La deuda (Losers 1) 40
74%

40

Jess

Todo parecía perfecto… Al menos, hasta el día siguiente.

Esa noche nos quedamos fuera hasta tarde, los cinco paramos a cenar en un restaurante cercano para celebrar la victoria de Jason. Vincent le invitó a una copa, luego lo hice yo, y seguimos hasta que Jason acabó borracho.

Yo también estaba un poco contenta cuando nos fuimos, pero recuerdo que Jason me agarró antes de subir al Bronco.

—Sabes, eres preciosa… Jodidamente preciosa… La mujer más hermosa que he visto nunca. Me alegro mucho de que hayas venido —me dijo con voz pastosa.

Esas palabras se me quedaron grabadas mucho después de que me dejaran en casa, como una bolita de luz dentro de mí. Ayer, algo cambió, algo importante. No estaba segura de lo que significaba, pero me hizo sentir una esperanza que no había sentido en mucho tiempo.

Salvo que ahora tenía que lidiar con mi madre.

—Esto es inaceptable, Jessica, ¿me oyes? ¡Inaceptable!

Había empezado a regañarme a primera hora de la mañana.

Había conseguido esquivarla durante el trabajo, pero, ahora que había terminado, había vuelto a la carga con la bronca.

Decirle que los chicos eran «solo amigos» no había servido más que para que empezara a lamentarse de mi pésimo gusto para elegir amistades y de lo bajo que habían caído mis «estándares».

—Tienes amigos —insistió—. Amigos que no son delincuentes, que no intentan aprovecharse de una joven guapa.

Mi hermana ya había huido de la escena, e incluso mi padre se había escabullido en silencio, probablemente para esconderse en su despacho. Cobardes. ¿Por qué siempre esperaban que yo fuera la más madura y me ocupara de esto yo sola?

—¿Qué ha pasado con Danielle? —preguntó mi madre, con los ojos muy abiertos mientras me miraba desde su gran y cómodo sillón en el salón—. ¿O con Candace, o Vanessa?

—Vanessa se mudó a Kentucky —dije, evitando deliberadamente hablar de las otras dos mujeres que había mencionado—. Mira, sé que no te gustan, y no tienen por qué hacerlo. Pero no son peligrosos. No actúes como si fuera una cría ingenua.

—Oh, cariño, estás actuando justo así. —Tenía la copa de vino entre los dedos y dio un gran sorbo antes de decir—: Eres mejor que esto.

Solías decirme que esos chicos eran unos cretinos, que siempre se metían en problemas.

Por Dios, Jessica, ¿no te bastaron las agresiones que cometieron? ¿Qué ha pasado con tu sentido común?

—Mamá, literalmente están arreglándome el coche —le dije—. No puedo evitarlos. No voy a intentar evitarlos.

—Evitarlos… —se burló—. Te metiste en el coche de ese hombre sin dudarlo ni un segundo. Esos chicos son mucho más que tus mecánicos. —Entrecerró los ojos—. Dios mío, por favor, no me digas que te acuestas con uno de ellos.

Mamá no solía ser así, pero las cosas habían cambiado según me fui haciendo mayor.

Cuando era pequeña, era su perfecta Jessie Sunshine , una muñeca a la que podía vestir con vestidos brillantes y grandes lazos.

Era una estudiante brillante que no podía dejar de hacer que se sintiera orgullosa y, cuando lo hacía, era devastador.

Pero una adolescente no era una muñequita mona con la que se pudiera jugar a disfrazarla.

Una vez que empecé a ganar independencia y a tomar mis propias decisiones, mamá perdió su juguete perfecto y tuvo que empezar a buscar otras formas de mantener el control: vergüenza, culpa, regañinas implacables…

Los años que pasé lejos de casa, en la universidad, no hicieron que ella aflojara el control, solo lo reforzó, como si supiera lo frágil que era.

Me enseñó a no aceptar nada menos que la perfección, a ser audaz sin importar las circunstancias. ¿Por qué le sorprendía que utilizara esas mismas cualidades para tomar mis propias decisiones?

—Mamá, tienes que parar.

Intenté mantener mi voz lo más razonable posible.

Las discusiones a gritos que teníamos cuando era adolescente habían sido una locura, y no quería volver a llegar a ese punto.

Pero parecía que cuanto más tranquila estaba yo, más se enfadaba ella, como si no estuviera obteniendo la reacción que quería.

—Oh, ya veo. —El sarcasmo rezumaba en sus palabras—.

Ahora soy yo la mala. Soy la villana por velar por la seguridad de mi hija.

Bueno, te diré una cosa, Jessica Marie Martin.

—Se inclinó hacia delante en su silla, con las uñas bien cuidadas extendidas sobre la mesa—.

No voy a permitir que vengan a mi casa. Si vuelven a aparecer por aquí, llamaré a la policía.

Puse los ojos en blanco, exasperada.

—No, no lo harás. No vas a llamar a la policía solo porque estén en la vía pública. Eso es ridículo.

—¿Perdón? ¿Qué me has dicho?

De repente, me levanté del sofá. Esta discusión nunca iba a terminar si no me marchaba de allí.

—No vas a llamar a la policía y no vas a dictar con quién paso mi tiempo. Eso se ha acabado.

—Bueno, pues yo no he terminado, Jessica. ¡No te vayas!

Pero no podía detenerme. Agarré el móvil, cerré de un portazo la puerta principal y puse fin a su discusión.

Dios, algunos días no la soportaba. Me destrozaba, porque durante mucho tiempo había hecho todo con ella. Me había aferrado a cada una de sus palabras. Pensaba que era hermosa y feroz, una persona fuerte y capaz.

Entonces me di cuenta de que lo que veía no era fuerza, sino la capacidad de hacer que los demás se sintieran débiles para poder controlarlos. Podía menospreciar a alguien durante semanas y meses, minándolo hasta que se doblegara a su voluntad.

Pero a mí no. Ya no.

Estaba harta de este lugar. Cada vez que cerraba los ojos, veía el horizonte de Nueva York esperándome.

Salvo que…Había algunas cosas aquí con las que aún no había terminado. Ni siquiera un poco.

Me puse los auriculares y guardé el móvil en el estrecho bolsillo de mi brazalete.

Aunque era un fastidio no tener coche, mi cafetería favorita no estaba muy lejos para ir corriendo.

No había podido terminar el desayuno porque mi madre no dejaba de darme la lata y para evitarla ni siquiera había bajado a comer.

El estómago me rugía por el hambre mientras corría por el parque del barrio.

Los senderos eran agradables, con grandes árboles que proporcionaban algo de sombra.

Pero hoy el cielo estaba cubierto de espesas nubes grises, aunque eso no hacía que el calor fuera menos intenso.

El aire era tan denso que en pocos minutos estaba empapada en sudor.

Ojalá mi madre supiera la verdad, ojalá pudiera aceptarlo sin perder completamente los estribos.

No me quedaban amigos, pero en gran parte había sido por decisión propia.

Ninguna de las personas con las que había crecido seguía siendo cercana.

Ni una sola persona a la que alguna vez había llamado amiga era digna de confianza.

Nadie excepto…

Reduje el ritmo de mi trote al acercarme a la cafetería y sonreí mientras sacaba mi móvil.

Ashley García era mi amiga desde hacía más tiempo que nadie.

Nos conocimos en cuarto curso y desde entonces fuimos inseparables, al menos hasta que consiguió el trabajo de sus sueños y se mudó a Nueva York sin mí.

Siempre nos habíamos parecido mucho y, aunque era la reina de los cotilleos, nunca me hizo sentir que ponía en peligro nuestra amistad por hacer lo mío.

La llamé y me emocioné tanto al oír su voz que estuve a punto de ahogarme.

Estaba disfrutando al máximo de su vida de soltera, saliendo de fiesta los findes y trabajando duro durante la semana.

Había conseguido un trabajo como consultora publicitaria y le gustaba casi tanto como probar un nuevo bar de cócteles cada noche.

—¿Alguna novedad en Wickeston? —preguntó, después de contarme todas sus travesuras del fin de semana—. Déjame adivinar, sigue siendo aburrido, aburrido, aburrido.

—Más o menos.

Me eché a reír.

La cafetería estaba llena aquella mañana y yo estaba buscando un sitio libre mientras esperaba mi comida.

—Sigue exactamente igual. Zorras traicioneras y capullos por todas partes. Estoy deseando salir de aquí.

Quizá percibió un ligero tono de mentira en mi voz.

—Sí, no ves la hora —dijo con astucia—. No hay mucho en Wickeston, excepto… Bueno, ya sabes.

Suspiré.

—¿Ya sé el qué, Ash?

—Ya sabes —insistió—. Tus chicos favoritos siguen allí, ¿no? —Como no dije nada, me explicó—: ¿Manson Reed? ¿Vincent? ¿Sus amigos raritos?

—Dios mío, tía, no.

La negación fue instantánea, pero, en cuanto lo dije, sentí una punzada de arrepentimiento en el pecho.

¿De qué tenía tanto miedo? Estaba hablando con Ashley.

¡Ella no me juzgaría! O, al menos, si lo hiciera, no me haría sentir mal por ello.

Pero seguía viendo a Danielle en mi mente, sonriéndome mientras me decía con falsa dulzura: «Será nuestro secretito, cariño».

No pensaba que Ashley me traicionara así. Odiaba el simple hecho de pensar en ello.

—Claro, claro. —Era evidente que no se creía mi negación.

Di un sorbo a mi café, como si, de alguna manera, la cafeína fuera a ayudarme a relajarme.

—¿Qué te ha hecho pensar eso?

—En primer lugar, porque pareces muy contenta.

La última vez que recuerdo que estuvieras tan animada fue después de una fiesta de Halloween hace unos años.

—Se rio—. Además, no fuiste muy sutil con lo mucho que los acosabas en la universidad.

Te juro que cada vez que miraba tu móvil, tenías una de sus redes sociales abierta.

Pero bueno, vale, te creo. No los has visto, ¿no?

—No —dije con rapidez, pero su largo silencio de después me quebró—. Está bien, los vi en una fiesta.

Su grito estuvo a punto de reventarme los tímpanos. Tuve que alejarme el móvil del oído, lo que me valió algunas miradas extrañas de las personas que estaban sentadas a mi alrededor cuando el agudo chillido salió del altavoz.

—¡Dios mío, lo sabía, lo sabía! —exclamó—. Tienes que contármelo todo… Ah, mierda. Nada. Me llama mi jefe. ¿Me llamas más tarde?

—Claro, tía. Te quiero.

—Yo también te quiero, zorra. Adiós.