43 #2
El cuero crujió cuando me incliné hacia él. Entreabrió los labios y recorrió mi cuerpo con los ojos, como si pudiera desnudarme con la mirada.
—El otro día volví a mirar tu lista —comenté.
Le deslicé los dedos por el brazo, observando cómo se le erizaba la piel. Me encantaba saber que tenía ese efecto en la gente. Estos hombres, con lo dominantes y abrumadores que eran, tenían pequeñas debilidades que poco a poco iba descubriendo.
A Manson le gustaban los retos, pero yo sabía que había algo que le gustaba aún más.
—La adoración —dije en voz baja, dejando que mis labios pronunciaran la palabra como una caricia cerca de su oído—. Te gusta, ¿verdad? Tener a alguien arrodillado ante ti, adorándote, complaciéndote, saboreándote…
Mis dedos habían bajado hasta su mano y él me agarró de la muñeca, utilizándola para acercarme aún más a él.
—Me gusta —admitió, con una voz que se había vuelto más grave, hasta convertirse en un gruñido que me hizo estremecer—. Un ángel debe adorar a su Dios.
—Dime cómo adorarte —pedí.
Estaba tan cerca que podría haberlo besado, pero no me atreví a hacerlo; preferí esperar a que me diera permiso, a que me diera instrucciones, ignorando esa voz interior que tanto deseaba mantener el control.
Dejó a un lado su café y me acarició la cara con la mano.
—Desnúdate. Quiero ver ese precioso cuerpo.
Al salir del coche, observé su rostro mientras caminaba hacia la parte delantera del vehículo.
Me puse frente a él, con el puente de madera a mis espaldas, y me quité la camiseta por la cabeza.
Cada movimiento era lento, sensual, y revelaba cada centímetro de piel como si fuera un regalo que había que desenvolver.
Él me observaba a través del parabrisas, con el puño en la boca y la mirada encendida.
Los pezones se me endurecieron cuando me quité el sujetador y la brisa me acarició.
Me quité los zapatos, metí la mano debajo de la falda para bajarme las bragas y las colgué de mi dedo.
Salió del coche, con la tensión reflejada en cada paso que daba hacia mí. Como si intentara contenerse, como si una parte de él quisiera abalanzarse sobre mí y agarrarme.
—Inclínate sobre el capó —me dijo—. Y súbete la falda.
Obedecí, sin apartar la mirada de él mientras me subía la falda por encima del culo y me inclinaba sobre el capó. El metal aún estaba caliente cuando apoyé mis tetas desnudas contra él. Se colocó detrás de mí y me apretó el culo con ambas manos.
—Adorarme significa dejar que te utilice como me plazca —dijo mientras su tacto pasaba de suave a fuerte y áspero con cada caricia—.
Si quiero que sufras por mí, sufrirás. Si quiero que aguantes el dolor, lo aguantarás.
Si quiero que me des placer, que me toques, que me ofrezcas tu cuerpo… Entonces eso harás.
—Sí, amo.
El título me resultaba extraño en la lengua, aterrador y angustioso, pero de alguna manera muy acertado.
Hizo una pausa y su respiración se detuvo por un momento. Luego se rio con suavidad y el sonido me provocó un escalofrío que me recorrió la espalda.
—Voy a hacerte daño —me avisó, inclinándose sobre mi espalda mientras me hablaba, frotándome el culo con la palma de la mano—. Y me lo vas a agradecer. ¿Lo entiendes?
—Sí, amo.
Oh, eso me provocaba un cosquilleo cada vez que lo decía.
Tragué saliva y cambié de postura para abrir un poco más las piernas.
—Estás aprendiendo a ser una buena chica —dijo.
Me acarició el muslo con la mano, luego la retiró de golpe y me dio un azote en el culo con tanta fuerza que me hizo jadear.
—Gracias, amo…
Volvió a retirar la mano y me dio otro fuerte azote en la nalga a lo que respondí con un gemido y pronunciando con dificultad la palabra «gracias».
Siguió azotándome hasta que empezó a escocerme la piel caliente. Mantuve las piernas abiertas y la falda levantada, pero al poco tiempo empecé a temblar. Cada impacto alimentaba un poco más mi excitación y, después de una docena de azotes, tenía el coño mojado.
—Me encanta cuando sufres por mí —comentó, deteniéndose un momento—. Cuando aguantas porque sabes que me complace. Lo estás haciendo bien, ángel.
El elogio me dio fuerzas.
La siguiente docena de azotes me hizo gritar y gemir, esperando el siguiente golpe. Era humillante y exactamente como lo deseaba, haciéndome sentir pequeña y felizmente dominada.
—¿Te duele? —preguntó con dulzura, frotando mi piel con su palma ardiente, incluso más que mi propia carne encendida.
—Duele…, pero me gusta. —Arqueé la espalda, empujando mi culo contra su mano y gemí con desesperación mientras lo hacía, anticipando el dolor, pero deseándolo con todas mis fuerzas—. Por favor… ¿Puedo recibir otro, amo?
Se rio, y me pareció tan sexy que me retorcí.
Me dio otro azote, justo en la curva entre el culo y el muslo, y mi grito de dolor se disolvió enseguida en un gemido de placer.
—Dios, eres tan sexy … —comentó, arrastrando las uñas por mi piel y dejando tras de sí unos arañazos ardientes—. Una buena putita para mí. Estás tan húmeda por los azotes…
Deslizó dos dedos en mi coño y yo incliné la cabeza por lo bien que me hacía sentir. Movió los dedos dentro de mí, sin dejar de darme en el culo con la mano que tenía libre.
Mi placer iba en aumento, mi interior se calentaba con rapidez y la respiración se me aceleró.
—Oh, así vas a hacer que me corra… Por favor… Por favor, deja que me corra…
—Voy a llevarte al límite —dijo, con un tono que no admitía réplica—. Luego voy a parar y te pondrás de rodillas. Todavía no puedes correrte.
Lo deseaba tanto que me habría puesto a llorar.
—No pares… —supliqué, con la voz ronca por el deseo—. Por favor… Por favor…
Sacó los dedos de mi interior y los llevó a mis labios.
—Abre —dijo—. Usa la lengua y límpiame, guarra.
Hice lo que me ordenó, limpiando mi excitación de sus dedos mientras el coño me palpitaba con ganas de más. Enrolló mi largo cabello alrededor de su puño y tiró de mí, agarrándome mientras me guiaba hasta ponerme de rodillas.
—Sabes que me gusta que estés desesperada… Esperando… Necesitando más. Necesitándome.
—Te necesito —susurré mientras lo miraba, acariciando su ingle con mi cara.
Podía sentir su dureza a través de la tela, y cerré mi boca sobre el bulto como si pudiera romper la tela para llegar a él.
—Déjame adorar tu polla, amo. Por favor.
Él bajó aún más la cremallera de su mono y se recostó contra la parrilla del Mustang mientras yo le acariciaba con la mano, sobre la tela negra de los calzoncillos que nos separaban.
Él se los bajó y yo me incliné hacia él, lo tomé con la mano y escupí sobre la punta de su pene.
Usé mi saliva para humedecerme la mano y lo acaricié despacio, observando cómo su rostro se contraía de placer.
—Aprieta un poco más —me pidió con la voz ronca—. Eso es, así…
Mantuve la cara cerca, inhalando su aroma almizclado antes de metérmelo en la boca.
Moví la cabeza, saboreándolo, murmurando mientras su sabor llenaba mi boca.
Estaba tan excitada que cualquier susurro de brisa sobre mi piel me resultaba demasiado estimulante, tenía los nervios a flor de piel.
Manson seguía sujetándome el pelo, guiando mi cabeza, apretando más su agarre cada vez que gemía.
—Joder, Jess… Tu boca es increíble.