La deuda (Losers 1) 28 #2
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—¿Que soy una persona bisexual y poliamorosa que cree en la libertad sexual?

Por supuesto. —Sonrió—. Ayuda que mis padres sean unos hippies totales y que los niños no tengan los mismos complejos que los adultos.

Mis hermanas saben que su hermano mayor tiene mucho amor que dar, y que el amor es algo bonito.

—Así que tú eres el romántico —dije—. Debería haberlo sabido.

—Soy el que más práctica tiene. Jason es un romántico empedernido, aunque lo niegue.

Lo miré por encima del hombro.

—Lo quieres de verdad, ¿no?

—Por supuesto. Quiero a todos esos cabrones, obviamente, pero el amor es un poco diferente con cada persona con la que lo compartes.

A veces es apasionado y romántico, o profundo y platónico, o cualquier combinación entre medias.

Mucha gente no lo entiende, pero no necesito que nadie lo entienda. Lo acepté hace mucho tiempo.

Muchas veces yo sentía lo mismo. Nadie necesitaba entenderme ni comprender mis razones.

No tenía que justificarme. Pero también había otras muchas veces en las que la inseguridad asomaba su fea cabeza y me recordaba que cuando las personas se alejaban demasiado de lo que la sociedad entendía, enseguida se veían rechazadas.

—¿Tienes algún otro talento oculto? —le pregunté, volviéndome hacia él.

Siguió abrazándome, como si lleváramos años tocándonos en lugar de evitándonos la mayor parte del tiempo. Eso era lo que pasaba con Vincent: todo era cómodo. Todo era íntimo sin ningún esfuerzo.

Me sonrió con esa mirada pícara suya, antes de levantar un dedo en un gesto de «espera y verás».

Volvió al coche y abrió el maletero, donde guardaba la misteriosa caja de juguetes que había comprado en el sex shop . Solo había echado un vistazo —había algo que parecía un pene azul alienígena—, pero verlo rebuscar en ella me provocó un cosquilleo de excitación en la espalda.

Cuando se enderezó, tenía en las manos una cuerda negra trenzada enrollada.

—Oh, déjame adivinar —dije—. ¿Eras un boy scout muy entusiasta?

—El que más. —Se detuvo frente a mí, pasándose la cuerda entre los dedos, despacio—.

Siempre me gustaron los nudos. Quería saber todo sobre ellos y ser el más rápido en hacerlos.

Había un juego al que solíamos jugar… Ya sabes, juegos infantiles tontos.

Algunos hacíamos de piratas y otros de marineros, y lo que más me gustaba era capturar a tantos marineros como pudiera y atarlos.

Parecía un pirata. Pelirrojo, travieso, peligroso.

—No parece un juego para niños.

Él negó con la cabeza.

—Por supuesto que no. Por suerte, al crecer, no he perdido mi amor por los juegos. Todavía me gusta capturar a mis víctimas y atarlas, excepto que ahora sé qué hacer con ellas una vez que las tengo atadas.

Estaba prácticamente rebosante de deseo. Le tendí las muñecas, manteniendo una expresión cautelosamente escéptica, mientras por dentro gritaba por sentir su tacto.

—¿Qué piensas hacer exactamente conmigo, pirata? —le pregunté.

Su sonrisa era contenida, al igual que el roce de sus dedos sobre mi garganta.

—Ten paciencia —me pidió—. Y haz lo que te diga, a menos que quieras que te haga daño.

Mi garganta se movió contra su mano cuando tragué saliva.

—Desnúdate. Quítatelo todo —me ordenó.

Pensé en resistirme, en empujarlo para descubrir qué podía hacer este pirata con su víctima rebelde. Pero me gustaba cómo me miraba cuando lo provocaba.

—Por favor, no me hagas daño, señor. Haré lo que quieras —dije, mientras me quitaba la camisa.

Él sonrió, haciendo girar rápidamente una cuerda en círculos mientras yo me quitaba los zapatos y luego me desabrochaba los vaqueros y me los bajaba.

Cuando levanté la cabeza después de tirarlos a un lado, su expresión cuidadosamente elaborada había desaparecido, dejando en su lugar algo que parecía asombro.

—¿Qué? —solté, odiando que ahora, sin la mayor parte de mi ropa, sonara más vulnerable.

Suponía que era inevitable. La confianza y la inseguridad iban de la mano en mí.

—Es curioso cómo funciona la vida —comentó, recorriendo mi cuerpo con la mirada como si intentara aprenderse cada curva—. Hace unos años, pensaba que lo más cerca que estaría de algo así sería cuando bailé contigo en la graduación.

—El baile… —Hacía mucho tiempo que no pensaba en aquella noche, había sido un día horrible, pero estuvo aquel momento fuera, bajo la lluvia torrencial—. Sí. Es increíble cómo acaban las cosas.

Increíble, sin sentido, caótico. No estaba segura de si había algo que siguiera teniendo sentido, pero quizá se suponía que no debía tenerlo.

—He pensado mucho en esto, Jess —admitió mientras recorría con sus dedos el borde de mi sujetador, rozando ligeramente la tela de satén azul pálido—. ¿A qué esperas? Te he dicho que te lo quites todo.

La autoridad en su voz era diferente a la de los otros chicos. Se mantenía en el límite entre lo meramente juguetón y una advertencia severa bajo la superficie. Tenía la sensación de que podía pasar de divertido a serio en una fracción de segundo, así que obedecí.

El aire era cálido y ligeramente húmedo mientras permanecía allí desnuda, con la ropa amontonada a un lado. Los rayos de sol caían sobre el rostro de Vincent mientras sonreía.

—Eres demasiado bonita —dijo, enrollando la cuerda alrededor de mi muñeca—.

¿Sabes lo que me gusta hacer con las cosas bonitas?

—Me atrajo hacia él y me agarró por el cuello, maniobrando hasta que la parte posterior de mis piernas quedó presionada contra la parrilla de su coche—.

Me gusta romperlas. Me gusta ver cómo se hacen añicos mientras las destruyo.

—No…

Mi protesta fue suave y él la interrumpió con un rápido apretón con la mano. Mantuvo esa presión en los lados de mi garganta el tiempo suficiente para que me invadiera una ligera sensación de mareo.

—Cállate. —Una vez más, lo dijo como si fuera una broma, pero la broma tenía un peso siniestro—.

Esto es exactamente lo que va a pasar, cielo.

Voy a romperte, y vas a llorar y suplicarme que pare, aunque te encante.

Luego, dentro de un par de días, será el turno de Jason y hará lo mismo.

Te romperemos una y otra vez, tantas veces como sea necesario.

El corazón me latía con fuerza cuando me empujó hacia atrás, hasta que quedé tumbada contra el capó del coche.

Mis pies apenas tocaban el suelo y el capó aún estaba un poco caliente.

Me ató la otra muñeca y luego tiró de ellas con fuerza, asegurando la cuerda a las barras del interior de su coche.

Cada uno de sus movimientos era tan cuidadoso y ensayado que parecía que ataba a gente al capó de su coche todo el tiempo.

Quizá eso era exactamente lo que hacía.

Pronto, mis dos brazos estuvieron atados y extendidos. Estaba lo suficientemente tumbada como para que no me tirara demasiado de los hombros, pero desde luego no podía moverme mucho.

—Eres un adorno sexy para el capó —apreció, con los brazos cruzados mientras se colocaba sobre mí—. Sería divertido conducir por el pueblo así. Podría meterte un vibrador en el culo y hacer que te corrieras por todo Wickeston.

—No te atreverías —dije, dividida entre la excitación que me producía la idea y el horror, mientras tiraba de la cuerda, pero él no se movió ni un milímetro.

—No. No podría hacerlo. Si la gente viera a una pobre mujer atada al capó de un coche, se preocuparían.

No puedo pretender que el público general entienda por qué a una niñata como tú le gusta que la traten como si no fuera más que un juguete.

Además, mi coche se calienta mucho. —Le dio una palmadita cariñosa al capó—. No me gustaría que te quemaras el culo.

Extendió la mano y puso los dedos entre mis piernas. Contuve la respiración, tensa, esperando a que me tocara. Se oyó un ligero chirrido, el sonido de sus dedos rozando el capó. No me tocó, sino que levantó la mano para que pudiera ver el brillo de sus dedos.

—¿Ves esto, guarra? Esto es todo tuyo. Ya estás empapando el capó al que te han atado. —Acercó un dedo a mi boca y me dio un ligero golpecito en el labio inferior—. Abre la boca.

Apreté los labios con fuerza y negué con la cabeza.

—Bueno, Jess —comentó con un tono burlón y decepcionado—. Si vas a insistir en mantener la boca cerrada, al menos te daré una buena razón para hacerlo.

Desapareció de mi lado y volvió al maletero. Al cabo de un rato, regresó con una larga vela blanca. Era fina y parecía el tipo de vela que a mi madre le encantaba colocar por toda la casa en Navidad.

—¿Para qué es eso? —pregunté.

Su respuesta fue rozar la base de la vela contra mi clítoris, frotando la cera sobre mí durante unos instantes antes de introducirla. Me mordí la lengua, esforzándome por mantenerme en silencio mientras él metía y sacaba la vela.

Cuando utilizó la otra mano para frotarme el clítoris, me derrumbé casi de inmediato. Jadeé, abrí la boca y movió la mano enseguida para sujetarme la mandíbula, con los dedos enganchados en mi boca. No podía cerrarla sin morder, y lo habría hecho con mucho gusto.

—Si me muerdes, te morderé —me susurró, inclinándose sobre mi cara, era como si me hubiera leído el pensamiento.

La crueldad de su tono era una clara advertencia, muy diferente de su habitual actitud bromista. Sacó la vela de mi interior y me la colocó en la boca antes de retirar el dedo. Sacó un mechero del bolsillo y, mientras lo encendía, sujetó la vela en su sitio.

—Más vale que no se te caiga —advirtió.

Había colocado la vela entre mis dientes, así que si me atrevía a abrir la boca, se me caería sobre el pecho desnudo. Podía saborearme a mí misma en la cera y gemí, retorciéndome en señal de protesta.

—Como tienes la boca ocupada, da tres golpecitos con la mano en el capó si necesitas tiempo muerto. Pero no creo que vayas a detenerme.