35 #3
Me dejó llevarlo arriba, en silencio, mientras miraba a su alrededor.
Cuando llegamos al pasillo del segundo piso, se detuvo y se quedó mirando la pared.
Las múltiples fotografías enmarcadas de mi madre nos sonreían, narrando mi vida desde la infancia hasta el presente.
La mayoría de las fotos eran de concursos de belleza, incluidas las fotos glamurosas que abarcaban los primeros doce años de mi vida.
—Sí, era una de esas niñas —dije mientras él las observaba.
Las fotos eran ridículas. En algunos de esos concursos tenía solo dos años, iba vestida con lentejuelas y purpurina y llevaba la cara llena de maquillaje.
Una dentadura postiza bien alineada ocultaba los huecos que habían dejado mis dientes de leche al caerse y unas pelucas esponjosas cubrían mi cabello suave y fino.
Era una niña pequeña, llevaba pendientes largos y pintalabios, y mi sonrisa era amplia y brillante.
Manson miró las fotografías, una por una, y yo deseé poder leerle la mente. Quería saber qué pensaba cuando se quedaba mirando las fotos familiares o pasaba el dedo por los marcos.
—¿Te gustaban? —me preguntó, pillándome desprevenida—. ¿Los concursos?
Nadie, ni siquiera mi madre, me había preguntado eso nunca. Ni siquiera sabía cómo responder.
—Hacían feliz a mi madre —respondí al final—. Ella pensaba que me enseñaba habilidades sociales, y tenía razón. Nunca me dio miedo estar delante de un público, ni siquiera cuando era muy pequeña.
Aprendí a sofocar los nervios con falsa confianza, a ver a cualquier otra niña que se cruzara en mi camino como un reto.
Aprendí a esforzarme siempre por ser la mejor, a endurecer mis emociones, a ver el mundo como mi escenario.
Incluso tuve una entrenadora. Todavía recuerdo cómo mi madre y ella me hacían caminar de un lado a otro mientras lograba todos los «puntos» que tendría que conseguir en una competición.
«Pies bonitos, Jessica, ¿recuerdas? ¡Pies bonitos!».
«¡Muestrales una gran sonrisa, vamos, una sonrisa bonita!».
«No aprietes los dedos así. ¡Deja que los jueces vean tus bonitas manos!».
Sé guapa para ganar. Sé guapa para gustarles.
—Eso no es lo que te he preguntado.
Su tono no era exigente, pero mi primer instinto fue mentir.
¡Por supuesto que lo disfrutaba! ¿Por qué no iba a gustarme vestirme bien, llamar la atención, sentirme como la niña más bonita del mundo?
¿Qué más podía desear que hacer que mi madre se sintiera orgullosa, que los demás me miraran con envidia, sentirme como la mejor?
—Cuando ganaba, lo disfrutaba —respondí—. Pero solo había una ganadora. Y a veces… muchas veces… esa no era yo.
Había alguien más guapa, más inteligente, más elegante, más hábil.
Perder me dolía, pero también me animaba a ganar, a esforzarme más, a rendir mejor.
No importaba lo que costara, no importaba cuántas veces consiguiera el primer puesto, nunca era suficiente.
La competición no terminaba cuando desaparecían las lentejuelas y se iba el brillo.
Manson se acercó. Antes de que me diera cuenta de lo que estaba pasando, me levantó en brazos, mis pies dejaron de tocar el suelo y me llevó con facilidad por el resto del pasillo.
—¿Qué haces? —pregunté, cuando empujó la puerta de mi dormitorio con el pie.
—Quitarte esa mirada triste de la cara —respondió, sonriéndome con picardía mientras se detenía junto a mi cama.
Me tiró sobre el colchón, y él fue detrás, arrastrándose encima de mí. Enterró su cara en mi cuello, y la combinación de su boca y su cálido aliento sobre mi piel me hizo estallar en una carcajada.
—¡Joder, no, no, no, ahí tengo cosquillas!
Pero él ya conocía mi punto débil y se abalanzó directamente sobre ese lugar tan sensible detrás de mi oreja. Grité y forcejeé mientras me sujetaba con facilidad, riéndose de mis inútiles forcejeos.
—Así está mejor —dijo, dejándose caer sobre las almohadas, y por fin pude recuperar el aliento.
Nos quedamos allí tumbados, uno al lado del otro, mirando hacia el techo mientras nuestras respiraciones se iban calmando. Cuando suspiré, todavía temblando por la risa, volví la cara hacia él.
Me estaba mirando.
—Eres preciosa —dijo—. Cómo sean los demás nunca podrá cambiar eso.
Sonreí y luego miré al techo, como si eso fuera a ocultar lo mucho que me había sonrojado. Mucha gente me había dicho que era preciosa, pero cuando él lo decía era diferente.
Nos quitamos la ropa hasta que solo quedé con las bragas y la camiseta de Jason, y él con unos calzoncillos negros.
Lo tiré sobre la cama y mis manos recorrieron su cuerpo despacio, explorándolo como nunca antes me había atrevido a hacerlo.
Seguí las líneas de sus tatuajes, encontrando cicatrices y pecas bajo la luz de la luna que entraba por mi ventana.
Él me dejó, tumbado con los brazos cruzados bajo la cabeza mientras yo lo tocaba.
Nos movimos un poco y al final nos acomodamos cuando él me atrajo hacia sí, con mi espalda pegada a su pecho. Me rodeó la cintura con el brazo, con fuerza pero sin apretar, como una manta pesada que me relajó de inmediato.
—¿Estás cómoda? —preguntó.
Tenía la boca muy cerca de mi cuello y desprendía mucho calor.
—Sí. Estoy muy cómoda.
Su respiración constante me arrulló hasta sumirme en un sueño tranquilo en cuestión de minutos.