24 #3
—¿Quieres? —preguntó, acercándose provocadoramente—. ¿Quieres que te folle la garganta?
—Sí, señor.
Asentí con la cabeza y apreté las piernas con más fuerza cuando Lucas comenzó a meterme un dedo en el culo.
Manson me agarró por la nuca y empujó hacia mi boca abierta.
Se detuvo cuando llegó a mi garganta, dándome un momento para adaptarme antes de empezar a follarme con ganas, fuerte y rápido.
Cada embestida de sus caderas era profunda, lo que hizo que empezara a tener arcadas con vergonzosa facilidad.
Por encima de mis propios jadeos ahogados, con el cuerpo ardiendo por las secuelas del orgasmo, oí a Lucas escupir y su dedo extendió la saliva sobre mi agujero.
Entonces, volvió a presionar con el hielo.
—¡Ah, joder!
Mis palabras fueron ininteligibles, indescifrables, cuando Lucas me metió el cubito dentro. No era muy grande y estaba medio derretido, pero no era el tamaño lo que lo hacía difícil.
Grité por el dolor impactante y luego por el frío insoportable cuando se quedó en mi interior.
—Dios, qué gusto —gimió Manson.
Me dio unas cuantas embestidas más en la boca antes de apartarse despacio, haciendo una mueca, como si le doliera.
Tenía la punta enrojecida e hinchada y los testículos contraídos.
Estaba al límite, conteniéndose. Me agarró con fuerza del pelo mientras inclinaba la cabeza un momento, respirando hondo para recuperarse.
Lucas se colocó entre mis piernas, con las pupilas dilatadas mientras me miraba fijamente y se masturbaba.
Su cuerpo desnudo estaba cubierto de tatuajes, desde los hombros hasta los muslos.
Una barra metálica curvada le atravesaba el pene, con una bola plateada en la parte inferior de la hendidura y la otra detrás de la punta.
—Quiero que veas cómo Lucas te folla —dijo Manson, mirándome—. Suplícaselo, vamos, deja que te oiga.
Lo hice, balbuceando las súplicas. El pene de Lucas se movió cuando mi voz se quebró por la anticipación y un gruñido primitivo salió de su boca.
—Joder, sí, grita para mí —dijo, penetrándome.
Mi coño hinchado lo acogió con avidez, resbaladizo mientras se hundía hasta el fondo. La bola lisa de su piercing me acariciaba, extraña y ajena, pero me encantaba. Estaba caliente, ardiendo dentro de mí en comparación con el frío del cubito de hielo que tenía en el culo.
Me penetraba con fuerza, el sonido de nuestros cuerpos golpeándose resonaba en la cocina.
—Eso es, ángel, toma su polla —me animó Manson, observando con atención—. Tómala toda, joder.
—¡Lucas! —Su nombre salió entrecortado de mis labios, entre sollozos.
La mesa crujía al ritmo de sus embestidas, chirriando sobre las baldosas. Me agarró las piernas, poniendo sus manos sobre las mías mientras me empujaba hacia él con cada embestida.
—Esto es lo que necesitabas, ¿verdad? —preguntó—.
Que te follaran bien y duro para enseñarte cuál es tu lugar, para recordarte de quién es este coño.
—Gemí, apretándome contra él—. No me importa cuántas pollas hayas tenido dentro.
Me importa una mierda con cuántos te hayas acostado.
Este coño es nuestro y siempre lo ha sido.
El placer se intensificó en mi interior, latente, reverberando por todas mis extremidades.
—Duele… Tan bien…
—Dilo —me ordenó Manson, agarrándome del pelo mientras Lucas me penetraba con fuerza—. ¿De quién es este coño, Jessica?
—¡Vuestro! —grité mientras el ritmo brutal de Lucas me arrancaba gemidos animales.
Mis piernas se retorcían, cada embestida prolongaba el éxtasis hasta que no pude pensar.
—Así es —gruñó Lucas—. Así es, joder. Y vamos a destrozar este coño para todos los demás, ¿me oyes?
Asentí sin poder pensar en nada.
Lucas me folló como si me odiara, mis gritos lo incitaban hasta que empezó a palpitar dentro de mí. Apretó los dientes mientras reducía el ritmo, penetrándome tan adentro que me dolió.
La voz de Manson atravesó el límite de placer que me impedía pensar.
—Creo que deberíamos dejarle un recordatorio de quién es su dueño, ¿no crees, cachorro?
—Joder, sí. —La voz de Lucas era ronca mientras se inclinaba sobre mí, con su rostro asomándose ante mis ojos llenos de lágrimas—. Te vas a arrodillar y vamos a acabar en tu cara, juguetito.
Jadeé cuando se separó de mí. Me levantaron de la mesa, mareada y tambaleándome, y Manson me obligó a arrodillarme.
Ambos se colocaron sobre mí, hombro con hombro.
Lucas se sacudió la polla a pocos centímetros de mi cara, con una expresión a medio camino entre la agonía y el éxtasis mientras gemía.
Era brusco consigo mismo, con el cuerpo contraído como un resorte.
Manson se masturbaba rápido, con la respiración entrecortada y los dientes apretados.
—Por favor —pedí—. Por favor, correos en mi cara.
—Joder… Dios…
La polla de Lucas se estremeció al correrse y su semen caliente me salpicó la piel. Manson le siguió casi de inmediato, con una respiración entrecortada que acompañaba cada sacudida de su polla.
Su semen me goteaba por las mejillas, los labios y la barbilla.
Me marcaron, me reclamaron como suya. Reforzando lo que ya sabía, que les pertenecía.