo.
Era como si supiera que eso me había dolido. Intenté no sentirme así, de verdad que lo intenté. Pero eso avivó el temor de que me estuviera alejando de él. Yo lo protegería, siempre lo protegería. Pero si él no me dejaba…
—Tengo muy mal genio —dije, respirando despacio—. Tu padre es volátil y yo soy pésimo en eso de mantener la calma. Supuse que estabas intentando evitar que la situación se agravara.
Podía notar su mirada clavada en mi mejilla, aunque yo seguía mirando hacia el sol poniente.
—Sabía que la mantendrías a salvo. Sabía que, pasara lo que pasara, si mi padre quería hacerle daño, la última persona a la que tendría que enfrentarse serías tú. Y nunca podría contigo.
No era el tipo de persona que decía eso por lástima o mentía para hacerme sentir mejor. Manson siempre había sido cuidadoso con sus palabras y decía lo que pensaba.
Me quitó el cigarrillo y dio una larga calada. Me tomó el rostro entre las manos, deslizando los dedos por mi mandíbula hasta agarrarme de la nuca y acercarme a él.
Me besó y su sabor familiar y el mordisco en mi labio inferior encendieron un fuego en mi pecho. Me aferré a su camiseta, con los dedos enredados en la tela, mientras su lengua se colaba en mi boca y su aroma llenaba mi cabeza de deseo.
Cuando lo conocí, a este chico que se parecía tanto a mí, que temblaba de dolor y rabia, que buscaba una razón para vivir, igual que yo, pensé que estaba perdiendo la cabeza.
La forma en que me hacía sentir, como si por fin hubiera encontrado ese destello de bondad en el mundo, era aterradora.
Nunca me había importado el género de las personas con las que me acostaba, aunque mi padre había intentado sacármelo a golpes cuando le dije que me follaría a quien me diera la gana, eso no me había disuadido.
Había encontrado a alguien en quien confiaba lo suficiente como para mostrarme vulnerable, algo que creía imposible.
—Echaba de menos esto… —dije al notar cómo me pasaba los dedos por la mandíbula, bajaba por mi cuello y mantenía allí la mano, sin apretar. Me gustó el peso de su mano—. Te he echado de menos.
—Lo sé —dijo.
No me gustaban los cambios, y parecía que nuestras vidas llevaban mucho tiempo en constante cambio. Eso me ponía nervioso y, cuando me ponía nervioso, me encerraba en mí mismo. Me alejaba de las personas más cercanas a mí, como si necesitara castigarme por sentir algo.
—Me pediste que no me alejara de ti —dijo, y cuando me rozó la piel con su aliento, mis labios se separaron con ganas de volver a besarlo, pero me resistí.
Dejé que me controlara aunque quería hincarle los dientes en la piel y saborear su sangre en mi lengua—.
Ahora yo te pido lo mismo. No te alejes de mí.
—Me dio un golpecito en la cabeza con el dedo, se pasó la lengua por el labio inferior, despacio, y dijo—: Cuando estás físicamente conmigo, pero mentalmente estás en otro sitio…
No lo soporto. Te necesito a mi lado, Lucas. ¿Lo entiendes?
—Lo entiendo —dije.
Me acercó el cigarrillo a los labios con cuidado y me dejó darle una calada.
—¿Qué necesitas de mí, cachorro? —preguntó, su mano apretando mi cuello mientras dejaba que el humo saliera de mi boca—. Tienes esa mirada en los ojos, ¿sabes? Es como si quisieras algo, como si quisieras…
Dejó la pregunta en el aire, sus ojos oscuros buscaron los míos.
—Hazme daño —pedí y se le dilataron las pupilas, entreabrió los labios y se le aceleró la respiración—. Quiero que me hagas daño, que me controles.
A veces necesitaba destruirme a mí mismo, y necesitaba que lo hicieran de forma brutal, sin piedad.
Necesitaba el dolor para recordarme que era humano, para arraigarme en una realidad que a menudo me parecía demasiado caótica como para soportarla.
No había caos en la forma en que Manson me dominaba.
Era todo lo contrario: cuando le daba el control, sentía paz, claridad.
Alcé la mano y le acaricié la mejilla. Era un hombre realmente hermoso. Me encantaba cómo se inclinaba hacia mi caricia, cómo sus ojos nunca se apartaban de los míos. Me decía que a menudo hablaba en silencio, y que por eso observaba mi rostro con tanta atención. Buscaba las cosas que no decía.
—Lo que quiero es a ti —dije.
Me dedicó una sonrisa ladeada mientras se inclinaba para besarme.
Su beso fue deliciosamente lento, y yo enredé los dedos en su pelo mientras lo abrazaba con fuerza.
Era embriagador, un dios imperfecto al que no podía resistirme adorar.
Su imperfección lo hacía sagrado, su fuerza lo hacía santo.
Pero la lujuria que despertaba en mí lo hacía perverso y la facilidad con la que me sometía a su voluntad era lo más parecido a la divinidad que podía imaginar.
Se separó de mí, dando otra calada al soltarme el cuello.
—Quítate esto —me pidió, tirando del dobladillo de mi camiseta antes de levantarse.
Obedecí y lo seguí cuando se bajó de la parte de atrás del Bronco.
Tiré mi camiseta a un lado y él me empujó contra el lateral del vehículo, el frío del metal me produjo una sensación impactante en la piel.
Me miró fijamente el pecho mientras me sujetaba por el cuello, trazando con el cigarrillo las líneas tatuadas en mi piel, moviéndolo despacio sin tocarme.
Acercó la brasa a mi piel, manteniéndola suspendida sobre un trocito que estaba sin tatuar.
—Suplícame —susurró.
Quería que no tuviera ninguna duda. No quería temer haber hecho algo que yo no deseara ya. Estaba tan tenso que pensaba que iba a explotar, esperando al borde de la desesperación a que me diera lo que ansiaba.
—Por favor, hazme daño, joder —solté, con palabras crudas y fuertes—. Úsame. Fóllame. Demuéstrame que nunca podré alejarme de ti.
Sus labios se estrellaron contra los míos y el cigarrillo se me clavó en el pecho. Fue solo un instante, solo el tiempo necesario para que notara la quemazón.
El dolor no me asustó; lo saboreé.
Me hizo sentir humano. Carne y sangre, mente y alma por fin conectadas en un ser completo.
Gemí en su boca, sus caderas rozaron las mías al tiempo que lanzaba el cigarrillo al suelo y lo aplastaba con la bota. Me pasó la lengua por los labios y me apretó la garganta justo debajo de la mandíbula.
Solía jugar a apagar cigarrillos sobre mi piel.
Era un hábito horrible, destructivo, lleno de odio hacia mi propio cuerpo.
Manson me hizo dejarlo con la promesa de que él lo haría por mí si se lo pedía.
El control que buscaba en la autodestrucción era algo que podía encontrar con él, algo que podía confiarle.
A veces, necesitaba que alguien me dijera cuándo era suficiente antes de destrozarme a mí mismo.