La deuda (Losers 1) 32
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Jess

La paleta permaneció en mi línea de visión mientras me inclinaba. Apoyé las manos en el escritorio de Jason, mordiéndome el labio inferior, esforzándome por no dejar que los nervios se apoderaran de mi boca mientras recordaba la advertencia de Vincent.

Pensé en cómo sería inclinarme para recibir azotes con la paleta, oír el silbido del aire antes del contacto seco y agudo. Tener que mantenerme en mi sitio y darle las gracias mientras soportaba un castigo como ese…

Me estremecí.

—¿Emocionada, princesa? Ya estás mojada.

Respiré hondo y lo miré. No era justo que llevara solo esos pantalones de chándal tan finos. El pene se le marcaba con claridad. Tenía el pecho desnudo y cubierto de tatuajes de colores, un lienzo neón del que no podía apartar la mirada.

—Sí, señor —respondí.

Dejó las pinzas de metal para los pezones y el tapón anal a un lado, sobre la silla.

Tenía los dedos calientes cuando se puso a explorar entre mis piernas, separándomelas y abriéndome.

Despacio, experimentando, hundió un dedo en mi coño.

El frío metal de su anillo dentro de mí me dejó sin aliento y gemí, incapaz de articular palabra cuando un segundo dedo se unió al primero.

Los curvó, moviéndolos despacio hacia dentro y hacia fuera.

—Eso me gusta mucho —dije, y entonces, añadí enseguida—: Señor.

—Así que eres capaz de aprender. Buena chica.

«Buena chica». Oh, joder, eso me hizo temblar.

Mi interior se tensó y sus dedos se detuvieron antes de retirarse por completo. Pasó un momento de anticipación insoportable, luego me acarició con algo firme y de textura extraña.

—Sigue siendo obediente para mí y te haré sentir tan bien que no podrás pensar con claridad.

Me estaba restregando el consolador alienígena, cubriendo la silicona con mi excitación antes de introducirlo en mi interior.

Era estrecho en la punta, pero se ensanchaba enseguida y la forma curvada que tenía me resultaba muy extraña.

Por un lado era liso, pero por el otro tenía una textura con pequeñas rugosidades, parecían las ventosas de un tentáculo.

Se arrastró por mis músculos y la extraña sensación me hizo retorcerme mientras él me lo metía más adentro.

—¿Qué tal? ¿Alguna vez has usado un consolador como este?

—Es raro. Es… Ah… —Contuve el aliento cuando lo movió dentro y fuera, tomándose su tiempo, dejándome sentir cada centímetro antinatural—. Me gusta, señor… Las rugosidades…

—Lo llevarás dentro mientras juegas —ordenó.

Unas cuantas embestidas más y lo sacó, dejándome con ganas de más. Se oyó un suave clic y luego algo resbaladizo y frío cayó entre mis nalgas.

—También tendrás este tapón metido en el culo —dijo, cogiendo el juguete anal que estaba en la silla y untándolo con más lubricante alrededor, usando el dedo para cubrir la superficie—.

No te preocupes, lo haré despacio. Pero quiero que seas una buena chica y te abras para mí.

Puedes arrodillarte e inclinarte sobre la cama si te resulta más fácil.

Había dicho que así sería más fácil. Sí, sin duda era más fácil morir de humillación en esa posición. Pero yo intentaba ser obediente y no era como si él no me hubiera visto desnuda antes…

Aunque no así.

Me arrodillé para poder arrastrarme hasta el borde de la cama e inclinarme sobre ella.

Sus sábanas olían a limpio, como si acabaran de salir de la colada.

Pero su aroma también estaba allí, dulce, sutil y almizclado.

No me había dado cuenta de que echaba de menos ese aroma hasta que volvió a inundarme.

—Mantén el culo abierto para mí.

Me ardió la cara cuando me eché hacia atrás y me separé las nalgas. Enterré la cara en la sábana, avergonzada por lo expuesta que me sentía. Pero Jason se acercó y me dio otro tirón del collar.

—Levanta la cara. No te escondas. Sé que es difícil, pero puedes hacerlo por mí, ¿verdad?

—Sí, señor —logré decir después de patalear un poco en señal de protesta.

Giró un dedo sobre mi entrada fruncida, extendiendo el lubricante antes de presionar hacia dentro. Resistí el impulso de ahogar un gemido entre las sábanas, apretando los labios con fuerza. Pero a medida que su dedo seguía explorándome, los sonidos salieron: gemidos y jadeos apenas contenidos.

—Eso es. Relájate para mí.

Su voz era suave y tranquila, relajante, cuando sustituyó su dedo por un metal liso. Se tomó su tiempo, la sensación de plenitud crecía poco a poco, mi cuerpo se estiraba para acomodarse a la intrusión.

—Así es, buena chica. Ya casi está.

El tapón se asentó con firmeza dentro de mí y yo gemí, apretando los músculos a su alrededor para mantenerlo en su sitio. Jason apartó mis manos y me agarró del culo, inspeccionando su obra.

—Dios, qué sexy —comentó—. ¿Qué tal?

—Muy llena —susurré—. No creo que pueda meterme el dildo también.

—Claro que puedes —me reprendió con suavidad—.

De todos modos, vas a tener que acostumbrarte a tener ambos agujeros llenos, Jess.

No siempre nos vas a tener de uno en uno.

—La cama crujió cuando se apoyó en ella, sus ojos azules me atraparon en una mirada glacial mientras tiraba de mi collar para girar mi cara hacia la suya—.

Un día de estos, Vincent y yo te follaremos juntos. Piensa en esto como un entrenamiento.

Mis ojos debieron de abrirse de par en par ante la sugerencia, porque él esbozó una sonrisa.

—Oh, te gusta la idea, ¿verdad? Me pregunto cuántas veces te correrías con nuestras pollas follándote, estirando estos agujeritos.

Y, hablando de orgasmos… —Me levantó, sujetándome con fuerza contra su pecho mientras mi campanilla tintineaba—.

Me pregunto cuántos se necesitan para hacerte llorar.

Supongo que tendré que averiguarlo por mí mismo.

—Recorrió el escote del vestido, acariciándome el canalillo—. ¿Estás atrapada en esto?

Asentí con la cabeza y luego jadeé sorprendida cuando agarró el corpiño con volantes y lo rasgó.

La tela era fina y se rompió con facilidad, dejando mis tetas al descubierto.

No llevaba sujetador y tiró ligeramente de los piercings que tenía en los pezones antes de empezar a quitarme las joyas con cuidado.

—Jason… Jason, por favor… —Me retorcí contra él mientras dejaba a un lado las joyas y buscaba esas crueles pinzas metálicas para los pezones; no sabía exactamente qué estaba suplicando, solo sabía que lo deseaba desesperadamente—. Me portaré bien. Prometo que me portaré bien…

—Lo sé —dijo él, abriendo las pinzas—. Pero te gustan los retos, ¿verdad? Te vas a sentar en mi escritorio, con las pinzas en los pezones, un tapón en el culo y ese coño goloso montado en un dildo, y vas a dar lo mejor de ti para ganar. No vas a dejar que esto te distraiga, ¿verdad?

Negué con la cabeza y un gemido se me escapó cuando me colocó la primera pinza.

El pellizco fue tan fuerte, tan doloroso, que encendió la cadena de nervios que parecía ir directamente desde mis pezones hasta mi clítoris.

—No dejaré que me distraiga, señor —dije, respirando hondo, despacio, mientras me adaptaba a la nueva estimulación.

—Buena chica.

Me rozó el cuello con los labios, justo debajo de la oreja y yo me incliné hacia su caricia. Sus labios eran suaves, pero sus manos duras, y la yuxtaposición de sensaciones me hizo temblar cuando me puso la segunda pinza.

—Joder, Jason… Duele, duele mucho.

Me encogí contra él, respirando hondo con rapidez en un intento por mantener la calma.

Mi cerebro ya estaba hecho un lío. Había venido aquí pensando que me costaría mucho ser obediente, pero ahora era lo único que quería: ser una buena chica, complacerlo, hacer que se sintiera orgulloso para poder escuchar más palabras dulces.

Me dejó allí arrodillada, luchando por no quitarme las pinzas para aliviar el dolor. Colocó la base plana del consolador en su silla y me hizo una señal con el dedo.

—Ven aquí. Es hora de jugar.

Jason recolocó la silla, pero la longitud y el grosor del consolador me dejaron con los ojos como platos. ¿Se suponía que debía meterme todo eso dentro?

—Iremos despacio —dijo Jason, con voz cargada de sádico entusiasmo.

Me sujetó los brazos para que mantuviera el equilibrio cuando me incliné hacia abajo y el consolador me llenó centímetro a centímetro.

Cuando estuvo totalmente introducido en mi interior, temblaba.

Sentía las piernas débiles. Estaba tan profundo que dolía y la sensación era tan placentera como dolorosa.

Dios, estaba muy llena.

—Veamos qué puedes hacer, princesa. —Se colocó detrás de mí y se inclinó, acariciándome los brazos antes de posar sus manos sobre las mías, moviendo mi mano izquierda hacia el teclado y la derecha hacia el ratón—.

Las teclas W, A, S y D te permiten moverte.

—Colocó mis dedos sobre las teclas, envolviendo completamente mi mano con la suya—.

Mira a tu alrededor con el ratón. El botón derecho dispara, la tecla R recarga.

—Temblé cuando acercó los labios a mi oreja y sentí su aliento caliente en mi cuello—.

El resto lo descubrirás sobre la marcha. Ah, y una cosa más…

Cogió los cascos y me los puso, ajustándome la diadema para que encajaran con comodidad. Dejó un oído al descubierto para que él también pudiera escuchar.

—Jason tiene que darse prisa o empezaré la ronda sin él. —Oí por el otro.

Apreté los muslos. Era Lucas, y Vincent se echó a reír justo después.

—¿Le has dado todas esas cosas y esperas que se dé prisa?

—Es Jason, vamos. Todos sabemos que se toma su tiempo —dijo Manson.

Había un micrófono delante de mi boca, conectado a los auriculares. Jason seguía inclinado sobre mi espalda, lo suficientemente cerca como para oír su conversación a través de los cascos y reírse de ella.

—Perdón por la espera, chicos —se disculpó—. Tenía que preparar a Jess para jugar.

—Y yo juego para ganar —añadí, provocando un murmullo y algunas risas entre los hombres que me escuchaban.

Intentar hablar sin que la desesperación se reflejara en mi voz era casi imposible, pero lo intenté.