La deuda (Losers 1) 50
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Jess

La tensión en Lucas era evidente mientras me llevaba escaleras arriba.

Prácticamente me aplastó la mano de agarrarme con tanta fuerza, y no me soltó hasta que entramos en su habitación.

Solo entonces dejó mi mano y se dirigió inmediatamente a la ventana, frunciendo el ceño mientras miraba hacia el patio.

Pero la puerta no se veía desde aquí. Siseó de frustración, con los brazos cruzados y los puños apretados.

—Mierda.

—¿No deberías salir ahí fuera? —le pregunté.

Tenía las palmas sudorosas y los nervios me hacían dar vueltas de aquí para allá. Nunca había visto a ninguno de ellos así, realmente asustados al ver a Reagan en la puerta.

—Jason y Vincent le cubren las espaldas —dijo Lucas, pero no parecía muy contento con ello—. Si Manson quiere que te proteja, entonces te protegeré. Así que relájate.

Se sentó en el borde de la cama, con los codos apoyados en las piernas y la cabeza gacha. No parecía nada relajado; más bien parecía una granada a la que le estaban quitando la anilla poco a poco.

—¿Es muy peligroso?

Se me revolvió el estómago al recordar que Vincent me había dicho que Reagan era la razón por la que tenía un arma.

¿Qué demonios podía haber pasado para que le tuvieran tanto miedo?

Entendía por qué Manson estaba así, solo podía imaginar el trauma que suponía tener un padre como ese, pero todos estaban asustados y eso me preocupaba aún más.

—No lo subestimes. —Lucas volvió a levantarse de la cama y empezó a dar vueltas, como si no supiera cómo tranquilizarse—. La última vez que Manson lo vio, Reagan amenazó con matarlo.

El nudo que tenía en el estómago se endureció hasta convertirse en una roca.

—Tenemos que llamar a la policía. Esto no es seguro.

—La policía no hará nada, Jess.

Volvió a caminar hacia la ventana, resopló y regresó. Miró alrededor de la habitación con impotencia, con una frustración palpable en el aire.

—En alguna parte de esa comisaría de policía del centro hay un expediente de la familia Reed de unos siete centímetros y medio de grosor —dijo—.

Disturbios domésticos, conducción bajo los efectos del alcohol, embriaguez pública, violencia doméstica.

No salió nada bueno de ahí. Nada, joder.

Su madre no presentaba cargos. Reagan pasaba una noche en la cárcel y volvía a la mañana siguiente.

Los policías de por aquí ven el apellido Reed y piensan en basura, en delincuentes.

—Suspiró y se pasó la mano por el pelo rapado—.

Un chico como Manson no debería haber llegado tan lejos, Jess.

Debería estar muerto, o enganchado a las drogas, o en la cárcel.

La policía lo tiene en el punto de mira desde que llevó la navaja al instituto.

Vincent tiene antecedentes. Yo tengo antecedentes.

Si las personas a las que se supone que la policía debe ayudar ya están entre rejas en su mente, entonces les da igual.

«Delincuentes». Tal y como los había llamado mi madre. Pero se equivocaban, estaban muy equivocados. Habían condenado su vida entera por lo que habían hecho para sobrevivir, por circunstancias que escapaban de su control.

—Eso no es justo —dije, tan frustrada que se me hinchó la garganta, pero me tragué el nudo.

No era momento de llorar, no ahora, no delante de Lucas. Ya tenían bastantes preocupaciones.

—Está fatal, no deberían… Joder.

Me sentía tan inútil allí de pie, sin saber qué estaba pasando. Quería ayudar, pero ¿qué podía hacer?

—La vida no es justa y nunca lo ha sido —dijo Lucas.

Su voz era más suave de lo que esperaba, como si me estuviera impartiendo una valiosa lección de vida que desearía no tener que dar. Se detuvo frente a mí y me miró unos segundos, como si no supiera qué hacer.

Luego me rodeó con los brazos. Al principio, de forma lenta y tensa, como si estuviera abrazando algo con espinas. Pero cuando hundí mi rostro en su cuello y le rodeé con mis brazos, se relajó. Fue como si su pecho se hundiera e intentara atraerme hacia él, aferrándose a mí para que no me escapara.

—Has elegido a unos tipos muy jodidos para divertirte, Jess —dijo, apoyando la barbilla sobre mi cabeza; pude oír los latidos de su corazón, tan fuertes y rápidos que era increíble que pudiera permanecer quieto—.

Lamento decirte que estas cosas son inevitables en este mundo.

Pero estás a salvo con nosotros, te lo juro.

—No estoy preocupada por mí —dije, sin levantar la cabeza de su pecho—. Estoy preocupada por ti. Por Manson, Jason y Vincent. Quiero que vosotros también estéis a salvo.

Soltó el aire con suavidad, en una risa sin ganas.

—No creo que vayamos a encontrar seguridad en Wickeston. Pero algún día… algún día la encontraremos. En otro sitio.

«Sin mí». El pensamiento surgió en mi mente con tanta fuerza y rapidez que me sorprendió y el nudo volvió a oprimirme la garganta. Pero no quería pensar en eso, no ahora. Cuanto más pensaba en el futuro, peor. Necesitaba concentrarme en el aquí y en el ahora.

Y aquí, ahora, teníamos un problema mayor que resolver.

—Intenta no preocuparte. —Al final Lucas aflojó su agarre, dándome un apretón en los brazos al hacerlo—. Manson puede valerse por sí mismo.

Pero mi preocupación no había desaparecido, y sabía que la suya tampoco.

Aunque al menos estaba un poco más tranquila.

Se fue a la puerta de su habitación y se apoyó en el marco mientras escuchaba a ver si volvían a la casa.

Mientras tanto, traté de distraer mi nerviosismo echando un vistazo alrededor.

La primera vez que vi su habitación, supuse que era una habitación de invitados porque estaba muy vacía.

Pero había señales de que estaba habitada: la cama estaba sin hacer y la cesta de la ropa sucia en la esquina estaba llena.

La cómoda era vieja, estaba llena de arañazos y manchas, pero había algunos objetos encima que me llamaron la atención.

Había una figurita de madera que parecía tallada a mano, una vela con aroma a manzanilla y lavanda, una baraja de cartas e incluso una vieja GameBoy.

Cogí la figurita de madera y le di la vuelta en la palma de mi mano. Parecía un gato: se le veían los bigotes en la cara y las garras en sus patitas. La baraja de cartas parecía muy usada y la GameBoy tenía un cartucho de Pokémon Rojo dentro.

En el fondo de la cómoda había un radiocasete con el exterior de plástico agrietado y rayado. Era claramente antiguo, equipado con un reproductor de casetes y radio AM/FM, pero nada más, ni siquiera un reproductor de CD.

La ranura frontal estaba abierta y había un casete dentro.

Saqué la cinta y leí con curiosidad la etiqueta escrita a mano en la parte de delante.

«¡La mejor playlist de la historia!» estaba garabateado con un bolígrafo rojo en letras desordenadas, como las de un niño.

El suelo crujió con suavidad cuando Lucas se acercó por detrás.

Me giré, sosteniendo la cinta.

—¿La has hecho tú?

Algo doloroso se reflejó en su expresión. Cogió la cinta y le dio vueltas entre las manos.

—La hizo mi hermano —dijo—. Pero yo le puse el nombre. Es vieja, el audio está estropeado en algunos trozos…

La volvió a meter en el radiocasete y pulsó el botón de reproducción. El volumen era bajo, pero al cabo de un momento reconocí la melodía de Heaven’s On Fire de KISS.

—¿Cómo se llama tu hermano? —pregunté.

Detuvo la cinta. Su expresión seguía siendo cautelosa mientras cogía el gato de madera y pasaba el pulgar sobre la superficie rugosa.

—Benji —respondió, sin levantar la vista—. Es cinco años mayor que yo.

Un hermano mayor. Era difícil imaginar a Lucas de otra manera que no fuera como era ahora: duro como una piedra e igual de inflexible. Pero mientras hablaba, logré imaginarlo de otra forma, como alguien mucho más inocente y dulce, un niño al que el mundo aún no había roto.

—Pensaba que era el tío más guay del mundo —dijo—. De niño, lo seguía a todas partes. Probablemente lo volvía loco. Se escapaba con sus amigos y acababa llevándose a su hermano pequeño, pero siempre se portaba bien conmigo. Me tenía siempre a su lado y se aseguraba de que estuviera a salvo.

Se aclaró la garganta y dejó el gato sobre el mazo de cartas. Ahora no podía descifrar su rostro, sin ninguna emoción que hubiera visto antes en él.

—¿Qué le pasó? —pregunté, temiendo que se cerrara en banda, que le hiciera demasiadas preguntas y destruyera esa frágil confianza que había entre nosotros.

Para mi sorpresa, respondió sin rodeos, casi con indiferencia.

—Está en la cárcel. Lleva allí trece años.

Habló con tanta tranquilidad que no me di cuenta de lo que había dicho de inmediato. Entonces, abrí mucho los ojos.

—¿Trece años? ¿Qué hizo? —solté.

Esa pregunta requería mucho más tacto del que había tenido. En cuanto pronuncié las palabras, me quedé sin aliento, buscando una disculpa por haberlo abordado todo mal, pero Lucas no parecía molesto.

Su voz siguió siendo distante cuando me lo explicó.

—Se enamoró de una chica. Supongo que un chico más mayor también estaba interesado en ella, no estoy seguro.

Gran parte del juicio fue… —Hizo una pausa y se rascó la nuca—.

Fue demasiado. Yo era pequeño. No lo entendía del todo.

Pero, al parecer… —Frunció el ceño, como si no creyera del todo lo que estaba a punto de decir—.

Al parecer, Benji era muy posesivo con esa chica y no le gustaba que el otro estuviera interesado en ella.

Así que él… —Su ceño se frunció aún más—.

Atrajo al chico fuera de su casa, le golpeó en la cabeza con un ladrillo, se lo llevó al bosque… y lo mató.

Lo dijo con mucha calma, pero sus palabras me provocaron un escalofrío.

—Dios mío…