La deuda (Losers 1) 27
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Vincent

En Satin Novelties me sentía como un niño en una tienda de golosinas.

Claro que ahora todo estaba en internet y podía pedir fácilmente cualquier artículo que quisiera, pero había algo muy placentero en pasearme por las estanterías de la tienda, encontrarme con algún artículo inesperado y dejar volar la imaginación.

Especialmente cuando tenía la fuente de tanta inspiración justo delante de mí, agarrándome de la mano.

Llevé a Jess al interior y la campana de la puerta tintineó al entrar. Casi al instante, una mano se levantó desde la parte de delante de la tienda, cerca de la caja registradora.

—¡Bienvenidos! —nos recibió una voz alegre—. Me llamo Julia. ¡Si necesitáis ayuda, avisadme!

—Vaya, cuánto entusiasmo —comentó Jess en voz baja, y yo sonreí para mis adentros mientras nos abríamos paso entre las estanterías de lubricantes y novelas eróticas hacia la caja.

Había una joven con una larga melena pelirroja sentada en un taburete detrás de la caja registradora, y una amplia sonrisa se dibujó en su rostro cuando entramos en su campo de visión.

—¿Quién ha dejado entrar a este payaso? —soltó levantándose de un salto del taburete y apoyando los codos en la caja—. ¡Oooh, pero si has traído a un bombón contigo! ¿Te ha secuestrado? Parpadea dos veces si necesitas ayuda.

—Bueno, no fue exactamente un secuestro —dijo Jess, mirándome con picardía mientras le seguía el juego—. Me subí al coche por voluntad propia.

—Bueno, teniendo en cuenta que este bicho raro aún no te ha atado, estás en mejor situación que la mayoría de las víctimas que acaban en su coche, que es una trampa mortal.

—Le tendió la mano y Jess la estrechó con una sonrisa—.

Por cierto, soy Julia. Tú debes de ser Jessica. Lucas me dijo que vendrías.

—Mi coche no es una trampa mortal —me defendí—. El hecho de que mi forma de conducir te asuste no significa que sea mortal.

—Mm, no, en mi opinión es bastante mortal. —Frunció los labios y me hizo un gesto para que me fuera—. Vete de compras o algo así, ¿quieres? Déjanos a Jess y a mí la oportunidad de conocernos.

Levanté las manos inocentemente mientras retrocedía.

Si había algo a lo que Julia no podía resistirse, era a una chica guapa.

Ella siguió hablando mientras yo deambulaba entre las estanterías, explicándole de qué nos conocíamos todos.

Lucas y ella solían trabajar juntos cuando este lugar todavía era una tienda de neumáticos; ella era la única compañera de trabajo a la que él no odiaba del todo.

Había sido alumna del instituto Wickeston, pero un curso por encima de nosotros, aunque frecuentaba algunos de los mismos círculos.

Como resultado, acabábamos yendo a muchas de las mismas fiestas, incluido el club en el que yo trabajaba como camarero.

—¡Me acuerdo de ti, del equipo de animadoras! —exclamó Julia, prácticamente chillando de la emoción—. Siempre te veía en los partidos de fútbol. Tía, eras increíble. Joder, yo nunca podría ser tan flexible.

Al pasar junto a Jess, pude ver fugazmente su rostro y me alegró verla sonreír. La mayoría de nuestros amigos no eran personas con las que Jess estuviera familiarizada, pero eran personas en las que podía confiar.

Necesitaba gente así, gente que no la criticara a sus espaldas, que no convirtiera la adhesión a un molde estricto en una de las condiciones de la amistad.

Por mucho que me enfadara, encontrar a Jess abandonada en nuestro garaje por sus supuestos amigos me había entristecido más que otra cosa.

Se aferraba a esas personas porque le resultaban familiares, no porque de verdad aportaran algo a su vida.

Antes solía intentar hacerme amigo de todas las personas que conocía, sin importar quiénes fueran o cómo me trataran.

Me había convencido a mí mismo de que la bondad podía cambiarlo todo, pero no todo el mundo era —ni merecía ser— un amigo.

Aprender esa lección no había sido fácil, pero era dolorosamente necesario.

Sonreí mientras cogía un par de pinzas para los pezones y las guardaba bajo el brazo.

Jason no sabía exactamente cómo Lucas pensaba darle las gracias, y yo me alegraba de que Julia mantuviera a Jess ocupada.

Mi idea era que llegara a nuestra casa con una caja llena de sorpresas, como una muñeca con accesorios.

Me hacía gracia imaginar no solo a Jason sorprendido por Jess, sino también la sorpresa de Jess con lo que le esperaba.

Jason tenía ciertos fetiches que no solía satisfacer y estaba ansioso por darle la oportunidad de hacerlo. Pero también cogí algunas cosas para mí, no iba a dejar pasar la ocasión de jugar cuando por fin tuviera a Jess a solas.

—Creo que eso es todo —dije, dejando mi cesta en el mostrador para que Julia cobrara y colocándome delante antes de que Jess pudiera echar un vistazo—. No mires. Arruinarías la sorpresa.

Jess me miró con el ceño fruncido, torciendo la boca en señal de protesta.

—¡Oh, sí, tía, que sea una sorpresa! —gritó Julia emocionada, y se inclinó hacia mí levantando las cejas de una forma caricaturescamente pervertida—. Confía en mí, te lo vas a pasar bien.

—Eh, eso ya lo veremos —comentó Jess, aunque el escepticismo de su tono se suavizó a algo más bromista.

Julia nos cobró y me devolvió la tarjeta cuando el tintineo del timbre llamó su atención.

—Lo siento, chicos. El deber me llama. —Levantó la mano y saludó con el mismo entusiasmo a la pareja que acababa de entrar y parecía abrumada, luego bajó la voz y dijo—: Oh, creo que tengo a unos novatos. O se asustan y se largan, o compran todo el local. ¡Es hora de hacer magia! ¡Nos vemos!

Cuando salimos de la tienda, a Jess le rugía la barriga, aunque intentaba negarlo.

Pero sabía que justo al otro lado de la calle había un restaurante de comida rápida y el olor a cebollas asadas y hamburguesas grasientas me estaba llamando.

Nos sentamos en una de las mesas de fuera, bajo una sombrilla a rayas que nos protegía del sol.

Jess se zampó su hamburguesa antes de que yo me hubiera comido la mitad de la mía.

—He hecho mucho ejercicio esta mañana —dijo cuando se dio cuenta de que miraba su bandeja vacía—. Y he desayunado poco…

—Tranquila, tía. —Me reí mientras le lanzaba unas patatas fritas—. ¿Quién demonios te ha enseñado a justificar lo que comes?

Se quedó mirándome durante un momento.

—Oh, eh, supongo que mi madre —balbuceó—. Siempre ha sido muy exigente con la comida.

—Eso no es ser exigente, es ser invasiva. A nadie le importa lo que comas, siempre y cuando comas. —Sonrió, se inclinó sobre la mesa y cogió algunas de mis patatas fritas—. Eso es. Coge todas las que quieras.

Su sonrisa se ensanchó y levantó las piernas para sentarse con ellas cruzadas en el asiento de plástico rojo.

Había una gran diferencia entre la forma en que sonreía en público —en fiestas, con sus amigos, con sus compañeros— y la forma en que lo hacía aquí, conmigo.

Esta sonrisa era mucho más amplia. Era sincera, no una expresión cuidadosamente fabricada. Me gustaba. Quería verla más.

Quería ver todas esas expresiones, lo más naturales posible.

Desde donde estaba sentado podía ver el aparcamiento, así que vi el viejo Chevy rojo nada más entrar.

Hacía mucho ruido, como si tuviera una fuga en el tubo de escape, y mis ojos lo siguieron, aunque no le di mucha importancia.

Aparcó mal y el motor se apagó, pero yo ya estaba mirando a Jess otra vez cuando el conductor salió del coche.

No lo vi con claridad hasta que pasó junto a nuestra mesa. Entonces levanté la vista y casi me atraganto con un bocado de hamburguesa.

—¿Estás bien? —Jess se inclinó sobre la mesa hacia mí mientras yo tosía.

Conseguí tragarme la comida a pesar de la tos e hice una pausa para recuperar el aliento. Jess me miró con los ojos muy abiertos. Pero entonces su mirada se desvió hacia arriba, por encima de mi hombro, y esbozó una sonrisa incómoda.

—Está bien —le dijo a alguien.

Mierda. Puta mierda.

Miré hacia atrás a tiempo para cruzar una breve mirada con el hombre que había salido del camión.

Era mayor, de complexión delgada y con una barba incipiente grisácea en las mejillas.

Tenía el pelo grasiento y le llegaba hasta los hombros, pero más allá de su aspecto demacrado había una familiaridad sorprendente que me revolvió el estómago.

Esbozó una sonrisa torcida antes de darse la vuelta y seguir caminando.

Me había reconocido; lo vi en sus ojos. Recogí a toda prisa lo que me quedaba de comida y dejé la bandeja encima de la bandeja vacía de Jess.

—Vamos. Tenemos que irnos.

Jess me miró sorprendida, pero me siguió mientras tiraba la basura.

Le cogí la mano antes de cruzar la calle corriendo, mirando por encima del hombro todo el rato con cierta paranoia.

Se suponía que no debía volver. Joder, ni siquiera debía estar vivo.

—Vale, ¿qué coño está pasando? —preguntó Jess en cuanto volvimos al coche.

Me sentí mejor con el aire acondicionado a toda potencia y todas las puertas cerradas, con los cristales tintados ocultándonos del mundo.

Quizá me había equivocado. Quizá no era él.

Pero esa puta camioneta… Era la misma que había conducido durante tanto tiempo… Y su forma de sonreír, los ángulos marcados de su rostro, esos ojos oscuros… Se parecía tanto a su hijo.

—¿Viste a ese hombre mayor? —pregunté, guardando mi cartera en la consola central. Ella asintió—. Era el padre de Manson. Reagan Reed.

Sus ojos se abrieron como platos y se giró en su asiento para mirar hacia el otro lado de la calle.

—Mierda. Supongo que hacía tiempo que no venía al pueblo, ¿no?

—Desde el funeral —le dije, saliendo del estacionamiento y volviendo a la carretera—. Pensábamos que estaba muerto. Supongo que esperábamos que estuviera muerto. No le digas nada a Manson, ¿vale? Se lo diré yo, pero tú no saques el tema.

—No lo haré.

Me miraba mientras conducía, estudiándome. Era una chica inteligente. Si seguía intentándolo, acabaría comprendiéndome.

—A ti también te da miedo, ¿verdad? —preguntó.

Suspiré, flexionando los dedos sobre el volante. Probablemente ella nunca había escuchado toda la historia; habría escuchado algunas cosas de lo que Reagan era capaz, lo suficiente para saber qué tipo de hombre era, pero nada más. No era mi historia y, además, no quería asustarla.

Manson rara vez había llevado a alguien a casa de sus padres durante el instituto, pero yo había ido dos veces.

En ambas ocasiones acabé deseando marcharme.

La presencia de Reagan en la casa era como un veneno en el aire.

Había visto a su mujer y a su hijo encogerse a su alrededor, con la cabeza gacha, la mirada clavada en el suelo y hablando con cautela.

No se parecía en nada a cómo era mi casa.

Mis hermanas y yo nunca habíamos tenido miedo de nuestros padres.

Los respetábamos, desde luego. Como era el mayor, siempre se esperaba que yo diera ejemplo, que cuidara de mis hermanas pequeñas y que ayudara a mantener a la familia, pero yo estaba feliz de hacer esas cosas por amor, no por miedo.

Estaría perdido sin mi padre, y mi madre era una de las personas más amables y sabias que conocía.

Habían acogido a mis chicos cuando nadie más lo hacía, les habían dado de comer y los habían querido.

Habían aceptado a Jason bajo su techo sin dudarlo un segundo cuando su propia familia lo echó de casa.

Si Manson y Lucas no se hubieran sentido tan avergonzados para aceptar ayuda, mis padres también los habrían acogido en casa.

—Reagan me pone los pelos de punta —respondí con sinceridad, pero al final sonreí para intentar tranquilizarla—. Pero no te preocupes. Probablemente se largue del pueblo en unos días. Nunca se queda mucho tiempo.

Se recostó en su asiento, pero permaneció en su frente una arruga de preocupación, uniendo sus cejas.

Reagan no había vuelto a Wickeston desde que murió su exmujer.

No asistió al funeral, pero estaba muy enfadado por lo ocurrido con el testamento.

Al parecer, la madre de Manson había tenido una buena situación económica cuando se casó con Reagan, ya que había heredado la casa de sus padres.

Pero, tras años de matrimonio abusivo y adicción al alcohol, acabaron con todo lo que tenían, o casi todo.

Le dio a Manson hasta el último duro que le quedaba. No era una fortuna, pero esa herencia y la casa habían cambiado por completo el rumbo de nuestras vidas. Nos había dado a todos un lugar donde vivir, un refugio donde estar juntos. Nos permitía soñar con cosas más grandes y mejores.

Que me partiera un rayo si Reagan intentaba arruinar eso ahora.

Pero no quería pensar en ese viejo ni en los problemas que podía causar. Hacía un día precioso y tenía a una mujer aún más preciosa sentada en el asiento del copiloto, probablemente preguntándose si la llevaría a casa o la secuestraría en algún sitio para llevar a cabo mis malvados planes.

Definitivamente lo segundo.

En lugar de tomar la Ruta 15 hasta su casa, giré el volante y me adentré en unas estrechas carreteras secundarias, atento a cualquier policía que pudiera estar al acecho.

Seguí conduciendo hasta que se acabó el asfalto.

La carretera que tenía delante serpenteaba entre tierras de cultivo, con campos de maíz a un lado y árboles frondosos al otro.

Jess me miró.

—¿Por qué te has parado?

Apreté con fuerza la palanca de cambios.

Conocía esa carretera como la palma de mi mano. Probablemente podría recorrerla con los ojos cerrados. Pero eso ella no lo sabía.

—Solo te estoy dando la oportunidad de prepararte —respondí.

Sus ojos se abrieron de par en par, mirándome a mí y a la carretera que teníamos delante con rapidez.

—Espera, que me prepare para qué…

Metí la marcha y pisé el acelerador. Ella contuvo el aliento cuando el coche salió disparado hacia delante, con los neumáticos sonando como disparos al hacer tracción y clavarse en la tierra. Saltamos por encima del primer bache del camino, levantando una nube de polvo detrás de nosotros.

Ahora daba las gracias por ese arnés, al que se aferraba con todas sus fuerzas.