28 #3
Abrí los ojos como platos al darme cuenta de que la vela empezaba a gotear, con la cera resbalando por el lateral mientras se formaba rápidamente otra gota en la punta.
Vincent deslizó las manos por la parte interior de mis muslos, provocándome un cosquilleo.
Pero ese cosquilleo me traicionó. La gota de cera tembló y cayó, aterrizando justo entre mis pechos.
No era la primera vez que me caía cera encima, pero no por ello fue menos impactante. La fracción de segundo de dolor, el susurro de una quemadura que se desvaneció rápidamente… Quería gritar, desesperadamente, pero de alguna manera logré mantener los dientes apretados.
Otra gota cayó mientras temblaba. Grité, haciendo uso de todo el autocontrol que tenía para no volver a retorcerme.
—En menudo lío te has metido —dijo Vincent mientras hundía dos dedos en mi coño, provocándome otro gemido desesperado—.
Luches o no, seguirá cayendo. Qué divertido.
Oh, pero… —Levantó el dedo y buscó algo en su bolsillo trasero, era una varita con la punta roja que supuse que sería algún tipo de herramienta—.
Tengo algo que lo hará aún más divertido.
Luego la bajó y la golpeó contra mi muslo.
Me sorprendí al notar la electricidad que me recorrió cada terminación nerviosa. Todo mi cuerpo se tensó y me retorcí contra las cuerdas. No había forma de escapar cuando volvió a bajarla y la golpeó contra mi otra pierna con el mismo efecto.
Grité, con los dientes aún apretados, mientras más cera aterrizaba sobre mi pecho en malvadas gotas de calor.
Vincent se rio e hizo girar la varita en su mano.
—Oh, ¿duele? ¿Era un grito de «estoy divirtiéndome un montón» o de «qué agonía»?
No sabría decir, vamos a oírlo otra vez.
—Otro golpe, otra descarga, otro grito; no pude contenerme—.
Vaya, ¡quién lo diría! Parece que ambas son ciertas, Jess.
—Levantó la varita, colocándola justo encima de uno de mis pezones endurecidos—.
Parece que estás disfrutando del dolor. Qué suerte tienes.
Bajó la varita. Intenté negar con la cabeza, pero eso solo provocó que cayeran unas gotas más de cera. Sonrió justo antes de golpearme y arqueé la espalda mientras gritaba por la descarga.
Pero aún no había terminado conmigo, movió la varita entre mis piernas. Estaba gimiendo incluso antes de que me tocara, anticipando el dolor, acumulándolo en mi cabeza hasta que se convirtió en un monstruo que se cernía sobre mí.
Vincent se detuvo con la varita dolorosamente cerca, observando mi rostro.
—Me encanta ver cómo te pones —dijo.
Pulsó el botón de la varita, lo que provocó una chispa de electricidad en la punta, acompañada de un chisporroteo. Solo el sonido me hizo saltar, y más cera me salpicó sobre la piel.
¿Cómo había sobrevivido Jason a él todos estos años? Quizá se equilibraban de alguna manera, sádico contra sádico, alimentándose de la felicidad de torturarse el uno al otro.
Mejor aún, ¿cómo podían cuatro sádicos vivir en una misma casa y no destruirse completamente unos a otros con sus juegos perversos? ¿Cómo podía sobrevivir, cuando mi mente y mi cuerpo me traicionaban a cada paso, haciéndome ansiar su crueldad?
Ninguna de mis falsas resistencias cambiaba la realidad: yo quería esto, lo anhelaba.
—Sh, sh, Jess. —Mantuvo la varita aterradoramente cerca de mi clítoris mientras se inclinaba hacia delante, apoyándose en el capó con una mano a mi lado—. Te lo mereces, ¿sabes? Por ser una chica mala. Hay que castigar a las chicas malas, ¿no?
Vincent asintió con la cabeza y yo logré hacer un pequeño gesto con la cabeza en respuesta. Mi lengua seguía formando las palabras «por favor» una y otra vez, pero no me salían bien con la boca llena.
—Voy a contar hasta tres y luego lo haré. ¿Lista? —Negué con la cabeza y él se rio—. Creo que sí que lo estás. Todo lo lista que puedes estar. Uno…
Casi di unos golpecitos en el capó. Casi. Pero sentía curiosidad. Quería esforzarme. Quería más.
Me temblaban las piernas y gemí cuando dos gotas más de cera cayeron sobre mí.
—Dos.
Todo mi cuerpo se tensó. No sabía si apartar la mirada o ver cómo lo hacía.
—Tres.
Golpeó la varita contra mi clítoris.
Grité y me eché a llorar mientras luchaba por mantener la vela en su sitio. Una mezcla de adrenalina y dopamina recorrió mi cuerpo en respuesta al dolor: la euforia perfecta.
—Buena chica. —Se inclinó para darme un beso en la frente y me derretí por completo.
Lo quería dentro de mí; quería su cuerpo sobre el mío.
¿Por qué el dolor me hacía sentir tan viva?
Era la misma emoción que había sentido atada al asiento del copiloto mientras aceleraba por el camino, rozando el límite del peligro.
Mis caderas se arquearon con impaciencia, sin pensar. Volví a recibir el golpe de la varita.
Vincent me dio una palmadita en la cara mientras yo gemía por el dolor.
—Qué golfa, moviendo las caderas así. Solo quieres que te follen, ¿verdad?
Me hizo un puchero burlón mientras yo intentaba, por todos los medios, mantenerme quieta. Sin moverme, sin forcejear, sin sacudir frenéticamente las caderas en busca de algún estímulo para mi clítoris hinchado y dolorido.
Se enderezó mientras me miraba, haciendo girar la varita en una mano.
—Te diré una cosa. Voy a follarte. Incluso te quitaré la vela de la boca.
Pero voy a seguir usando la varita todo el tiempo.
—Me pasó la varita por la pierna y, aunque no pulsó el botón, temblé bajo su toque metálico, esperando una descarga en cualquier momento—.
¿Vas a estar callada o vas a gritar a pleno pulmón todo el rato?
Negué con la cabeza. Despacio, con pesar. Pero no podía hacerlo. No sería capaz de mantenerme callada. Estaba demasiado abrumada, demasiado nerviosa. Necesitaba gritar e, inevitablemente, fracasaría y desobedecería si él me ordenaba que me callara.
—¿No? Al menos eres sincera.
Sin embargo, agarró la vela y me la quitó de entre los dientes.
—No podré… No podré… quedarme callada —logré decir, sentía la piel ardiendo y temblaba por la energía—. No puedo hacerlo, Vincent, por favor…