50 #2
—Lo internaron cuando tenía quince años —dijo—.
No paraban de decir que era muy peligroso, pero solo era mi hermano.
Le gustaba el rock, la Pepsi y era capaz de crear unas cosas increíbles.
Era un artista. Paciente. Nunca le oí levantar la voz.
—Exhaló por la nariz con fuerza y negó con la cabeza—.
Pero dijeron que lo había hecho. Lo encerraron.
Todo el pueblo lo sabía, en ese momento fue como si tuviera una diana en la espalda.
Así que mi padre me llevó con él y nos fuimos. Mi madre enfermó aún más…
No sabía qué decir. Mi hermana pequeña podía ser un grano en el culo, pero no podía imaginar que se la llevaran. Y por algo tan atroz, tan joven… Era horrible. Era impensable.
Le puse una mano en el brazo. Miraba deliberadamente a cualquier parte menos a mí, pero era porque la coraza hacía desaparecido. Podía ver la tristeza en sus ojos, la confusión, como si conociera la historia, pero se negase a creer que fuera real.
—¿Lo echas de menos? —le pregunté, y por fin levantó la vista.
Tragó saliva con dificultad y se le movió la garganta.
—Sí, lo echo de menos. Todos los putos días.
El sonido de la puerta principal al abrirse nos hizo girar la cabeza hacia el pasillo, donde se oían pasos pesados entrando en la casa.
—Han vuelto —anuncié.
Lucas volvió a cogerme la mano. Se la llevó a los labios y me dio un beso tierno en los nudillos.
—Vamos a ver qué ha pasado.
Llegamos al final de las escaleras justo cuando Vincent cerraba la puerta detrás de ellos.
Tenían el rostro demacrado, y la energía tranquila de hacía menos de una hora había desaparecido por completo.
El pequeño Haribo estaba en el salón, de pie sobre sus patas traseras para poder mirar por la ventana con Jojo hacia la verja, ambos claramente nerviosos.
Los ojos de Manson estaban vacíos, hundidos entre sombras.
—¿Qué cojones quería? —preguntó Lucas.
Jason negó con la cabeza, entró en la cocina y sacó una cerveza de la nevera a pesar de lo pronto que era.
—Quiere dinero —contestó Vincent con voz tensa—. De la venta de la casa. El cincuenta por ciento.
—Que le follen —gruñó Lucas—. No le vamos a dar ni una mierda.
—Eso es lo que le dije —murmuró Manson.
Tenía profundas arrugas en la frente, como si el peso de toda su vida lo hubiera alcanzado de repente y se hubiera posado sobre su cráneo.
—No le gustó.
—Te amenazó —dijo Jason con firmeza, abriendo la cerveza mientras se apoyaba en la encimera de la cocina y nos hablaba desde la puerta—.
¿Toda esa mierda sobre la muerte? Era una amenaza, sin duda.
Necesitamos mejores cámaras de seguridad.
Imágenes más nítidas, audio más claro. Y cerraduras electrónicas para las puertas…
Manson golpeó la pared con el puño con tanta fuerza que di un respingo. Jojo aplastó las orejas contra la cabeza y lo miró con los ojos muy abiertos.
—¡¿Por qué coño vuelve a entrar en mi vida como si fuera suya?! —Nunca había oído a Manson gritar así de fuerte. No miraba a ninguno de nosotros mientras gritaba, con los puños apretados y la cara roja—. ¡¿Por qué coño puede venir a mi propiedad y amenazar a mi familia?! ¡Joder!
Volvió a golpear la pared con el puño, dejando una mancha de sangre al abrirse la piel de los nudillos.
Luego lo volvió a hacer, una y otra vez, y cada impacto de su puño hacía temblar la pared.
Haribo ladró por lo bajo ante el ruido, y Vincent lo calló suavemente, agachándose para rascarle el pecho.
Manson respiraba con dificultad. Se pasó los dedos por el pelo para echárselo hacia atrás y contuvo el aliento al darse la vuelta. Sus ojos me recorrieron, entrecerrados por la ira, y fue como si se hubiera olvidado por completo de que yo estaba allí.
En cuanto me vio, se quedó paralizado. Su ira se desvaneció y en su lugar apareció una expresión de completa vergüenza y horror.
—No puede hacer una mierda —dijo Lucas—. Ya se nos ocurrirá algo.
—Jess… —Su voz era un susurro—. Lo siento mucho. No quería… No era mi intención…
El miedo que sentí, más por la conmoción de verlo así que por cualquier preocupación por mi seguridad, había desaparecido.
Manson se miró la mano, con los nudillos abiertos y manchados de sangre. Respiraba con dificultad mientras le temblaban las manos.
—Estás sangrando —observé, acercándome a él—. Tienes que…
Se apartó de mí. Negaba con la cabeza, mirándose el puño y luego mirándome a mí.
—Lo siento —se disculpó y miró a los perros, que lo observaban con las orejas gachas—. Joder. Mierda, no quería…
—No pasa nada —dijo Vincent con voz tranquila y suave—. Estás alterado, no pasa nada.
—No. —Manson flexionó los nudillos, observando cómo la sangre caía por sus dedos—. No, joder, sí que pasa. Pasa y mucho.
Abrió la puerta principal de un tirón. Lucas se acercó a él.
—Oye, Manson, vamos, no tienes por qué…
—Necesito tomar el aire —dijo con voz ronca.
Me miró otra vez, como si tuviera mucho más que decir. Entonces hizo un gesto de dolor y se dio la vuelta, saliendo por la puerta principal y cerrándola de un portazo tras de sí.
Inmediatamente, intenté seguirlo, pero Vincent me agarró del brazo antes de que pudiera abrir la puerta.
—Dale tiempo, solo dale tiempo. —Me abrazó, me acarició la espalda y, de alguna manera, logró calmar los latidos acelerados de mi corazón—. Está asustado. Nunca ha querido que lo vieras así.
—Por eso tengo que hablar con él —dije con vehemencia.
No sabía qué demonios le diría, ni si serviría de algo, pero ya no podía seguir escondiéndome en casa. Al menos Manson tenía a Vincent y Jason a su lado cuando se enfrentó a su padre. Fuera lo que fuera a lo que se enfrentara ahora, estaba intentando hacerlo solo y eso no me parecía bien.
Vincent aflojó su abrazo, pero mantuvo su brazo alrededor de mí.
—No te preocupes, Jess. No es tu problema, todo irá bien —dijo Jason desde la cocina.
—Sí es mi problema —espeté sin querer, pero no fue por el enfado.
Solo quería que lo entendieran—. No soy una florecilla delicada, ¿vale?
Hicimos un trato. Soy vuestra hasta que pague mi deuda y lo digo en serio.
Vuestra. Pero si soy vuestra, entonces vosotros también sois todos míos.
—Los miré a todos, intentando controlar el temblor de preocupación en mis palabras—.
Ya no estoy al margen. Formo parte de esto, de todo esto, incluso de las partes más jodidas y aterradoras. Quiero hablar con él. Por favor.
Jason me observaba, con los brazos flácidos a los lados. Por una vez, esa mirada gélida no era tan penetrante. Vincent me abrazó con más fuerza y se inclinó para darme un beso en la sien.
—De acuerdo. Lo entiendo. Tienes razón. Supongo que no podemos protegerte de esto cuando lo tienes justo delante.
Me soltó y miré a Lucas. Tenía la mandíbula apretada y la postura tensa.
—Nosotros estamos acostumbrados a lidiar con estas cosas por nuestra cuenta —dijo.
Me acerqué a él y le puse las manos sobre los brazos, que tenía fuertemente cruzados.
—Después de lo de ayer —le dije en voz baja—, creo que dejé claro que me considero parte de ese nosotros. —Su expresión vaciló, dividida entre aceptarlo o negarlo automáticamente—. Estamos lidiando con esto por nuestra cuenta. Yo incluida.
Me miró y al final se le descompuso el rostro. Sacudió la cabeza con un profundo suspiro.
—Eres la mujer más testaruda que he conocido —refunfuñó—. Y no creo que tengas mucho sentido común si de verdad quieres meterte en esto…
—Dile que se ha ganado tu respeto y ya está, e id a buscar a Manson, joder —gritó Jason desde la cocina.
Lucas apretó los labios con fuerza. No necesitaba decir en voz alta lo que Jason había exigido. Para mí estaba bastante claro.
—Vamos. —Volvió a cogerme de la mano—. Sé a dónde irá.