La deuda (Losers 1) 36 #2
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Alcancé su mesita de noche y cogí unos pañuelos para no manchar la cama. Ella siseó cuando la saqué y luego se retorció de satisfacción, colocándose los pañuelos entre las piernas.

—Mm, esto sí que son buenos días —comentó.

Me miró mientras yo me quedaba sentado en el borde de la cama, pasándome los dedos por el pelo con aire cansado.

—Gracias, señor. —Se rio un poco después de decirlo—. ¿O debería decir amo ?

—Ten cuidado con usar ese título —le dije, incapaz de contener la sonrisa—. Si no, acabaré por no dejarte marchar nunca.

Lo que no le dije es que ese título me convertía en un puto animal, en el tipo de animal que se la echa al hombro, se la lleva a la fuerza y la encierra para que sea solo nuestra.

—Quizá no me importase —dijo, y sentí como si el corazón se me hubiera detenido un segundo.

—Creo que sí te importaría. —La rodeé con un brazo y la acerqué a mí, dándole un beso en el cuello—.

Creo que sí te importaría si te secuestráramos y te mantuviéramos como nuestro juguetito sexual para siempre.

Te follaríamos como sabemos que te gusta, te castigaríamos como necesitas y te tendríamos en nuestras camas siempre que nos diera la gana.

Bajó la mirada, tímida.

—Bueno, esa es mi fantasía definitiva.

—Espera… ¿En serio?

Tenía que estar de broma. Uno de mis deseos más profundos era disfrutar del control total y absoluto sobre una sumisa dispuesta, aunque mantener un estilo de vida de dominación y sumisión las veinticuatro horas del día, los siete días de la semana, no era algo para lo que estuviera preparado todavía.

Solo tenía veintidós años y algo así no era ninguna broma; requería responsabilidad, paciencia y mucho más tiempo del que yo podía dedicarle en ese momento.

Por ahora, la idea de una escapada de fin de semana en la que los chicos y yo «secuestráramos» a nuestro juguete para hacer lo que quisiéramos con ella era una perspectiva muy tentadora.

—Cuéntamela —le pedí, tumbándome a su lado—. Quiero los detalles.

—Ay, Dios —gruñó, tapándose la cara con las manos—.

Quiero que me lleves lejos, Manson. Que me cojas, me secuestres, me lleves a algún lugar y me uses.

Ponme de rodillas, hazme servirte. Hazme obedecer.

—Suspiró mientras bajaba las manos, pero la chispa en sus ojos era brillante y ansiosa—.

Hazme tu esclava otra vez durante unas cuantas noches.

No quiero pensar, no quiero preocuparme por nada, solo quiero dejarme llevar.

¿Tenía idea de lo que esas palabras me provocaban? ¿De cuánto me impulsaban a hacer que eso sucediera?

—No te diré cuándo ni cómo, pero lo haremos —le susurré, después de inclinarme para darle un beso casto en la boca—. Vamos a cumplir esa fantasía tuya, ángel.

Se metió en la ducha cuando yo me iba, lamentándose porque sus padres iban a volver al día siguiente.

—Conociendo a mi madre, seguro que notará que he tenido chicos en casa —dijo, rodeándome el cuello con los brazos después de darme un beso de despedida—. Quizá así deje de acosarme para que busque novio.

«Novio». Me pregunté qué haría falta para que ella nos llamara así a alguno de nosotros, si eso era siquiera posible o solo estaba siendo un auténtico idiota.

Me saqué el móvil al bajar las escaleras y vi un mensaje de Jason en el que me preguntaba si podía dejar la puerta de Jess abierta cuando me fuera.

JASON

Hoy tengo algo de tiempo libre, así que voy a hacer lo que pueda con ese sistema de seguridad. Lo más seguro es que sus padres se enfaden si vuelven y sigue sin funcionar.

Dejé la puerta abierta, tal y como él me había pedido. Ya empezaba a hacer calor y humedad fuera, pero, por una vez, no me importó. Me sentía bien, mejor de lo que me había sentido en mucho tiempo.

Arranqué el Mustang y me quedé allí sentado un momento mientras se calentaba, sonriendo sin motivo mientras tarareaba una canción.

Joder. ¿Qué demonios me había hecho?

Salí de su barrio con las ventanillas bajadas, escuchando a todo volumen a Siouxsie and the Banshees mientras me dirigía a casa. Quizá me tomase el día libre y podría insistir a Lucas para que hiciese lo mismo. Habíamos estado trabajando demasiado estas últimas semanas.

Entonces, un poco más adelante, al lado de la carretera, vi una vieja camioneta Chevrolet roja.

Al pasar, me fijé en ella. Las ventanillas estaban bajadas y la cabina estaba vacía. Pasé demasiado rápido y giré la cabeza hacia atrás, desviándome de la carretera para intentar verla mejor.

Joder, esa no era… No podía ser…

Giré el volante con brusquedad; las ruedas chirriaron al dar la vuelta en U. Bajé el volumen de la música al detenerme detrás de la camioneta, observando la matrícula con ganas de vomitar.

Reconocía la matrícula; la abolladura en el parachoques trasero, que estaba oxidado; la grieta en el cristal de la luna trasera…

Salí del coche, pero dejé el motor en marcha.

De repente, noté que tenía las manos frías, pero el sudor me empapaba la espalda.

Mientras caminaba hacia la puerta del conductor del Chevy, cada paso me resultó lento y mecánico.

Oía un rugido, era como un océano a lo lejos, que latía al ritmo de mi corazón mientras miraba a través de la ventana abierta hacia el interior de la cabina.