40 #2
Mi pedido estaba listo y aún no había encontrado un asiento libre. Salí al patio, que estaba a la sombra de los árboles y rodeado de unas rejas cubiertas de enredaderas. Estaba buscando una mesa cuando una brillante melena pelirroja me llamó la atención.
Julia, la chica de Satin Novelties, me vio justo cuando yo la vi a ella.
—¡Jessica! ¡Hola! —Me hizo señas para que me acercara, con una gran sonrisa en el rostro; había una silla vacía en su mesa y me indicó que me sentara—. ¿Necesitas una silla? Te prometo que no te daré la tabarra. No puedo creer lo concurrido que está hoy este sitio.
Acepté agradecida y me senté en la silla, frente a ella. Tenía un sándwich y un café a medio terminar, un libro de texto abierto delante de ella y un cuaderno bajo su mano derecha.
En ese momento, dudaba si volver a relacionarme con alguien del instituto. Pero Julia y yo habíamos estado en cursos diferentes y en círculos completamente distintos. Me había parecido simpática en la tienda, así que quizá podía arriesgarme a conocerla mejor.
—¿Qué estudias? —le pregunté, intentando leer su enorme libro al revés, aunque había unos diagramas complicados que parecían órganos.
—Fisiología humana —respondió con un profundo suspiro—. Soy estudiante de enfermería. Por mucho que me guste vender porno y consoladores, no me da para vivir. ¿Tú ya te has graduado?
Hablaba en voz alta, sin importarle quién la oyera. Algunas personas sentadas a nuestro lado le lanzaron miradas reprobatorias, pero ella se echó el pelo hacia atrás y no les prestó atención.
—Sí, me gradué en junio —respondí—. Hice diseño arquitectónico.
—Vaya, entonces eres artista y te gustan las matemáticas —valoró—. ¿Vas a diseñar rascacielos? ¿Construirás el próximo Burj Khalifa?
Me reí.
—Joder, ¿no sería un sueño? En realidad, me interesa más diseñar casas. Sobre todo, restaurar casas antiguas.
—Entonces debe encantarte lo que Lucas y los chicos han estado haciendo con su casa antigua —comentó, inclinándose hacia delante en su asiento—.
Solo la he visto un par de veces, pero, vaya, recuerdo cómo era antes.
—Hizo una mueca—. Estoy bastante segura de que estaba casi en ruinas cuando se la quedaron.
—Me lo creo —dije—. Creo que esa vieja casa podría quedar muy bonita. Parece que están trabajando mucho en ella.
—Y bueeeno, ¿cómo os va a Vincent y a ti? —preguntó—. O a ti y… a los chicos… A todos ellos. —Se rio con torpeza—. Nunca sé muy bien cómo preguntar. Lo siento.
Arqueé las cejas, sorprendida.
—Espera, ¿lo sabes? ¿Sabes que están todos juntos?
—Oh, sí. —Hizo un gesto con la mano como si fuera algo pasado de moda—. Siempre han tenido su propia relación, desde que los conozco. Lucas siempre ha sido muy abierto al respecto, con lo del poliamor y todo eso. Creo que está bien. En mi opinión, el amor debe ser libre y ético.
—¿Salen mucho con otras personas? Quiero decir, ¿alguna vez los has visto intentar traer a alguien más?
Era una pregunta que probablemente podría haberles hecho a ellos directamente, pero me parecía exigirles información a la que no tenía derecho. Después de todo, no estábamos saliendo… Técnicamente. Esa tecnicidad pendía de un hilo cada vez más fino.
Julia frunció el ceño, pensativa.
—La verdad es que no. El año pasado hubo una chica, pero no duró mucho.
Y el año anterior hubo un chico, pero pasó lo mismo.
No duró mucho. Se mantienen al margen, pero no les culpo.
La gente de por aquí no es muy abierta de mente.
—Se inclinó aún más hacia mí y bajó la voz—.
Cuando abrió Satin Novelties, la gente se plantó literalmente en la puerta con pancartas, como si pensaran que estábamos corrompiendo el pueblo o algo así.
Era fácil reírse y hablar con ella. No importaba el tema al que cambiáramos, ella nunca perdía el ritmo y nunca la oí decir nada negativo sobre nadie. Cuando terminamos de comer, me pareció que apenas había pasado el tiempo.
—Aquí tienes mi número —me dijo, entregándome una nota adhesiva doblada—. Si alguna vez quieres quedar para salir o desayunar, envíame un mensaje. No me gusta mucho correr, pero me encanta hacer senderismo. Deberíamos ir juntas alguna vez.
Seguí sonriendo mientras llevaba mi plato y mi taza al interior y los dejaba en el mostrador antes de irme.
Julia parecía una persona genuinamente amable, no como si estuviera fingiendo o intentando caerme bien.
Cuando hacía preguntas, parecía sinceramente interesada.
Todavía me sorprendía que la única razón por la que conocía a los chicos era porque había conseguido caerle bien a Lucas.
Ni siquiera me había dado cuenta de lo mucho que necesitaba esto. Solo un poco de tiempo para relajarme y conversaciones sinceras con chicas que no estuvieran deseando apuñalarme por la espalda en cuanto tuvieran la oportunidad.
Acababa de salir por la puerta para irme a casa cuando me topé de frente con alguien que venía en dirección contraria.
—¡Oh! Disculpe, señor, lo siento —me disculpé apresuradamente con el hombre con el que me había chocado, esquivándolo en la acera.
Pero entonces levanté la vista, mirándolo por primera vez, y una fría oleada de miedo me recorrió las venas.
Tenía al menos unos cincuenta años. Era alto y delgado, y llevaba una camiseta raída y unos vaqueros que le quedaban grandes. Tenía el pelo largo, con mechas grises y brillante por la grasa. Sus pómulos hundidos y sus ojos oscuros me resultaban demasiado familiares.
Era Reagan Reed. El padre de Manson.
Tartamudeé por un momento, con la boca abierta, antes de intentar alejarme a toda prisa. Pero él me agarró del brazo y tiró de mí hacia él con tanta fuerza que me quedé sin aliento. Me tenía agarrada de manera que su mano parecía una tenaza, y podía oler el alcohol y el tabaco en su aliento.
Pero tan rápido como me agarró, me soltó.
—Lo siento, señorita. La confundí con otra persona. —Sonaba como si hubiera estado haciendo gárgaras con piedras—. Tendrá que perdonar a un anciano por su mala vista.
—Oh, sí… claro —dije, frotándome el brazo donde me había agarrado.
¿Debía huir? ¿Quedarme? ¿Pedir ayuda? ¿Necesitaba ayuda? Vincent había dicho que Reagan le daba miedo, y yo sabía que había maltratado a su mujer y a su hijo, pero ahora era un hombre mayor, delgado y de aspecto frágil.
Aun así, su agarre había sido de todo menos frágil.
—Eres Jessica Martin, ¿verdad?
El hecho de que utilizara mi nombre completo me hizo volver a prestar atención.
Asentí con la cabeza, antes de darme cuenta de que no debería haberlo confirmado.
—Eso pensaba. Te recuerdo de la iglesia. Solías ir con tu madre.
La última vez que asistí a una misa fue hace al menos diez años, a pesar de que mi madre intentó de todo para que no dejara de ir.
—Hace mucho tiempo que no voy a la iglesia.
Él sonrió. Tenía los dientes marrones y las encías rojas.
—Yo también. —Sus ojos me recorrieron de arriba abajo, haciéndome sentir incómoda, como si su mirada me cubriera de baba—.
Te has convertido en una joven muy hermosa.
Ese pelo rubio… —Extendió la mano y, confundida y sorprendida, me quedé clavada en el sitio mientras él cogía un mechón de mi cabello con sus largos dedos—. Como un ángel.
Retrocedí a toda prisa.
—Tengo que irme —dije, y me alejé sin decir nada más.
Saqué las llaves de mi bolso inmediatamente y las agarré entre los dedos como si fueran un arma, agradecida por todas las tiendas y personas que había cerca.
Reagan no me siguió, pero oí lo que me dijo.
—Que tengas un buen día. Ten cuidado ahí fuera.