42
Jason
No sé qué tipo de psicópatas se levantan voluntariamente antes de la salida del sol, pero al parecer, ahora yo era uno de ellos. Cuando sonó la alarma estaba medio muerto.
—Es por Jess, solo recuerda que es por Jess —me recordó Vincent somnoliento antes de que tirase mi móvil al otro lado del ático.
Fue suficiente para empujarme a salir de la cama.
Entendía por qué Lucas estaba tan irritado con todo el asunto.
Era leal hasta la médula, pero solo una vez que te ganabas su confianza, y eso era extremadamente difícil.
Jess le resultaba confusa, probablemente de la misma manera que me confundía a mí.
Cada vez que esperaba que se alejara, que volviera a sus viejos hábitos de burlarse de todo lo que hacíamos, se las arreglaba para sorprenderme.
Verla animándome durante la competición me hizo sentir tan eufórico que no tuve la más mínima duda de que ganaría.
No tenía por qué hacerlo. Nuestro acuerdo no tenía nada que ver con salir juntos ni con apoyarnos en nuestros proyectos…
, pero aun así lo hizo. Seguía estando genuinamente emocionada por verme triunfar, y yo me esforzaba por entender el porqué.
La única razón que se me ocurría, la que no dejaba de rondarme por la cabeza, era que se estaba enamorando de nosotros tanto como nosotros de ella.
Ni siquiera en el sentido sexual. El deseo ya estaba ahí; todos lo habíamos reconocido hacía mucho tiempo. No se trataba de eso. Esto era diferente. Era como si se estuviera enamorando de nosotros, de quiénes éramos y de lo que aportábamos a su vida.
Veía cómo nos miraba y cómo la miraban los demás. Ni siquiera Lucas se libraba. Había visto las miradas furiosas y llenas de anhelo que le lanzaba.
Era peligroso sentirse tan bien. Por defecto, el pesimismo solía parecer más seguro, sobre todo hoy.
Tenía un mal presentimiento que me decía que algo más estaba por venir. No sabía si sería Reagan, o más problemas con Alex McAllister y su grupo, pero algo estaba haciendo sonar las alarmas en mi interior y no me gustaba.
Llegué temprano al gimnasio y entré nada más abrió. Era un lugar enorme, tan nuevo que todo olía a plástico y desinfectante. Me iba a costar el doble de la cuota mensual que mi antiguo gimnasio, pero daba igual.
—¿Jason? ¿Qué haces aquí? —preguntó una voz incrédula detrás de mí justo cuando me entregaban mi nueva tarjeta de socio.
Me di la vuelta.
Jessica llevaba su bolsa de deporte rosa colgada al hombro y su largo cabello recogido en una coleta.
Llevaba unas mallas y un sujetador deportivo; el rostro sin maquillar.
Era fácil olvidar cuántas pecas tenía cuando normalmente las llevaba cubiertas.
Sin rímel, sin pestañas postizas, sin nada en los labios…
Dios, era preciosa.
—Entreno aquí —dije, mostrándole la tarjeta.
La miró con cara de desconcierto, como si sospechara que se trataba de algún tipo de truco.
—Eh… ¿Desde cuándo?
—Desde ahora.
Cogí mi bolsa del mostrador y me dirigí hacia atrás para buscar un lugar donde empezar a estirar. Jess me siguió de cerca.
—Pensaba que ibas al gimnasio que está más cerca de la casa —dijo.
Sonreí, aunque ella no podía verlo.
—Necesitaba un cambio de aires. Este sitio está muy bien. Piscina, sauna, sala de yoga… Debería haberme cambiado hace tiempo.
—Vincent te ha convencido para que vengas, ¿verdad? —preguntó, había una sonrisa en sus palabras.
Me giré para mirarla.
—¿Vincent? No, a él le da igual el gimnasio.
Se cruzó de brazos y ladeó la cabeza.
—¿Entonces es una coincidencia que estés aquí para verme el día después de que me haya encontrado con el espeluznante padre de Manson?
Me encogí de hombros.
—No está de más tener a alguien que te vigile. No te preocupes, no te interrumpiré. Tengo mi propia rutina. No voy a seguirte a todas partes.
Su rostro se ensombreció tanto que pensé que la había ofendido. Pero ella no me estaba mirando a mí, sino por encima de mi hombro.
—Buenos días, Jess. ¿Necesitas que alguien te ayude hoy?
Joder.
La cara de Alex se tensó cuando me di la vuelta. Estaba bastante seguro de que era el único chico con el pelo azul en este maldito pueblo, pero aun así me miró como si estuviera sorprendido de verme.
Le hice un rápido gesto de paz con la mano.
—Buenos días, colega. Ella está bien. Hoy la ayudo yo.
Por un segundo, pensé que me iba a dar un puñetazo en la cara. Apretó los puños y frunció los labios con disgusto mientras me miraba de arriba abajo. Me sacaba varios centímetros, pero la altura no lo era todo. No tenía ninguna duda de que podría darle una paliza si fuera necesario.
Pero no quería que me echaran de mi nuevo y elegante gimnasio el primer día.
—Hasta luego —dije con un gesto de despedida con la cabeza y me alejé, dejándolo allí enfadado.
Jess me siguió, pero una sensación irritable empezaba a bullir en mi interior.
No tenía ni idea de que Alex también venía aquí. ¿Hacía ejercicio con ella? ¡A Jess ni siquiera le gustaba ese tipo!
Estaba exagerando. Pero ¿por qué demonios había dado por hecho que la vería? ¿Qué mierda era esa tontería?
Encontré un espacio para estirar y tiré mi bolsa a un rincón. Había taquillas por algún lado, pero me había distraído y no quería ir a buscarlas.
—¿Estoy interrumpiendo un momento de complicidad con el bueno de Alex? —pregunté, sonando bastante mezquino.
—No tengo ninguna relación con él, Jason —dijo, inclinándose para tocarse los dedos de los pies; su culo se veía muy bien con esas mallas, jodidamente jugoso—. Intento evitarlo. Créeme, a mí también me gustaría que no viniera aquí.
Estiré los cuádriceps, alternando entre una pierna y otra.
La creí. No creía que ella tuviera ningún interés en Alex, pero ese no era el problema.
—Lo entiendo, lo entiendo —dije, al darme cuenta de que seguía mirándome fijamente, esperando una respuesta—. Supongo que me ha cabreado que diera por sentado que querías que te ayudara.
Su rostro se suavizó y sonrió.
—No me digas que estás celoso.
—No —dije enseguida—. No son celos. —Arqueó una ceja con escepticismo mientras yo aclaraba—: Es la convicción de que tú eres demasiado buena para él, y me cabrea que te robe aunque sea un segundo de tu tiempo.
Esa sonrisilla permaneció en su rostro.
—Bueno… Gracias. Por decir eso y por venir aquí. No quería que sintierais que teníais que molestaros por mí.
—No es ninguna molestia. —«Mentira»—. No me importa hacerlo. —«Esta mañana ha sido un infierno»—. Me gusta cambiar mi rutina. —«No, ha sido horrible».
Pero merecía la pena. Levantarme temprano, ir a otro gimnasio, lidiar con Alex… Todo merecía la pena si eso significaba mantenerla a salvo.
Sinceramente, merecía la pena porque significaba pasar tiempo con ella.
Sin embargo, no quería agobiarla. Sabía que tener a alguien metiéndose en mi rutina sin previo aviso podía ser jodidamente molesto e irritante.
Después de estirar, mantuve las distancias, colocándome de manera que pudiera vigilarlos a Alex y a ella.
Pero era obvio que los estaba distrayendo a ambos.
Alex parecía sospechar algo y tenía todas las razones del mundo para hacerlo.
Lucas y yo habíamos estado discutiendo mucho sobre cómo íbamos a vengarnos de él.
Habíamos acordado un plan de ataque, pero necesitábamos concretar algunos detalles logísticos.
Después de lo que Alex y sus amigos habían hecho, era lógico que él esperara una respuesta por nuestra parte, y la iba a tener.
Hasta entonces, disfrutaba pensando en cómo se estaría devanando los sesos por la expectación.
Pero ese hijo de puta no sabía cuándo parar. Estaba haciendo press de banca, bajando la barra hacia mi pecho, cuando apareció encima de mí. Tuve que terminar la ronda antes de tiempo para poder tocar mis auriculares y silenciarlos, lo que me permitió escuchar lo que tenía que decir.
—¿Qué cojones quieres?
No me levanté del banco, no iba a moverme ni un centímetro. Se apoyó en la barra que había encima de mí; el hedor de su sudor era realmente repulsivo.
—Vosotros, frikis, no podéis alejaros de ella, ¿verdad? —dijo, señalando con la cabeza hacia el otro lado del gimnasio, donde Jess estaba haciendo press de pierna—. Es espeluznante, tío. ¿Por qué la acosáis?
Me reí, con un sonido ronco por el esfuerzo.
—Personalmente, creo que es más espeluznante que la abandonaras en nuestra propiedad. Y creo que deberías ocuparte de tus putos asuntos.
—¿Crees que tenéis alguna oportunidad con ella? ¿En serio? —Sacudió la cabeza mientras daba un paso atrás y golpeaba con la toalla el lateral del banco—. Se acuesta con vosotros porque está aburrida. Y cuando se canse, buscará a un hombre de verdad que la cuide.
Que le dieran por culo a él y a su puta provocación.
Por eso Alex era tan malo para Lucas, porque Lucas no podía controlar su temperamento ante provocaciones como esa.
Pero yo estaba en mi salsa. Estaba zen. Asintiendo y sonriéndole, me toqué los auriculares y volví a ignorarlo.
Podía hablar todo lo que quisiera, pero no había nada que pudiera decirme que yo no hubiera oído antes.
En lugar de enfadarme, me hizo gracia. Qué original por su parte intentar atacar el hecho de que podía recibir pollas tan bien como darlas.
La preocupación de Alex por mi sexualidad decía mucho más de él que de mí, pero, joder, si tenía tanta curiosidad, estaba dispuesto a calmar sus «miedos» de que Jess no estuviera bien atendida.
Unos cuarenta y cinco minutos más tarde, ella y yo nos dirigimos a las duchas a la vez. Tenía la frente brillante por el sudor y sus músculos temblaban un poco mientras caminábamos uno al lado del otro.
—Tienes una rutina intensa —comenté, y ella sonrió al percibir la admiración en mi voz.
—Me gusta esforzarme al máximo —respondió—. Si al final no estoy temblando, es que no me he esforzado lo suficiente. —Me lanzó una rápida mirada, con una sonrisa ligeramente pícara.
Me empalmé, lo cual era un puto problema cuando estaba a punto de desnudarme en una ducha pública.
—Cuidado, Jess. Ahora mismo no puedo ocultar una erección.