45
Jess
El sábado, me encontré esperando en la fila para entrar en los Heights al volante del enorme y ruidoso Bronco de Manson.
Conducir ese vehículo bestial fue mucho más divertido de lo que esperaba.
Los grandes neumáticos y la suspensión elevada hacían que todo el coche vibrara y diera tumbos mientras avanzábamos por la carretera, sacudiéndonos en nuestros asientos.
Manson iba sentado delante, conmigo, mientras Lucas, Jason y Vincent iban atrás, con la cabeza agachada para que el guardia no los viera mientras comprobaba mi carné de identidad.
Era el mismo guardia de siempre que llevaba años trabajando en esa garita, aunque le resultaba mucho más difícil mirarme lascivamente cuando iba en un enorme todoterreno en lugar de en un cochecito.
—Bienvenido de nuevo, señor Reed —dijo, saludando a Manson con la mano antes de abrir la verja y dejarnos entrar.
No me sorprendió que recordara a Manson, solía vivir en esta urbanización con su antigua trabajadora social, Kathryn, y su familia.
Suspiré aliviada una vez estuvimos dentro.
Los chicos se incorporaron mientras conducía por las carreteras de los Heights, llenas de curvas.
Algunas de las casas de allí eran inmensas, auténticas minimansiones en cada esquina.
La casa de Danielle y Nate no era tan grande, pero aun así era espaciosa.
Estaba situada en un terreno de una hectárea, una granja rodeada de árboles.
Solo podían permitírselo porque tenían a Matthew y a su novia como compañeros de piso.
Me aseguré de no pasar por delante de la casa, sino que aparqué más abajo para que Manson y yo pudiéramos salir.
Habíamos hablado sobre cuál sería la mejor forma de crear esta distracción; queríamos darle al resto tiempo suficiente para hacer todo lo que tenían que hacer, pero también necesitábamos inspeccionar el lugar antes de que ellos pudieran entrar.
El plan final se me ocurrió a mí, era la forma perfecta de captar y mantener la atención de todos los asistentes a la fiesta. Solo teníamos que hacer algo que nunca se esperarían.
Por eso Manson entrelazó sus dedos con los míos mientras subíamos por el camino de entrada en dirección a la casa.
Tenía un nudo en el estómago y las palmas de las manos sudorosas por los nervios.
Normalmente me vestía de punta en blanco para ir a una fiesta, pero hoy no podía permitirme el lujo de ir con tacones y ropa ajustada.
—No puedo creer que haya venido con zapatos planos a una fiesta —susurré mientras nos acercábamos a la puerta principal.
Había vehículos aparcados alrededor del jardín, pero mis ojos se fijaron en el Hellcat de Alex, aparcado delante del garaje. La camioneta de Nate estaba junto a él con el bonito Lexus de Danielle.
Manson me apretó la mano.
—¿Estás nerviosa?
—Un poco —admití.
Esta noche podían salir mal muchas cosas, pero yo ya había decidido que valía la pena correr el riesgo. Buscamos cámaras en el exterior de la casa y, al no encontrar ninguna, Manson envió un mensaje al grupo para avisarles.
—¿Lista? —preguntó.
Estaba a punto de entrar en una fiesta en la que la mitad de los asistentes solían acosarlo sin piedad, pero no parecía preocupado en absoluto. Teniendo en cuenta lo nerviosa que estaba yo, me sorprendió que él estuviera tan tranquilo.
Los dos íbamos a entrar allí y arruinar la fiesta. A pesar los nervios, la verdad era que no podía esperar a ver la cara de Danielle.
—Lista —respondí, y me acerqué para tocar el timbre.
La música se aumentó de volumen cuando Candace abrió la puerta. La sonrisa de su rostro se congeló al instante cuando nos vio.
—¡Oh, Jessica, vaya, hola! —dijo, fingiendo un entusiasmo poco convincente.
Tenía un vaso de plástico rojo en una mano y parecía que ya iba algo borracha a pesar de que solo eran las cuatro de la tarde y la fiesta acababa de empezar. Pero ella nunca había sabido controlar muy bien el alcohol.
—No sabía que ibas a venir. Yo, eh… —Miró a Manson, recorriendo su cuerpo con la mirada de arriba abajo en una lenta evaluación—. Has traído a alguien… Genial…
Manson había exagerado su atuendo a propósito.
Se parecía más a lo que solía llevar en el instituto, cuando tenía cresta y todo lo que se ponía parecía haber sobrevivido a un cataclismo.
Sus ajustados vaqueros desgastados estaban cubiertos de parches y agujeros y su camiseta del grupo Black Flag estaba igual de destrozada.
Pero mi parte favorita del conjunto eran, obviamente, las botas. Eran grandes, con cordones hasta las rodillas y una suela gruesa que acercaba su ya elevada estatura a la de Vincent. Me hacía parecer especialmente pequeña a su lado, vestida con mi top rosa corto y mis vaqueros.
—Sí, fue una decisión improvisada —dije, sonriendo mientras arrastraba a Manson dentro de la casa y Candace nos miraba como si hubiera dejado entrar a un perro extremadamente sucio—. La verdad es que necesitaba salir esta noche. El trabajo me está matando. Ya sabes cómo es.
Me alejé de ella con un pequeño gesto para despedirme.
En el equipo de música sonaban las cuarenta canciones más populares a todo volumen y la gente se agolpaba en todas las habitaciones, gritándose unos a otros por encima de la música.
La cocina estaba abarrotada, con botellas de licor y cajas de pizza abiertas esparcidas por la encimera.
La gente nos miraba dos veces al pasar, y cuando entramos en la cocina para servirnos unas bebidas, un grupo de chicos que ya parecían borrachos nos vieron.
—Joder, ¿Manson? ¿Qué tal, tío?
Uno de los chicos agarró a Manson de la mano y le dio un fuerte abrazo. Los demás le dieron palmadas en la espalda, le preguntaron cómo estaba y enseguida entablaron conversación.
Cuando por fin se marcharon, distraídos por la invitación de alguien que gritaba que abrieran un barril, miré a Manson con sorpresa.
—Era Rob Davis, ¿verdad? Pensaba que…
—¿Que me metió la cabeza en el retrete en primero?
—Manson terminó la frase por mí, mientras se servía un chupito de vodka en un vaso de plástico—.
Sí, era él. De hecho, algunos de esos chicos estaban allí cuando ocurrió lo del retrete.
—Abrió una lata de Sprite y la vació en su vaso—. Qué buenos tiempos.
—Dios, son unos falsos —siseé, sirviéndome sangría en mi vaso y bebiendo a sorbos mientras decía—: No sé cómo puedes soportarlos.
—Rara vez veo a esos chicos, así que puedo ser educado —dijo—. Además, la gente cambia. Mientras no nos causen problemas a mí o a mi familia, no tengo ningún problema con ellos. Todos hemos hecho gilipolleces cuando éramos jóvenes e ignorantes. Tú las hiciste. Y yo también, sin duda.
—¿Qué tonterías hiciste tú? —pregunté, con verdadera curiosidad.
Recordaba que se había metido en problemas por fumar, por llegar tarde, por ir con el patinete por el recinto escolar y, obviamente, por el incidente del cuchillo. Pero, por lo demás, parecía mantener siempre la cabeza gacha.
—Cometer asesinato y causar disturbios —dijo, rodeándome la cintura con el brazo mientras salíamos de la cocina. Teníamos una misión que cumplir, pero también necesitábamos pasar desapercibidos al menos durante un rato para que nadie sospechara—. Ya sabes, típicas mierdas de gamberros.
—¿Asesinato? —Abrí mucho los ojos—. No puede ser…
—Es broma. Vamos, Jess. —Me dedicó esa sonrisa ladeada que hacía que el corazón me latiera con fuerza—. ¿De verdad parezco capaz de asesinar a alguien?
—Bueno… —dejé la frase en el aire, luego me incliné hacia él y le dije en voz baja—: Pareces capaz de asesinar a este coño, así que sí, pareces un asesino.
Apenas pudo contener la sonrisa mientras negaba con la cabeza.
—Joder, si apenas has tomado una copa. ¿Y ya estás tonteando conmigo?
—No necesito alcohol para tontear contigo.
Habíamos entrado en el salón, donde la gran puerta corredera de cristal estaba abierta y daba al patio trasero.
Había gente reunida alrededor de la mesa de beer pong que había fuera, y vi a Danielle y Nate entre ellos.
Se lo indiqué sutilmente a Manson, que volvió a sacar el móvil para hacerles saber a los demás que los teníamos localizados.
Ahora teníamos que encontrar a Alex. Necesitábamos saber dónde estaban todos antes de que los chicos hicieran su jugada.
—Es curioso, ¿verdad? —preguntó Manson mientras observábamos a la multitud emocionada—. La última vez que estuvimos juntos en una fiesta, tuve que retarte para que te acercaras a mí. —Se rio con suavidad—. Esta vez…
—Estoy aquí porque quiero —terminé por él, sonriendo con dulzura y me incliné para besarlo.
Él se quedó tenso por un momento, sorprendido, antes de inclinarse hacia mí, acariciándome la cara con la mano y sonriendo contra mi boca. Podía sentir las miradas sobre nosotros e incluso oír algunos murmullos, pero no me importaba.
Esperaba que, a aquellos que pretendían preocuparse, les molestara. Podían morir del cabreo si pensaban que tenían derecho a dictar a quién besaba o quién tenía a mi lado.
Pero, poco a poco, la sensación de estar siendo observada hizo que un cosquilleo me recorriera la nuca.
Despacio, rompí el beso y me volví para mirar a nuestro público.
Danielle había vuelto a entrar y me miraba, nos miraba.
Candace estaba justo detrás de ella y, en el patio, Nate tenía los ojos entrecerrados en nuestra dirección.
Perfecto. Habíamos captado su atención.
Esbocé una sonrisa dulce.
—¡Hola, tía! ¡Parece que ha pasado una eternidad! —exclamé, con una mano sobre el pecho de Manson—. Muchas gracias por la invitación.
Por la expresión de Danielle, se arrepentía de haberme invitado.
—Claro —me dijo, apretando los dientes.
Candace y ella se fueron a la cocina, pero seguían mirándonos. Me ardían las orejas por las ganas que tenía de escuchar su conversación.
—¿Qué está haciendo? No me lo puedo creer…
—Qué raro, joder. Y qué pasa con…
—Da igual. No los pierdas de vista…
Dejé de prestarles atención.