La deuda (Losers 1) 25 #2
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25 #2

Me metí dos galletas en la boca justo cuando Jess se dio la vuelta. Se rio cuando tosí, ya que no pude tragar tan rápido ni tan fácilmente como esperaba.

Me volvió a ofrecer la caja.

—Toma, Manson y tú podéis coméroslas. Yo no debería comer más.

—¿No deberías? —La miré con incredulidad, solo se había comido una galleta—.

¿Quién lo dice? —Se encogió de hombros y murmuró algo sobre el azúcar y los carbohidratos, pero yo le volví a poner la caja en el pecho—.

Nena, hemos entrado en tu casa, te hemos metido hielo por el culo y te hemos follado sobre la mesa de la cocina de tu madre. Cómete unas putas galletas.

—Uf, vale —gruñó, pero su tono era burlón mientras me arrebataba las galletas.

En broma o no, me abalancé sobre ella, empujándola hacia atrás hasta que quedó presionada contra las abarrotadas estanterías.

—¿Te estás olvidando de las reglas? —le pregunté en voz baja.

Sus ojos se abrieron en la penumbra mientras me miraba, con el pecho hinchado al respirar. Apoyó la mano en mi pecho, paseándola con curiosidad por el hueco que dejaba mi chaleco vaquero sobre mi piel desnuda.

Su tacto me puso la piel de gallina.

—Se me olvidó, señor —dijo, en un susurro apenas audible, y se inclinó un poco más hacia mí—. Lo siento. Debería haber dicho «vale, señor».

Su sonrisa era maliciosa y dulce a la vez, desafiándome mientras me apaciguaba. La mayoría de la gente nunca se atrevería a hacerlo. La mayoría saldría corriendo asustada.

Ella no. ¿Por qué demonios no me tenía miedo?

Mejor aún, ¿por qué no quería que me tuviera miedo?

Suspiré, enderezándome y dando un paso atrás.

—Ten cuidado, juguetito. Manson se cabreará mucho si te doy unos azotes ahora mismo.

—Mm, bueno, no querríamos eso, ¿verdad? —dijo en ese tono de voz me decía que ella sí que lo querría, la muy puñetera.

Salió de la despensa, llevándose con ella una caja de galletas saladas al pasar, y yo me fijé en las botellas de vino que había en la encimera. Al final elegí una oscura con una etiqueta interesante; no era un experto en vinos, pero a Manson le gustaba el tinto.

—Las copas están en el armario de tu derecha —dijo.

No sabía por qué me observaba mientras yo rebuscaba con torpeza cuando podría haber estado cómodamente acurrucada con Manson en el sofá. Tomé un par de tazas de café, ya que fueron lo primero que vi en el armario, las llené hasta el borde y le di un buen sorbo a la mía.

Cuando bajé la taza, Jess parecía estar conteniendo la risa.

—¿Qué? —espeté sin querer, pero eso no la desconcertó.

—No estás acostumbrado a esto, ¿verdad? —preguntó, y mi orgullo se rebeló.

—He tenido relaciones sexuales antes, Jess —dije—. Muchas veces.

—No me refiero al sexo —se rio—. Me refiero a esto. A estar con alguien.

Ah, claro. Supongo que era muy obvio. Yo no pertenecía a este lugar, a esta bonita casa, rodeada de fotos de la familia de Jessica y la decoración estilo «vive, ríe, ama» de su madre.

No me sentí así mientras nos colábamos en la casa.

Conseguir que Jason desactivara el sistema de seguridad, pedir prestado el juego de ganzúas de Vincent, recorrer la casa a hurtadillas con Manson y enviar mensajes espeluznantes no había sido más que parte del juego.

Pero ya había jugado mi partida y el hecho de seguir allí me parecía mucho más invasivo que haber entrado a la fuerza.

—No soy de los que se sientan a charlar.

No suelo quedarme atrapado con nadie tanto tiempo.

—Por un momento, se quedó paralizada y yo hice una mueca de dolor.

—No quería decir eso. No estoy atrapado.

Nos hemos colado en tu puta casa. —Suspiré con fuerza y me froté la cabeza con una mano—. ¿Quieres que me vaya?

Yo, no nosotros. Yo era el bicho raro aquí, con mis putos complejos. Además, a Jess nunca le había caído bien. Le gustaba la idea de mí, claro, eso era obvio. ¿Pero yo? ¿Como persona? Eso era absurdo.

Pero negó con la cabeza, mirándome como si le hubiera sugerido algo ridículo.

Volví al salón, donde Manson estaba tumbado en el sofá y Jess se había dejado caer a su lado, comiendo galletas. Le di su vino y me senté en el otro extremo del sofá, tenso sobre los impolutos cojines blancos. ¿Cómo se puede vivir con tantos muebles blancos? Los ensuciaría solo con mirarlos.

—¿Cuánto ha sido lo de hoy? —preguntó Jess, dándole un sorbo a su copa mientras nos miraba—. Ha sido un polvo de al menos mil quinientos dólares, ¿verdad?

Mi claridad postorgásmica debió de haberse desvanecido, porque estuve a punto de decirle que valía el precio de nuestros coches y mucho más. Tuve que beber un poco más de vino para ahogar esas palabras antes de decir algo de lo que me arrepintiera.

—¿Qué opinas, Lucas? —preguntó Manson—. ¿Quizá cuatro o cinco?

Me encogí de hombros.

—Yo diría que cinco. Me siento generoso.

—¿Cinco? ¿De quinientos? —preguntó, emocionada.

—Cinco dólares —la corregí, y enseguida aparté mi taza de vino cuando se lanzó sobre el sofá y me dio una colleja.

La agarré de las muñecas y se las tiré hacia abajo, atrayéndola hacia mi regazo.

—¡Eh, eh, cuidado! Estaba de coña, nena.

—Casi haces que derrame vino en tu sofá —se quejó Manson, mirando con expresión horrorizada los cojines blancos y limpios que tenía debajo—. Si mancho algo aquí, seguro que me lanzarán una maldición.

—Oh, no lo sabes tú bien —contestó ella—. Mi madre puede detectar una migaja enterrada en la alfombra a diez metros de distancia. La he visto hacerlo.

Bebió un sorbo de vino y movió ligeramente los pies. Era una bolita tensa en mi regazo y, ahora que estaba allí, no sabía muy bien qué hacer con ella.

—¿Tu madre puede detectar semen en la mesa de la cocina? —le pregunté, y Jess me dio un golpe en el pecho.

—Ambos recibiréis la maldición de vuestra vida por eso —dijo.

Para mi sorpresa, se inclinó sobre el sofá para coger las galletas y el mando de la televisión, y luego se volvió a sentar en mi regazo.

—Espero que os gusten las catedrales góticas del siglo xv , porque eso es lo que vamos a ver.

Podría haberme dicho que estábamos viendo un documental sobre los movimientos intestinales de los elefantes y ni aun así habría movido un músculo.

Manson se acercó desde el otro extremo del sofá y Jess estiró las piernas para descansarlas sobre su regazo.

Tenía la espalda apoyada contra mi brazo y mi hombro mientras comía galletas y miraba la televisión.

Pero, a medida que pasaban los minutos, sus hombros se fueron relajando y las galletas desaparecieron.

Luego, hundió la cabeza, apoyándola en mi hombro y un suave suspiro derritió su cuerpo contra el mío.

Miré a Manson en busca de ayuda, pero, joder, él también se había dormido.

No había podido relajar ni un solo músculo, pero cuando la respiración de Jess se estabilizó, me atreví a rodearla con un brazo.

Encajaba a la perfección, como la pieza de un rompecabezas, contra mi costado, suave y cálida. Su cabello olía dulce y ligeramente afrutado, como a fresas.

Pero mi aroma también estaba allí.