La deuda (Losers 1) 40 #3
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Seguí sintiéndome incómoda durante todo el camino a casa.

No dejaba de mirar por encima del hombro, esperando volver a ver al hombre cada vez que giraba la cabeza.

Por suerte, cuando llegué a casa, el coche de mi madre ya no estaba.

Solo cuando cerré la puerta con llave y comprobé dos veces que el sistema de seguridad estaba activado, me sentí mejor.

¿Por qué seguía por allí el padre de Manson? Su hijo no quería saber nada de él y, por lo que yo sabía, no tenía casa aquí. ¿Qué quería de mí? ¿Por qué y cómo sabía siquiera quién era yo?

Saqué mi móvil y me quedé mirando mi reflejo en la pantalla. No me gustaba pedir ayuda a nadie, pero tenía la terrible sensación de que algo no iba bien. ¿Quién demonios agarraba así a alguien que no conocía? La forma en que había hablado de acordarse de mí, la forma en que me había tocado el pelo…

Me estremecí, busqué el número de Vincent y llamé.

Respondió tras solo un par de tonos de llamada.

—Hola, cielo. —Sonaba somnoliento a pesar de que era media tarde y el tono ronco de su voz me resultó inmediatamente seductor—. ¿Qué pasa?

—Nada importante —respondí mientras deambulaba por la casa con el móvil pegado a la oreja.

Eché un vistazo rápido al despacho de mi padre, pero la puerta estaba cerrada y se oían las noticias desde dentro.

No quería soltar: «¡Te llamo porque estoy asustada!», pero tampoco sabía qué más decir.

—Solo… Supongo que llamaba para ver qué hacías.

—Oh, ya sabes cómo va mi vida. Dormir hasta tarde, colocarme, comer algo en la cama. Pensar en tu culo sexy , en cosas degeneradas… —Se rio entre dientes—. Hoy he empezado un nuevo cuadro. Te lo enseñaré la próxima vez que vengas.

Era increíble lo rápido que conseguía tranquilizarme, cómo el estrés parecía desaparecer de mis músculos. Cogí una botella de agua de la nevera y subí las escaleras con dificultad, dejándome caer sobre la cama.

—Dime la verdad, ¿por qué me has llamado, Jess? —dijo Vincent con voz suave—. No me mientas.

Suspiré, sintiéndome culpable porque no me creía que le hubiera llamado para charlar, y aún más culpable porque tenía razón.

—He vuelto a ver al padre de Manson.

Su voz se volvió más alerta al instante.

—¿Dónde?

—En la cafetería. En The Toasted Bean, en Fair Street con Westlake. No sé qué le pasaba. Me lo encontré cuando salía y me agarró…

—¿Que hizo qué? —Se oyó un golpe, como si de repente se hubiera movido o se le hubiera caído algo—. ¿Dónde estás? ¿Estás bien? ¿Estás en un lugar seguro?

—Sí, sí, estoy bien. Estoy en casa. —Me sorprendió la alarma en su voz—. Pero me asusté y no sabía a quién más llamar.

Suspiró con fuerza.

—Me alegro de que lo hayas hecho. Manson sabe que ha vuelto al pueblo y no le hace ninguna gracia. La verdad es que… La he cagado, Jess. Se me olvidó decírselo y se enteró porque vio la camioneta de su padre aparcada cerca de tu casa.

Abrí mucho los ojos y me incorporé.

—¿Cerca de mi casa?

—No te preocupes, no pasa nada, estoy seguro de que no es nada… No creo que signifique nada. Creo que solo asustó a Manson, ¿sabes?

—Sí, bueno, a mí también me está empezando a dar miedo el viejo —dije, apartando la cortina y mirando hacia la calle—. Sabía mi nombre, Vincent. Sabía exactamente quién era.

—Joder. —Vincent respiró hondo, como si eso fuera lo último que quisiera escuchar—.

Mira, Jess, ten cuidado, ¿vale? Reagan no está bien.

No sé cuánto te ha contado Manson, pero ese tipo es un puto cabrón.

No me extrañaría que provocara algo si se entera de que has estado pasando tiempo con nosotros.

El miedo se apoderó de mí mientras repasaba el incidente en mi mente. La forma en que Reagan me había mirado, lo fuerte que me había agarrado… Sí, no era una persona de fiar. Y me había visto ese día con Vincent, así que era probable que hubiera establecido una conexión entre ellos y yo.

—Si necesitas ir a algún sitio, llámanos y uno de nosotros te llevará —continuó Vincent—. En serio.

—Os llamaría casi todas las mañanas —dije, sacudiendo la cabeza—. Tendré cuidado.

—No. —Su voz era firme—. No basta con que mires por encima del hombro cada vez que vas a algún sitio. No voy a arriesgarme a que ese tipo te pille sola. Él es la razón por la que tengo un arma en casa, Jess. Necesito que lo entiendas.

Esto era aún peor de lo que pensaba. Apreté los dedos sobre una de mis almohadas y clavé las uñas en la mullida superficie.

—No tiene sentido que me llevéis y recojáis del gimnasio a las siete de la mañana cada dos días —dije—. Es demasiado.

—Hablaré con el resto. Por ahora, si vas a cualquier otro sitio que no sea el gimnasio, dímelo. La ubicación y la dirección. Sé que suena jodidamente autoritario, pero lo digo en serio. Hazlo por mí, ¿por favor?

Sonaba genuinamente preocupado, incluso con miedo. El hecho de que fuera tan protector conmigo, cuando yo no debería significar nada para él, hizo que mi creciente temor disminuyera un poco. Al menos no tenía que lidiar con esto sola.

—Está bien. Está bien, lo haré.

—Prométemelo.

—Te lo prometo.

Por fin, percibí una sonrisa en su voz.

—Buena chica. Muy bien, hablamos. Te… —Se interrumpió de repente y carraspeó, como si se hubiera atascado con la palabra—. Te llamo luego.