47
Vincent
—¡Ya tengo las bebidas listas, capullos!
Empujé la puerta de atrás con el pie, con los brazos llenos de vasos, y salí al patio trasero.
Las chispas se elevaban en la oscuridad mientras Lucas echaba más leña al fuego y el aire nocturno se impregnaba de un intenso aroma a humo.
Habíamos ido corriendo a la pizzería más cercana y habíamos vuelto a casa con tres pizzas grandes y una ración de alitas picantes.
Hacía fresquito fuera y se estaba bien, así que decidimos encender una hoguera y cenar en el jardín, con nuestras sillas plegables dispuestas en círculo alrededor de las llamas.
—Para la señorita —dije, pasándole una bebida a Jess, que estaba sentada con los pies apoyados en su silla.
—Oh, ¿ahora soy una señorita? —soltó.
Manson se inclinó hacia ella y le estrujó las mejillas con una mano.
—Sigues teniendo el título oficial de juguetito. Pero tengo que decir que oírte reír como el Joker cuando destrozaron el coche de Alex fue una de las cosas más sexys que he oído nunca. Te has ganado el honor de ser la señorita juguetito.
Jason se rio entre dientes.
—Es un título muy importante.
Jess negó con la cabeza y puso los ojos en blanco de forma exagerada.
—Dios, sois lo peor.
—Y te gusta —dije, levantando mi copa para brindar—. Caballeros, y señorita juguetito, propongo un brindis. Por los pobres desgraciados que tengan que intentar reparar el Hellcat de Alex.
Se rieron mientras bebían. Jess dio un largo sorbo y abrió mucho los ojos antes de tragar.
—Joder, esto está bueno —soltó y se giró para mirarme asintiendo con la cabeza, como si estuviera impresionada—. Así que no solo sabes contar chistes malos.
—Mis chistes son buenísimos —discutí, sentándome—. No es culpa mía que no entiendas el humor intelectual.
—El más intelectual, desde luego —comentó Jason, riéndose cuando le di un golpe en el brazo.
—Estoy rodeado de niñatos —me quejé—. Sinceramente, ¿qué he hecho para merecer estar rodeado de mocosos?
—Tampoco podemos hacer nada al respecto —dijo Lucas, sacudiendo la cabeza como si estuviera disgustado, pero pude ver la picardía en su mirada cuando miró a Jess—. Puedes perseguir a un niñato malcriado con una pistola y aun así no se rendirá.
Jess le sacó la lengua desde el otro lado del fuego.
Nos pusimos a cenar, con platos de papel y servilletas sobre las piernas. Jojo vino a mendigar, por supuesto, apoyando la cabeza en el regazo de Manson con los ojos más de cachorro que pudo poner.
—En el trabajo estás en la barra, ¿verdad? —preguntó Jess, que me miraba entre bocado y bocado de pizza, cuando levantó su copa y dio otro sorbo—. Está claro que sabes preparar un buen cóctel.
—Sí. En Tris —respondí—. Es un club en Memphis. No puedo decir que me guste conducir una hora para llegar hasta allí, pero dan buenas propinas.
—¿Qué clase de club es? No te imagino sirviendo bebidas en un bar de música en vivo, de esos tipo country .
—Me gusta todo tipo de música —respondí—.
Pero no es un club country , no. Ponen mucha música electrónica y, de vez en cuando, organizan conciertos de metal.
Tris es un poco inusual. No es exactamente un club BDSM, pero trabajan con las comunidades locales fetichistas y LGBTQ.
A veces organizan munches allí, pero, sobre todo, es un lugar divertido para escuchar música.
Y, obviamente, la calidad de la bebida es superior.
Jess inclinó la cabeza con curiosidad.
—¿ Munches ? ¿Qué es eso?
—Es una reunión para gente interesada en el BDSM —explicó Manson—.
Es una forma de conocer a la comunidad local y a personas con ideas afines.
La primera reunión a la que Vince y yo fuimos fue en Tris.
—Se rio un poco y supe incluso antes de que lo dijera que estaba pensando en lo embarazoso que había sido ese primer encuentro—.
Además, fuimos muy chulos. Se supone que Tris es para mayores de veintiún años, pero nosotros teníamos dieciocho y nos colamos. No creo que engañáramos a nadie.
—Todo el mundo nos miraba de reojo como si fuéramos unos críos. —El recuerdo todavía me hacía sentir vergüenza, y yo no era de los que se avergonzaban fácilmente—. Nos creíamos lo más, unos tipos duros y dominantes.
—Nos pusieron en nuestro sitio muy rápido —dijo Manson—.
La mujer que dirige las reuniones nos llevó a un lado y nos advirtió que o nos comportábamos o no volveríamos a poner un pie allí.
Sabía que queríamos aprender de verdad, pero que teníamos que ser un poco más humildes.
No podíamos llamarnos dominantes solo porque nos sintiéramos así.
La señora Rachel y su marido, Mark, nos habían llevado por el buen camino.
Tuvimos suerte de que alguien nos hiciera ver nuestros malos hábitos antes de que nos metiéramos demasiado en este mundo.
Alguien podría haber salido herido si hubiéramos seguido pensando que lo único que hacía falta para atar a alguien o manejar un látigo era el mero hecho de querer hacerlo.
Se necesitaba mucha más responsabilidad que el simple deseo.
—Algún día te llevaremos —le dije, y Jess sonrió emocionada. Me dio la sensación de que se sentiría como en casa en un club, bailando bajo las luces de neón—. Creo que te gustaría.
—Me encanta salir a bailar —dijo—. Creo que fui a todas las discotecas de Nashville durante la universidad. —Nos miró a todos, entrecerrando ligeramente los ojos mientras pensaba—. ¿Quién es el mejor bailarín?
Miró a Lucas y su expresión era de total consternación.
—¿Yo? ¿Crees que soy yo? —preguntó, frotándose la nuca con nerviosismo—. No sé bailar una mierda.
—¿Alguna vez lo has intentado? —le preguntó, y él volvió a negar con vehemencia.
Manson se rio de él.
—Lo más parecido al baile que hace es un pogo.
—Ja, como si tú fueras mejor —soltó Lucas.
Manson levantó las manos de manera inocente.
—No he dicho que sea mejor, créeme. Soy feliz en el pogo contigo. Lo siento, Jess, a mí tampoco se me da bien.
—Ay, es que nunca lo habéis intentado —se quejó—. Os llevaremos a los dos a la pista de baile cuando vayamos a Tris.
No «si vamos» a Tris, sino «cuando vayamos».
Lancé una rápida mirada a Jason y, cuando él me devolvió la mirada, supe que también se había dado cuenta.
—¿Y tú, Jason? —preguntó, y él le dedicó una sonrisa engreída después de dar un sorbo a su bebida.
—Soy el mejor bailarín —dijo, y ninguno de nosotros lo negó—. Incluso lo disfruto.
A continuación, Jess me miró y yo rápidamente negué con la cabeza.
—No, yo no. Soy músico, no bailarín.
—¿Músico? —Jess se echó hacia atrás, sorprendida—. ¿Otro talento oculto tuyo?
—Tengo muchos. —Le guiñé un ojo mientras me levantaba de mi asiento—. Dame un minuto.
Volví al interior y subí al ático, saqué a la señorita Daisy de su estuche y la llevé fuera. Cuando regresé, Jess se quedó boquiabierta.
—Dios mío, ¡¿eso es un violín?! —exclamó.
—Esta es la señorita Daisy —le dije, mostrándole el instrumento para que lo viera—.
Como puedes ver, lleva mucho tiempo en la familia…
—Señalé todos los dibujitos y pegatinas que había en la parte inferior, incluidas las sencillas margaritas dibujadas con un rotulador—.
Mi hermana Mary lo usó cuando éramos niños y dejó su huella. Creo que le da carácter.
—No tenía ni idea de que sabías tocar —dijo.
—¿De qué otra forma crees que seduje a este encantador caballero? —dije, señalando a Jason mientras volvía a sentarme—. Le toqué la canción de mi pueblo y simplemente no se pudo resistir a mí.
Jason casi se atraganta con la bebida, balbuceando e intentando contener la risa.
—¿La canción de tu pueblo? —Jess arqueó una ceja—. ¿Y cuál es, exactamente?
Levanté la mano para pedir silencio absoluto. Me coloqué el instrumento bajo la barbilla, posicioné los dedos, levanté el arco… y comencé a tocar el tema de Benny Hill.
Todos se echaron a reír. Pero esa no era la única canción de mi repertorio.
Pasé a Charlie Daniels y Jess se levantó de su asiento, con su copa en una mano, y se puso a bailar alrededor de la hoguera.
Sacó a Manson de su silla y él le dio una vuelta antes de atraparla entre sus brazos.
Jason aplaudía al ritmo de la música mientras bailaban, e incluso Lucas sonreía mientras los observaba.
Las noches en las que podíamos relajarnos y disfrutar de la compañía de los demás eran poco frecuentes, pero Jess nos había sacado a todos de nuestra rutina, nos había hecho cambiar nuestra realidad y probar algo nuevo.
Incluso consiguió que Lucas se levantara de su asiento para bailar, aunque fuera un poco.
Al final, se tambaleó y cayó en el regazo de Jason, riéndose borracha mientras descansaba la cabeza en su hombro.
Volví a cambiar y ralenticé el ritmo a algo tranquilo y melódico.
Esa era una las cosas que más me gustaba de la música: cómo podía despertar las emociones de la gente y cambiar el estado de ánimo con solo unas pocas notas.
Entre mi lento rasgueo de las cuerdas, el crepitar del fuego y el alcohol, me di cuenta de que todos empezaban a estar cansados.
Cuando el fuego se apagó, Jess bostezó y se estiró en los brazos de Jason.
—Creo que es una señal, chicos —dijo él, ayudando a Jess a ponerse de pie con un brazo alrededor de su cintura—. Me parece que es hora de irse a dormir.
Manson asintió con la cabeza mientras se levantaba de su asiento y se detuvo para estirarse. Lucas apagó las últimas brasas y Jess me miró parpadeando, somnolienta, con la cabeza apoyada en el pecho de Jason.
—Esta noche dormirás aquí con nosotros —le dije, inclinándome para besar sus suaves labios y luego los de Jason.
Ella parecía estar muy cómoda en sus brazos, reprimiendo un bostezo detrás de la mano. Manson se acercó a ella, le tomó la mano que bajaba y le besó los nudillos. Ella sonrió, tarareando una pequeña melodía borracha mientras subía con dificultad los escalones de atrás de la casa.
Entonces Lucas se abalanzó detrás de ella, haciéndola desaparecer de entre Manson y Jason y tomándola en sus brazos. Ella se sorprendió, abriendo mucho los ojos mientras lo miraba.
—No voy a quedarme mirando cómo tropiezas y te caes de bruces al intentar subir las escaleras —dijo—. Te llevaré en brazos a la cama.
—Mi cama es la más grande —le grité a Lucas mientras Manson le abría la puerta para que llevara a Jess dentro—. Podéis meteros todos.
—Voy a sudar como un cerdo con todos vosotros, cabrones —se quejó Jason, pero le encantaba acurrucarse y no habría aceptado otra cosa.
Todos tardaron un rato en ducharse y meterse en la cama en diversos estados de desnudez.
Jess iba con una de mis camisetas y averiguar dónde encajaba en este festival de abrazos nos llevó otros diez minutos de cambios de posición y palabrotas entre nosotros.
Al final nos acomodamos, con Jess entre Manson y Jason, y Lucas y yo en los extremos.
—Más te vale no darme una patada mientras duermes esta vez —refunfuñó Lucas, mientras rodeaba con los brazos el pecho de Manson y apoyaba la cabeza contra su espalda.
Apartamos las mantas, ya que nuestros cuerpos eran más que suficiente para mantenernos en calor.
Siempre había sido noctámbulo y estaba acostumbrado a quedarme despierto hasta tarde, pero, aunque no estuviera cansado, no quería perder la oportunidad de acurrucarme en la cama.
Lo echaba demasiado de menos las noches que no estaba.
Jason suspiró contra mí y bajé la mirada para descubrir que ya se estaba quedando dormido. Normalmente daba vueltas en la cama durante horas. Pero Jess tenía el brazo sobre su espalda y sus largas uñas le acariciaban la piel en círculos suaves y relajantes.
Poco después, yo era el único que seguía despierto. Y una parte de mí sentía que merecía la pena quedarse despierto solo para vernos a todos así de cerca.
Después de todo lo que había pasado en las últimas semanas, era agradable sentirse en paz.