35 #2
—Yo también lo pensaba —dije—. Las cosas no salieron exactamente según lo planeado.
Cometí el error de pensar que tendría una gran carrera nada más salir de la universidad, como si el dinero, una casa y un trabajo fueran a caer del cielo.
—Puse los ojos en blanco ante mi propia ingenuidad—.
Ahora mi madre me echa en cara que, después de todo, la universidad fuera una elección pésima.
—Hice mi mejor imitación del tono desaprobatorio de mi madre y dije—: Debería haber estado buscando marido todo este tiempo.
¿Cómo va a tener nietos si estoy demasiado ocupada buscando trabajo?
Manson negó con la cabeza.
—Nunca he visto a tu madre, pero tengo la sensación de que sé de dónde has sacado tu cabezonería.
Lo miré por encima del hombro, entrecerrando los ojos.
—Oh, no tienes ni idea. Esa mujer podría discutir con una pared y ganar.
Los dos nos reímos y pasamos un rato en un silencio agradable.
—Estás intentando irte a Nueva York —dijo Manson al final—. ¿Quieres vivir en la ciudad?
—Creo que sería emocionante vivir en las afueras —dije—.
Solía pensar que lo único que quería era un apartamento bonito en Manhattan.
Pero… quizá no quiera eso. Quizá vivir fuera de la ciudad estaría bien.
Lo suficientemente cerca como para visitarla cuando quiera, pero lo suficientemente lejos como para tener paz y tranquilidad.
—Suspiré—. Todavía tengo muchas dudas. Lo único que sé es que quiero salir pitando de este pueblo e ir a un lugar donde nadie me conozca.
—Quieres escapar de quien eras —dijo.
—He metido la pata en muchas cosas. He alejado a la gente. He sido egoísta. —Me alegré de estar dándole la espalda, porque no creía que pudiera mirarle a los ojos—. Me he portado fatal con vosotros. Os he tratado como una mierda.
—¿Por qué lo hiciste? —Su voz era suave, amable.
Empezaron a arderme los ojos, cosa que me sorprendió, y tosí a toda prisa para que las lágrimas desaparecieran.
Me había hecho esa misma pregunta muchas veces y aún no sentía que tuviera una buena respuesta.
—No podía alejarme de vosotros —dije al final—. Parecía que no os importaba lo que pensaran los demás, y eso… me molestaba. Me enfadaba no sentir lo mismo, preocuparme demasiado. No podía soportar tener todo lo que se suponía que debía desear, pero…
—¿Pero? —me animó.
Me giré para mirarlo y él ajustó sus brazos para que estuviera cómoda.
—Pero no era feliz —admití—. Todo el mundo me decía que debía ser así, así que seguí fingiendo que lo era.
Pensaba que al final encajaría, que me sentiría bien.
Pero cuanto más intentaba fingir, peor me sentía.
Odiaba quién era, pero no sabía cómo ser otra persona.
Pensaba que unos años en la universidad lo cambiarían todo.
Hice muchos amigos, bebía demasiado, decía que sí a todo el mundo porque pensaba que quizá eso me convertiría en una persona mejor, pero…
no funcionó. —Suspiré, sintiendo un gran peso sobre los hombros—.
¿Todos esos amigos? No me llaman. No les importa.
Al igual que los amigos que tenía aquí, solo me quieren si soy Jess la fiestera o Jess la zorra estirada.
Incluso ahora… no sé quién se supone que debo ser.
Esa era la verdad, por muy desagradable, fea e hipócrita que fuera.
Intenté no mirarle a los ojos mientras lo decía, por miedo a lo que pudiera encontrar.
Me hacía sentir patética, y no de esa forma divertida y sexy como cuando les rogaba que me dieran más; de una forma asquerosa, débil y vergonzosa.
—Lo siento —dije—. No espero que me perdonéis. Ninguno. Pero sé que la he cagado muchas veces.
Chasqueó la lengua y me levantó la barbilla hasta que lo miré a los ojos. Me preparé para recibir una mirada cargada de juicio, pero no encontré nada en su rostro.
—No puedo hablar en nombre de los demás, pero yo ya te perdoné en su momento. Te he perdonado todos los días desde entonces. Siempre te perdonaré. Y si hablas con los chicos como acabas de hablar conmigo, sé que ellos también te perdonarán.
Me entraron ganas de llorar. Me contuve, tragando saliva y respirando profundamente.
Estaba segura de que no merecía un perdón así. Esa era parte de la razón por la que quería irme con tanta desesperación. Había quemado demasiados puentes, había hecho daño a demasiada gente.
Pero quizá no lo había destruido todo. Quizá aún quedaba algo bueno por descubrir aquí.
—¿Por qué sonríes? —le pregunté, con la voz temblorosa al mirarlo.
No respondió con palabras. Su respuesta fueron sus labios presionándose contra los míos.
Me rodeó la nuca con una mano y me atrajo hacia él.
Su lengua exploró mis labios, que se separaron con facilidad, nuestros alientos se entremezclaron mientras yo lo agarraba de la camiseta.
Quería acercarlo más a mí, abrazarlo con toda la fuerza posible, como si pudiera vivir ese momento, ese sentimiento, para siempre.
Cuando llegamos a mi casa, supe que no quería pasar la noche sola.
Manson me acompañó hasta la puerta, y cuando la abrí, me volví hacia él.
—¿Te quieres quedar? —le pregunté.
Su rostro estaba en penumbra, pero aun así vi cómo se le abrían los ojos. Dudó mientras yo permanecía allí, con la puerta entreabierta y el aire fresco saliendo del interior.
—¿Quieres que…? —preguntó—. ¿Que me quede a dormir?
—Sí.
No estaba acostumbrada a ser yo quien lo pidiera, exponiéndome al rechazo. No le culparía si dijera que no. Tendría razón en mantener la distancia.
Pero me cogió de la mano.
—Sí. Me quedo, claro.
Era como si volviera a ser una adolescente, metiendo a escondidas a un chico en casa cuando mis padres no estaban. No quería imaginar lo que se enfadaría mi madre si se enterara de esto, pero no se enteraría. Lo que no sabía no podía enfadarla.