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Jess
Después de un polvo así, no estaba lista para irme a casa. Había terminado mi jornada laboral y, ahora que estaba completamente satisfecha y agotada, quería relajarme.
—Te llevaré a nuestra casa —dijo Manson, después de usar una pequeña toallita desinfectante de la guantera para limpiarme el corte reciente de la nalga—. Puedes quedarte allí todo el tiempo que quieras. Lucas y yo estaremos terminando de trabajar.
Pude verme el corte por primera vez en el espejo lateral del Mustang y descubrí el nombre de Manson grabado en mi piel. Esperaba sentir emoción y excitación al verlo. Lo que sin duda no esperaba era una avalancha abrumadora de emociones, una sensación de felicidad dolorosa.
—No te preocupes, no te dejará cicatriz —me dijo—. El corte es superficial.
Quizá quería que dejara cicatriz. Quizá quería tener su nombre grabado en mi piel para siempre. Pero no lo dije en voz alta.
Al deslizarme en el asiento del copiloto me dolía el trasero y me alegré de haber elegido una falda en lugar de unos vaqueros.
La verja estaba abierta de par en par cuando llegamos a su casa y Manson entró en el patio y aparcó delante del garaje.
Vi las piernas de Lucas debajo de un vehículo mientras seguía a Manson al interior de la casa y suspiré, aliviada, cuando me envolvió el aire fresco del interior.
Mientras Manson metía el café de Lucas en la nevera, me senté en la escalera para saludar a los perros, que me olfateaban emocionados alrededor de los pies.
Pero un repentino estallido de canto procedente del piso de arriba llamó mi atención. La voz era amortiguada, pero alguien estaba gritando a pleno pulmón.
Manson se rio.
—Supongo que Vincent está despierto.
—Su habitación está en el ático, ¿no? —pregunté, sin poder evitar reírme.
Manson asintió.
—Puedes subir si quieres. Tengo que volver al trabajo, así que ponte cómoda.
Cuando Manson regresó al garaje, subí las escaleras. Había otra escalera estrecha al final del pasillo del segundo piso, y la puerta de arriba estaba abierta, con la música a todo volumen y Vincent cantando a pleno pulmón.
Subí las escaleras y me detuve en la puerta.
El ático era espacioso, aunque el techo inclinado limitaba su altura en los bordes de la habitación.
Había una cama grande contra una de las paredes, con una ecléctica selección de sábanas estampadas y colchas de punto arrugadas.
Tenía camisetas, vaqueros y chaquetas colgadas en un par de burros para la ropa, también con una gran variedad de estampados y colores.
Una ventana redonda en el otro extremo de la habitación dejaba entrar la luz de la tarde, y era frente a esa ventana donde Vincent estaba sentado, con las piernas cruzadas en el suelo, un lienzo delante de él y pinturas esparcidas a su alrededor.
Cuando volvió a sonar el estribillo de la canción, echó la cabeza hacia atrás, tiró el pincel a un lado y salpicó pintura azul por todo el suelo mientras cantaba a pleno pulmón.
Al abrir los ojos, se fijó en que estaba allí de pie y esbozó una amplia sonrisa.
—Oh, mierda. Hola, cielo.
Se puso de pie, estiró sus largas extremidades y me abrazó. Cuando me soltó, vi una colección de botes de pintura en spray en la esquina, apoyados en el suelo detrás de un gran lienzo sobre un caballete.
—¿Este es tu nuevo cuadro? —pregunté, agachándome para verlo mejor.
El lienzo estaba salpicado de varios colores y representaba un cielo psicodélico sobre un campo con la hierba alta y verde. La vaga silueta de una figura caminaba por el campo, de espaldas al espectador y con la cara ligeramente girada, como si estuviera a punto de mirar por encima del hombro.
—Sí, lo empecé por capricho —respondió—. La semana pasada tomé unas gominolas de maría y tuve un sueño muy vívido… Tenía que plasmarlo en el lienzo.
—Es increíble —admiré.
La forma en que los colores se arremolinaban me recordaba al irisado de un charco de aceite, y la inmensidad del campo me hacía sentir como si hubiera todo un mundo esperando al otro lado de los árboles, en el horizonte.
Mientras me levantaba y echaba otro vistazo a la habitación, vi unos ganchos en la pared junto a su cama.
Había cuerdas bien enrolladas, de varios colores y materiales, junto a una gran variedad de juguetes sexuales con los que pegar: paletas grandes y pequeñas, correas de cuero e incluso una delgada vara de madera.
Había un cofre negro en el suelo debajo de los ganchos, y me mordí el labio con curiosidad.
Vincent se dio cuenta de que lo estaba mirando.
—Es el baúl de los juguetes —explicó, señalando el baúl con una sonrisa pícara—. Tengo todo tipo de cosas divertidas ahí dentro.
No tenía ninguna duda de que así era, pero un rápido estallido procedente del exterior llamó mi atención.
Me puse de puntillas junto a la ventana para mirar hacia abajo y vi a Jason de pie junto al garaje.
Levantó una pistola hasta el hombro y apretó el gatillo, y el estallido se repitió cuando unas salpicaduras de pintura amarilla brillante impactaron contra la puerta oxidada de un coche apoyada contra el lateral del garaje.
—¿Paintball? —pregunté—. Parece divertido.
—Será divertido, sí —dijo Vincent, acercándose a mí—. Lucas y él llevan semanas dándole vueltas al asunto, intentando averiguar cómo vamos a vengarnos de Alex y los demás.
Me giré y lo miré con los ojos muy abiertos.
—¿Como una misión de venganza?
—Oh, sí. Hay que darles una lección a esos cabrones. Deberías ir a hablar con él. Tengo la sensación de que tienen un papel muy importante para ti.
Me guiñó un ojo y la curiosidad pudo conmigo. Lo dejé con su obra de arte, bajé las escaleras y salí al patio, caminando con dificultad por el lateral del garaje.
Jason me vio llegar y dejó de practicar tiro al blanco, pero al mismo tiempo, Lucas salió por la puerta lateral del garaje con otra pistola de paintball en las manos. No pude leer su expresión cuando me miró; solo que parecía dolida.
¿Qué le pasaba? Siempre había sido distante, pero ahora me miraba como si fuera una granada que pudiera explotar en cualquier momento, como si no estuviera convencido de si era seguro tenerme cerca.
No importaba. No iba a dejar que arruinara mi buen humor.
—¿Para qué es todo esto? —pregunté, mirando los diversos objetos que habían colocado alrededor del patio.
Además de la puerta oxidada del coche, también había varias latas sobre bloques de hormigón y otro panel de metal apoyado contra uno de los árboles.
—Para practicar tiro al blanco —dijo Jason, apoyándose su arma en el hombro.
Lucas ya había apartado la mirada de mí y estaba concentrado en apuntar. Disparó, las bolas de pintura silbaron por el jardín y derribaron tres de las latas.
—El siguiente objetivo es el Hellcat de Alex —dijo Lucas, volviendo a apretar el gatillo.
Otra bola de pintura impactó contra el cristal de la puerta oxidada, pero esta vez no se rompió. Golpeó el cristal con un sonido seco y se agrietó desde el punto de impacto.
—Vaya… —Abrí un poco los ojos—. ¿Puedo probar?
Lucas me pasó la pistola. De pequeña había disparado la pistola de aire comprimido de mi abuelo, pero, aparte de eso, no tenía mucha experiencia. No creí que una pistola de paintball fuera muy diferente, así que apunté a la puerta y disparé varias veces.
Me alegró ver que todos menos dos dieron en el blanco.
—Buenos tiros —apreció Jason, impresionado.
Lucas gruñó y entrecerró los ojos, como si no creyera que lo hubiera hecho yo.
—No está mal —dijo, recuperando la pistola—. Parece que ya estás preparada para el sábado.
—¿El sábado? —pregunté—. ¿Ese día será la misión de venganza?
Jason se rio.
—La misión de venganza, claro. Veo que ya has hablado con Vincent.
—No te entusiasmes tanto, juguetito —dijo Lucas—. Lo que vamos a hacer está lejos de ser legal, pero eso nunca te ha importado, ¿verdad?
—No cuando es por una buena causa —respondí con naturalidad, haciendo que Jason volviera a sonreír y Lucas pareciera aún más gruñón—. ¿Cuál es el plan?
Los dos intercambiaron una mirada que no presagiaba nada bueno. Lucas se acercó a mí con la correa de su pistola de paintball al hombro. Me miró como si me estuviera evaluando y yo enderecé los hombros y me puse un poco más erguida de manera automática.
Se dio cuenta de lo que hice y sus fosas nasales se dilataron.
—Todos esos cabrones van a estar en una fiesta este sábado —empezó a explicarme—. Es en casa de Nate y Danielle, en los Heights. Como les pareció divertido venir a destrozarnos nuestras cosas, creemos que será muy divertido devolverles el favor.
Por supuesto, era la misma fiesta a la que me habían invitado esta mañana. Pero había un problema que quizá no habían tenido en cuenta.
—¿Cómo vais a entrar? —pregunté.
La urbanización Wickeston Heights estaba vallada y era necesario dar el nombre en la garita para que te dejaran entrar.
—Bueno, tú tienes una invitación para la fiesta, ¿no? —preguntó Jason.
Se oyó el clic de una puerta al cerrarse y miré hacia atrás para ver que Manson había salido del garaje y se dirigía hacia nosotros.
—Sí, me han invitado —respondí—. Dejadme adivinar: ¿queréis que confirme mi asistencia, que apunten mi nombre y luego os deje entrar a todos?
—Exacto —dijo Jason, hablando rápidamente con entusiasmo—. Tengo bolas de pintura en una nevera con hielo seco y todas las herramientas que necesitamos en la parte trasera del Bronco. Lo último que necesitamos es una distracción.
—Soy muy buena distrayendo —dije, y Manson se rio.
Mi cerebro ya estaba bullendo de ideas, pero Lucas seguía mirándome con ira.
—¿Te ofreces voluntaria para venir y arruinarles la noche a tus amigos? —preguntó—. ¿En serio?
—No son mis amigos —contesté enseguida, y Lucas puso los ojos en blanco—.
¡Lo digo en serio, no lo son! Destrozaron vuestros coches y me dejaron aquí para que cargara con la culpa.
Alex es un completo imbécil y Danielle es una zorra traicionera.
—Crucé los brazos—. Así que no, no son mis amigos, Lucas.
Él levantó las manos.
—Eh, que me da igual. Pero parece que estás a la defensiva. Quizá te sientes un poco culpable… Quizá estás un poco insegura…
—Lucas… Vamos, tío. —Jason negó con la cabeza—. Quiere venir.
—Nunca he dicho que no pudiera —dijo Lucas y se inclinó hacia mí otra vez, con una postura que dejaba ver un claro desafío—. Solo digo que no creo que esté a la altura de las circunstancias. No creo que esté preparada.
—Yo creo que sí —intervino Manson—. Te encantan los retos, ¿verdad, Jess? Porque este va a ser uno grande.
—Estoy preparada —dije—. Ya lo veréis. No sois los únicos que queréis venganza.
Parecía que Lucas seguía sin creerme.
—Perfecto. Es pan comido, joder —dijo Jason y, emocionado, disparó dando justo en la ventana agrietada, que se rompió—. El sábado va a ser divertido.