46 #3
Me hundí en ella, con su coño deliciosamente húmedo y cálido aferrándose a mí.
Parte de la razón por la que suspendí esa asignatura, además de que no me importaba, era que no podía dejar de mirarle la nuca, fantaseando con ella, imaginando que esa mirada altiva que tenía se desmoronaba y se convertía en la expresión que tenía ahora: llena de deseo, dolorida por la necesidad, mirándome como si yo fuera la única forma de conseguir lo que tanto ansiaba.
La penetré con fuerza, el escritorio chirrió sobre el viejo suelo mientras la embestía con dureza.
—Pensé en ello muchas veces, Jess —articulé las palabras mientras ella temblaba a mi alrededor—. Quería inclinarte delante de toda la puñetera clase. —Gimió cuando bajé la voz y dije—: Sabía que solo harían falta unas pocas embestidas para que me suplicaras por más.
Tenía la boca abierta y gritaba mi nombre. La atraje hacia mi cuerpo, arqueándola hacia mí. Le temblaban los muslos y me apretaban con tanta fuerza que cada embestida le arrancaba un gemido.
Volvió a gritar cuando se corrió, apretándome con tanta fuerza que me nubló la vista.
Le arañé la espalda, encorvándome sobre ella como una bestia mientras me corría dentro.
—Esto es lo que me has hecho, joder —le gruñí al oído mientras la embestía hasta el fondo.
Quería dejar en ella hasta la última gota de mi semen, quería que sintiera su calor durante el resto de la noche.
—No se me da bien renunciar a las cosas que quiero, y tú… Te he deseado durante muchísimo tiempo, joder.
Por fin me quedé quieto, dejándonos a los dos sin aliento.
El corazón me latía con tanta fuerza que me sorprendió que no estallara.
La levanté y la atraje hacia mí antes de desplomarme contra la pared, débil, llevándomela conmigo.
Se sentó en mi regazo, con mi polla todavía dentro de ella, moviendo las piernas mientras descansaba contra mi pecho.
—Has ganado —dije al final, una vez recuperé el aliento—. Has ganado, mocosa. ¿Contenta?
Juro que la forma en que se contoneó fue otro baile de la victoria.
—Sí. Estoy contenta, Lucas.
Esa afirmación no debería haberme hecho sentir tan bien, como si hubiera hecho algo bueno, como si su felicidad fuera un trofeo y yo hubiera ganado el primer premio.
Joder, era patético. Enamorarme de una mujer a la que debería haber detestado, pensar en la felicidad de los demás e imaginar camas lo suficientemente grandes para todos nosotros… Sabía que no debía hacerlo y, sin embargo…
Al parecer, no había hecho caso. Estaba tan jodido como los demás. Pero entonces Jess se giró sobre mi regazo. Ya no estaba dentro de ella, pero siguió a horcajadas sobre mí, pecho contra pecho, acariciándome los labios con los dedos mientras me miraba a los ojos.
—Yo tampoco te odio, Lucas —me dijo—. Aunque me irrites, me mires mal o hagas trampas en los juegos…
Me besó, y fue mucho más lento y suave que cualquier otro beso que me hubieran dado antes. Hizo que mi cuerpo se derritiera de una forma a la que no estaba acostumbrado.
Me gustó. Hizo mucho más que gustarme. Mucho, mucho más.
—Bueno, me alegra ver que no os habéis matado el uno al otro.
Ambos levantamos la vista. Manson estaba de pie en la puerta, con su pistola de paintball apoyada en el hombro. La cabeza de Vincent apareció detrás de él y alcancé a ver un destello de cabello azul en el pasillo.
—De hecho, estoy mortalmente herida —dijo Jess de forma dramática, señalando las salpicaduras de pintura en su ropa.
No tenía ganas de levantarme todavía; necesitaba un par de minutos más antes de que mis piernas estuvieran dispuestas a funcionar.
—Fue una carnicería —coincidí, apoyando la cabeza contra la pared mientras la abrazaba con fuerza por la cintura.
—¿No me digas que te ha dado? —se burló Vincent.
Por fin encontré fuerzas para levantarme, con la ayuda de Jess. Nos recolocamos la ropa y los chicos pudieron ver cuántas salpicaduras de pintura tenía en el pecho.
—Joder, no bromeabas. —Jason me rodeó, asintiendo con la cabeza—. No está mal, princesa.
Sonrió, orgullosa de sí misma. Cuando me miró, fruncí el ceño para ocultar mi sonrisa.
—No te acostumbres —le dije—. Has tenido suerte.
Ella solo levantó la barbilla, sonriendo.
—Bueno, entonces, ¿quién ha ganado? —preguntó Jason.
Manson levantó la mano, sonriendo.
—Nadie me ha eliminado.
Negué con la cabeza. Odiaba admitir la derrota, de verdad, pero Jess había jugado limpio y yo no.
—Disparé a Jess después de que ella me disparara varias veces. Nunca fue eliminada.
—Entonces lo dejaremos en empate —dijo Manson, colgándose la correa de su arma al hombro—. ¿Listos para volver a casa? Me muero de hambre.
—Podemos comprar unas pizzas de camino —propuso Vincent mientras los cinco salíamos del aula y nos dirigíamos hacia la salida del colegio—. Oh, espera, no, alitas picantes… O quizá hamburguesas… ¿O qué tal las tres cosas?
Jess se rio de su indecisión. Caminábamos muy juntos, con nuestros brazos rozándose. Deslicé un brazo alrededor de su cintura, rodeándola y atrayéndola hacia mí.
—Lo admito —dije—. Tienes muy buena puntería.
Sonrió mientras se acurrucaba a mi lado. El caos de mi mente se había calmado, pero en lugar de dejarme confuso e irritable como solía hacerlo, me sentía bien. Estaba contento.
Estaba feliz.