28
Jess
Vincent conducía a toda velocidad por carreteras estrechas y sinuosas, con las ruedas derrapando sobre la tierra, saltando encima de baches y desniveles sin ningún cuidado.
Juraría que el coche voló sobre un bache particularmente grande y las cuatro ruedas se levantaron del suelo cuando el motor zumbó como una abeja gigante.
Con una mano agarraba con fuerza al asa que había encima de la puerta y con la otra, su muslo.
Pero estaba claro que él sabía lo que hacía.
Con una sola mirada, vi la alegría en su rostro, la emoción y la concentración.
Cada curva era cerrada y las variaciones en la carretera llena de baches le obligaban a ajustar la velocidad cada dos por tres.
Cada bache me daba la breve sensación de volar, con el estómago subiéndome y bajándome junto con la carretera.
Era como estar en una montaña rusa.
Grité cuando aceleró en una curva cerrada y la parte de atrás del coche derrapó antes de que volviéramos a salir disparados hacia delante. Solté una risita y luego me eché a reír, incapaz de dejar de sonreír.
—¡Hostia puta, esto es divertido! —grité mientras volábamos sobre otro bache, pasando junto a un rebaño de vacas que huyeron sorprendidas.
—¡Bienvenida al mundo del rally , Jess! —gritó por encima del ruido del motor, riendo conmigo—. ¿Tienes miedo?
—¡No! —El corazón me latía a toda velocidad, sentía un cosquilleo en las extremidades y estaba llena de adrenalina—. ¡Esto es increíble!
Salimos de una larga hilera de árboles y nos encontramos con campos abiertos a ambos lados.
Había más vacas pastando en la distancia y un viejo granero al otro lado de la carretera, con el techo de madera oscura ligeramente inclinado hacia un lado.
Vincent redujo la velocidad y giró, entrando en el campo sin verja y conduciendo hasta el granero.
—¿Así que Manson y Lucas hacen carreras de aceleración… y tú haces esto? ¿ Rally ? —pregunté, ahora que había reducido la velocidad y podía recuperar el aliento.
—Así es. El rally es un deporte de motor bastante variopinto, pero la principal diferencia es que, cuando compito, no corro directamente contra otros competidores en el mismo circuito.
Sigue centrándose en llegar a un destino lo más rápido posible, pero es más que una típica carrera de resistencia.
Por ejemplo, hay que salir de la carretera —Sonrió y se quitó las gafas de sol cuando nos acercamos al granero—.
Esa es mi parte favorita. Recuérdame que te enseñe alguna vez la competición de rally que celebran en la Isla de Man. Te dejará con la boca abierta.
Las puertas del granero estaban abiertas de par en par, lo que le permitía suficiente espacio para conducir el Subaru WRX al interior.
La luz del sol entraba en pálidos rayos a través de las tablas viejas y las motas de polvo se arremolinaban en la luz mientras Vincent apagaba el motor, pero dejaba que la música siguiera sonando.
Se recostó en su asiento y me miró con una sonrisa que delataba malicia.
—Por cómo gritabas ahí atrás, pensé que te ibas a mear encima —bromeó, y yo le di un empujón en el hombro.
—No estaba asustada —le aseguré—. Soy más valiente de lo que crees.
Me agarró de la muñeca y me mantuvo cerca de él.
—Ahí me has pillado. Debería haber sabido que eras valiente con esos piercings en los pezones. Ni siquiera Lucas es lo suficientemente valiente como para hacerse eso.
—Teniendo en cuenta que Lucas se clavó una aguja en la polla, dudo que le supusiera un problema hacerse un piercing en los pezones —dije.
Vincent se inclinó hacia mí; su boca sonriente se acercó peligrosamente a la mía mientras me sujetaba la muñeca.
—Yo no estaría tan seguro —contestó mientras dibujaba círculos lentos con el pulgar en el dorso de mi mano—. No lo viste cuando se lo hizo. En realidad, le aterrorizan las agujas.
—¿Se acojonó? —me reí—. Vamos, me estás tomando el pelo.
Pero él negó con la cabeza.
—No, ni siquiera estoy exagerando. Estaba hecho un manojo de nervios. Lo grabé todo.
Oh. Necesitaba ver eso.
—Tienes que enseñármelo —dije inclinándome hacia él y dejando que mi aliento le rozara los labios.
La excitación se enroscaba en mi abdomen como una serpiente al sol: tensa, cálida, lista para atacar.
—Oh, eso podría hacerlo —empezó a decir rozándome el brazo mientras sus ojos verdes se clavaban en mis labios—. Por el precio adecuado.
—El precio… —repetí y le aparté el pelo hacia atrás, manteniendo intencionadamente el contacto de mis uñas lo más ligero posible sobre su piel, lo que a él le hizo estremecer y a mí sonreír—. Siento que ya te debo tanto…
—¿Ahora intentas ser dulce conmigo? —Me agarró de la barbilla y me sacudió un poco la cara—. Tendrás que esforzarte más, cielo. Jason también es un niñato. Me sé vuestros trucos.
Lo miré con cara de sorpresa, irritada porque me hubiera calado tan rápido.
—¿Jason? ¿Un niñato? ¿El chico de los sobresalientes y la educación cristiana? Lo dudo.
—¿Cuando te comió el coño en el garaje te pareció que lo hacía como lo haría un buen chico? —me preguntó.
La forma en que sus labios se curvaron al pronunciar esas palabras no tenía por qué ser tan erótica. Pensar en Jason comiéndome el coño mientras los demás me azotaban y me follaban la boca me hizo temblar, y mi coño se volvió demasiado goloso para su propio bien.
Cada palabra que decía me ponía, y olía tan bien… Quería hundir mi nariz en él y respirarlo en mis pulmones, pasar la lengua por su piel, saborear el sudor y la sal…
Joder, ¿qué demonios me pasaba? Por mi orgullo, tenía que oponer al menos un poco de resistencia, pero cuando él me miraba así…
¿Cómo demonios me iba a resistir?
Volvió a reírse mientras me acariciaba la mejilla. Le resultaba fácil ser gracioso, y me gustaba cómo se reía: sonaba inocente y malicioso a la vez.
—Vamos —dijo—. Quiero enseñarte algo.
Salió del coche y la distancia entre nosotros me pareció un cruel recordatorio de quién mandaba aquí. Maldita sea, la mayoría de la gente habría aprovechado inmediatamente la situación. Prácticamente me lo estaba follando con la mirada, pero él seguía haciéndome esperar.
Fui a reunirme con él delante del coche.
El granero crujía con suavidad a nuestro alrededor; el susurro de la brisa entre la hierba y el dulce canto de los pájaros creaban un ambiente relajante.
Pero tan pronto como me senté a su lado, apoyándome en el capó caliente del coche, vi algo parcialmente oculto entre las sombras.
Una enorme pintura cubría la pared interior del granero.
Entrecerré los ojos y me acerqué, sorprendida al encontrar un mural de un payaso oscuro y sonriente.
Los ojos del personaje sobresalían de su cabeza y la boca se estiraba en una amplia sonrisa de dientes afilados mientras me miraba con un ojo azul hielo y otro verde brillante.
—Vaya… —susurré y me acerqué aún más, pasando los dedos por las tablas rugosas y desgastadas por el tiempo.
De cerca, pude ver los diferentes tonos de pintura que se había utilizado para crear profundidad, brillo y sombras. Tenía muchísimo detalle. Miré a Vincent.
—¿Esto lo has pintado tú?
Asintió con la cabeza y se acercó a mí.
—Lo empecé cuando tenía diecisiete años. Fue entonces cuando encontré este viejo granero. Llevaba años abandonado. Los dueños del terreno ni siquiera viven en este estado, así que nadie se molesta en merodear por aquí. Solía venir en coche cuando necesitaba tiempo para mí.
—¿Por qué un payaso? —pregunté.
El maquillaje era casi idéntico al que había llevado esa noche en la fiesta de Halloween, con formas oscuras alrededor de los ojos y los labios pintados de negro.
—Siempre me ha gustado el tema de los payasos —me contó—.
Son artistas, su función es entretener. Pero hay gente que los encuentra aterradores y otros divertidos.
Algunos piensan que son atractivos. —Me hizo un gesto con las cejas y yo me reí, negando con la cabeza—.
No mientas. Tú también tienes un poco de coulrofilia.
—Ante mi mirada escéptica, me explicó—: Te ponen los payasos.
—No lo creo —respondí mientras dejaba que me rodeara con los brazos, apoyando la barbilla sobre mi cabeza—. Quizá solo si esos payasos son Lucas, Jason y tú.
—¿Oh? Entonces lo admites: te gustan los hombres disfrazados.
—Su agarre se hizo más fuerte, provocando esa ardiente excitación dentro de mí; era muy consciente de lo mojadas que tenía las bragas—.
Un payaso es solo un ser humano con la cara pintada y ropa rara.
Es cuestión de percepción. Si se les considera divertidos, aterradores, sexys …
Todo depende de quién los mire. El público define lo que ve. Todo es una gran actuación.
Entendía lo que decía. A veces, hicieras lo que hicieras, no podías cambiar la forma en que la gente te percibía.
—No sabía que te gustaba pintar —comenté.
Me sentía muy pequeña acurrucada bajo su barbilla. No era especialmente bajita, pero él era tan alto y larguirucho que, en comparación, yo parecía diminuta.
—Mi familia es bastante artista. Una de mis hermanas pequeñas, Mary, pinta mucho mejor que yo.
Debería estar exponiendo en galerías, y solo tiene catorce años.
Pero a todos nos gusta crear. Mis padres nos animaban a expresarnos.
Tengo cajas llenas de pulseras de abalorios hechas por las gemelas.
Y a la más pequeña, Kristina, le encanta dibujar.
—Una familia muy grande. Supongo que eso hace que sea más fácil vivir con los demás chicos. Ya estás acostumbrado a una casa llena de gente.
—Es un auténtico circo —dijo—. En ambos casos. Pero me gusta. Es agradable tener cerca a un montón de gente a la que quieres. Te hace sentir seguro, como si nunca estuvieras solo.
La nostalgia me partió el pecho. No tenía ni idea de lo que se sentía al estar rodeado de gente ante la que no tenía que actuar. Si estaba sola, al menos no podían juzgarme.
—¿Lo sabe tu familia? —pregunté—. O sea, ¿les has contado lo de…?