La deuda (Losers 1) 37
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Jess

Esa mañana me di una ducha larguísima, saboreando cada gota de agua caliente sobre mi cuerpo dolorido. Era probable que caminara rígida durante días, pero la incomodidad era algo extrañamente satisfactorio.

Solía resultarme raro tener a alguien durmiendo a mi lado. No había tenido ninguna relación «estable» desde mi segundo año de universidad, y eso que solo duró tres meses. Prefería que las cosas fueran breves y agradables. Cuanto más tiempo estaba con alguien, más molesto se volvía.

Pero esto era distinto. Dormir junto a Manson no había sido raro.

Era como llegar a casa al final de un largo día y hundirte en tu almohada favorita, como una manta calentita en una noche fría.

Dormí como un tronco y, cuando me desperté y vi su pelo revuelto, su rostro relajado por el sueño… Dios, ¿cómo podía resistirme a eso?

No tenía sentido que un hombre tan diferente a mí me hiciera sentir tan comprendida, tan aceptada.

El lado incierto y turbio de mí misma que él sacaba a relucir me parecía más real que cualquier otra cosa.

Era esa parte de mí que ansiaba cosas aterradoras, inusuales y vulnerables, cosas que me resultaban demasiado cercanas para sentirme cómoda, demasiado reales, demasiado crudas.

Era mucho más difícil jugar a nuestro jueguecito cuando mi corazón estaba decidido a no seguir mis propias reglas.

La regla número uno era no encariñarse. En el momento en que eso ocurriera, estaría en un lío.

Ya podía notarlo y empezaba a asustarme, cómo intentaba pasar más tiempo con ellos.

Incluso cuando no estaba cumpliendo con mis «obligaciones» como su juguete, seguía sintiendo esa necesidad de estar cerca de ellos.

Debía tener cuidado. Tenía mis propios planes y no podía permitir que se echaran a perder ahora.

Jason no me había dicho a qué hora llegaría, pero cuando salí del baño, oí a alguien abajo. La puerta de mi habitación estaba abierta de par en par y salí para asomarme por la barandilla y mirar hacia la entrada.

—A vosotros no os gusta llamar a la puerta, ¿verdad?

Jason me miró. Estaba sentado junto a la puerta abierta con un ordenador portátil sobre las piernas estiradas y el pelo azul revuelto cubierto por una gorra de béisbol negra.

—Llamar a la puerta es como pedir permiso, y yo no estaba pidiendo permiso —dijo.

Puse los ojos en blanco y me di la vuelta antes de que pudiera verme sonreír. Después de vestirme a toda prisa, bajé las escaleras y me lo encontré todavía sentado en el mismo sitio, con el ceño fruncido por la concentración mientras miraba las largas líneas de texto en su pantalla.

—¿Quieres café? —le pregunté, mirándolo a través de la puerta de la cocina.

—Estoy bien —respondió, mostrándome una lata de bebida energética verde neón y negro.

—Ah, ya veo, prefieres abastecerte con puro ácido de batería.

La cafetera emitió un quejido y ese delicioso zumo amargo comenzó a gotear. Añadí un poco de crema a mi taza antes de volver a la entrada y sentarme a su lado. Estaba tan concentrado en su pantalla que no se inmutó hasta que le di un golpecito en el hombro y me miró, sobresaltándose.

—Pensaba que tu pantalla se parecería a la de Matrix o algo así —le dije.

Él se rio y negó con la cabeza.

—Hay muchos menos símbolos de neón flotantes y muchas más matemáticas.

Lo observé en silencio durante un minuto mientras tomaba un sorbo de café. Las matemáticas no se me daban especialmente bien, pero lo que él estaba haciendo no se parecía en nada a las matemáticas que yo conocía. Estaba hablando un idioma completamente diferente en esas largas líneas de código.

—Ya casi he terminado. Solo necesito probarlo una vez más…

Pulsó la tecla intro y miró el panel de control de la alarma. La pantalla parpadeó y el mensaje cambió de « error» a « preparada para activar» .

—Vaya, qué rápido —comenté—. ¿Qué has hecho?

Se aclaró la garganta con torpeza y se puso de pie.

—Quizá lo haya complicado demasiado.

—¿Qué quieres decir?

—Hice algunos cambios —respondió—. Lo hice un poco más difícil para cualquiera que decida intentar entrar aquí.

Cerró la puerta principal, se dirigió al teclado y tecleó nuestro código. El sistema emitió un pitido y la pantalla cambió a « alarma activada» .

—¿Y cómo es que sabes nuestro pin? —le pregunté—. Supongo que no debería sorprenderme.

—Puedes cambiarlo cuando me vaya —dijo, mirándome por encima del hombro—. O no.

—Lo cambiaré —dije, poniéndome de pie—. No quiero ponértelo demasiado fácil.

—Mala. —Se burló mientras desactivaba el sistema otra vez y desconectaba su ordenador portátil—. Tus padres no deberían notar nada, aunque quizá tengas que pedirles que vuelvan a conectar los mandos de control remoto. Por cierto, así es como lo hice. Con tu mando a distancia.

—¿Me has robado el mando?

—No, intercepté la señal de radio que envió al sistema de seguridad —dijo—. La mayoría de estos sistemas no encriptan nada, así que todos los datos que necesito están ahí. Es fácil.

—La mayoría de la gente no cree que sea tan fácil.

—Yo no formo parte de la mayoría de la gente. —Estaba de pie a su lado y, cuando se volvió hacia mí, me acarició el cuello, pasando por la ligera marca roja que me había dejado el cuello de la camiseta en la piel—. Tus padres vuelven mañana, ¿no?

—Por desgracia. —El roce de sus dedos me puso la piel de los brazos de gallina y enseguida me abracé, frotándomelos—. Estoy segura de que mi madre encontrará algo de lo que quejarse en cuanto entre por la puerta.

—Acaba de volver de vacaciones —dijo, incrédulo—. ¿De qué podría quejarse?

—De todo, de cualquier cosa. —Me siguió hasta la cocina y se apoyó en la isla cuando me senté en uno de los taburetes—. Veamos. Se quejará de que hay platos en el fregadero, de que me he comido todas las galletas de la despensa, de que tengo que arreglarme las uñas…

Se rio, resoplando.

—¿A tu madre le importan tus uñas? —Luego se detuvo y se quedó pensativo—. Bueno, mi madre siempre me regañaba por mis camisas arrugadas.

Había visto a su madre varias veces cuando lo llevaba al colegio. Mientras que mi madre hacía todo lo posible por ser el centro de atención, la señora Roth parecía más bien intentar integrarse en la comunidad de jubilados local. Era una estirada y eso se reflejaba en su hijo, al menos antes.

Estirado era lo último que diría para describirlo ahora. Intenso era una palabra mucho más adecuada.

—Me parece que necesitas salir de casa mañana —dijo, terminándose la bebida energética y tirando la lata a la basura—. Tengo una competición en Fairgrounds Speedway. Deberías venir.

—¿Una competición? ¿Una carrera de velocidad?

—De derrapes —dijo, deambulando por la cocina mientras hablaba—. Probablemente hayas visto algunos de los vídeos que ha publicado Vincent.

Me apresuré a beber un sorbo de café para que no viera mi cara de culpable. No podía saber lo mucho que solía acechar sus redes sociales, ¿verdad?

Pero, cuando bajé la taza, me sonrió.

—¿Es una invitación o una orden?

—Digamos que es… una invitación que no puedes rechazar —dijo—. Te recogeremos por la mañana.

Tenía ganas de salir de casa. Pero, joder, que vinieran a recogerme significaba que mi madre los vería. Si ya no tenía suficientes motivos para quejarse, entonces seguro que los tendría.

Pero no podía adaptar mi vida a mi madre todo el tiempo.

—Vale —dije, apoyando los codos en la isla e inclinándome hacia él—. Siempre y cuando no tenga que volver a disfrazarme de gato.

A pesar de mi desconfianza, mi madre estaba de buen humor cuando mi padre y ella regresaron a la mañana siguiente.

Estaba quemada por el sol y parecía una langosta, pero eso solo la hacía estar más alegre, ya que no paraba de hablar de lo bronceada que iba a estar.

Pero, por supuesto, toda esa alegría se esfumó cuando vio llegar mi transporte.

Les había dicho a mis padres que iba a pasar el día con unos amigos, pero no les había dicho con cuáles.

—¡Jessica! —siseó mi madre al entrar en mi habitación.

Yo estaba delante del espejo, difuminando la sombra de ojos, cuando se acercó a mí y se puso una mano en la cadera.

—¿A quién has invitado aquí?

—Solo van a llevarme —dije, guardando la paleta y los pinceles.

Se oía música a todo volumen desde fuera y, con un cosquilleo en el vientre, me pregunté de quién sería el coche.

No sabía qué esperar de ese día, pero tenía ganas de ver algo nuevo.

Y, sobre todo, estaba emocionada por pasar todo el día con los cuatro hombres que me habían dejado boquiabierta durante las últimas dos semanas.

El recinto ferial estaba a una hora en coche de donde vivíamos, lo que significaba que ni siquiera tenía que preocuparme por encontrarme con gente conocida. Sería la primera vez que saldría en público con los cuatro. La idea me intimidaba y me emocionaba a partes iguales.

Sin embargo, primero tenía que lidiar con la opinión de mi madre, y ella no estaba nada contenta.

—No, ni hablar. —Mamá negó con la cabeza, frunció los labios y se dio la vuelta, sus pasos resonando por el pasillo mientras me gritaba—: No nací ayer, Jessica.

Sonó el timbre y cogí mi bolso a toda prisa, bajando las escaleras de dos en dos.

—¡Yo abro!

—No, no, creo que debería ir tu padre —dijo mi madre con tono severo.

Estaba de pie en la entrada, entre la puerta y yo, mirando hacia la cocina, donde mi padre estaba sentado a la mesa con su libro electrónico y un café.

—¡Roger! ¡Roger! —Chasqueó los dedos y mi padre giró la cabeza, bajándose las gafas para mirarla—. Hay un extraño en la puerta. ¡Ve a abrir!

—Ay, Dios, no es un extraño —dije—. No pasa nada, papá. No hace falta que abras la puerta.

—Mm, eso pensaba —dijo, volviendo a su libro con un suspiro de agotamiento.

Mi madre parecía exasperada a más no poder. Me dirigí hacia la puerta, pero justo cuando iba a tocar el pomo, se adelantó y la abrió ella.

Si Lucas se sorprendió al ver a mi madre, desde luego no lo demostró.

Estaba de pie, lejos de la puerta, con las manos metidas en los bolsillos, mientras mi madre lo miraba de arriba abajo.

Llevaba unos vaqueros desgastados y botas con cordones hasta las rodillas, y tenía los brazos cubiertos de tatuajes al descubierto.

Era lo más alejado posible de un «chico agradable que gusta a los padres».

Era extrañamente satisfactorio saber que mi madre estaba horrorizada y que en realidad no podía hacer nada al respecto.

—¿Puedo ayudarte en algo? —preguntó en ese tono frío que solía hacer que la gente saliera corriendo.

Intenté disculparme con Lucas por encima de su hombro, pero no creo que lo entendiera.

El Bronco, el Chevrolet El Camino y el Z estaban aparcados junto al bordillo, formando un séquito considerable para ser simplemente «mi transporte».

Mamá no se lo creía; se lo notaba en la cara.

—Buenos días, señora. Creo que no nos conocemos formalmente. Soy Lucas Bent, amigo de Jessica.

Me quedé con la boca abierta.

Joder, ¿qué versión de Lucas era esta? Parecía educado. Si no fuera por las enormes botas y los tatuajes, mi madre podría haber pensado que su suave acento era encantador. Al parecer, después de todo, podía lavarse esa boca sucia que tenía.

Pero mi madre lo miraba como si fuera una bolsa de caca de perro en llamas en la puerta de su casa.

—Sé perfectamente quién eres. ¿Qué intenciones tienes con mi hija?

Vale, era el momento de intervenir.

La agarré del brazo con suavidad y la alejé de la puerta para poder pasar por su lado.

—Mamá, basta, en serio, a partir de aquí yo me encargo.

Si no le hubiera importado tanto lo que pensaran los vecinos, lo más probable es que me hubiera gritado allí mismo, en el porche. Me sorprendió que no le salieran llamas por los ojos cuando salí por la puerta, despidiéndome de ella con la mano.

—Estaré bien. Te enviaré un mensaje cuando vuelva a casa.

Tenía la boca apretada en una línea fina y furiosa.

—No hemos terminado con esta conversación —dijo, señalándome con el dedo mientras yo agarraba a Lucas de la muñeca y lo arrastraba por la acera.

—Encantado de conocerla —dijo, y la puerta se cerró de golpe.

—Lo siento —me disculpé, mirándolo con una mueca—. Es… protectora.

—No la culpo —dijo, su voz volvió a su habitual tono ronco.

Tiró de mí hacia él, evidentemente molesto porque fuera yo quien lo estuviera arrastrando y me rodeó la cintura con el brazo para mantenerme cerca de él.

—Tiene buen instinto para los problemas.

El Bronco estaba aparcado delante del Chevrolet El Camino, junto al bordillo, con Vincent en el asiento del conductor y Jason a su lado.

El Bronco llevaba acoplado un remolque con plataforma con el Z asegurado en la parte superior y las ruedas sujetas con correas.

La música sonaba a todo volumen desde el interior de la cabina cuando Jason bajó la ventanilla y me silbó.

—Joder, mira qué piernas —dijo, mirando por la ventanilla con lascivia los diminutos vaqueros cortos que llevaba puestos.

Manson estaba apoyado contra el parachoques trasero del Chevrolet El Camino y apagó el cigarrillo cuando Lucas y yo bajamos por el camino de entrada.

—Hola, Jess.

Su sonrisa me hizo sentir mariposas en el estómago cuando se acercó a saludarme. Esperaba un beso y me sorprendió que solo me diera un abrazo. Pero él pensaba con más claridad que yo. Sin duda, mi madre nos estaba observando desde una de las ventanas, y si veía un beso, nunca me dejaría en paz.

Pero no me gustaba que sintiera que tenía que contenerse.

No me gustaba nada.

—¿Alguna vez has visto a este chico esforzarse tanto por ser educado? —dije, dándole a Lucas un codazo bromista mientras Manson y yo nos separábamos—. No tenía ni idea de que hubiera un chico así de bueno ahí dentro.

Manson se rio y, para mi sorpresa, Lucas me detuvo antes de que pudiera abrir la puerta del copiloto. Hizo una mueca mientras la abría él mismo, esperando expectante mientras yo lo miraba.

—¿Y bien? Mete el culo —dijo cuando no me moví.

Desde luego, no pensé que me fuese a abrir la puerta. Parpadeé rápidamente, sorprendida, y me senté pasando al asiento central del Chevrolet El Camino mientras lo miraba con los ojos entrecerrados.

—¿Estás… estás sonrojándote , Lucas?

No me lo podía creer. Tenía que ser un efecto óptico o algo así, porque era imposible que tuviera la cara roja en ese momento.

Frunció el ceño con fuerza, esperando a que Manson entrara también en el coche antes de dar un portazo y dar la vuelta para sentarse en el asiento del conductor.

—Se ha sonrojado, ¿verdad? —susurré rápidamente—. No me digas que me lo he imaginado.

Manson volvió a reírse.

—Ten cuidado, Jess. Poner nervioso a Lucas es arriesgado.

—¡Ni siquiera sé cómo he hecho que se sonroje! —me quejé, pero ya era demasiado tarde para seguir discutiendo, porque Lucas abrió la puerta de un tirón y se sentó en el asiento del conductor.

Arrancó el motor y sacudió la cabeza mientras yo seguía mirándolo fijamente.

—Hace mucho calor, juguete sexual, así que puedes dejar de mirarme boquiabierta porque tenga la cara un poco roja. Toma. —Me entregó el cable que estaba conectado a la radio—. Tú eliges la música.