32 #2
—Espero que el juguetito pueda cumplir con su papel en el equipo —dijo Lucas.
—Por supuesto que puede —respondió Vincent—. Te gusta ganar, ¿verdad, Jess?
—Exacto.
Justo entonces apareció una notificación en la pantalla y pulsé el botón para «unirme a la partida».
Mientras miraba fijamente la pantalla de carga, me balanceé ligeramente en mi asiento, introduciéndome el consolador un poco más adentro.
Ahora que empezaba a acostumbrarme al tamaño, tan firme y grueso, me gustaba.
—Eso es, persigue el placer —me animó Jason.
La ronda comenzó, y mi personaje se materializó en medio de una ciudad futurista. Mi objetivo apareció en la parte superior de la pantalla: destruir la base enemiga. Temblé cuando los dedos de Jason me recorrieron los brazos.
—No pierdas la concentración.
No había jugado a ningún videojuego desde el instituto, pero Manson, Lucas y Vincent tenían mucha experiencia.
Daban instrucciones por los cascos, avisándose unos a otros de la presencia de enemigos y de los disparos.
La primera vez que vi al equipo enemigo, morí en cuestión de segundos.
Resoplé, gruñendo de irritación mientras esperaba a que mi personaje reapareciera en el juego.
—¿Ya te estás cabreando? —se rio Jason.
—Bueno, es que ni siquiera me ha dado la oportunidad de apuntar —me quejé.
Era muy difícil concentrarse. Me moví de nuevo, y el consolador y el plug se movieron dentro de mí. De repente, justo antes de reaparecer, Jason se arrodilló junto a mi silla y me rodeó la cintura con los brazos.
—Abre las piernas —me ordenó.
Obedecí, bajando la mirada rápidamente para ver qué estaba haciendo. Tenía el juguete de la rosa en las manos y la cola bulbosa vibraba. Presionó el capullo contra mi clítoris y gemí al instante, todo mi cuerpo se retorció ante la repentina estimulación.
—Los ojos en el juego —siseó Jason.
—¿Estás bien, Jess? —Pude oír la sonrisa en la voz de Manson—. Dime qué te está haciendo.
—Te lo diré cuando ganemos —dije, exhalando con fuerza mientras Jason movía el vibrador en circulitos sobre mí.
—Si ganamos, iré a ver por mí mismo lo que te está haciendo —dijo Manson, con tono sombrío.
A pesar de esforzarme al máximo, se me daba fatal este juego.
«Ay, ¿otra vez? Vamos, puedes hacerlo mejor», decía Jason cada vez que moría, burlándose de mí.
Cuanto más me enfadaba, más me estimulaba con el vibrador. Intentaba no hacer ruido, pero no pude evitar soltar otro gemido.
—Joder, gimes como una putita desesperada, ¿no? —comentó Lucas.
—Cállate —gruñí en respuesta.
Al instante, Jason me dio una palmada en la parte interna del muslo. Me sobresalté, demasiado sorprendida como para gritar mientras lo miraba.
—Concéntrate en el juego. Recuerda tus putos modales —me regañó, volviendo a darme una palmada.
Joder, las reglas.
Me mordí el labio inferior, retorciéndome mientras me escocía la piel.
—Lo siento, señor.
—¿De verdad? —dijo Manson—. Entonces quizá quieras volver a intentarlo. Lucas dice que estás gimiendo como una…
—Como una putita desesperada —dije, soltando las palabras lo más rápido posible.
Mi coño se tensó y, menos mal que el juego estaba a punto de terminarse, porque era incapaz de seguir jugando. Ni siquiera podía mantenerme erguida, ya que todo mi cuerpo se tensaba y las familiares oleadas del éxtasis se hacían cada vez más… más intensas…
—Joder, Jason —jadeé, a punto de correrme, y la forma en que seguía moviendo el vibrador no me dejaba otra opción.
Me corrí, con los ojos cerrados y el cuerpo inmovilizado por el placer. Jason me obligó a mantener las piernas abiertas, con el vibrador presionado contra mi clítoris y los ojos clavados en mi cara.
—Cuéntales lo bien que te sientes —me dijo.
Balbuceé, la mitad de lo que dije ni siquiera tenía sentido.
—Me encanta, joder… Dios mío, estoy muy llena, por favor… —Se oyó una maldición a través de los auriculares, seguida de una fuerte exhalación—. ¡Dios, por favor, por favor, por favor, es demasiado!
Justo cuando pensé que iba a explotar, Jason me levantó.
Jadeé ante la repentina pérdida de plenitud en mi interior, y me sonrojé cuando me di cuenta de la mancha húmeda que había dejado en la silla.
Me quitó los cascos y los dejó a un lado, y su mano desapareció bajo mi vestido corto mientras me empujaba contra el escritorio.
—Dios, estás muy mojada —dijo y se llevó los dedos a la boca lamiendo mi excitación mientras me miraba a los ojos—. Quiero saborearte. Entera.
Me levantó la barbilla y acercó sus labios a los míos.
Al principio fue tierno, dejándome un montón de besos suaves en la boca antes de profundizar el beso, separándome los labios y explorando con la lengua.
Por fin tuve la oportunidad de arrastrar las uñas por su cuello y su pecho, agarrándole de los brazos mientras lo acercaba más a mí.
Su polla empalmada me rozaba el vientre y yo la busqué, agarrándola a través de la fina tela.
Él sonrió contra mi boca.
—¿Qué intentas hacerme, eh? ¿Quieres más? —Sus dedos se extendieron sobre mi garganta y yo asentí, moviéndome con impaciencia contra él—. Tendrás más. Lo tendrás todo, princesa, incluso cuando me supliques que pare.
Me empujó hacia atrás y me tumbó en la cama.
Me separó las extremidades y me esposó, atándome las muñecas y los tobillos con unas correas que tenías enganchadas a los cuatro postes de la cama.
Todo ello mientras me besaba, a veces rápido, a veces lento y profundo.
Se sentó a horcajadas sobre mis caderas, elogiándome mientras me quitaba las pinzas de las tetas, pero dejándome el tapón en el culo, tomándose su tiempo para acariciar y chupar mis doloridos pezones entre beso y beso.
—Tócame, por favor —supliqué, arqueando las caderas hacia él.
Un orgasmo no era suficiente, no cuando él seguía provocándome así.
Se levantó de la cama, cogió el juguete con forma de rosa y sus cascos.
—¿Sí? —dijo, dejando los cascos a mi lado—. ¿Quieres que haga que te corras otra vez? —Asentí con un gemido—. Voy a hacer que te corras tantas veces que no quedará ni un solo pensamiento en tu bonita cabecita.
No estaba del todo segura de quién era la voz que salió de los auriculares, pero parecía Manson maldiciendo. Me retorcí al pensar que los otros tres estaban escuchando todo, cada jadeo, cada respiración, cada súplica.
Jason deslizó la cola bulbosa del juguete en mi interior. Pulsó un botón y volvió a cobrar vida, la cola vibraba dentro de mí mientras un suave zumbido emanaba de la propia rosa.
—Dios, eres preciosa —comentó, abriéndome con los dedos.
Inclinó la cabeza, cerró la boca sobre mi clítoris y me lamió con la lengua.
Un pequeño grito me brotó de la boca. Me retorcí contra las esposas, pero apenas podía moverme.
—¡Dios mío, Jason, no pares! —jadeé.
Su boca me abandonó, pero el juguete la sustituyó enseguida. Esta vez utilizó la parte más grande de la rosa y yo me estremecí al sentir su contacto, la succión sobre mi sensible clítoris era casi insoportable.
—Esto no ha hecho más que empezar, Jess —dijo, sonriéndome con malicia mientras yo jadeaba—. No vamos a parar hasta que tu cerebrito de zorra esté completamente en blanco. Solo quiero que pienses en ir a por el próximo orgasmo.
Si mi cuerpo tuviera un medidor de presión de vapor, el mío estaría en el nivel rojo.
Me retorcía bajo su peso, intentando escapar y queriendo más al mismo tiempo.
Iba a correrme otra vez; ya lo notaba. Pero este orgasmo no se fue acumulando poco a poco; me golpeó con fuerza, irrumpió en mi cerebro y me arrancó un grito estremecedor.
—Jason, por favor. —Mi voz se quebró—. Por favor, no puedo volver a correrme…
—Vas a seguir corriéndote hasta que yo diga que ya has tenido suficiente —dijo—. Sé una buena chica y no intentes callarte, ¿entendido? Creo que los chicos se merecen poder oírte.
Oh, me oyeron. Era imposible que no lo hicieran.
Grité mientras me corría, con los músculos tan en tensión que me dolían.
Estaba temblando y, luego, me retorcí con desesperación cuando la estimulación no cesó.
Cuando apartó el juguete, utilizó la boca en su lugar, alternando las sensaciones.
Quería agarrarlo, enredar mis dedos en su pelo azul y apretarle la cabeza con mis muslos.
Quería un respiro del placer, pero tampoco quería que se detuviera.
—Sabes increíble —gruñó, levantando la cabeza.
Volvió a presionar la rosa contra mí, moviéndola con un lento balanceo mientras arrastraba el vibrador dentro de mí y exploraba.
Ni siquiera podía estar segura de si mi último orgasmo había terminado o si él lo había prolongado tanto que estaba volviendo a alcanzar su punto álgido.
Pero era tan increíble que no podía evitar apretar los dedos e intentar cerrar los muslos, sin éxito.
—Grita para él, Jess.
—Qué buena chica.
—Eso es, sin piedad, J.