26 #2
Era poco después del mediodía cuando su Subaru WRX azul se detuvo frente a mi casa.
Había estado dando vueltas, intentando convencerme de que no estaba nerviosa, ¿por qué demonios iba a estarlo?
Era Vincent Volkov, el chico que siempre había sido el payaso de la clase, al que solían invitar a las fiestas de los populares porque sabían que llevaría drogas para vender.
No tenía la misma aura oscura y maliciosa que los demás, pero había algo en él que me desarmaba por completo.
Su carácter bromista hacía que la gente lo subestimara, incluida yo.
Ahora tenía una idea más clara de lo que era capaz de hacer, pero seguía sin saber qué esperar. Cuando lo vi salir del coche a través de la ventana de la cocina, se me aceleró el corazón y me restregué las palmas sudorosas contra los vaqueros.
Dios, estaba buenísimo. Era mucho más sexy de lo que debería.
Se dirigió a la puerta principal con unas Ray-Ban puestas, el pelo largo suelto y ondulado alrededor de la cara, unos vaqueros ajustados desgastados y una camiseta ancha estampada con una calavera en llamas.
Los colores desentonaban, pero, curiosamente, le quedaban bien.
A Vincent cualquier cosa rara le quedaba bien.
Ya estaba de camino a la puerta cuando llamó al timbre. Me lo encontré encendiéndose un porro que colgaba de sus labios.
¿Había perdido la cabeza? Fumando aquí, a plena luz del día, ¿en este barrio?
—¿De verdad estás fumando marihuana en el porche de mi casa? —le pregunté, completamente incrédula.
Se quitó el porro de los labios y exhaló el humo por encima del hombro.
—Claro que sí, cielo. ¿Quieres una calada?
No iba a pensar demasiado en cómo me hacía sentir que me llamara «cielo». Iba a ignorar que eso había hecho que mi corazón se detuviera antes de volver a latir a toda velocidad.
Negué con la cabeza ante su oferta, cogí mi bolso del perchero y cerré la puerta con llave al salir.
—No. Gracias, pero no quiero pasar el resto del día ida.
—¿Ida? —Hizo un ruido con la boca y me rodeó la cintura con el brazo después de que yo cerrara la puerta principal—. ¿Por qué tendrías que estar ida? Estoy contigo. Me aseguraré de que no salgas corriendo desnuda por el bosque. —Levantó las cejas de forma sugerente—. Al menos, no sin mí.
No pude evitar reírme mientras avanzábamos por el camino de entrada.
—No me da miedo el despertar espiritual, Vincent. Lo que me da miedo es el hecho de que sea ilegal.
Se detuvo al otro lado del Subaru WRX, mirando fijamente el porro que sostenía entre los dedos.
—Es raro cómo un poco de hierba enrollada puede llevarte a la cárcel —comentó—. La legalidad no es más que un grupo de viejos muertos diciéndote lo que tienes que hacer.
Negué con la cabeza mientras me deslizaba en el interior del coche, resoplando sorprendida al hundirme en el asiento del copiloto, que era extrañamente mullido.
El cinturón de seguridad también era raro, era un arnés con tres puntos de sujeción por el que tenía que pasar los brazos y luego abrochármelo entre las piernas.
—Me sorprende que no tengas esposas aquí —comenté, retorciéndome mientras me ajustaba el arnés.
—Ahí mismo —dijo, señalando.
Miré hacia arriba y vi una jaula de barras metálicas instalada alrededor del interior de la cabina. Me recordó a los buguis en los que había montado cuando fui a Nevada para una despedida de soltera. Efectivamente, un par de esposas de cuero colgaban de la barra que había sobre mi cabeza.
—Es perfecto para las muñecas o los tobillos —dijo, ensanchando su sonrisa—. Pero creo que, por ahora, ese arnés será suficiente para mantener tu culo en el asiento. A veces puedo resultar un poco brusco.
No me cabía duda de que tenía razón, en más de un sentido.
El Subaru WRX se estremeció al arrancar.
El rugido del motor no era tan profundo como el del Mustang de Manson o el del Chevrolet El Camino, era un ronroneo suave y constante.
Vincent subió el volumen de la música cuando nos alejamos de la acera.
Cantaba al ritmo de la letra sobre asfixia y sodomía mientras acelerábamos, pasando a toda velocidad por delante de las casas de mis vecinos.
Nos ganamos más de una mirada extraña por parte de la gente que regaba el césped y podaba sus rosales.
—¿Qué estamos escuchando? —pregunté, gritando y rezando para que nadie le dijera a mi madre que me había visto salir en un coche ruidoso con un fumeta con melena.
—¿Nunca has escuchado System of a Down? —me preguntó con los ojos abiertos como platos—. Oh, tenemos que ampliar tus conocimientos musicales, Jess. ¿Qué sueles escuchar?
No tardé mucho en darme cuenta de que los conocimientos musicales de Vincent eran mucho más amplios que los míos. No se limitaba a un solo género, su lista de reproducción cambiaba constantemente mientras conducíamos, pasando del metal más estridente a música electrónica melódica o música clásica.
—Te haré una lista de reproducción —insistió al final—. Empezaremos con cosas más accesibles y luego iremos profundizando.
Desde que conocía a Vincent, siempre había sabido hacer que los demás se sintieran cómodos, y ahora no era distinto. Condujimos por el pueblo con las ventanillas bajadas y yo dejé colgar el brazo al aire.
Lo conocía desde hacía más tiempo que al resto de los chicos.
Desde primero, si es que lanzarme tierra se puede considerar «conocerlo».
Se había vuelto más callado con la edad, pasando de ser el payaso ruidoso de la clase en el colegio a un chico extremadamente introvertido en el instituto.
Y acabó siendo conocido como el chico que siempre tenía drogas a la venta.
Marihuana, medicamentos que necesitaban receta, éxtasis…
A menos que la gente buscara algo realmente fuerte, Vincent era su hombre.
Incluso aunque pensaran que era un bicho raro, un satanista o cualquier otra cosa que la gente susurraba a sus espaldas, era difícil odiarlo.
—Tu coche tiene… mejor aspecto —comenté, abordando el tema con cautela.
—Jason y yo nos ocupamos de ello este fin de semana.
Hemos cambiado las ventanillas y quitado las abolladuras.
Todavía tenemos que hacer algo con la chapa, pero quizá espere un poco para eso —dijo con una sonrisita—.
Con mi forma de conducir, la carrocería no se mantiene en buen estado durante mucho tiempo.
—¿Esa es tu forma de decirme que eres el peor conductor de la casa? —le tomé el pelo—. ¿Debería abrocharme el cinturón un poco más fuerte?
—He dicho que mi conducción era brusca, no mala.
Me dedicó una sonrisa pícara y se inclinó hacia mí, deslizando la mano por mi pierna hasta agarrarme con fuerza del muslo. El contacto de sus dedos fue como arrojar una cerilla encendida a un charco de queroseno.
—Te lo demostraré ahora antes de llevarte a casa. Daremos un rodeo.
—¿Iremos por caminos de tierra? ¿Con este coche?
Lo miré con escepticismo.
—Ya verás —dijo—. No todos los coches rápidos están hechos para circular por asfalto.
—¿Qué vamos a hacer hoy? —pregunté, intentando que la excitación ardiente que sentía no se me notara en la voz; el efecto que estos hombres tenían sobre mí no era justo—. ¿Y por qué Lucas te ha enviado a ti como acompañante?
—Porque soy el único hombre que puede hacer ese trabajo, por supuesto —dijo—. El señor cara de gruñón quiere darle las gracias a Jason por su ayuda y resulta que yo sé exactamente lo que le gusta a Jason.
Me eché a reír.
—¿El señor cara de gruñón? Dios mío, la próxima vez que lo vea lo llamaré así.
—Por favor, hazlo, estaré allí para ver cómo te da unos azotes por ello.
Nos detuvimos en un aparcamiento, al parecer habíamos llegado a nuestro destino. Entrecerré los ojos para mirar los edificios de los alrededores mientras Vincent aparcaba, intentando averiguar a dónde nos dirigíamos.
—Espera… ¿Eso es Satin Novelties? ¿Ahora hay una tienda de artículos eróticos en Wickeston? —pregunté mirando la tienda con incredulidad.
Las ventanas estaban cubiertas con papel negro y la puerta tenía un gran cartel en color rojo que decía: prohibida la entrada a menores de 18 años .
—Sí, sustituyeron la antigua tienda de neumáticos cuando cerró —dijo, sacando las llaves del contacto mientras abría la puerta—. Estoy bastante seguro de que hubo protestas cuando abrió la tienda. La verdad es que causó bastante revuelo por aquí.
Nos encontramos detrás del coche. Éramos polos opuestos: él con su camiseta teñida y su pelo largo en contraste con mi cuidada coleta, mis tacones y mi blusa blanca. No estaba segura de qué ponerme, pero mi norma era siempre ir elegante, por si acaso.
A juzgar por la forma en que sus ojos me observaban, le gustaba lo que había elegido. No podía verle los ojos bajo esas gafas de sol, pero me fijé en que se humedeció los labios y se recolocó con sutileza.
Extendió la mano y señaló con la cabeza hacia la tienda.
—¿Lista, juguetito?