29
Jess
Instituto, último a ño
No sentí ningún tipo de alegría cuando me pusieron la corona en la cabeza.
Se me enredó en el pelo y me arañó el cuero cabelludo.
Las luces brillaban demasiado al enfocarme y los vítores emocionados de mis compañeros me ensordecían desde la masa en penumbra que había más allá de las luces.
Aplausos anónimos que ahogaban las risitas y los murmullos.
—¡Muy bien, sonreíd!
Una de las chicas del anuario, no recuerdo su nombre, apareció delante de nosotros con la cámara lista.
Una vez anunciados el rey y la reina del baile, la música volvió a sonar a todo volumen, martilleando con mi corazón.
Me volví hacia Kyle, le puse la mano en el pecho y esbocé una sonrisa.
Me aseguré de inclinar la cadera en el ángulo adecuado y extender la pierna hacia delante, con los tacones blancos en precario equilibrio sobre la elegante tarima del gimnasio.
—Más te vale sonreír, Kyle —murmuré entre mis dientes apretados y sonrientes—. No me jodas las fotos.
Me rodeó la cintura con una mano, cosa que me repugnó.
—Siempre tienes una sonrisa falsa preparada, ¿verdad, Jessica? —Sus palabras vinieron acompañadas con su propia sonrisa artificial—. Por eso no le gustas a nadie. Eres una falsa de mierda.
Tenía que sonreír. Sonreír y ya está. Se disparó el flash de la cámara.
Si iba a tener que ver esas fotos colgadas con orgullo en la pared de mi madre durante quién sabe cuántos años, me aseguraría de salir bien. No importaba quién estuviera a mi lado. Nunca había importado.
No importaba que todos me odiaran. No importaba que, justo antes del anuncio, Kyle hubiera dejado escapar que quería romper conmigo otra vez. No importaba que hubiera soltado que iba a dejarme. Otra vez.
No importaba. Dios, daba igual.
Sonreír y ya está.
La gente aplaudía para que bailáramos. Con cada paso que daba al bajar del escenario, fijaba un poco más esa sonrisa en mi rostro.
Sostuve la mano de Kyle, húmeda y sudorosa alrededor de la mía.
Él sudaba en su esmoquin, con la mirada perdida entre la multitud.
Siempre perdida. No importaba mi aspecto, ni cómo me vestía, ni lo que hacía en la cama. No importaba.
Nunca era suficiente.
Bailamos. La cámara disparó.
«Haz como si te lo estuvieras pasando bien».
Pero en cuanto la canción terminó, una pausa en la música y la atención menguante del público me permitieron escabullirme. Me pegué a la pared cerca del fondo del gimnasio, agachándome bajo serpentinas y cintas metalizadas, huyendo de las conversaciones indeseadas y las felicitaciones hipócritas.
Nadie se sorprendió de que hubiera ganado. Así era como tenía que ser. Así era el mundo, encajando perfectamente en la misma rutina de siempre.
La capitana de las animadoras y el quarterback . Qué bonito. Qué conveniente. Menudo puto cliché.
Empujé con fuerza la primera puerta que encontré y por fin estaba en el exterior.
De pie, en los escalones de hormigón detrás del gimnasio, miré los contenedores de basura abarrotados.
Una sola luz iluminaba los escalones y la lluvia caía a mi alrededor, fría, empapándome sin piedad.
Las capas de satén rosa de mi vestido se empaparon enseguida, demasiado ajustadas y pesadas, pegándose a mi cuerpo.
La lluvia me arruinó el maquillaje enseguida. Daba igual si lloraba.
Intenté contenerme. Me senté en los escalones, sofocando los sollozos que se me escapaban del pecho.
«No le gustas a nadie. Eres una falsa de mierda».
Sentí frío y calor, las dos cosas a la vez. El estómago se me revolvió por el alcohol que había estado bebiendo a escondidas toda la noche.
No importaba lo que dijera Kyle. De todos modos, era un gilipollas y yo me merecía algo mejor.
Me envolví los brazos desnudos con las manos, tenía la piel de gallina por el frío. Era tan imbécil como Kyle. Era la única razón por la que habíamos funcionado juntos. Perfectos el uno para el otro.
Dos personas horribles que se merecían mutuamente.
Levanté la cabeza de golpe al oír unos pasos. Vincent estaba a la derecha de las escaleras, vestido con una chaqueta de cuero, una camisa negra con botones y pantalones, seco bajo un paraguas.
Suspiré con fuerza y aparté la mirada.
—Ay, Dios, eres tú.
—Maldita sea, la gente suele emocionarse mucho más cuando me ve en las fiestas.
Subió las escaleras y se sentó a mi lado, moviendo el paraguas para que pudiéramos compartirlo.
Estaba acostumbrada a verlo con camisetas de tallas grandes y vaqueros ajustados. Verlo con ropa negra y ajustada era… agradable. La verdad es que era agradable.
—Bueno, no busco ningún chute de nada —dije, intentando limpiarme sutilmente la nariz mocosa con el dorso de la mano—. A menos que tengas Xanax.
—Puede que sí. Tengo todo lo que la gente necesita. —Podía sentir su mirada fija en mí, escrutándome, como los dedos de un médico buscando una lesión—. Nunca antes habías querido tranquilizantes.
—No quiero sentir nada —dije, mirando fijamente las bolsas de basura empapadas—. Absolutamente nada.
—Normalmente no suelo meterme en cómo se drogan las personas, Jess. Pero algo me dice que no debería venderte tranquilizantes. No así.
Negué con amargura.
—Genial. Un traficante con conciencia. ¿Ni siquiera te aprovechas de una damisela en apuros?
Él se rio entre dientes.
—Tú no eres una damisela en apuros. Eres una reina muy peligrosa.
Pareció complacido cuando eso me hizo reír un poco. Estuvimos en silencio durante unos segundos, antes de que él hablara de nuevo.
—Así que… la reina del baile.
—Sí. —Levanté la mano y acaricié con los dedos la corona de plástico enredada en mi cabello empapado—. Lo más seguro es que oigas gritar a mi madre desde el otro lado del pueblo cuando se lo cuente.
—¿Y el rey está ausente?
Tragué saliva.
«No vuelvas a llorar. No llores. No seas débil por un chico».
—El rey ha encontrado conquistas en otro reino —dije, intentando sonar lo más altiva y despreocupada posible, como si fuera un jueguecito divertido que no podía hacerme daño.
Vincent no dijo nada, pero su silencio era mejor que unas palabras vacías de consuelo.
De todos modos, habría sabido que estaba mintiendo.
Su relación con Kyle era tolerante solo porque le suministraba anfetaminas con descuento.
Pero entonces me puso la chaqueta sobre los hombros, sujetando el paraguas entre las rodillas.
—Tienes que estar helada con ese vestido.
Lo estaba. Tenía todo el cuerpo con la piel de gallina y me estaba esforzando mucho para que no me viera temblar. El calor de la chaqueta hizo que mis hombros se relajaran al desaparecer la tensión.
—Tu chaqueta huele a marihuana —comenté.
Asintió con la cabeza.
—Probablemente sea porque tiene maría.
—Si un policía me encuentra con esto puesto, ¿me arrestarán?
Él sonrió con picardía.
—Solo si te registran.
Nos quedamos sentados en silencio unos segundos más, rodeados por el repiqueteo de la lluvia y la alegre música dance que resonaba a través de la puerta. Entonces la música cambió, la melodía se ralentizó y se convirtió en Holy de Justin Bieber.
—La gente se preguntará dónde estoy —dije en voz baja.
—Que les den.
Lo miré sorprendida y él se encogió de hombros.
—Que les den, Jess. No necesitan que los entretengas más. ¿Acaso le importó a Cenicienta que alguien se preguntara dónde estaba cuando escapó del baile?
Negué con la cabeza, incrédula.
—¿Tú has visto Cenicienta?
—Tengo cuatro hermanas pequeñas, por supuesto que la he visto, ¡es un clásico del cine de animación! Cuando se rompió ese zapato de cristal… —Se llevó la mano al pecho de forma dramática—. Mi corazón se rompió con él.
Me eché a reír, a pesar del dolor punzante que aún me oprimía el pecho.
—¿Quién diría que eras tan romántico?
Se puso de pie de repente, se colocó el paraguas bajo el hombro y me tendió la mano. Me quedé mirando su palma abierta, parpadeando rápidamente, confundida.
—¿Qué?
—No me parece bien que la reina del baile no tenga su baile lento —dijo con una leve sonrisa en los labios.
—¿Bailar? —pregunté—. ¿Aquí fuera? ¿Contigo? ¿Bajo la lluvia?
Él se encogió de hombros.
—Sí. ¿Por qué no?
Mil razones, mil excusas, se agolparon en mi lengua. Pero acepté su mano y dejé que me levantara del escalón. Dejé que me rodease la cintura con el brazo, bajo su chaqueta de cuero, aún cálida alrededor de mis hombros.
—Voy a mojarte —le dije mientras apretaba mi vestido empapado contra él, que se echó a reír bajo mi mirada llena de ira—. No te atrevas a hacer una broma obscena con eso.
—No se me ocurriría —respondió—. No me importa que me mojes un poco, Jess.
Me guiñó un ojo y yo puse los ojos en blanco.
Pero mientras nos mecíamos bajo la lluvia al son de la música, el dolor en mi pecho se alivió. La angustiosa inseguridad que oprimía mis pulmones dejó de crecer y respiré lentamente antes de atreverme a apoyar la cabeza contra su pecho.
—Eres muy alto —comenté, porque no sabía qué más decir.
—Por eso las chicas me llaman Papi Piernaslargas —dijo, y yo le di un golpe en el pecho aunque la broma me hizo reír.
—Kyle te matará si nos ve aquí fuera —le dije.
Detrás de nosotros, el ligero movimiento del pomo de la puerta me puso tensa y Vincent me apretó la cintura con la mano. Pero no salió nadie.
—¿Y perder a su proveedor? —soltó—. Lo dudo. —Hizo una pausa antes de volver a moverse conmigo—. De todos modos, no me importa. Se supone que estas son las mejores noches de nuestras vidas, ¿no?
—¿Lo son?
Era raro sentirme así. Melancólica y triste, confundida y enfadada, pero… Había algo más abriéndose paso entre todas mis emociones. Algo cálido, tierno y pequeño.
Deseo. Anhelo.
Un deseo de que todo fuera distinto.
—Sabes que nunca quise hacerle daño a Manson —dije, tan bajito que casi no se oyó por culpa de la lluvia.
—Lo sé. El camino al infierno se construye con buenas intenciones, ¿verdad?
—Verdad —dije cerrando los ojos.
El último año estaba llegando a su fin y lo había estropeado todo. Mi camino estaba bien construido, con intenciones tanto buenas como malas. Estaba muy segura de que era el camino que quería, pero ahora solo veía un callejón sin salida ante mí.
Las cosas cambiarían después del instituto. Tenían que cambiar.
La canción terminó y yo fui la primera en apartarme. Me aclaré la garganta y enderecé los hombros, conteniendo los últimos restos de tristeza. Yo era mejor que eso. Tenía que volver allí.
Me quité la chaqueta y se la tendí.
Pero Vincent me miraba con una expresión que no lograba comprender del todo.
—¿Qué? —le pregunté cuando por fin cogió la chaqueta.
Sacudió la cabeza lentamente, con un suspiro que me pareció muy profundo.
—Maldita sea. Yo también estoy pillado.
Estaba a punto de preguntarle qué demonios quería decir con eso, pero la puerta se abrió a nuestras espaldas.
—¡Oh, gracias a Dios! —exclamó alguien—. Jess, ¿qué coño…?
Ashley salió corriendo hacia mí, con un paraguas que no tardó en poner sobre mi cabeza.
Vincent dio un paso atrás mientras ella se preocupaba por mí.
—¿Merecía la pena empaparse por un poco de hierba? Dios mío, se te están cayendo las pestañas. Ven, te llevaré al baño. —Le lanzó una mirada de reprobación a Vincent—. Quizá la próxima vez podrías hacer tus negocios en un lugar un poco menos sospechoso.
—Pero ¿dónde más voy a encontrar contenedores de basura convenientemente ubicados para tirar los cadáveres de mis clientes? —preguntó Vincent justo antes de que entrásemos y Ashley gruñó, disgustada.
—Es un rarito —se quejó—. ¡La próxima vez llévame contigo, tía! No te fíes de ese bicho raro. Sabes, Mark Ringwald me dijo que Sarah Everdeen le contó que su primo descubrió que Vincent está metido en algo muy turbio. Es como un adorador del diablo o algo así.
—Creo que los adoradores del diablo solo sacrifican vírgenes, así que estoy bastante segura de que estoy a salvo.
Estaba bromeando, pero Ashley asintió con la cabeza y abrió la boca en forma de O, como si le hubiera contado una información increíblemente importante.
Arreglamos mi maquillaje y Ashley llamó a una amiga que tenía una muda de emergencia. Podía volver a la pista y bailar con mis amigos, beber más vodka a escondidas de la petaca de Ashley y fingir que estaba pasando la mejor noche de mi vida.
Tal vez sí que hubo algo bueno esa noche. Algo pequeño e impredecible, pero cálido a pesar de la lluvia. Quizá aún no lo sabía. Quizá no lo sabría hasta pasados unos años. Pero esa sensación permaneció, todavía pequeña, esperando su oportunidad para crecer.