La deuda (Losers 1) 45 #2
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Supuse que así era cómo se sentía estar al otro lado, pero no acabó con mi confianza como pensaba. De hecho, estar aquí en su contra me hizo sentir mejor que nunca. Su odio y su disgusto me dieron fuerzas.

¿Por qué había tenido miedo de que me rechazaran? No los necesitaba; no necesitaba estas fiestas. Lucas no creía que fuera capaz de hacerlo, pero yo estaba decidida a demostrarle que se equivocaba.

Había cambiado, y para mejor. Ya no era la Jessica que ellos conocían. No era la misma persona que había sido en el instituto. Esta era mi oportunidad de dejar todo eso atrás, de librarme de todo aquello de una vez por todas.

Todavía teníamos que encontrar a Alex, pero no estaba en el patio ni en el salón. No fue hasta que dimos una vueltecita por la casa y volvimos a la cocina cuando por fin lo encontramos. Nos vio entrar justo cuando terminaba de servirse una copa.

—¿Qué cojones pasa aquí?

Habló tan alto que acalló el resto de conversaciones. La gente nos miraba, a nosotros y a él; algunos con confusión, otros con anticipación, como si estuvieran esperando que pasara algo.

Alex se había quitado la camiseta, dejando al descubierto sus músculos sudorosos, y llevaba una gorra de béisbol roja puesta al revés.

—¿Quién coño te ha invitado? —espetó, clavando los ojos en Manson.

—Eh, ¿holaaa? —Hice un gesto con los dedos en su dirección—. Yo. Está aquí conmigo.

Alex apretó los dientes con tanta fuerza que me sorprendió no oírlos crujir.

—Claro. ¿Y tú por qué estás aquí, Jessica?

—¿Por qué no iba a estar aquí? —espeté, como si la respuesta fuera obvia—. ¿Dónde más podría estar un sábado por la noche?

—Probablemente follándote a los perdedores —soltó Danielle.

Candace y ella habían entrado en la cocina detrás de nosotros, esta vez acompañadas de Nate y Matthew.

Estaba claro que habían traído a los chicos para intentar intimidarnos.

Pero, por mucho que se pavoneasen y sacasen pecho, Manson seguía sin inmutarse.

Su actitud serena me tranquilizó y me ayudó a mantener la calma a pesar de lo inquietante que era todo aquello.

—Es un poco raro lo preocupada que estás por mi vida sexual —dije.

Normalmente, sus insultos me habrían puesto a la defensiva. Tenía muchas ganas de gritarle, pero no iba a dejar que me vieran perder los nervios.

Danielle chasqueó la lengua mientras se miraba las uñas con indiferencia.

—Sabes, Jessica, es triste que pienses que todo el mundo se preocupa tanto por ti.

Eres como una cría que ha montado un gran espectáculo y no se da cuenta de que todos aplauden por compasión.

Como ahora mismo. ¡Mírate! ¿Has venido aquí solo para exhibir a tu bicho raro? ¿Tanto necesitas llamar la atención?

Sentí que las venas me ardían. Quería abalanzarme sobre ella, arañarle la cara y arrancarle esas horribles extensiones que llevaba. Pero, en lugar de eso, bajé la vista hacia mi móvil y envié un mensaje rápido al grupo.

Hemos encontrado a Alex.

Tenemos a todos reunidos. Entrad.

Me guardé el móvil y levanté la cabeza para encontrarme con todos ellos —Alex, Danielle, Candace y los chicos reunidos a mi alrededor— mirándome mientras esperaban una respuesta.

—Oh, lo siento —me disculpé, riéndome—. ¿Esperabais que dijera algo? Pensaba que teníais cosas mejores que hacer.

Danielle parecía estar hecha una furia.

—¿Sabes lo que te pasa? —espetó, alejándose de Nate para ponerse frente a mí.

La gente que estaba en el salón y en el patio se estaba dando cuenta de lo que pasaba y empezaba a acercarse para ver la pelea.

—Estás muy convencida de que el mundo gira a tu alrededor, pero no es así, Jessica —continuó Danielle—. Lo único alrededor de lo que gira la gente es tu coño, ya que, al parecer, se lo das a cualquier bicho raro que se cruza en tu camino.

Manson emitió un sonido gutural y, al mirar hacia él, lo vi riéndose. No le importaba su reputación, ni los chismes, ni siquiera el hecho de que hubiera gente allí dispuesta a hacerle daño físico solo por estar presente.

Para mí, eso era mucho más sexy que cualquiera de esas personas que seguían ciegamente a la multitud.

Conocía a Danielle desde hacía años. Habíamos compartido secretos, incluso nuestros sueños, pero también habíamos alimentado la toxicidad de la otra, fomentando lo peor de cada una.

Eso no era amistad. Nuestra relación había sido como un parásito, no habíamos sido dos amigas que se apoyan.

Me preguntaba por qué la había enfadado tanto.

No quería a su chico; nunca me había entrometido en su espacio.

Pero entonces pensé en todas las personas a las que había odiado sin motivo, en las cosas horribles que había dicho sobre gente que apenas conocía, en cómo había juzgado a las personas con suma dureza, sin darles el beneficio de la duda.

Me hacía sentir poderosa. Me gustaba ser la guardiana, tener poder sobre la vida social y las decisiones que tomaban los demás. Sin duda, Danielle sentía lo mismo.

—Tal vez podrías aplicártelo —le dije; no quería odiarla, pero si seguía insistiendo, no me contendría—. El mundo tampoco gira a tu alrededor, ni yo.

—¡Dios, eres patética! —exclamó—. Te estás vendiendo a la basura de Wickeston. ¿Cuatro tíos a la vez, Jessica? ¿Cuántos más necesitas?

—Al parecer, a Manson le gusta que su propio novio le ponga los cuernos —se burló Alex, animando a la gente que le rodeaba a abuchear—. Por cierto, ¿dónde está tu perro, Reed? Creía que Lucas siempre estaba olisqueando a tu alrededor.

—No puedo traerlo a lugares con mucha gente —respondió Manson apoyando los codos en la encimera, tan relajado que parecía el dueño del lugar—. Muerde y al parecer eso a la gente le molesta.

El rostro de Alex se ensombreció y apretó los puños. La tensión en la sala era palpable y la gente empezaba a ponerse nerviosa. Todos estaban exactamente donde tenían que estar, centrados en nosotros en lugar de en lo que ocurría en la parte delantera de la casa.

Danielle frunció los labios.

—Quizá quieras montar un pequeño espectáculo para todos como hiciste hace unos años, ¿eh? ¿En casa de Daniel Peters? —soltó, sacando el móvil—. Todavía tengo el vídeo.

Sabía exactamente a qué vídeo se refería: yo, de rodillas, a los pies de Manson, durante el bebe o reto que habíamos jugado hacía casi tres años.

Le había besado las botas delante de todos.

Me había empapado de la humillación como si fuera la primera dosis de una droga y desde entonces no había podido librarme de mi adicción.