La deuda (Losers 1) 51
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Manson

Fue la vergüenza lo que me empujó a huir de la casa. La vergüenza por derrumbarme, por defraudar a mis chicos cuando debería haber estado presente, por defraudar a Jess, a quien, para empezar, nunca debería haber involucrado en este lío.

Había dejado que me viera perder el control. Nunca había llegado a este extremo, pero, por supuesto, cuando al final me derrumbé, tenía que estar ahí para presenciarlo.

La violencia era como una infección dentro de mí que no podía eliminar. No podía luchar contra algo que estaba en mi sangre, grabado a fuego en mi cerebro tras años de exposición continuada. No podía cambiar el molde que me había formado, y el fracaso me parecía inevitable.

El camino de tierra frente a nuestra casa conducía a la Ruta 15 o a un callejón sin salida.

Me dirigí hacia el callejón sin salida, levantando polvo con mis botas mientras caminaba.

Me deslicé por debajo de la barrera de metal que había al final del camino y me adentré en el bosque por un sendero cubierto de maleza.

El camino aún me resultaba familiar, a pesar de que habían pasado varios años desde la última vez que había estado allí.

Los lugares guardaban recuerdos, y casi todos los míos eran malos. Este tranquilo rincón en el bosque solía ser donde venía en busca de paz, pero, con el paso de los años, había pasado a ser más bien un lugar donde esconderme, un lugar al que podía huir cuando no podía afrontar la realidad.

«Cobarde. Puto marica. Huyes como una putita patética».

Me senté, con las rodillas recogidas y los brazos apoyados sobre ellas. Mi propia voz interior sonaba igual que la suya, como si nunca pudiera dejarme en paz. Incluso cuando muriera, su voz seguiría ahí.

Notaba la lengua pastosa y la boca seca. Tragué saliva con dificultad. Había sido un egoísta. Deseaba a Jess con todas mis fuerzas. Quería otra oportunidad, como si así pudiera demostrarle que su lugar estaba conmigo, con nosotros.

Me había permitido olvidar que Jess vivía rodeada de privilegios, de seguridad. Que, al meterme en su vida, había traído todos mis problemas conmigo.

Mi padre la había visto. La había visto con nosotros, joder. El simple hecho de que la mirara era una violación. El mero hecho de que supiera su nombre era una agresión. En su mente, no había límites, ni siquiera con ella. Y yo la había expuesto a eso.

Era culpa mía, joder.

Un oscuro y retorcido nudo de ansiedad se arrastró por mi pecho. Me apretó los pulmones con sus afiladas garras y me llenó la garganta de su fealdad, haciendo que me temblaran las manos. Se aseguró de que, por mucho que lo intentara, al final no tuviera ningún control.

El sonido de una ramita rompiéndose cerca de mí hizo que me pusiera de pie de un salto y dirigiera la mano a toda prisa al bolsillo trasero y a la navaja que tenía allí guardada. Pero no era mi padre quien venía caminando entre los árboles.

—¿Jess?

Me aclaré la garganta, mi voz apenas fue un susurro.

Tenía los ojos muy abiertos mientras miraba a su alrededor, contemplando los árboles, el canto de los pájaros y la suave hierba bajo sus zapatos. Pero cuando me miró, la preocupación que había en sus ojos me hizo sentir como una auténtica mierda.

La estaba asustando; lo más probable es que estuviera asustándolos a todos. Se merecían algo mejor de mí, pero no podía ser esa persona. No ahora.

—¿Cómo me has encontrado?

Se acercó y me miró de arriba abajo, como si buscara más heridas. Me dolía la mano de haber golpeado la pared, pero era un dolor merecido y deseaba haberme roto los putos dedos.

—Lucas —respondió—. Está en la carretera. Está preocupado por ti.

—Deberías irte a casa, Jess —le dije, incapaz de mantener el contacto visual con ella más tiempo—. Dile a Lucas… Dile que estoy bien. Que te lleve a casa.

¿Sonaba seguro? ¿Fuerte? ¿Decidido? ¿O sonaba jodidamente débil, como un cobarde, un hombre incapaz de enfrentarse al mundo?

Respiró hondo, levantando la barbilla con esa actitud desafiante tan familiar que me oprimía el pecho.

—No te voy a dejar aquí solo.

—No te preocupes por mí.

Quería abrazarla, pero no me atreví. Si ni siquiera era capaz de explicarme, ¿por qué merecía tocarla? Esbocé algo parecido a una sonrisa, pero la expresión de su rostro me indicó que era débil.

—Estoy bien. Solo necesito estar un rato a solas.

—Y una mierda —espetó—. Mira, me disteis una regla sobre la comunicación. Me pedisteis que siempre fuera sincera, que hablara abiertamente. Si aún no estás listo para hablar, no pasa nada. Pero no voy a irme. No estoy enfadada, te lo prometo. No has…

—Deberías estarlo.

Se detuvo y me miró con el ceño fruncido.

—¿Qué?

—Deberías estar enfadada.

Volví a sentarme, apoyándome contra el árbol que tenía detrás mientras me agarraba las rodillas, deseando que la presión aliviara algo de la tensión que sentía.

Se sentó a mi lado, dejando un espacio entre nosotros. Pero se inclinó, puso su mano sobre la mía y las palabras salieron antes de que pudiera detenerlas.

—Deberías estar enfadada porque no deberías haber visto eso. No deberías estar con un tipo que pega puñetazos como si no pudiera controlarse, que levanta la voz como un crío. No está bien. No es seguro.

No debería tener que ver lo que yo había crecido viendo.

Las rabietas de los adultos, los puñetazos contra las paredes; platos, tazas y objetos de valor rotos.

Usar la violencia como fuerza, como intimidación.

Me enfermaba ver cómo salía de mí, supurando como de una herida infectada.

Pero eso era todo lo que mi padre me había dejado: heridas que supuraban y que se negaban a sanar.

—Contigo estoy a salvo, Manson —dijo con firmeza—. No tengo ninguna duda de que estoy a salvo contigo. Te enfadaste. Todo el mundo se enfada. No pasa nada.

No. Sí que pasaba. Se equivocaba.

Me estremecí cuando me tocó la mejilla, girando mi rostro hacia ella. Esa presión en mi pecho estaba llegando a un punto límite. Pero ella me sostuvo la cara allí y no pude mirarla y mentir. Me desarmó de tal manera que no importaba lo avergonzado que estuviera por sentirme así.

Se merecía escuchar la verdad. Toda la verdad.

—Veía la forma en que mi madre lo miraba —empecé—.

Veía lo asustada que estaba cada vez que él hablaba, cada vez que se movía.

Y yo… —Se me quebró la voz y odié cómo sonaba, odié la forma en que mi propia mente me reprendía por ello—.

Cada segundo de cada día que pasé en esa casa tenía miedo.

Nunca me sentí seguro allí. Él no podía controlarse.

No le importaba. Quería hacer daño. Le hacía sentirse poderoso.

¿Y sabes lo que de verdad me jode? Que yo le quería.

Mamá le quería. ¿Qué haces cuando quieres tanto a alguien que le dejas que te haga daño hasta que te destruya?

¿Esperar que te devuelva ese amor? ¿Esperar que te lo ganes?

La tensión se había roto. Me sentía tan vulnerable que me estremecí y los dedos de Jess me acariciaron las mejillas con suavidad. Joder, las lágrimas empezaban a brotar y no iban a parar.

—¿Cómo voy a ser mejor? —Las palabras tenían un sabor amargo en mi boca—.

¿En qué coño soy mejor que él? Es como si me hubiera contagiado, Jess, sus genes son un puto cáncer.

Este juego que tenemos… Aunque lo llamemos juego…

Te hago daño y me gusta. Me gusta cómo suenas, la cara que pones cuando lo hago.

Deseo verte sufrir por mí. ¿Cómo cojones puede estar bien eso?

Estaba en una especie de espiral y no veía la salida.

La oscuridad a mi alrededor no hacía más que crecer y hubiera jurado que acabaría por ahogarme.

Quería hablar, pero odiaba mis propias palabras.

Quería que alguien me entendiera, pero tampoco quería que nadie lo supiera.

No eran cosas fáciles de admitir. Eran pensamientos oscuros y aterradores que acechaban en lo más profundo de mi mente, guardados junto a los recuerdos de mi infancia, sellados a cal y canto.

Podía intentar encerrarlos, pero no podía mantenerlos ocultos, no cuando vivían en la misma casa, cuando resonaban en las paredes, como espectros de dolor, acechando en cada rincón.

—Estoy roto, Jess.

Tomé sus manos entre las mías, entrelazando nuestros dedos y besándoselos.

Olía a Lucas y recordé todas esas veces en las que habíamos sido solo él y yo.

Cuando quedábamos aquí, en medio de la oscuridad, o cuando lo recogía con el Bronco y conducíamos hasta encontrar un sitio donde dormir.

Todas las crisis que ninguno de los dos sabía cómo manejar porque solo éramos unos críos que intentaban descubrir cómo crecer solos.

Abrazándonos entre lágrimas y rabia, con la esperanza de que, si nos aferrábamos al otro lo suficiente, no nos perderíamos.

Me aferré a sus manos de la misma manera, con palabras que no podía decir. La perdería porque no era lo suficientemente bueno, porque estaba demasiado roto, porque tenía la cabeza demasiado jodida.

—Me dije a mí mismo que nunca sería como él —le dije, mirando sus manitas entre las mías—. No quiero hacer daño a la gente, no quiero. Pero a veces estoy tan enfadado que ni siquiera sé quién soy. Podría destruir todo lo que toco, incluso las cosas que amo. Incluso a mí mismo.

—Manson, no te pareces en nada a tu padre.

Su voz estaba cargada de intensidad. Me agarró las manos como si pudiera transmitirme las palabras a través de ellas, pero eso no fue suficiente. Me rodeó con sus brazos y me atrajo hacia ella. Estaba paralizado, tenso y temblando por el esfuerzo de mantener la compostura.