La deuda (Losers 1) 46
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Lucas

Lo había hecho. Nunca lo habría creído si no lo hubiera visto con mis propios ojos. Jessica entró en la fiesta de sus amigos y salió como una traidora. Ver la sonrisa en su rostro, el entusiasmo con el que aplaudía nuestra victoria, fue como entrar en un universo paralelo.

Estaba seguro de que estaba fingiendo en el circuito.

Animando a Jason, actuando con entusiasmo por la victoria…

Tenía que ser fingido. Le habíamos dicho que se sometiera a nosotros y que pensara en nuestro placer, así que, ¿qué mejor manera de hacerlo que fingir que estaba interesada en nuestras victorias?

Pero ahora… ahora ya no estaba tan seguro.

Atravesamos Wickeston Heights a toda velocidad, reduciendo la marcha solo cuando llegamos a la puerta e intentando parecer despreocupados al pasar de nuevo por la garita. Pero aquel viejo guardia ni siquiera se molestó en levantar la vista cuando se abrió la puerta de salida y quedamos libres.

—¿No os da miedo que lo denuncien? —preguntó Jess—. Quiero decir, el padre de Nate es policía…

—Si nos denuncian, nosotros los denunciaremos a ellos —dijo Jason—.

Y tenemos muchas más pruebas contra ellos además de lo que le hicieron a los coches.

Si Nate quiere ir a llorarle a su papaíto, más le vale estar preparado para dar explicaciones de todas las drogas que le ha comprado a Vincent a lo largo de los años.

Vincent se rio desde el asiento del conductor.

—Ser el traficante del pueblo tiene sus ventajas. Es un material de chantaje excelente.

—Si quieren que esto se ponga feo, podemos hacer que se ponga muy feo —continuó Jason con una sonrisa sombría.

Esa era la única razón por la que habíamos podido ser tan atrevidos con esto. Involucrar a la policía sería malo para todos, pero si eso era lo que querían hacer, podíamos hacerles cosas mucho peores que limitarnos a joderles los coches.

—Tenemos mucha munición que no está congelada —dijo Manson mientras conducíamos—. Deberíamos ir a Crookston. Todavía hay suficiente luz.

—¿Qué es Crookston? —preguntó Jess, que estaba sentada entre Jason y yo, y seguía rebosante de energía.

Sus ojos verdes brillaban y su postura era rígida mientras sus dedos golpeaban el respaldo del asiento delantero con rapidez.

¿Qué le pasaba? ¿Qué quería? ¿Por qué hacía eso? ¿Por qué seguía jugando a estos juegos?

—El instituto Crookston —respondió Jason—. El edificio lleva décadas abandonado. Lo usamos para jugar al paintball.

—Me apunto a jugar una partida —dijo Vincent y su tono cambió cuando miró a Jess con picardía por el espejo retrovisor—. Y ¿sabes qué? Tenemos armas suficientes para todos. Incluso para ti, Jess.

—¿En serio? —preguntó con voz chillona, y pensé que iba a decir que no le interesaba—. Oh, ¡sí, joder! ¡Vamos!

No sabía en qué demonios estaba pensando.

Seguimos conduciendo, hasta que al final giramos y nos adentramos de nuevo en el bosque.

El antiguo instituto ya no se veía desde la carretera, tenía el patio cubierto de hierba alta y árboles frondosos.

Al atardecer, tenía un aspecto especialmente inquietante, con las ventanas rotas y las puertas con cadenas a medio descolgar de las bisagras.

El exterior de yeso blanco era ahora de un gris sucio, con vetas marrones que se filtraban por los marcos de las ventanas como si fueran sangre seca.

—Lo abandonaron en los setenta —le explicó Vincent a Jess, que se inclinaba en su asiento para ver mejor mientras el Bronco avanzaba dando tumbos por la carretera llena de baches, con el asfalto deformado y agrietado por los años de abandono—.

Había muy pocos alumnos. Lo cerraron y lo dejaron todo como estaba.

Miré hacia un lado, justo a tiempo para ver cómo Jess apartaba la miraba.

Fui el primero en salir del vehículo cuando nos detuvimos, abriendo la puerta antes incluso de que el coche estuviera aparcado.

—¿Lista para una pequeña exploración urbana, juguetito? —le pregunté, dejando la puerta abierta para que Jess pudiera salir detrás de mí.

Todos salimos del coche, estirando los brazos y sacudiéndonos la rigidez de los hombros.

Jess observó el viejo edificio que se extendía ante ella, medio cubierto por enredaderas.

—Da bastante miedo. ¿Está embrujado?

—Seguramente —respondió Jason, y ella se rio, dándole un empujón juguetón en el hombro.

Mi ceño se frunció aún más.

—Técnicamente, es propiedad privada, pero nadie se molesta en buscar intrusos —dijo Manson mientras abría el maletero del Bronco y sacaba nuestras armas, lanzándonos una a cada uno; Jess atrapó la suya con facilidad.

—¿Vamos a enfrentarnos entre nosotros? —preguntó, observando cómo Jason y Vincent recargaban las armas.

—Así es. Jugador contra jugador —dijo Jason.

—Nos repartiremos por todo el edificio —dijo Manson—. El último jugador que quede sin pintura gana.

—O jugadora —dijo Jess, y yo solté una risa ahogada que la hizo mirarme con los ojos entrecerrados—. ¿Qué te hace tanta gracia?

—Que creas que tienes posibilidades de ganar —contesté, apoyándome el arma en el hombro—. O que estés jugando. Sinceramente, no sé qué me parece más gracioso.

Manson me lanzó una mirada que decía «no empieces con tonterías», pero ya era demasiado tarde. Jess se acercó a mí y me clavó una uña morada en el pecho.

—No solo voy a jugar y ganar —dijo con malicia—, sino que voy a acabar contigo el primero .

—Oh, más vale que corras, Lucas —dijo Vincent, y Jason se rio entre dientes.

Miré con ira a la mujercita que tenía delante, con la pistola colgada al hombro y la cadera ladeada.

—La que va a correr eres tú —dije, y sus ojos brillaron—. Pero no de la forma que tú crees.

—Muy bien, muy bien, ¡vamos! —dijo Manson con una fuerte palmada para que todos prestáramos atención.

Jess y yo nos fulminamos con la mirada una última vez antes de cruzar el viejo aparcamiento hacia el edificio, y Manson le explicó las reglas mientras caminábamos.

—Si te disparan, estás fuera. Envías un mensaje al grupo y esperas en el Bronco.

La distribución del edificio es bastante sencilla: es cuadrado, con un pasillo largo en el centro y dos pasillos transversales en ambas plantas.

La estructura está en buen estado, pero ten cuidado por donde pisas. Ah, y estate atenta a los okupas.

La visibilidad era cada vez menor, pero aún quedaba suficiente luz natural como para no necesitar linternas mientras estuviéramos cerca de las ventanas. Vincent le enseñó a Jess cómo encender la linterna que todos llevábamos acoplada a nuestras miras telescópicas por si acaso.

Pudimos entrar por la puerta principal y nos abrimos paso a empujones por el oscuro pasillo que había más allá. Delante de nosotros se extendían filas de taquillas y aulas, con hojas, suciedad y escombros esparcidos por el suelo y amontonados en las esquinas.

—Muy bien, poned los cronómetros —dijo Manson, sacando su teléfono, y el resto lo imitamos—. Tenéis cinco minutos para dispersaros y encontrar una buena posición para defenderos… o empezar a cazar. —Sonrió, y sus dientes reflejaron la luz—. No has recargado, Lucas, ¿quieres que esperemos?

—No. —Seguí adelante con paso firme, rozando el hombro de Jess al hacerlo—. A diferencia de vosotros, capullos, yo sí que sé apuntar.

Jess soltó un suspiro detrás de mí, con tono sarcástico.

—Apuesto a que solo necesitas una bola de pintura para cada uno de nosotros, ¿verdad? ¿Tan bueno eres? —espetó.

Seguí caminando.

Esa mocosa se arrepentiría de haber intentado burlarse de mí.

¿Quién coño se creía que era? Después de años mirándonos por encima del hombro desde el otro lado, la señorita Martin de repente quería jugar a ser una delincuente.

Quería salir con nosotros como si nunca se hubiera reído en nuestras caras, como si siempre hubiera estado aquí.

Joder, y yo era el único culpable. Había sido yo quien había insistido en que viniera hoy, ¿y para qué?

Esperaba que se rajara. Quería ver cómo nos dejaba plantados porque eso demostraría que tenía razón.

Pero no lo había hecho. No, mierda, de hecho, había estado genial.

Sonrió y se rio cuando Alex recibió su merecido, y vino sin dudarlo ni un segundo.

Subí los escalones de dos en dos, con las botas crujiendo sobre los viejos cristales rotos. Las paredes de la escalera estaban cubiertas de grafitis y estrechos haces de luz se colaban por las ventanas rotas.

Quizá los demás habían olvidado rápidamente quién era Jess en realidad, pero yo no.

No iba a olvidarlo ni de puta coña. Tenía demasiadas cicatrices.

No entendía el sentido del perdón. ¿A dónde te llevaba?

Justo al punto de partida: ingenuo y vulnerable, a que te volviera a pasar lo mismo.

Se suponía que lo de Jess era un juego, pero los demás se estaban pasando de la raya.

¿Dormir en su casa, llevarla en coche, hacer ejercicio con ella?

No. Ni hablar. Así es como acabaríamos jodidos, así es como Manson acabaría con el corazón roto otra vez, así es como yo…

Mierda.

Así es como iba a meterme en problemas. Sintiendo esos estúpidos sentimientos por ella. Sintiéndome orgulloso de ella. Sintiendo que quería besarla cada vez que la veía, o hacerla reír, o verla sonreír.

Menuda puta mierda.

Entré sigilosamente en un aula y miré el reloj.

Quedaba poco menos de un minuto. Me acerqué a la ventana y miré hacia el patio, donde vi a Vincent pasando sigilosamente junto a unas mesas oxidadas.

Levanté el arma y apunté. No estaba bien apuntarle antes de que se acabara el tiempo, pero no importaba. No debería haber salido al patio.

El móvil me vibró en el bolsillo cuando se acabó el tiempo y me preparé para apretar el gatillo.

Un ruido en el pasillo me hizo quedarme paralizado, como el ruido de una lata de aluminio al recibir una patada.

Inmediatamente cambié mi objetivo a la puerta, agachándome detrás de un escritorio.

Respiré más despacio y escuché, con el dedo tembloroso listo para disparar.

«Vamos… Abre la puerta…».

Se oyó un crujido, un paso suave… y luego nada.