46 #2
Desde el patio, oí disparar a alguien una vez, dos veces, luego tres. Pero no hubo ningún grito de consternación que me indicara que alguien había sido abatido, y puse los ojos en blanco mientras me levantaba despacio.
Lo había dicho en serio cuando dije que tenía mejor puntería que todos ellos.
Empujé la puerta para abrirla de par en par mientras me deslizaba de vuelta al pasillo, recorriéndolo con la mirada de un extremo al otro.
Podría haber sido solo un animalito correteando por allí.
Me mantuve agachado, mirando con cuidado al aula contigua.
No había nada, pero capté un breve aroma familiar: fresa y vainilla.
Esa pequeña bocanada me hizo salivar y continué, acelerando el paso.
¿Dónde demonios estaba?
La parte sensata de mi cerebro me decía que estaba actuando como un crío. Eliminar a Jess en este juego no serviría de nada, no pararía lo que estaba pasando, no cambiaría la forma en que los demás la miraban, ni cambiaría lo que yo sentía.
Manson diría que necesitaba una válvula de escape, una forma de liberar la frustración. Bueno, eso era exactamente lo que estaba haciendo: desahogar la puta frustración.
Pero Jess era más lista de lo que pensaba. Al pasar junto a una fila de taquillas, volví a detenerme ante una escalera que se alzaba a ambos lados. Entrecerré los ojos mientras bajaba el arma. Reinaba un silencio tan inquietante que se habría escuchado una aguja al caer.
De repente, con una ráfaga de bolas de pintura, Jess salió disparada de uno de los casilleros. Me salpicaron el pecho y la pintura rosa chillón me manchó el hombro y el brazo derecho. Me tensé tanto que casi perdí el equilibrio y tropecé hacia atrás mientras la miraba con incredulidad.
—¡Joder! ¡Sí! —gritó Jess, dando saltitos y levantando los brazos mientras la miraba con los ojos muy abiertos. Tenía una enorme sonrisa en la cara y seguía con su baile de victoria—. ¡Ja! ¡Te dije que te ganaría!
Apreté las manos sobre la pistola. No podía ser… No podía ser que de verdad hubiera…
—¡Eh! ¡Eh, espera un momento, estás fuera! —dijo retrocediendo mientras yo avanzaba, interrumpiendo su celebración.
Mi visión se redujo a un túnel, centrándose en ese rostro pecoso cuya arrogancia se transformó rápidamente en preocupación.
—¡Te he disparado, Lucas! ¡Estás haciendo trampa!
Casi tropezó con los escombros y se refugió en la primera clase a su izquierda.
Entré tras ella y enseguida me recibió otra bola de pintura directamente en el pecho.
Maldita sea, esa iba a dejarme moratón. Chilló cuando apunté, esquivando por los pelos la bola de pintura que explotó contra la pared junto a ella.
—¿Por qué… no… te… rindes? —dijo soltando un disparo con cada palabra, cada bala me daba de lleno en el pecho mientras yo seguía avanzando.
Con cada paso, Jess abría más los ojos, dándose cuenta de lo que estaba pasando mientras se debatía entre luchar o huir. No iba a ganar en esto. No contra mí.
Se apartó de un salto cuando me abalancé sobre ella y salió corriendo de la sala mientras la perseguía.
Volví a apuntar, pero fallé. Mierda. Bajó a toda prisa la mitad de la escalera y luego saltó, aterrizando en cuclillas antes de seguir corriendo. ¿Por qué era tan jodidamente rápida?
Me dolían los pulmones mientras la perseguía a toda velocidad por el oscuro pasillo de abajo y luego a través de las puertas abiertas hacia el patio.
No dejaba de mirar hacia atrás por encima del hombro, con los ojos muy abiertos, jadeando para recuperar el aliento.
Dios, esa expresión en su rostro hacía que tuviera ganas de atraparla, clavarle los dedos en la piel y notar cómo se retorcía y luchaba contra mí.
Vi a Jason asomándose por una de las ventanas de arriba y lo oí disparar, pero ambos corríamos demasiado rápido como para que nos diera.
Jess irrumpió por las puertas del lado opuesto del patio y volvimos a estar dentro. Giró tan rápido que resbalé en el suelo y me apoyé en las taquillas de la pared mientras ella se daba la vuelta para encararme.
Tenía la cara roja, el pelo desordenado y jadeaba en busca de aire. Me sentía como si hubiera corrido una puta maratón. Yo también jadeaba, mirándola con cara de pocos amigos.
—Ríndete —exigió, apuntándome otra vez—. ¡Tengo mucha más munición y tú no me has dado ni una sola vez, perdedor!
Perdedor . Oh… Oh, ahora sí que la había liado.
Disparé y le di en el hombro. Gritó y se agarró el lugar donde le había dado, y yo aproveché la oportunidad. La siguiente bola de pintura le dio en el pecho y la siguiente en el muslo. Gritó, insultándome con furia.
—¡Joder, eso duele, gilipollas! —dijo mientras se metía en un aula y se agachaba detrás del gran escritorio que había delante de la pizarra.
De todos modos, yo ya no tenía munición. Tiré de la correa de mi arma hasta que quedó apoyada contra mi espalda, donde no me molestara, antes de ir a por ella.
La niñata seguía luchando. Tenía el dedo en el gatillo y empezó a disparar en cuanto rodeé el escritorio.
Las bolas de pintura a corta distancia hacen la hostia de daño, pero no me importaba.
El dolor me la puso dura y, de repente, me dio igual ganar o perder este estúpido juego.
Lo único que quería era poner a Jessica en su sitio.
La desarmé, la inmovilicé y le arranqué la pistola de las manos. La empujé, haciéndola rodar por el suelo antes de que pudiera volver a agarrarla. Era tan escurridiza que estuvo a punto de escapar, pero la levanté y la sujeté contra mí, con la mano alrededor de su garganta.
—¡Estás haciendo trampa, joder! —gruñó, furiosa.
La forma que tenía de retorcerse hacía que rozara el culo contra mi polla y no pude evitar restregarme contra ella. Volvió a gruñir cuando lo notó.
—Dios, ¡qué pervertido eres, Lucas! ¡Estás muy mal! —espetó.
Cada palabra enfurecida me incitaba a seguir. Luchaba con todas sus fuerzas, descargando su ira, pero podría haber dicho la palabra de seguridad y haber escapado.
Podría haberlo hecho, pero no lo hizo.
—Di rojo, Jess —le dije con voz tensa mientras luchaba por mantenerla en su sitio y ella se resistía con todas sus fuerzas; si no tenía cuidado, le haría daño, y no quería hacerlo—. Dilo, ya. Ríndete.
Se rio, fue un sonido maníaco y burlón.
—¿Rendirme? Oh, sí, apuesto a que te gustaría que me rindiera. —Lo hizo otra vez, restregó el culo contra mí; ahora lo estaba haciendo a propósito—. ¡Has perdido! Te he dado, tal y como dije que haría.
Estuvo a punto de liberarse de mi agarre, pero volví a sujetarla. La empujé contra la pared, inmovilizándola por el cuello. No había más que rebeldía en sus ojos cuando me miró, nuestros cuerpos estaban tan pegados que podía sentir su pecho subir y bajar con cada respiración.
—¿Por qué no dices la palabra, joder? —le solté—. ¿Por qué no dejas de intentarlo? No vas a ganar.
Me enseñó los dientes.
—¡Ya gané y tú hiciste trampa! Tú… ¡Joder! —Recostó la cabeza contra la pared y cerró los ojos un momento, jadeando—. ¿Por qué no lo admites? Te he ganado. ¿Por qué no…? Me gustaría…
Volvió a abrir los ojos. Esos iris verdes estaban clavados en mí, llenos de confusión y sinceridad y algo tan extraño que no me atrevía a expresar con palabras.
—¿Qué te gustaría? —le pregunté—. ¿Que jugase limpio? Porque ese no es mi estilo, cariño.
Seguía forcejeando contra mí, pero notaba que se estaba cansando, los brazos empezaban a temblarle. Gracias a Dios, porque no sabía cuánta energía me quedaba para seguir luchando contra ella.
—Me gustaría que no me odiaras —dijo, y sentí como si todo mi mundo se detuviera.
—¿Odiarte? —dije—. ¿Crees…? ¿Crees que te odio?
Me clavó las uñas en las muñecas mientras asentía con la cabeza. Parecía estar tan enfadada, tan… herida. Joder.
Moví la mano hacia arriba, pasando de agarrarle el cuello a agarrarle la barbilla. Era tan fuerte que me dejó atónito. Cada vez que la movía, tenía que esforzarme para hacerlo. Estábamos tan cerca que respiramos el mismo aire, y no quería que hubiera más espacio entre nosotros.
—Ojalá te odiara —le confesé y su rostro se tensó, se contrajo, se contorsionó por la confusión—. Joder, todo sería mucho más fácil si te odiara.
Hubo un buen rato en el que nos limitamos a mirarnos. Sus ojos recorrieron mi rostro, inseguros, incrédulos.
—¿No me odias? —preguntó en un susurro, la voz le temblaba como si la respuesta lo significara todo para ella.
Pero ¿por qué debería ser así? ¿Por qué iba a importarle? Yo era un puto perdedor y ella era…
No estaba seguro de quién de los dos se movió primero.
Me agarró con todas sus fuerzas para acercarme más, pero yo ya me estaba abalanzando sobre ella como si pudiera fundirme en su cuerpo.
Su beso fue violento, casi rabioso, mientras me arañaba los brazos.
Me mordió el labio y yo la aplasté contra la pared hasta que gimió.
Pero ese gemido me destrozó. Dios, no tenía suficiente. No podía respirar sin ella. Le quité la camiseta por la cabeza y ella me desabrochó los botones de los vaqueros hasta que por fin consiguió abrírmelos de un tirón y apretarme la polla.
Todavía había filas de pupitres en aquella vieja clase y empujé a Jess sobre uno de ellos. Inclinada, con las piernas abiertas, le rodeé la coleta con la mano y la mantuve allí, dándole una fuerte palmada en su precioso culo redondo.
—Joder, Lucas… —gimió mientras le bajaba los pantalones.
Llevaba un tanga debajo y me detuve un momento al ver una herida con costra en su nalga derecha.
Tenía el nombre de Manson grabado en la piel.
Me dio un escalofrío de placer ver cómo mi chico ya la había reclamado como suya, y pasé los dedos por los cortes antes de bajarme rápidamente los calzoncillos.
—¿Es esto en lo que solías pensar? —preguntó sin aliento, aunque apuesto a que intentaba sonar burlona, pero en sus palabras solo había desesperación—. Cuando te sentabas detrás de mí en biología, ¿por eso no dejabas de mirarme?
—Claro que sí, joder, era por esto.