La deuda (Losers 1) 28 #4
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—¿Por favor? Por favor, ¿qué?

Me retorcí sobre el capó.

—Por favor, fóllame. Por favor. Intentaré estar callada. De verdad que lo intentaré.

—Lo intentarás.

Sostuvo la vela sobre mí, moviéndola despacio, manteniéndola inclinada para que las gotas de cera me salpicaran los muslos. Me mordí el labio, pero no pude contener los gemidos.

—Eres muy ruidosa, ¿verdad? Nunca puedes cerrar la boca. La próxima vez, haré que uno de los chicos te tenga con la boca ocupada. Pero, por suerte para ti, me gusta cómo gritas.

Se desabrochó el cinturón y los vaqueros para liberar la polla.

Escupió en su mano y se la pasó por el miembro, antes de rozarme con su glande hinchado.

Intenté acercarme a él, desesperada por sentirlo, pero él negó con la cabeza y volvió a golpearme el clítoris con la varita, una vez, otra más, y ambas descargas me arrancaron gritos desgarradores.

Mientras gritaba, su polla se sacudió y agarró una de mis piernas, empujándola hacia arriba, abriéndome para él.

—Estás tan húmeda… —murmuró, mirándome mientras yo jadeaba en busca de aire.

Con un suave gemido, se introdujo en mí. No empezó despacio, no se tomó su tiempo. Me folló duro y rápido, penetrándome con una brutalidad que era un castigo en sí mismo.

—Sucia puta —siseó y luego me dio un golpecito con la varita en el costado—.

Joder, te tensas tanto cada vez que te doy una descarga.

Me encanta, joder. —Se estremeció conmigo cuando volvió a darme otra descarga, gimiendo de placer como si mis gritos fueran música para sus oídos—.

Grita todo lo que quieras. Aquí fuera nadie puede oírte.

¿Por qué había pensado que Vincent sería el más amable de los cuatro?

Disfrutaba de cada grito, con los ojos muy abiertos por la excitación, gimiendo de placer cada vez que me tensaba por el dolor de la descarga.

Dios, y me encantaba. El ángulo de su polla penetrándome golpeaba ese punto que me hacía apretar los dedos de los pies.

Estaba a punto de correrme y el dolor solo me acercaba más al clímax.

Cuanto más chillaba y luchaba sin éxito, más placer sentía.

Era increíblemente consciente de cada beso de la brisa sobre mi piel, la piel de gallina de mi pecho, el crujido punzante de la electricidad, la profundidad dolorosa de Vincent follándome.

Esas sensaciones físicas eran lo único que quedaba en mi mente. En ese momento, no importaba nada más.

—¿Quieres correrte? —Volvió a pasarme la varita por el clítoris—. Te va a costar caro.

—¡Por favor! —Me retorcí contra las cuerdas, con los ojos muy abiertos, mientras la varita se acercaba a mí—. Por favor, Vincent, no, no, no, no.

—Sé que ya nos debes mucho —dijo, burlándose de mis palabras anteriores—, pero estoy seguro de que no te importa pagar cuando te hace sentir tan bien.

—Oh, Dios… Joder… Por favor…

Sabía que el precio era el dolor y que el placer que obtendría a cambio valdría la pena, pero la anticipación podría matarme.

—El miedo te pone —observó—. Noto cómo te aprietas contra mí cuando me lo suplicas. Va a pasar, Jess.

—Dios, Vincent, por favor, no lo hagas. No puedo… No puedo…

Esperó hasta que mis jadeos se acallaron. Su expresión se había vuelto seria.

—Recuerda tu palabra de seguridad, cariño. No olvides dónde estás —dijo con sinceridad.

Asentí con la cabeza. Me estaba perdiendo en la fantasía, pero eso no significaba que hubiera perdido el contacto con la realidad. Seguía con los pies en la tierra, seguía siendo consciente de cuáles eran mis límites.

—La recuerdo —dije—. Estoy bien.

La electricidad estalló, provocándome chispas en el clítoris y un cosquilleo en el sistema nervioso.

Él se rio de mis gritos y esa risa fue mi fin.

Le apreté la polla mientras me corría, gritando su nombre con desesperación.

Mi cabeza cayó sin fuerzas contra el capó mientras miraba las viejas vigas que tenía encima de mí, completamente aturdida.

Vincent gimió, follándome con una nueva urgencia que hacía que sus caderas se movieran de forma errática.

—Joder, Jess —gruñó—. ¿Sabes cuántas veces he pensado en esto? ¿Cuánto he deseado hacerte gritar? —Me agarró de la cara, obligándome a mirarlo—. ¿Tú has fantaseado con ello? Di la verdad, ahora mismo. Dime si has pensado en que esto sucediera.

—¡Sí! —Mi voz sonaba tan quebrada, tan llena de placer, tan aturdida por el dolor…—. He pensado en ello… He fantaseado… contigo… con todos vosotros…

—Eres una chica mala, ¿verdad? —gruñó y sentí cómo su polla se hinchaba y se contraía a medida que se acercaba al orgasmo—. No deberías hacerlo, ¿a que no, cielo? No deberías pensar en cómo esos raritos pervertidos hacen que se te moje el coño. Pero no puedes evitarlo, ¿verdad?

Mi mente y mi cuerpo se doblegaron a su voluntad mientras negaba con la cabeza. No podía evitar pensar en ellos, desearlos, anhelar cosas que se suponía que no debía querer. Me penetró hasta el fondo, mostrando los dientes con un gruñido gutural mientras se corría dentro de mí.