51 #2
—Fui horrible contigo y tú nunca me hiciste daño —me dijo con voz suave al oído—.
Me has enseñado lo que significa que te cuiden, ¿lo sabías?
Nadie se había molestado nunca en hablar conmigo sobre una palabra de seguridad.
Nadie se había molestado siquiera en preguntarme qué me gustaba.
Ganaste una estúpida apuesta en una fiesta y no hiciste nada que yo no quisiera hacer.
Te preocupaste por mí, Manson. Siempre lo has hecho.
Mi cerebro gritaba que sus palabras no eran verdad, que mentía, me compadecía y me odiaba. Era imposible que yo fuera lo suficientemente bueno para ella. Pero ella no me soltó.
—Confío en ti, Manson —dijo, firme y, por muy dura que sonasen sus palabras eran sinceras—.
Lucas confía en ti, y él no confía en nadie.
Vincent y Jason confían en ti. Te seguirían hasta el fin del mundo.
No eres una persona malvada ni horrible.
Eres fuerte y amable, y cuidas de los demás.
Pero no puedes estar todo el tiempo cuidando de los demás y que nadie cuide de ti.
Se le hinchó el pecho cuando tomó una larga y profunda bocanada de aire, y yo levanté la cabeza. Ella mantuvo sus brazos a mi alrededor mientras me besaba y la fea oscuridad dentro de mí murió un poco más.
—Estoy aquí porque es donde quiero estar —dijo, apoyando su frente contra la mía—. Porque he elegido estar aquí. Y la verdad es que no sé qué narices va a pasar ni cómo acabará todo esto, pero lo único que me da miedo son esas mismas cosas que tú me haces olvidar.
—Joder —susurré.
De alguna manera, la presión que sentía tras las costillas se liberó. Podía volver a respirar. Podía pensar. El pánico aún me dolía, pero ahora era manejable. No era la misma tormenta furiosa de antes.
Algunas cosas iban más allá de las palabras y nos abrazamos hasta que esas cosas quedaron más claras.
Lucas estaba sentado en la barrera metálica cuando Jess y yo volvimos. Se levantó de golpe al oírnos llegar, apagó el cigarrillo a medio fumar que tenía entre los dedos y se movió inquieto hasta que llegamos.
Entonces, me abrazó y me apretó tan fuerte que prácticamente me dejó sin aire.
Jess se apartó para dejarnos un momento a solas. El corazón de Lucas latía con fuerza y su pecho se hinchaba con cada respiración profunda.
—Lucas… —empecé, despacio, pero él me cortó enseguida.
—No sueltes ni una puta disculpa —me advirtió—.
Tú solo… No vuelvas a irte así. Por favor.
—Bajó aún más la voz, hasta casi convertirse en un susurro, pero el dolor de sus palabras era increíblemente palpable—.
No puedo ver cómo sales por la puerta y me dejas, Manson.
No me importa lo que tengas que hacer para quedarte.
Te escucharé gritar todo el puñetero día si es lo que necesitas. Pero no me dejes.
Asentí con la cabeza contra él, entrelazando las manos en su espalda. Le había dolido, le había asustado, probablemente mucho más de lo que él jamás reconocería.
—No lo haré. No voy a irme a ninguna parte.
Se aclaró la garganta cuando nos separamos, pasándose la mano a toda prisa por la cara para que no quedara nada más que su habitual expresión impasible. Asintió con brusquedad, extendió el brazo hacia Jess y le rodeó los hombros mientras ella volvía a cogerme de la mano.
Cuando volvimos, Jason estaba sentado en el porche, mordisqueándose la uña del pulgar hasta casi hacerla desaparecer. Bo estaba a su lado, y esperaba que volviera a ladrarme, pero movió la cola y me lamió la mano cuando le acaricié la cabeza.
—Lo siento, colega —me disculpé—. No quería asustarte.
—Me alegro de que te hayan traído de vuelta —dijo Jason, abrazándome al levantarse del porche—. Estaba a punto de ir a buscarte yo mismo si no aparecías en los próximos cinco minutos.
Le di una palmada en el hombro y por fin me permití reír un poco.
—No he huido del país, solo fui a dar un paseo.
—Sí, bueno, pero te fuiste solo. —Jason frunció el ceño—. Eso no debería haber pasado. Si quieres huir a algún sitio, más te vale llevarnos contigo.
Ya había derramado suficientes lágrimas por un día, y no tenía ninguna intención de que volvieran a hacerme llorar, así que no le dije lo mucho que eso significaba para mí.
No encontraba las palabras para decirles que habían demostrado que todas las cosas horribles que mi cerebro me hacía creer eran falsas.
Pero si no podía decirlo, entonces encontraría la manera de demostrarlo.
Si quería seguir estando ahí para ellos igual que ellos lo estaban para mí, tendría que enfrentarme a mis demonios.
—¡El desayuno está listo! —gritó Vincent desde la cocina cuando volvimos a entrar.
Podía oler el beicon y hash browns , y cuando miré hacia la cocina, vi varios cuencos en la encimera y sartenes en los fogones. Me miró por encima del hombro con una sonrisa, con su largo cabello recogido de forma desordenada, mientras añadía otra tortita a la pila que tenía delante.
—Dios, Vince… No tenías que…
Pero él levantó la mano.
—No. No quiero oír ni una palabra, a menos que sea: «Vaya, Vincent, eres el mejor cocinero del mundo y eres irresistiblemente encantador y atractivo» —dijo levantando las cejas con expectación.
Jess se despegó de mi lado y rodeó a Vince con los brazos.
—Oh, vaya, chef Vincent, eres tan encantador y atractivo que podría desmayarme —soltó.
Me reí entre dientes mientras Vincent me miraba fijamente.
—¿Ves? Ella sí que sabe.
Jojo se había sentado a mis pies, apoyándose contra mis piernas mientras me miraba y movía la cola contra el suelo. Sin miedo, sin odio, sin ira. Solo con su gran sonrisa tonta mientras le rascaba detrás de las orejas.
No sé dónde estaría sin todos ellos. No habría sobrevivido, eso lo tenía claro. Daba igual lo que hubiera pasado a lo largo de los años, siempre había tenido a alguien para sacarme del abismo, alguien que me mantenía a flote cuando pensaba que ya no quedaba nada por lo que seguir luchando.
Cuando conocí a Lucas, me entendió mejor que nadie.
Era un reflejo de mi propio dolor y de mi rabia, en más aspectos de los que estaba preparado para aceptar.
Pero él había sido fuerte cuando yo no pude.
Había estado ahí cada vez que lo necesité, sin dudarlo, incluso cuando eso significaba enfrentarse a sus propios miedos y arriesgarse a estar cerca de mí.
¿Y Vincent? Dios, si él no hubiera estado ahí para aportar un optimismo infinito a la mierda que era mi vida, me habría sumido en la miseria para siempre.
Tenía el tipo de familia unida y llena de amor que siempre había anhelado, pero eso no lo convertía en un ingenuo.
Lo volvía cariñoso, ferozmente protector, dispuesto a hacer cualquier cosa por las personas que quería.
Cuando conocimos a Jason, pensé que el chico tímido de familia respetable no querría estar con unos perdedores como nosotros.
Pero fui testigo de cómo toda su vida se hacía añicos para poder vivir de verdad, solo porque se atrevió a alejarse de lo que sus padres le habían impuesto.
Soportó su rechazo y el dolor del abandono, y no lo vi dudar ni una sola vez.
Estaba tan decidido a reclamar su vida, a vivir como quería, que eso me ayudó a seguir adelante a mí también.
Y ahora estaba Jess, cuya presencia en mi vida había sido tanto una ambición como una advertencia.
Esto no era solo un juego, independientemente de las reglas absurdas que estableciéramos o las excusas que nos inventáramos.
Jess me había dado algo por lo que luchar, pero era más que eso.
Su presencia aquí era la prueba de que yo podía elegir mi propio camino, de que podía ser más fuerte que la violencia y el dolor que me habían moldeado.
Aquí se sentía segura, segura conmigo, y eso lo era todo para mí.
Eso era lo que siempre había querido para mí y para mis chicos: seguridad, paz, un lugar donde pudiéramos vivir sin ser juzgados constantemente, sin miedo.
La observé con ellos y supe que la protegerían con la misma ferocidad con la que me protegían a mí. Fuera lo que fuera lo que mi padre intentara hacer, si es que intentaba algo, nunca permitiríamos que la tocara.
Nunca.