La deuda (Losers 1) 48
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Jess

Cuando abrí los ojos a la mañana siguiente, parpadeando despacio bajo la luz dorada que entraba por la ventana, enseguida supe que aún no estaba lista para levantarme.

Estaba demasiado cómoda, demasiado a gusto.

Tenía las piernas entrelazadas con las de Jason, el brazo apoyado sobre su costado y descansando sobre el pecho de Vincent.

Manson estaba contra mi espalda, así que cerré los ojos y me acurruqué entre las almohadas, volviendo a quedarme dormida hasta que la necesidad de ir al baño me obligó a levantarme.

Salí de la cama sin hacer ruido y me di cuenta de que Lucas ya se había levantado.

No estaba segura de quién era el dueño de la camiseta enorme que llevaba puesta, así que me la llevé a la nariz e inhalé hondo: Vincent.

El aroma agridulce de la marihuana y el toque cítrico me hicieron sonreír mientras salía del ático.

—Buenos días, Jojo —saludé al animal que estaba tumbado en el suelo al pie de la escalera del ático.

Movió la cola perezosamente cuando le acaricié el costado y soltó un pequeño suspiro de satisfacción, somnolienta.

Fui al baño y me sentí un poco más despierta después de lavarme la cara y desenredarme un poco el pelo. El aroma a café recién hecho flotaba por toda la casa, invitándome a bajar las escaleras y entrar en la cocina.

Lucas estaba de pie junto a la encimera, sirviéndose una taza de la cafetera llena.

Estaba sin camiseta e iba descalzo, solo llevaba unos pantalones de chándal holgados de color rojo.

Dios, qué sexy estaba. Todas esas horas de trabajo en el garaje habían tonificado sus músculos y endurecido sus grandes manos.

Pero, por la mañana, su rostro parecía más suave, como si aún no hubiera adoptado su ceño fruncido habitual.

—Buenos días —lo saludé, después de quedarme unos segundos en silencio, apoyada en el marco de la puerta para admirarlo.

Me miró por encima del hombro.

—Me preguntaba cuándo dirías algo. No eres tan sigilosa, cielo, te oí bajar las escaleras. ¿Qué hacías ahí atrás, mirarme el culo?

Me reí entre dientes y me acerqué a él.

—Puede ser. ¿Y qué si lo estaba haciendo? Tienes un culo bonito.

Él levantó las cejas y enseguida volvió a girar la cabeza hacia los armarios.

—¿Quieres café? —preguntó mientras sacaba una taza para mí.

—Con crema y azúcar, por favor.

Recorrí su espalda con la mirada mientras lo preparaba.

El elaborado tatuaje que tenía en la espalda parecía estar aún en proceso; el contorno estaba ahí, pero faltaba el sombreado.

Sin embargo, los detalles que ya tenía eran impresionantes.

Un gran árbol era el motivo principal de la obra, con el tronco siguiendo la columna vertebral y las ramas extendiéndose por los hombros.

—¿Qué inspiró el tatuaje de la espalda? —pregunté cuando se dio la vuelta con nuestras dos tazas en las manos.

Me entregó la mía y di un sorbo; el aroma y el rico sabor me levantaron el ánimo al instante.

—Vamos a sentarnos en el porche —propuso—. Aún no hace demasiado calor.

El aire de la mañana era fresco y agradable, pero el cielo azul claro indicó que pronto empezaría a hacer calor. Nos sentamos en el porche, a la sombra; yo me acomodé en una vieja mecedora que crujía un poco al balancearme mientras que Lucas se dejó caer en el banco junto a mí.

—Donde vivía antes, cuando era pequeño, había un árbol grande en el patio de atrás —explicó, después de un rato de silencio—.

Era un árbol viejo y enorme. Tenía ramas gigantescas y muchas llegaban hasta el suelo, por lo que era fácil treparlo.

Mi hermano y yo solíamos construir fortalezas cutres y peligrosas entre las ramas.

Cogíamos madera vieja y chapas de metal y las apilábamos con cuerdas y clavos.

No era una casa en un árbol propiamente dicha, pero…

me encantan esos recuerdos. Son buenos. Intento centrarme más en recordar lo bueno en lugar de todo lo demás.

—Dio un sorbo a su café y asintió, despacio—.

Eso es lo que me inspiró el tatuaje. Los buenos recuerdos.

—No sabía que tenías un hermano —dije—. Cuando te mudaste aquí, él no…

Mantuvo la mirada clavada al frente, pero apretó la mano sobre el banco, a su lado.

—No vino con nosotros cuando nos mudamos, mi madre tampoco.

Solo mi padre y yo, la pareja infernal. —Sacudió la cabeza y exhaló con suavidad—.

Mi padre solo me trajo con él para tener a alguien más para trabajar y llevar dinero a casa.

Mi madre no podía ocuparse de mí; estaba demasiado enferma.

Sigue viviendo en la misma casa vieja en la que crecí.

Le envío dinero para su cuidadora. Necesita a alguien que la ayude los siete días de la semana.

Intenté imaginar a mi propia madre permitiendo que alguien la ayudara en casa. Probablemente criticaría cada uno de sus movimientos, disgustada porque nada estaría a la altura de sus expectativas.

—¿Era difícil llevarse bien con tu padre? —le pregunté, sabiendo que aquello era el eufemismo del año.

—Sí, era un capullo —dijo Lucas sin rodeos—.

No era el tipo de persona que creía en hablar con sus hijos.

O hacías lo que te decía o te obligaba a hacerlo.

Y yo era un cabroncete complicado, así que me pasé la mayor parte de mi infancia recibiendo azotes cada dos por tres.

—Se detuvo y se aclaró la garganta—. En fin.

En la mayoría de los casos, la familia parece dar más problemas que otra cosa.

A Manson le jodieron sus padres, Jason prácticamente escapó de una secta.

—Me miró—. No te ofendas, pero tu madre parece ser un caso.

—Mi madre puede ser complicada. Creo que, bueno, se preocupa por mí… —Suspiré y me recosté en la mecedora—. Quiere que todo sea como ella diga, y si no es así… Joder, más te vale tener cuidado porque nunca se le va a olvidar.

—Le cuesta renunciar al control, cree que es el centro del mundo… ¿por qué me suena eso?

—Oye, cuidadito —le dije, estirando la pierna para darle una patada de broma—. No empieces a compararme con mi madre.

Ambos levantamos la vista cuando se abrió la puerta. Manson, Vincent y Jason salieron en fila, entrecerrando los ojos ante la luz del sol con tazas de café en las manos.

—Buenos días a todos —saludó Vincent, dejándose caer en el banco junto a Lucas y pasándole el brazo por los hombros.

Empujó a Lucas con tanta fuerza que este casi le derrama el café, pero Vincent no pareció darse cuenta mientras se bebía el suyo.

—Qué día más bonito.

—Va a hacer un calor horrible —murmuró Jason, sentándose en los escalones.

Manson se acercó, cogió con cuidado mi taza y la colocó junto a la suya en la barandilla antes de sentarse en la mecedora junto a mí. Me arrastró hasta su regazo, me acomodó y volvió a coger nuestras tazas.

—Así está mejor —dijo mientras me rodeaba la cintura con un brazo y apoyaba la cabeza en mi hombro, con la voz ronca por el sueño—. Me desperté y te habías ido. No recuerdo haberte dado permiso para levantarte de la cama.

Me eché a reír.

—No podías darme permiso si estabas dormido, ¿no?

Jojo ladró desde dentro de la casa y de repente Jason contuvo el aliento. Miré hacia Lucas, que se levantó despacio, y en ese mismo instante, noté a Manson tensarse a mi alrededor.

Había alguien en la puerta: un hombre alto y delgado con canas. El humo de un cigarrillo se elevaba despacio hacia el cielo por encima de su cabeza.

—Dios mío… —murmuré, incrédula—. ¿Ese es…?

Manson se levantó y me llevó con él. En cuanto me puse de pie, se colocó delante de mí, bloqueándome físicamente con su cuerpo.

Vincent estaba sentado en el borde del banco, con el rostro sombrío.

Lucas tenía los puños cerrados mientras se quedaba allí plantado, mirando, y Jason también se había levantado.

—Lucas, llévate a Jess dentro. —La voz de Manson era dura, su mirada fija en el hombre que estaba en la puerta.

—Manson —dijo Lucas con la voz tensa—, no creo que deba irme…

—Lucas, ya.

La crueldad en el tono de Manson me sorprendió casi tanto como la expresión de su rostro cuando se dio la vuelta. Nunca había visto esa mirada en él.

Aterrorizado. Estaba completamente aterrorizado.

Lucas asintió, me tomó de la mano y me sacó de detrás de Manson.

—Vamos. Quédate cerca —dijo manteniendo su cuerpo entre el patio y yo, guiándome hacia la puerta.

Bloqueándome. Ocultándome.

—¿Manson? —Intenté alcanzarlo, sintiendo cómo el miedo comenzaba a apoderarse de mí.

—Todo irá bien, Jess —dijo, pero su sonrisa era, en el mejor de los casos, débil—. No te preocupes. Lucas…

—Yo me encargo. —La voz de Lucas era firme, su agarre inquebrantable, mientras abría la puerta principal y me empujaba delante de él para que entrara.