La deuda (Losers 1) 36
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Manson

Cuando desperté y vi una larga melena rubia extendida sobre mi pecho, pensé que todavía estaba soñando.

Jess estaba acurrucada bajo mi brazo, con la espalda contra mí y la mano sobre mi bíceps.

Llevaba puesta la camiseta de Jason, con las piernas desnudas ligeramente dobladas, de modo que tenía los pies apoyados contra mi pantorrilla.

El sol acababa de salir y un resplandor rojo anaranjado se colaba por las cortinas.

No solía despertarme tan pronto, pero tampoco solía dormir fuera de casa. Esa familiar sensación de ansiedad floreció en mi pecho, creciendo como una masa que me presionaba los pulmones.

Había cometido un error. Se suponía que no debía dormir aquí.

La última vez que dormí a su lado, estábamos en mi antigua habitación, en la casa de la familia Peters.

Esa noche me quedé despierto durante horas mirándola, observando lo suave que era su rostro mientras dormía, cómo movía los labios y arrugaba la nariz al soñar.

Un simple reto la había llevado a mis brazos y me había parecido demasiado bueno para ser verdad.

Porque lo fue.

Se marchó por la mañana con una de las despedidas más dulces que jamás había oído y luego… nada.

Desapareció. Se esfumó.

Me quedé con la sensación de haber cometido el mayor error de mi vida y no tenía ni idea de cómo remediarlo, salvo dejarla marchar. Esa era la decisión que ella había tomado y yo tenía que respetarla.

Pero, ahora, si volvía a tomar esa decisión… Cuando lo hiciera… No sabía si esta vez podría respetarlo.

Pude ver mejor su habitación a la luz del día.

No había prestado mucha atención cuando Lucas y yo entramos aquí; había estado demasiado distraído con el juego como para molestarme en examinar mi entorno.

Las paredes estaban pintadas de un blanco impoluto y todavía había algunas cajas de cartón apiladas en una esquina, cerradas con cinta adhesiva y etiquetadas con un rotulador.

Aún no había terminado de desempaquetar; tal vez no tenía intención de hacerlo, sobre todo si pensaba mudarse en unos meses.

Sus sábanas tenían un estampado de girasoles. Una de sus estanterías estaba llena de figuritas de cristal que reflejaban la luz y la refractaban en prismas por toda la pared. Las tres estanterías de abajo estaban cubiertas de trofeos, medallas y coronas brillantes.

Había una pila de libros sobre su escritorio, cuadernos abiertos y notas adhesivas esparcidas por la superficie desordenada.

Incliné la cabeza para poder leer los lomos, con los ojos demasiado secos después de haber dormido con las lentillas puestas.

Un libro titulado Forma, espacio y orden tenía varios marcadores multicolor que sobresalían de las páginas, y la mayoría del resto de títulos parecían ser similares, de no ficción.

Tenía tarros llenos de lápices y bolígrafos y una pequeña planta en una maceta que parecía estar luchando por sobrevivir.

Suspiró suavemente, retorciéndose para encontrar una posición más cómoda que la acercó más a mí.

Me acurruqué a su alrededor, acariciándole la nuca con la nariz.

Ella se movió conmigo, pegándose aún más a mi cuerpo.

Estiró las piernas y movió el culo hacia atrás para presionarlo contra mí.

Como era de esperar, mi pene se estremeció y se empalmo mientras ella se movía y parpadeaba despacio.

—Buenos días —dijo con la voz ronca por el sueño.

Sonaba muy sexy así.

Besándole el cuello, me deslicé despacio por su piel. Ella soltó unos ruiditos, unos gemidos suaves y unos suspiros delicados, con el cuerpo completamente flácido mientras la ponía boca arriba y me metía bajo las sábanas.

Me puse entre sus muslos y le bajé las bragas, tirándolas lejos. Ella se rio somnolienta cuando volaron por la habitación, y luego jadeó cuando le fui dando besos por el muslo.

Me encantaba su olor y la calidez y suavidad de su piel mientras la besaba.

Sus muslos se tensaron, apretándome la cabeza cuando le chupé el clítoris. Me tomé mi tiempo, saboreándola, acariciando cada pliegue con la lengua. Tenía la polla durísima y sabía que ella estaba dolorida, pero también sabía que le gustaba el dolor.

—Ah, Manson…

Agarró las sábanas y se estremeció cuando me concentré en su clítoris. Deslicé dos dedos en su interior, murmurando de placer cuando gritó. Curvé los dedos y sus músculos se contrajeron a mi alrededor, palpitando mientras sus gemidos se volvían más desesperados.

Cuando se corrió, fue con un gemido que hizo que todo mi cuerpo se estremeciera.

Levanté la cabeza, aparté las sábanas y me arrodillé sobre ella.

Tenía las pupilas dilatadas y los ojos entrecerrados.

Me incliné y cogí su hermoso rostro entre las manos, disfrutando de lo dócil que estaba.

Estaba acostumbrado a que se defendiera, a que se resistiera con pasión, a que disfrutara siendo vencida.

Pero tenerla así, suave y sumisa, tranquila y receptiva, me provocó un subidón instantáneo.

—¿Estás dolorida? —le pregunté, inclinándome para acercar mi boca a ella de forma tentadora.

Tenía los labios entreabiertos y no pude evitarlo: le acaricié el labio inferior con los dedos y luego le metí dos en la boca. Ella la abrió para mí, con los labios y la lengua tiernos mientras la exploraba.

Cuando retiré los dedos y le acaricié el clítoris, arqueó la espalda y se separó del colchón.

—Sí —jadeó—. Pero no me importa. —Me agarró por las caderas y tiró de la banda elástica de mi ropa interior—. Fóllame. Por favor.

Esa súplica me dejó sin palabras durante un segundo.

Joder, estaba acabado. Si intentaba volver a desaparecer, estaba seguro de que yo también lo haría.

Me quité los calzoncillos a toda prisa, los tiré al suelo y me acerqué gateando a su boca.

—Mójala para mí —le pedí.

Tenía la polla rígida y dura cuando abrió la boca, mirándome mientras su lengua me la chupaba. Empujé hacia su garganta, enredando la mano en su pelo, manteniéndome allí hasta que le empezó a costar respirar, con los ojos llorosos.

—Joder, eso es. Ahógate.

No se apartó, a pesar de lo que le costaba mantenerme tan dentro de su garganta.

Le solté la cabeza después de varios largos segundos, sintiendo las fuertes vibraciones de su garganta, que me hacían sentir tan bien.

Pero volví a colocarme entre sus muslos, sabiendo que su coño se sentiría aún mejor.

—¿Seguro que quieres esto, ángel? Tienes que estar bastante dolorida.

Jason había sido despiadado y aunque me encantaba la idea de hundirme en ese coño dolorido, de follármela hasta que se corriera otra vez a pesar del dolor, quería que ella lo deseara, quería que ansiara sufrir por mí tanto como yo la ansiaba a ella.

—Fóllame como si me odiaras, Manson. Hazme daño —susurró, levantando las caderas y apretándose contra mí.

Tuve que hacer una pausa, cerrar los ojos e inhalar despacio. Cuando los volví a abrir, me miraba como si estuviera a punto de rogar, empujándose contra mí, con los ojos muy abiertos y suplicantes.

—Dímelo otra vez, ángel —gruñí—. Dime qué quieres.

—Fóllame. —Dios, lo estaba pidiendo con la voz cargada de deseo—. Por favor, Manson. Fóllame duro. Quiero que me cueste aguantarlo.

—¿Sí?

Mi cerebro iba a estallar si seguía mirándome así, atrayéndome con sus ojos. Se acercó a mí, rodeándome con sus dedos y masturbándome.

—Por favor —pidió, como si la mera anticipación fuera dolorosa—. Fóllame, señor, por favor, por favor, por favor…

Me introduje con fuerza, agarrándola de los muslos y levantándoselos para poder penetrarla más profundo. Abrió mucho los ojos y me agarró de los brazos al gritar. Me clavó las uñas —me encantaban esas uñas largas y afiladas— y sonreí ante el dolor, inclinándome sobre ella mientras me la follaba.

—¿Eso es lo que quieres? ¿Eh? ¿Quieres que duela?

Asintió con rapidez, el sueño había sido sustituido por una feroz resistencia. Era imposible mirarla a la cara sin que se me tensaran los testículos, advirtiéndome de que no iba a durar nada.

—Joder, sí, hazme daño… —Su voz se quebró al pronunciar esas palabras, y yo también estuve a punto—. Más fuerte… Más duro…

Mi mente estaba completamente sumida en ella, en su tacto, en sus sonidos. Su voz se contorsionaba entre el placer y el dolor, y gritaba con cada embestida castigadora.

—¿Vas a aceptar todo lo que te dé? —Volvió a asentir, gimiendo mientras lo hacía—. Entonces abre la boca.

Obedeció inmediatamente, sin un solo momento de vacilación.

Escupí, dándole en la lengua extendida, y ella se lo tragó con una sonrisa.

Le froté el clítoris, sabiendo que tendría suerte si aguantaba otros sesenta segundos, pero quería ver ese éxtasis perfecto en su rostro una vez más.

Se retorcía debajo de mí mientras la aplastaba contra el colchón, con la respiración entrecortada.

—Eso es, ángel. Córrete para mí. Ahora mismo.

—Ah, joder… Manson. Por favor…

Maldije, con el cuerpo tembloroso y tenso mientras Jess palpitaba alrededor de mi polla. Me corrí, expulsando hasta la última gota en lo más profundo de ella, a la vez que sus ojos se cerraban y se quedaba flácida.

Apenas podía mantenerme de pie, pero no quería sacarla todavía. Me gustaba la sensación de mi polla dentro de ella, reteniendo mi semen en su interior.

Con su coño aferrado a mí y esa sonrisa en su rostro, solo podía pensar en que no podía dejarla marchar.

Nunca.

No podía verla alejarse otra vez. No podía verla desaparecer en un futuro en el que no estuviéramos juntos. No podía soportar que decidiera dejar atrás lo que era obvio que deseaba.

Intenté recuperar el aliento, regañándome mentalmente por tener pensamientos tan ridículos como esos. Tendría que ser capaz de vivir con ello, sin más. Ella era algo temporal en mi vida y tenía que aceptarlo. Tarde o temprano tendría que dejarla ir. Tendríamos que decir adiós.

No. A la mierda. No podía vivir con eso y, joder, no iba a hacerlo.