35
Jess
El interior del Mustang estaba impecable cuando me senté en el asiento de cuero del copiloto. Olía a Manson, tenía ese aroma distintivo a chocolate negro y especiado que yo reconocía como suyo.
—¿Alguna preferencia musical? —me preguntó.
Arrancó el motor y el Mustang rugió, haciendo que todo el coche temblara antes de estabilizarse.
Casi todo en el interior parecía original, excepto los altavoces, la radio y las barras gruesas de color púrpura que se extendían por toda la estructura como una jaula.
Las reconocí por ser similares a las del coche de Vincent, y me pregunté si Manson también tendría esposas colgando de las suyas.
—Sorpréndeme —dije, mientras observaba cómo echaba un vistazo a una lista de reproducción en su móvil con el coche en marcha.
Eligió una canción, ajustó el volumen y una voz etérea y evocadora salió de los altavoces.
—Tengo que dejar que el coche se caliente antes de salir —me informó—. Tardará unos minutos.
Nos quedamos allí sentados, callados, con el motor cada vez más silencioso mientras esperábamos. Estaba tan cansada que me flaqueaban los músculos por el agotamiento. Pero la ropa que Jason me había dejado era cálida y acogedora, me envolvía en su aroma.
Una parte de mí no quería irse. Arriba, en la habitación de Jason, había tenido la tentación de desplomarme en la cama, atraer a Jason y a Manson hacia mí y pedirle a Lucas que también se acurrucara conmigo.
Estar allí tumbada con ellos me había resultado muy cómodo, muy normal, como si estuviera hecha para estar allí.
Me aclaré la garganta, incapaz de soportar más el silencio.
—¿Cuándo compraste el Mustang?
—Hace cosa de un año —respondió—. Llevaba años abandonado en la propiedad de alguien y necesitaba mucho trabajo. —Me miró—. Pero mereció la pena el esfuerzo.
—Es precioso —dije.
Bajó la mirada, pero no lo suficientemente rápido como para ocultar su sonrisa. No sabía nada de coches, pero sabía reconocer uno bonito cuando lo veía.
—¿Tiene nombre?
—¿Nombre? —Frunció el ceño un segundo—. No, yo… Nunca me ha gustado poner nombre a los objetos. No es bueno encariñarse con cosas así.
Puso el coche en marcha y dio marcha atrás por el garaje. Salió del patio y se adentró en el camino de tierra, deteniéndose un momento para cerrar y bloquear la verja. Avanzamos despacio por la carretera antes de girar hacia la Ruta 15, con el motor rugiendo agresivamente mientras Manson aceleraba.
Las luces de la calle parpadeaban sobre nuestras cabezas mientras lo observaba por el rabillo del ojo, intentando que no se notara. Los músculos de su brazo estaban tensos mientras movía la palanca de cambios, con la mirada clavada en la carretera.
—¿Quieres ver lo rápido que corre? —preguntó, con expresión pícara.
Me ajusté el cinturón de seguridad y me preparé.
—Oh, por supuesto.
La fuerza del acelerón me empujó contra el asiento.
El motor rugía tan fuerte que ahogaba mis risas mientras él avanzaba a toda velocidad por la carretera.
El viento azotaba las ventanas abiertas y pasamos el desvío hacia mi casa en un abrir y cerrar de ojos.
El velocímetro alcanzó los ciento cincuenta kilómetros por hora…
ciento sesenta… ciento setenta… Apoyé las manos contra las barras metálicas que rodeaban la cabina, con el corazón en un puño mientras volábamos por la carretera.
—¡Joder, Manson! —grité cuando redujo la marcha y giró de golpe el volante mientras los neumáticos chirriaban.
La parte de atrás del coche se deslizó en un semicírculo antes de que él enderezara el volante y volviera a acelerar para tomar la estrecha y sinuosa carretera que conducía a las colinas detrás de la urbanización cerrada de Wickeston Heights.
Manson llevaba una sonrisa enorme en la cara mientras tomaba las curvas de la carretera a toda velocidad. No era de extrañar que se hubiera enamorado de esto: la velocidad, la potencia, la libertad…
Nos llevó hasta la cima de la colina y se detuvo a un lado, con la tierra crujiendo bajo los neumáticos. Allí había un mirador con vistas al pueblo, y aparcó justo al lado de las grandes rocas que custodiaban el borde de la ladera.
—Sabes, subir al mirador con alguien suele significar que estás intentando tener suerte —le dije.
La gente llevaba años subiendo aquí con la única intención de follar, fumar marihuana en sus coches, beber o, en general, comportarse como degenerados.
—Creo que tenerte en mi coche ya es bastante suerte —dijo.
La sinceridad de sus palabras me pilló desprevenida, y me moví en mi asiento, mirando las luces a lo lejos.
Era una sensación casi triste, pero demasiado llena de deseo como para ser melancólica.
¿Era solo por el cansancio, que me hacía pensar demasiado?
Había algo en la forma en que me miraba que me hacía sentir como si no pudiera respirar bien a pesar de llevar las ventanas abiertas.
No debía sentirme así. Esa débil vulnerabilidad.
Esa necesidad que no tenía nada que ver con lo físico.
Se suponía que esto solo iba a ser sexo, nada más.
¿Por qué sentía que había algo más?
Él habló antes de que yo pudiera hacerlo.
—Vamos a ver las vistas.
Salimos y nos reunimos en la parte de delante del coche. Él se apoyó en el capó, con las manos en los bolsillos de su sudadera con capucha, mientras contemplaba las luces que centelleaban abajo. Me incliné a su lado, sintiendo el calor del metal a través de los pantalones anchos de Jason.
Wickeston se veía mucho más bonito desde allí arriba, con todas las luces brillantes extendiéndose en la oscuridad. La brisa se intensificó y me hizo temblar un poco, y miré a Manson mientras se desabrochaba la chaqueta.
—Ven, tienes que estar helada —dijo, acercándome a él.
Me atrajo hacia su pecho y me apoyé contra el capó, entre sus piernas, mientras él nos cubría a ambos con la chaqueta.
Apoyó la barbilla en mi hombro y sus manos encontraron las mías bajo la chaqueta. Me presionó con suavidad la yema del dedo corazón.
—El corazón se curó —le dije—. No hay cicatriz.
—Pareces decepcionada —comentó.
—Supongo que esperaba que dejara cicatriz —admití—. Me gustaba mirarla. Me hacía sentir como… No sé. —Me encogí de hombros, avergonzada—. Me hacía sentir como si tal vez me hubieras perdonado. Al menos hasta que vuelva a fastidiarlo todo.
No era fácil admitirlo; odiaba admitir que me había equivocado.
La gente se aprovecharía de eso. Si les dabas solo un solo milímetro, un único momento de debilidad, encontrarían la manera de utilizarlo en tu contra.
El orgullo me mantenía a salvo. Era una barrera que creía que nadie podía traspasar.
Oh, pero qué equivocada estaba.
—Sé que probablemente suene muy hipócrita por mi parte —dije, mientras su silencio se prolongaba.
Necesitaba que dijera algo, cualquier cosa.
Me parecía una tontería admitir que un cortecito en el dedo me hiciera sentir tanto. Si hubiera intentado contárselo a cualquier otra persona de mi vida, se habrían reído o se habrían sentido disgustados, horrorizados, tal vez incluso preocupados.
—Creo que todos somos hipócritas, de una forma u otra —comentó, y me abrazó con más fuerza—.
A medida que crecemos y descubrimos quiénes somos, a veces nuestros pensamientos cambian antes que nuestro comportamiento.
No es bonito y puede ser un desastre, pero no somos perfectos. Todos lo hemos hecho.
—¿Sí? —pregunté con una voz mucho más tímida de lo que hubiera querido—. ¿Tú también lo has hecho?
—Yo… Bueno, joder… —Se aclaró la garganta, incómodo—.
Una vez conocí a una chica y pensé que era la mujer más hermosa que había visto nunca.
Pero yo no era lo suficientemente bueno para ella, ya sabes…
Era un desastre y no sabía cómo hablar con nadie.
Siempre estaba en mi mundo, intentando sobrevivir un día más.
Tragué saliva con fuerza, agradecida por el calor de la chaqueta. Conocía esa historia y no era fácil escucharla, pero tenía que hacerlo.
—Creo que debería haber odiado a esa chica —dijo, pero no parecía odiarla en absoluto—.
Porque siempre estaba con las mismas personas que me hacían daño y representaba todo lo que yo no era: la perfección, la popularidad, la belleza…
Formaba parte del sistema que me rechazaba.
Era lo que se suponía que todos debíamos aspirar a ser o a tener.
—Giró la cabeza, apoyó la mejilla en mi hombro y miró hacia otro lado—.
Pero no la odiaba, Jess. Nunca la odié. Ni una sola vez.
No creo que pudiera, aunque lo intentara, aunque quisiera.
Había partes de mí que solo existían porque la gente las quería, partes de mí diseñadas exclusivamente para complacer a personas a las que, al final, ni siquiera les importaba.
Pensé que así sería más fácil, pero no lo fue, en absoluto.
Sentía como si me hubiera partido en dos y no pudiera volver a unir las dos mitades.
—Probablemente deberías odiarla —le dije—. Porque parece que se lo merece.
—No, eso no es cierto. —Me dio un beso en el cuello, robándome una sonrisa a pesar de todo—.
No se me da bien odiar a la gente, Jess.
Odiar es algo muy fuerte, es demasiado. Prefiero buscar lo bueno en las personas, cuando puedo.
Prefiero ser comprensivo con los que están intentando averiguar cómo funciona todo, porque yo estoy haciendo lo mismo.
—¿Alguna vez sientes que se te acaba el tiempo? Sé que somos jóvenes, pero a veces siento que la vida pasa tan rápido que no puedo seguirle el ritmo. Como si me hubiera perdido una lección que todos los demás ya han aprendido, o como si estuviera empezando de nuevo…
—Te entiendo. —Levantó la cabeza de mi hombro y me apartó el pelo de la cara, aunque la brisa lo volvió a descolocar—. Volver a verte en Wickeston fue como verte regresar de entre los muertos. Pensaba que nunca volverías a este lugar.