La deuda (Losers 1) 43
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Jess

Esos entrenamientos matutinos con Jason pronto se convirtieron en rutina.

Quedábamos fuera de mi casa, por suerte antes de que mi madre se despertara, y salíamos a correr juntos por el parque hasta el gimnasio.

Estaba claro que no estaba acostumbrado a madrugar, y algunos días llegaba medio dormido.

Pero allí estaba cada mañana, con los ojos legañosos hasta que el footing lo despertaba.

Pensé que una confrontación con Alex era inevitable después de lo que pasó, pero no volvió al gimnasio en toda la semana. O bien iba a otra hora o había dejado de ir por completo. En cualquier caso, no me quejaba. Me alegraba no sentir ya la pesadez de su mirada siguiéndome a todas partes.

Era agradable tener un compañero de gimnasio tan entregado. Jason se esforzaba mucho y estaba claro que sabía lo que hacía. Tenerlo allí, compartiendo mi entusiasmo y desafiándome con una pequeña competición amistosa, me hacía levantarme de la cama con ganas por las mañanas.

Era fácil olvidar que estaba allí para protegerme.

La idea de necesitar protección me resultaba extraña.

Los chicos sabían mejor que yo de lo que era capaz Reagan, pero aun así me daba vergüenza pedirles que me llevaran en coche por el pueblo cuando podía ir andando.

Normalmente podía coger prestado el coche de mi madre para ir a por café a media mañana, pero el jueves había ido a visitar a una amiga.

No creía que pudiera aguantar el resto del día sin mi café expreso. Una taza de café recién hecho de nuestra cocina no iba a ser suficiente. Pero aun así hice una mueca cuando saqué el móvil, intentando decidir a quién preguntar.

Siempre había sido independiente. Me saqué el permiso de conducir tan pronto como me lo permitió la ley y, antes de tener el BMW, conducía el viejo Jetta de mi madre.

No tener que depender de mis padres o de mi novio para que me llevaran a los sitios era un alivio.

Nunca tenía que pedir permiso ni esperar a nadie.

Así que enviar un mensaje al chat grupal me hizo sentir como si estuviera retrocediendo en el tiempo.

Hola, ¿podéis llevarme a por un café rápido?

Odiaba tener que pedirlo. Además, seguro que les molestaba. Se suponía que yo debía pagarles, no que me llevaran en coche.

Pero, para empezar, esto había sido idea suya.

Manson fue el primero en responder.

MANSON

Yo puedo. Dame quince minutos, voy para allá.

De inmediato, me apresuré a ir al baño para retocarme el maquillaje.

Me llevó varios minutos de acicalamiento obsesivo reconocer que el cosquilleo que sentía en el vientre era emoción nerviosa, como esa sensación ansiosa antes de una primera cita.

Pero Manson solo venía a recogerme para ir a tomar un café.

No era nada serio, nada por lo que emocionarse.

Dejé la máscara de pestañas y me quedé mirando mi reflejo. Me vi diferente a como me veía unas semanas atrás, pero no estaba segura de cómo ni por qué. Era como si mi rostro se hubiera relajado, como si hubiera estado tensa sin siquiera darme cuenta.

Era relajante que por fin me follaran bien; eso seguro.

Nunca había estado con nadie que me hubiera dejado tan satisfecha como estos hombres.

Era más que su dominación casual, sus palabras obscenas.

Hacían mi vida emocionante. Nunca sabía qué esperar.

Ya no sabía si me esperaba un día normal o si uno de ellos me llamaría, me enviaría un mensaje o vendría a recogerme para una aventura salvaje.

Me distraía del trabajo y me permitía enterrar todos los pequeños problemas del día a día.

Disfrutaba pasando tiempo con ellos mucho más de lo que jamás hubiera imaginado. Me gustaba estar con ellos, hablar con ellos, aprender de ellos. Y ellos también parecían disfrutar de verdad de mi compañía, excepto quizá Lucas, pero era imposible saber lo que pensaba él.

Mi móvil vibró y lo cogí, frunciendo el ceño al ver una notificación de Danielle. Era una invitación de Facebook a una fiesta en su casa este fin de semana, con casi un centenar de personas en la lista de invitados.

Tan solo unas semanas antes habría confirmado mi asistencia sin dudarlo.

Siempre había sido una chica fiestera; me gustaba salir.

Me encantaban las risas y las travesuras de estar en un gran grupo de gente, todos dispuestos a pasarlo bien.

Incluso ahora, mientras guardaba el móvil en el bolso sin responder a la invitación, temía estar perdiéndome algo importante.

Pero no estaba segura de si todavía había un lugar para mí en fiestas como esa. Si tenía que mentir para que la gente me aceptara, ¿para qué molestarse en aparecer?

Me crucé con mi hermana en las escaleras mientras bajaba.

—Oye, tu novio está fuera —me dijo—. O… —arrugó la nariz— uno de ellos.

Manson me había enviado un mensaje diciendo que llegaría pronto, pero yo me quedé paralizada en las escaleras, mirando a Steph.

—¿Por qué crees que es mi novio?

Ladeó la cadera e hizo una mueca.

Dios, juraría que yo solía hacer exactamente lo mismo. Era muy raro ver a tu propia hermana convertirse en una versión en miniatura de ti misma.

—Veamos… Siempre llegas a casa con chupetones, así que es obvio que estás saliendo con alguien.

Además, Mary Volkov me dijo que estás saliendo con su hermano, así que…

—Se encogió de hombros—. No sé por qué mamá se creyó tu historia de «¡solo son mis mecánicos!

». Estás perdiendo tu toque, hermana. Tienes que ser más astuta.

Se alejó, echándose la larga melena rubia por encima del hombro.

Estoy segura de que sabía muy bien lo que era ser sigilosa; yo había hecho todo en secreto cuando era adolescente.

En aquel momento, me parecía divertido, arriesgado, como robar una libertad que se suponía que no debía tener.

Pero tener que andar a escondidas siendo una mujer de veintidós años era agotador.

Me encontré con Manson en la acera, me deslicé en el asiento del copiloto de su Mustang y le di un beso en la mejilla. Me pareció algo natural, ni siquiera lo pensé. Pero él me miró sorprendido mientras ponía el coche en marcha.

—¿A qué viene esa mirada? —le pregunté, sacando un espejito del bolso y retocándome para intentar ocultar el rubor que tiñó mis mejillas.

—Hoy estás de buen humor —comentó, riéndose mientras salíamos de mi barrio.

—Deberías verme después de tomar cafeína —le dije, subiendo el volumen de la música—. Entonces sí que estaré de buen humor.

Reconocí la canción que había puesto de la noche que fuimos al mirador y me encontré tarareándola mientras circulábamos. Aparcó en la puerta de la cafetería en lugar de pasar por el autoservicio.

—El motor hace demasiado ruido y nunca me oyen cuando pido por el altavoz —me explicó.

Pedimos los cafés para llevar: un moca blanco con crema para mí, un moca con leche normal para él y un expreso bien cargado con hielo.

—Para Lucas —explicó—. Igual de negro que su corazón.

Tomó el camino más largo para volver a casa, conduciendo por carreteras secundarias que serpenteaban entre granjas y campos. Sin embargo, a diferencia de Vincent, evitó los caminos de tierra. No imaginaba al Mustang muy cómodo saltando por los baches del camino.

—¿Te he sacado del trabajo? —le pregunté mientras circulábamos a una velocidad moderada.

Tenía una mano en el volante y la otra colgando por la ventanilla, relajado, con la vista clavada en la carretera.

Hoy se avecinaba otra tormenta de verano, con densas nubes grises que bloqueaban el sol, pero no su calor.

Se respiraba electricidad en el aire y los relámpagos destellaban en las nubes lejanas.

—Igualmente me hacía falta un descanso —dijo—. Tu nuevo motor debería llegar pronto. A finales de la semana que viene, o puede que la siguiente. Después, Lucas y yo solo tendremos que instalarlo.

Salté en mi asiento.

—¡Sí! Dios mío, por fin, mi bebé está a punto de volver a casa.

No dije nada sobre la punzada de incertidumbre que me provocaba saberlo. Recuperar mi coche era el objetivo de todo esto, ¿no?

Manson giró y se metió en una pequeña carretera con curvas que se adentraba en el bosque. Vi una señal que indicaba que estaba cortada y malas hierbas crecían entre el asfalto agrietado.

—Esto está cerca del antiguo puente, ¿verdad? —pregunté.

Justo en ese momento, vi el puente delante de mí a través de los árboles.

Un viejo puente cubierto y de madera que cruzaba el arroyo Wickeston.

Era estrecho, solo lo suficientemente ancho como para que pasara un coche, pero sin duda ya no era seguro que circularan por él.

Una cadena con un cartel colgante que decía « precaución: no pasar » cruzaba el puente, impidiéndonos seguir adelante.

—Dicen que está encantado —comentó Manson, señalando con la cabeza el puente mientras aparcaba y apagaba el motor.

Los pájaros cantaban entre los árboles y la brisa susurraba entre las hojas mientras nos sentábamos a la sombra.

—He oído ese rumor —dije, dándole un sorbo a mi café—. Ashley y yo vinimos aquí un Halloween con una ouija e intentamos contactar con algo. No pasó nada, pero desde luego no recomiendo venir aquí después de que anochezca. Da mal rollo.

Sonrió.

—¿De verdad hiciste eso? Estás llena de sorpresas, Jess.

Había abierto la puerta para que entrara la brisa en el interior del coche y se recostó en el asiento mientras se bebía su café.

Tenía las manos y los brazos manchados de grasa por el trabajo y olía a aceite de motor y a neumático.

Llevaba un mono negro, pero la parte superior estaba desabrochada y le colgaba de las caderas, de modo que solo llevaba la camiseta interior cubriéndole el pecho.

Estaba tan bueno que prácticamente se me hizo la boca agua.

—Si mi coche ya está casi listo… —dije—. ¿Qué pasa con la factura?

Sus ojos se iluminaron y una sonrisa ladeada se dibujó en una de las comisuras de su boca.

—Has avanzado bastante con los pagos. Pero aún te falta mucho.

Esa sonrisa me puso aún más.

—¿De verdad? Joder, entonces tendré que esforzarme más.