32 #3
Las voces que llegaban a través de los cascos me destrozaban casi tanto como la sobreestimulación.
Se me nubló la vista cuando mi cuerpo convulsionó.
—Joder, Jason, ¡por favor!
El calor brotó entre mis piernas, mi coño se apretó con tanta fuerza que estrujé el vibrador y lo saqué un poco.
Las sábanas estaban empapadas bajo mis muslos temblorosos y, cuando logré mirar hacia abajo, Jason me miraba con sorpresa y asombro en sus ojos muy abiertos.
Tenía la cara húmeda, con gotas cayéndole por la mejilla.
—Joder, ¿acabas de chorrear para mí? —preguntó.
Asentí con la cabeza, agotada, casi sollozando por la oleada de éxtasis. Volvió a hundir la cabeza entre mis piernas, voraz, presionando el dildo y manteniéndolo dentro. Solo podía jadear mientras lamía con avidez mi clítoris sobreestimulado y exploraba mi entrada.
Cuando volvió a levantar la cabeza, parecía medio ido. Se quitó los pantalones a toda prisa y su gruesa polla saltó a la vista, rígida y empalmada. Quería tocarlo, arañarlo, morderlo, luchar y gritar de éxtasis.
—A mí también me gustan las vibraciones —comentó, provocándome contra mi resbaladiza abertura con la cola de la rosa todavía dentro—. Creo que la dejaré dentro mientras te follo.
—Tú ya eres muy grande de por sí, Jason —le dije—. ¿Cómo…?
Él se rio entre dientes y se detuvo para coger los cascos.
—¿Habéis oído, chicos? Jess cree que no voy a caber.
—No todos tenemos la suerte de tener la polla del tamaño de un caballo, J. —Reconocí la voz burlona de Vincent, aunque era muy débil.
—Oh, cabrá —dijo Lucas con la voz ronca—. Puede que grite, pero cabrá.
—Decídselo vosotros.
Jason me volvió a colocar los cascos. Intenté mantener la compostura, pero fue inútil. Era imposible que conservara el orgullo en una situación así.
—¿Te estás portando bien? —La voz de Manson sonó grave en mi oído y yo gemí de inmediato, deseando saber si tenía la polla en la mano, si estaba disfrutando de mis gemidos, si le estaba gustando…
—Me estoy portando bien —dije, y luego jadeé cuando Jason volvió a presionar contra mi entrada metiendo un dedo y luego otro, para que me acostumbrara, estirándome—. Dios mío, está tan estrecho… Joder…
—Estás bien, sh, ahí está mi chica valiente —dijo con dulzura—. Sé que tienes miedo, princesa, lo sé. Va a doler, pero quieres portarte bien, ¿verdad?
Asentí mientras sus palabras me tranquilizaban y sus dedos se movían dentro de mí.
Quería portarme bien. Quería complacerlo. Quería ver el placer en su rostro cuando enterrara su polla dentro de mí. Me besó en la boca una vez, dos veces y luego otra vez mientras sacaba los dedos de mi interior.
—Qué chica más buena. Sabía que podías hacerlo. Ahora respira hondo, todo irá bien.
Reconocí los sonidos húmedos de uno de ellos masturbándose a través de los cascos. Jason entró en mí, tomándose su tiempo, abriéndome despacio. Tembló dentro de mí al encontrarse el vibrador, tomando aire con fuerza y luego exhalando con un gemido.
—Por favor, ah…
Tiré de mis ataduras mientras él se metía hasta el fondo. Volvió a acercar la rosa, presionándola contra mi clítoris mientras me penetraba, y mi cerebro se hizo añicos. Los ruidos que hacía, gemidos como los de un animal, solo servían para excitar aún más a los hombres que escuchaban.
—Eso es, Jess. —La voz de Vincent era precipitada y tensa.
Deseé que estuviera allí, en la habitación con nosotros, metiéndome su polla en la boca para que tuviera algo con lo que amortiguar mis gemidos.
—Déjame oír esos bonitos gritos. —La voz de Manson me hizo estremecer, tan llena de placer mientras me escuchaba que gemí su nombre.
—Mm, ¿te gusta que Manson te hable? —preguntó Jason.
Me soltó los tobillos de los grilletes y me presionó las piernas hacia arriba para meter su polla aún más adentro. Cada embestida me hacía gritar y asentí, destrozada, ante su pregunta.
—¿Te gusta que se excite con lo patética que suenas ahora mismo? Dile cómo te sientes, Jess.
—Estoy muy llena —gemí—. Me duele y me gusta mucho y… y… Joder… Jason, por favor…
—Córrete para nosotros, nena —exigió Lucas con la voz ronca.
Jason gimió cuando me aferré a él, estirando el brazo para sujetarme del cuello. Sus caderas se movían con embestidas cortas y rápidas, golpeando mi piel.
Mi voz sonaba débil mientras me apretaba el cuello, mostrando los dientes cuando me follaba, cada vez más duro.
—Por favor, no puedo correrme otra vez…
—Lo siento, princesa, pero tienes que hacerlo —gruñó con la mandíbula apretada—. Córrete otra vez para mí. Llora si lo necesitas. Quiero ver cómo te rompes.
La expresión de puro placer posesivo en su rostro me llevó otra vez al clímax explosivo.
Me agarró del cuello con más fuerza, la suficiente como para provocarme un ligero mareo mientras sollozaba de placer. Las alabanzas llegaron a través de los cascos, las palabras fluían juntas y yo me las bebí como si fueran la ambrosía de los dioses.
Aún aturdida, apenas entendí a Jason cuando se inclinó hacia los cascos.
—Subid aquí antes de que se desmaye, joder —exigió.