La deuda (Losers 1) 34
62%

34

Jason

Ahora que por fin sentía que podía dormir, ni siquiera quería hacerlo.

No cabíamos todos en la cama. Jess estaba tumbada, desnuda, boca arriba con mi brazo rodeándola, y respirábamos al unísono.

Estaba muy caliente, con la piel pegajosa por el sudor y los músculos todavía temblorosos.

Vincent se había metido en la esquina de la cama detrás de mí y me acariciaba la espalda despacio mientras tarareaba una canción.

Lucas estaba sentado al final del colchón, apoyado contra la pared con las piernas estiradas y Manson a su lado, con las rodillas flexionadas y los brazos flácidos sobre ellas.

No me atrevía a cerrar los ojos. Me gustaba demasiado esta imagen: esta hermosa mujer tumbada a mi lado y las personas que más quería a mi alrededor. Si cerraba los ojos, si me quedaba dormido, temía que todo acabara siendo un sueño.

Solía tener pesadillas terribles como esa, en las que imaginaba que había retrocedido en el tiempo y que la familia que había encontrado había desaparecido, que Vincent no estaba, que toda mi libertad se había desvanecido.

Me despertaba en mitad de la noche, jadeando y temblando, con las palabras de mis padres resonando en mi cabeza: «¡No permitiré que mi hijo viva en pecado, no bajo mi techo! ».

Respiré hondo. No quería pensar en eso ahora mismo. Estaba a salvo. Las pesadillas eran recuerdos, no predicciones del futuro.

El colchón crujió.

—Voy abajo a por algo de beber —gruñó Lucas.

Se levantó de la cama y estiró los brazos por encima de la cabeza.

Vincent suspiró y, cuando se movió, alcé el brazo y le agarré la muñeca.

—Lo siento, cariño —dijo en voz baja mientras se inclinaba para darme un beso en la coronilla y un apretón en el hombro—, pero tengo que prepararme para ir al trabajo.

Se levantó de la cama y yo gemí al incorporarme, pasando los dedos por mi pelo revuelto. Jess había abierto los ojos y me miraba, con el maquillaje corrido y la cara y el pecho aún manchados de nuestro semen. Le aparté el pelo hacia atrás, riéndome con suavidad de su estado.

—Estoy hecha un desastre, ¿verdad? —preguntó con una sonrisilla en el rostro.

Asentí con la cabeza.

Las orejas de gato se habían caído y estaban tiradas en el suelo; lo único que aún llevaba puesto era el collar.

Era solo un accesorio ridículo, pero no quería quitárselo.

Se incorporó y me rodeó el cuello con los brazos.

Apoyó la cabeza en mi hombro y extendió el brazo hacia atrás para buscar a Manson.

Él se acercó, la cogió de la mano y entrelazó sus dedos.

—Tengo las piernas muy débiles —dijo ella—. Me has follado hasta dejarme sin poder caminar.

—Misión cumplida —dije.

Me sentí orgulloso de verla aturdida y completamente satisfecha.

Era como una victoria que llevaba mucho tiempo esperando.

Pensé que acostarme por fin con Jessica me dejaría un sabor amargo, pero no sentía nada de eso.

Era como si por fin hubiera soltado el aire después de aguantar la respiración durante demasiado tiempo, como si toda la tensión hubiera desaparecido de mi cuerpo.

—Vamos —la animé—. Vamos a limpiarte. Pareces un bollo de crema espachurrado.

Se partió de risa y fue, posiblemente, una de las cosas más bonitas que había oído nunca.

La ayudé a levantarse de la cama con sus piernas temblorosas, dejando a Manson tumbado en el colchón con una sonrisa de satisfacción en la cara.

Justo nos encontramos a Vincent saliendo del baño, con el pelo peinado y recogido. Al pasar junto a nosotros, la miró a los ojos y le dio un beso largo.

—Hasta la próxima, cielo —le dijo, guiñándole un ojo antes de subir al ático a vestirse.

Normalmente dormía mucho peor cuando él estaba fuera por trabajo, pero quizá esa noche lograse dormir seis horas seguidas.

Ella entró primero en el baño y, cuando terminó, abrió la puerta para que entrara. Se sentó en el borde de la bañera mientras yo abría el grifo del agua caliente. Cogí una toalla del armario y la humedecí antes de sentarme a su lado.

—Relájate, yo me encargo.

Cerró los ojos mientras yo le limpiaba la cara, tomándome mi tiempo para quitarle el maquillaje corrido de las mejillas.

—¿Cómo estás? —le pregunté mientras le limpiaba con cuidado el cuello alrededor del collar, demorándome en quitárselo todo lo que pude.

Soltó un gran suspiro.

—Supongo que ahora me gustan las gatas sirvientas —comentó, con un pequeño tic en la boca—. Gracias por eso, Jason.

—Hay más fetiches nuevos de donde ha salido ese —dije—. Espera y verás. Se volverán cada vez más raros.

—Oh, ya imagino. Tu lista me ha enseñado muchas palabras nuevas —dijo, aunque su tono burlón había desaparecido—. Estoy muy bien. Relajada… Cansada. —Abrió los ojos, tan verdes, y sentí que me atravesaba—. Estoy feliz.

El corazón me dio un vuelco.

¿Estar aquí, con nosotros, participar en esto, la hacía feliz?

Me quitó la toalla de las manos y se levantó del borde de la bañera.

—Te toca —dijo, cogiendo una toalla limpia del armario y dejando la usada junto al lavabo.

La humedeció mientras yo la miraba, admirando su cuerpo desnudo. Cuando volvió y se sentó de nuevo, me apartó el pelo de la cara con una mano y con la otra me limpió la piel con la toalla.

—¿Y tú cómo estás? —me preguntó.

Iba a dormirme si seguía haciéndome esto. El suave tacto de la tela era muy relajante. Cerré los ojos, saboreando el momento.

—Me parece surrealista. Como si al verte en ese lavadero de coches Vincent y yo hubiéramos caído en una especie de delirio febril.

—Sé lo que se siente —dijo ella—. Casi como si no debiera estar sucediendo, como si hubiéramos roto las reglas.

La agarré de la muñeca mientras me limpiaba el cuello con la toalla, acercándola un poco más a mí.

—Siempre rompemos las reglas, Jess.

Sus labios se ablandaron cuando la besé.

Me gustó mucho atraerla hacia mí, acariciar su rostro y pasar el pulgar por su mejilla. Y cuando su respiración se entrecortó y se estremeció un poco al tomar aire, esa suave sensación en mi pecho se volvió aún más suave.

—Dime la verdad —pedí, separándome un poco de ella para hablar—. ¿Cuánto tiempo llevas deseando esto?

Cuando levantó la mirada parecía insegura, casi asustada, como si alguien estuviera golpeando la puerta que protegía su secreto mejor guardado.

—Desde siempre —susurró, después de respirar hondo.

Un suave golpe en la puerta nos sobresaltó a ambos.

—Está abierta —dije.

Manson abrió la puerta y se apoyó en el marco. Tenía el pelo revuelto, erizado en ángulos extraños, y solo llevaba puestos los calzoncillos.

—Lo admito, he estado escuchando un rato para ver si volvíais a follar. —Se acercó con paso pesado, agarró a Jess por la barbilla y le levantó la cara para darle un beso—. ¿Cómo estás, ángel?

—Muy bien —respondió, haciendo una pausa para ocultar un bostezo con la mano—. Agotada, la verdad.

—Puedo llevarte a casa —ofreció, y me señaló con el dedo en señal de advertencia antes de que pudiera ofrecerme voluntario—. Tienes que quedarte aquí y descansar. No quiero más excusas. Vas a tener un accidente si conduces tan cansado, J.

Suspiré, pero no tenía energía para discutir. Tenía razón; estaba agotado y la falta de sueño me estaba pasando factura. No era buena idea conducir cuando apenas podía mantener los ojos abiertos.

Además, no quería llevarla a casa, ni mucho menos. Quería arrastrarla de nuevo a la cama y volver a dormirme entre Vincent y ella.

—Por mucho que me encante verte desnuda, tenemos que buscarte algo de ropa —dijo Manson mientras Jess se ponía de pie y se estiraba.

No pude evitar agarrarla por las caderas, atraerla hacia mí y darle un beso en el estómago antes de soltarla.

—Puedes tomar prestado algo mío —le dije.

Yo era solo unos centímetros más alto que ella, a diferencia de los otros gigantes de la casa, así que esperaba que pudiera encontrar algo que no le quedara demasiado grande.

Manson fue a vestirse mientras Jess y yo nos arrastrábamos por el pasillo hacia el dormitorio. Saqué algunas cosas del armario para ella mientras se volvía a poner los piercings .

—Tus padres vuelven pasado mañana, ¿verdad? —Ella asintió con la cabeza y yo continué—. Mañana pasaré por tu casa para ver qué puedo hacer con el sistema de seguridad. Todavía tienen que cambiar esa mierda, pero al menos tendrás algo que funcione mientras tanto.

Me miró con los ojos entrecerrados y una expresión astuta.

—¿Solo decidiste que necesitaba seguridad después de follarme?

Le saqué algo de ropa, la tiré sobre la cama y luego la agarré del culo y la atraje hacia mí.

—Ese coño necesita su propio equipo de seguridad, pero no puedo seguirte las veinticuatro horas del día, así que…

Acercó su rostro al mío para mirarme, con todo su cuerpo pegado a mí.

—Ten cuidado, Jason. Si sigues hablando de protegerme, voy a acabar pensando que te importo.

Solté un sonido desdeñoso.

—Sí, ya, solo estoy protegiendo lo que es mío. No le des más vueltas.

—No se me ocurriría —respondió.

Todo sonaba como una broma, pero ¿había algo de verdad? ¿Quería que nos importara? ¿O ya sabía que nos importaba y pensaba que éramos unos estúpidos por ello?

Se vistió, bostezando otra vez mientras se ponía mi camiseta. Verla allí de pie con mi ropa despertó algo en mí. Los pantalones de chándal le quedaban un poco grandes en los tobillos y la camiseta le quedaba enorme, pero, cuando se la puso, juraría que la vi detenerse un momento y olerla.

Aún no se había quitado el collar, que tintineaba con cada movimiento, así que no podía haberlo olvidado.

Manson asomó la cabeza por la puerta.

—¿Lista?

Jess asintió antes de volverse hacia mí.

—Gracias por la ropa. Y por un rato tan divertido. —Me besó, fue un roce demasiado rápido—. Nos vemos mañana.

Estuve a punto de pedirle que se quedara. Estuve a punto de arrastrarla de vuelta a la cama y decirle que iba a dormir conmigo.

Pero entonces se fue.

Manson le rodeó los hombros con los brazos y la acompañó por el pasillo.

Me desplomé sobre la cama, pasándome las manos por la cara antes de mirar fijamente al techo. Esto era exactamente lo que no debía pasar. Este sentimiento, este… anhelo. El despertar de un enamoramiento de instituto que, de alguna manera, se había intensificado a pesar del tiempo y la distancia.

Cuando me trasladé al instituto Wickeston, Jess y Vincent fueron mis primeras tentaciones reales de pecar.

Una seductora y un payaso que desafiaban mis pensamientos bien guardados.

Estaba acostumbrado a estar rodeado de reglas, a vivir con la culpa de ser un pecador que tenía que arrepentirse, arrepentirse y arrepentirse.

No caer en la tentación. Adorar. Rezar. Pedir perdón. Pero entonces se abrió la veda.

Jess era intocable, hermosa, orgullosa. Vincent era tentador, seductor, demasiado encantador como para resistirse. En aquel entonces, la realidad de a lo que estaba enfrentándome me golpeó con fuerza. No podía elegir a uno u otro. No podía conformarme.

No podía vivir siendo nada menos que yo mismo, a menos que quisiera permanecer en un ciclo interminable de rezar por el perdón de lo que era.

La Jessica que yo conocía por aquel entonces se había rodeado de las personas adecuadas.

Su imagen era perfecta. Eso es lo que haces cuando finges, cuando intentas demostrar que encajas.

Las personas «adecuadas» eran su armadura y la vida «perfecta» era su gran espectáculo. Sus compañeros eran su público.

Ahora se había bajado el telón y los trajes habían desaparecido. Jessica era solo Jess, una mujer que intentaba descubrir quién demonios era, igual que el resto de nosotros.

No sabía qué significaba eso, ni para ella ni para nosotros. El tiempo y la distancia no habían impedido que volviéramos a estar juntos, pero ¿para qué? Era la mujer que no estábamos destinados a tener, cuyos planes de vida la alejarían de nosotros otra vez.

Vincent decía que su reaparición era una «señal», pero de qué , no tenía ni idea.