La deuda (Losers 1) 49
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Manson

Me dije a mí mismo que ya no tenía miedo de mi padre.

Vincent y Jason estaban justo detrás de mí mientras caminaba por el patio en dirección a la puerta, pero, incluso con ellos a mi lado, el pánico se apoderó de mi cuerpo.

Cada paso que daba era demasiado ruidoso, la adrenalina me corría por las venas mientras me obligaba a respirar despacio.

Había memorizado qué tablas del suelo crujían. Sabía exactamente cuánto podía abrir una puerta antes de que chirriara. Me había entrenado para caminar en silencio, respirar con suavidad y bajar la voz, como si mi padre fuera una bomba y el más mínimo ruido fuera a detonarla.

Me sudaban las manos. Aún no me había tomado mis pastillas porque, por una vez, me había despertado tranquilo, pero ahora deseaba con desesperación haberlo hecho.

El pánico se apoderó de mí, como una asfixia lenta.

Me dije a mí mismo que no tenía miedo, pero cuanto más me acercaba a él, que esperaba allí con un cigarrillo colgando de los labios, más me alejaba de mí mismo.

Había desaparecido y lo que quedaba era un niño aterrorizado, pequeño y solo buscando una salida, desesperado por encontrar un lugar donde esconderse, sentado de espaldas a la puerta de su dormitorio con la esperanza de que su propio cuerpo sirviera de barricada.

Me detuve a unos cinco metros de él y de la verja que nos separaba. Vincent y Jason se plantaron justo detrás de mí. Me cubrían las espaldas; lucharían por mí sin dudarlo ni un segundo.

Mi padre se quitó el cigarrillo de los labios, la brasa brilló cuando lo tiró y exhaló una nube de humo.

Dios, cómo había envejecido. Los años abusando del alcohol y el tabaco habían dejado unas profundas arrugas en su rostro; tenía las mejillas con manchas, sin afeitar desde hacía varios días.

Aun así, mirarlo era como mirar un espejo terriblemente distorsionado, como en esas películas de terror en las que el protagonista ve cómo su propio reflejo se transforma en algo siniestro.

Nuestro parecido era una maldición, pero también una advertencia. Su camino podría haber sido el mío y yo había hecho todo lo posible para asegurarme de que no fuera así.

—Aquí no eres bienvenido —espeté.

No me tembló la voz, pero la mantuve baja y ronca por el esfuerzo de que sonara firme.

Mi padre se rio entre dientes, con un ligero silbido.

—¿Ese es el recibimiento que me das? ¿Vuelvo a casa y mi hijo me dice que no soy bienvenido? ¿Qué mierdas es eso?

Aquel era todo el recibimiento que se merecía, sin amabilidades, sin charlas triviales.

No era bienvenido, joder, y quería que no hubiera ninguna duda al respecto.

Aun así el sonido de su voz me golpeó como un puñetazo en el pecho.

Mi cuerpo ardió rápidamente, primero por el calor y luego por el frío.

Al menos Jess estaba dentro, fuera de su alcance.

Lucas siempre era el que más ansias de pelear tenía, pero yo no necesitaba eso en ese momento.

Necesitaba que mantuviera a nuestra chica a salvo, y sabía que lo haría.

Lo sabía, pero aun así no podía parar el pánico que me invadió.

Sin embargo, procuré ocultarlo. Disimulé, como siempre había hecho.

—Esta es mi puta propiedad —dije—. Y si digo que no eres bienvenido, entonces no eres bienvenido.

Giró la cabeza y escupió. El sonido desencadenó algo en lo más profundo de mi cerebro: la sensación de la saliva caliente y espesa golpeándome en la cara, una espiral de repulsión en el vientre por el olor a tabaco podrido.

Se acercó a mí, despacio, sin apartar los ojos de mi rostro, como si estuviera poniéndome a prueba, desafiándome a huir. Solía llamarme cobarde por huir.

Levanté la barbilla y entrelacé las manos detrás de la espalda. Probablemente parecía que estaba tranquilo, pero quería ocultar lo fuerte que apretaba las manos.

—Tu propiedad —dijo despacio, mirándome a mí, luego a Vincent y luego a Jason—.

¿Así que es eso? No hay sitio para tu querido papi, ¿eh?

—Levantó la vista hacia la casa y entrecerró los ojos; me repugnaba que viniera aquí a espiar a mi familia—.

Vaya, qué sorpresa. Tienes tu propia casa, te has traído a todos tus amigos y hasta tienes novia.

O uno de vosotros la tiene. No sabría decir cuál de vosotros se la está follando.

¿Cuánto tiempo llevaba observándonos? ¿Era la primera vez que venía aquí? ¿O simplemente era la primera vez que se dejaba ver?

—No me interesa charlar. —La rabia cubrió mi miedo, ahogándolo—. Vete, o te obligaremos a irte.

Me miró con mala cara, asintiendo despacio. Sus ojos seguían mirando hacia la casa, como si estuviera buscando algo.

—Ahora eres un hombretón, ya veo. ¿Tienes tu propia casa y crees que está bien dejar a tu familia en la calle? Tienes suerte de que no necesite un lugar donde dormir esta noche. No busco limosna. Quiero lo que me corresponde por derecho.

—Aquí no hay nada a lo que tengas derecho. Si mamá hubiera querido que tuvieras este sitio, te lo habría dejado. Pero no lo hizo.

En mi mente, podía verme golpeándole la cara con el puño una y otra vez, salpicando sangre, rompiéndole la nariz, rompiéndole los dientes.

¿Cuántas veces había pensado en matarlo?

Solía soñar con ello, con cómo le plantaría cara algún día, cómo demostraría que nunca me había doblegado.

Disfrutaría viendo la sorpresa en su rostro antes de morir.

Incluso solía imaginar lo que pasaría después de matarlo; lo que diría en el juicio, cómo sobreviviría en la cárcel.

Pero eso me habría convertido en alguien igual a él, capaz de la misma violencia. Habría demostrado que el ciclo continuaba, que el dolor engendraba más dolor.

—Ahí te equivocas, chico. —Mi padre echó los hombros hacia atrás y se crujió el cuello, el sonido me revolvió el estómago—.

Sabes que tu madre no estaba bien al final.

No estuvo bien durante la mayor parte de su vida.

Me dio muchas razones para sospechar que ni siquiera eras mío.

—Se rio entre dientes—. Aunque la genética no se puede negar. Eres mi viva imagen.

No hacía falta que me lo recordara, joder.

—¿Qué quieres? —espeté—. Deja de soltar mierda y dime por qué estás aquí.

—Se rumorea que estás arreglando la casa para venderla —comentó—. Estás pensando con inteligencia. Piensas como yo. —No pensaba como él; nunca—. Quiero una parte de la venta. A partes iguales. Diría que es justo, ya que estás vendiendo la propiedad en la que te crie.

Lo miré, sin entender nada, con sus palabras revolviéndose en esa rabia que llevaba dentro. Entonces…

Me eché a reír. Me reí tanto que me dolió.

Cuando la risa se apagó, di un paso adelante, hasta que estuve justo delante de su feo rostro, con solo los barrotes de la verja separándonos.

Lo miré directamente a esos ojos amarillentos e inyectados en sangre que solían hacerme temblar de miedo cada vez que se posaban en mí.

—Por encima de mi cadáver y del de todos los que viven en esta casa verás tú un puto duro de este lugar —le dije, echando veneno en cada palabra.

Estábamos exactamente a la misma altura. Teníamos la misma estatura, la misma complexión, la misma sangre en nuestras venas que me hacía querer abrírmelas y desangrarme, aunque solo fuera para librarme de cualquier rastro de él.

—Cuidado, chico —me advirtió en voz baja—. Es un mundo grande y peligroso. La muerte nos acecha muy de cerca. ¿No estamos todos a solo una mala decisión de acabar muertos?

Despacio, lo miré de arriba abajo.

—La muerte está más cerca de unos que de otros.

—Tienes razón. Se acerca a algunos… Corre para alcanzar a otros. Pero siempre vuelve, de una forma u otra.

Dio un paso atrás y yo me sobresalté cuando metió la mano en la chaqueta. No se le escapó. Sonrió.

Sacó un cigarrillo, se lo encendió y dejó que el humo me rozara la cara. Camel Crushes. Odiaba el olor mentolado.

Hizo una pausa, entrecerrando los ojos por un momento por encima de mi hombro.

—Vincent. Ese era tu nombre. El chico que tiene esa gran familia. Cuatro preciosas hermanas… —Dejó la frase en el aire—. Nos vemos.

Se tomó su tiempo para pasear por la carretera. Esperé, observándolo hasta que se subió a esa vieja camioneta que ya conocía y dio la vuelta en el camino de tierra, levantando una nube de polvo con sus neumáticos.

Pero la rabia seguía dentro de mí, temblando como un perro maltratado.