La deuda (Losers 1) 24 #2
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24 #2

Me dolía, pero, Dios, me hacía sentir bien. Me dolía el coño por el deseo, quería algo cálido dentro y mis ojos se posaron en el bulto de los vaqueros de Manson.

—¿Qué pasa, nena? —preguntó Lucas, haciendo tintinear el hielo al coger otro cubito.

—¡Por favor, otra vez no, joder, por favor!

Lucas me rodeó el cuello con un brazo y flexionó los músculos, apretándome la garganta con el bíceps y el antebrazo.

—¿Nerviosa? —preguntó Manson poniendo las palmas de las manos en mis rodillas, le resultó sorprendentemente fácil separarme las piernas, abriéndolas de par en par—. Una putita sensible como tú debería estar nerviosa.

—Por favor, por favor, por favor, Dios mío. —Las palabras brotaron de mi boca mientras luchaba contra sus manos.

El hielo me goteaba sobre el pecho mientras Lucas sostenía otro cubito frente a mi cara.

—¿No? ¿No quieres? —Negué con la cabeza, todavía suplicando, con las palabras entrecortadas—. Oh, pero yo creo que sí quieres.

Me retorcí.

—¡Lucas, por favor! —grité—. No, no, no…

—Ah, ¿por qué te quejas ahora? —murmuró, pasándome el hielo por los muslos y dejándome la piel de gallina.

Manson siguió el hielo con la lengua, y la sensación del frío y el calor de su boca me puso los nervios a flor de piel.

—Has dicho que no eres sensible, pero, por cómo has gritado, sé que no es verdad.

¿Gritar? Pero si no había…

Lucas presionó el hielo contra mi clítoris y consiguió exactamente el sonido que quería de mí.

Dios, ¿lo oirían los vecinos? ¿Pensarían que me estaban asesinando?

—He mentido, ¿vale? ¡He mentido! —balbuceé con voz temblorosa mientras me pasaba el hielo sin piedad y Manson apoyaba la mejilla en mi muslo, riéndose con suavidad cada vez que se me escapaba un gemido de dolor—. Soy sensible, sí, tenías razón, tenías toda la razón, ¡lo siento, lo siento!

Lucas me apoyó la barbilla en el hombro.

—¿Lo sientes de verdad? ¿Crees que debería quitarte este hielo y llenarte con algo mejor?

—Ay, Dios, sí —sonaba patética, pero no me importaba; les habría suplicado de rodillas si me hubieran dado la oportunidad.

—De repente te has vuelto muy impaciente —comentó Manson, mirándome con sus ojos oscuros—. ¿Te gusta más una polla gruesa que el hielo?

Asentí con la cabeza, sin dejar de murmurar súplicas.

—Es una pena que me guste cómo te retuerces cuando lo tienes dentro —dijo Lucas—. Cómo chillas. —Volvió a meter el hielo dentro de mí, moviéndolo ligeramente hacia dentro y hacia fuera—. Música para nuestros oídos, ¿verdad?

Manson me separó las piernas temblorosas.

—El sonido más dulce del mundo —dijo, burlándose de mis jadeos desesperados.

—Tú eliges, Jess —dijo Lucas, con un tono de lo más casual mientras yo estaba jadeando como una loca—. Un agujero es para nuestras pollas, el otro es para el hielo. ¿Qué vas a elegir?

Oh, Dios, no. ¿Cómo se suponía que iba a soportarlo? Gritaría y temblaría como una loca. Estaría… Estaría exactamente como ellos querían que estuviera: desmoronándome entre sus manos mientras me usaban como un juguete.

—¿Los dos? ¿A la vez?

Miré a Manson mientras lo preguntaba, con los ojos muy abiertos, imaginando el grosor de sus pollas una al lado de la otra.

No sobreviviría; de eso estaba segura. La muerte por coño destrozado era inminente.

—No creo que estés preparada para eso. —Lucas gruñó, frustrado, como si mi falta de preparación fuera un insulto personal—. Primero tenemos que domarte.

Manson asintió, de acuerdo con él.

—Por muy divertido que sería abrirte ese coñito y hacerte sangrar, no te haremos eso. Todavía.

La anticipación en esa palabra hizo que el corazón me latiera con fuerza.

¿Todavía no? ¿ Todavía ?

Lucas me agarró del pelo y me dio un tirón.

—¿Qué vas a hacer? Elige en qué agujero lo quieres.

En voz baja, tan suave como pude, le di mi respuesta.

—¿Qué has dicho? Habla más alto, nena.

—En el culo —dije, aún casi en un susurro—. Quiero que me folles por el coño y me metas el hielo en el culo.

Si fuera posible morir de vergüenza, habría caído muerta al decir aquello.

Lucas aflojó el cinturón y Manson me ayudó a levantarme, apartando la silla de una patada. Con una mano alrededor de mi garganta, me hizo retroceder hasta que mi culo chocó contra la mesa de la cocina, con su cuerpo pegado al mío.

—¿Lista para ser una buena chica para nosotros? —preguntó, mientras Lucas le rodeaba el pecho con los brazos.

Lucas apoyó la barbilla en el hombro de Manson y le besó el cuello con ternura. Tiró del cuello de la camiseta de Manson, apartándolo para poder mordérselo. Manson no se estremeció por el dolor, sino que sonrió.

Asentí con rapidez, temblando al sentir el contacto de la fría superficie de la mesa de madera contra mi piel desnuda.

—Seré buena. Prometo que seré buena.

Él sonrió con aire burlón, mirándome mientras las uñas de Lucas le arañaban el pecho.

—¿Debería dejar que Lucas te follara?

El otro hombre se tensó al oír su nombre y gruñó por lo bajo mientras desabrochaba el botón de los vaqueros de Manson. Era como si no pudiera dejar de tocarlo, como si ansiara tanto el contacto que estuviera a punto de arrancarle la ropa.

Verlos hizo que se me formara un nudo en el vientre por el deseo.

—Por favor —supliqué—. Sí, por favor, deja que me folle.

Lucas deslizó la mano en los vaqueros de Manson y empezó a masturbarlo.

Manson cerró los ojos durante unos segundos y su respiración se hizo más profunda al disfrutar del contacto de Lucas.

De una forma tortuosa, todo el deseo que se había ido acumulando en mí a lo largo de la mañana alcanzó su cima.

Los quería a los dos, de cualquier forma que quisieran tomarme.

Me atreví a extender la mano y a colocar la palma sobre el bulto de los vaqueros de Manson, de modo que mi mano se moviera al unísono con la de Lucas.

—Lucas, ¿quieres follártela? —preguntó Manson con voz grave y sedosa.

Cuando me miró, los ojos del otro hombre eran negros como la noche.

—Sí. Quiero hacerla gritar.

—Pídelo bien.

Lucas mostró los dientes un momento y enterró la boca en el cuello de Manson, como para guardar las palabras dentro.

—Por favor, déjame follarla. —Lo dijo como si fuera una maldición, sonaba muy desesperado, como si le doliera físicamente pedirlo, como si el deseo fuera insoportable.

El deseo en su voz era una de las cosas más sexys que había oído nunca.

Manson me clavó los dedos en la garganta mientras me besaba. Fue un beso profundo, posesivo y que me dejó sin aliento. Estaba tan tensa que temblaba, el calor y el frío se chocaban en mi interior, creando una tormenta de la que no podía escapar.

Cuando Manson se apartó, abrí los ojos y vi cómo acercaba a Lucas hacia mí. Lucas me sujetó y me agarró por las caderas mientras Manson seguía sujetándome por el cuello. Entonces me besó, voraz, haciendo que me flaquearan las piernas.

Lucas quería hacerme daño. Lo sentí en la forma en que se apretó contra mí, con fuerza y desesperación.

Cuando sus dientes se clavaron en mi labio inferior y me mordió, le devolví la agresividad, arañándole la espalda.

Era una guerra a ver quién podía ser más intenso, quién perdería el aliento primero.

Entonces, sus dos bocas se posaron sobre mí al mismo tiempo, con nuestras lenguas entrelazadas. Era sucio, voraz, sus sabores se mezclaban mientras yo gemía.

—Por favor, folladme —pedí.

Quería que se quitaran la ropa, y tiré del dobladillo de la camiseta de Manson. Él se la quitó a toda prisa y la tiró al suelo.

Lucas me levantó y me sentó sobre la mesa de la cocina. Me empujó hacia atrás hasta que quedé tumbada y Manson lo ayudó, levantándome las piernas hacia mi pecho.

—Levanta las piernas —ordenó Manson—. Agárrate los muslos y mantén las piernas abiertas.

Obedecí, sujetándome las piernas y abriéndolas hasta quedar completamente expuesta. Manson se colocó a mi izquierda, con Lucas entre mis piernas abiertas, y sus manos recorrieron el interior de mis muslos mientras yo temblaba.

—Dios, he esperado tanto tiempo para tenerte así —dijo Lucas.

Se estiró hacia atrás, agarró la copa de hielo mojada de la isla y la puso sobre la mesa. Se desabrochó los vaqueros a toda prisa antes de agarrarme del culo y abrirme aún más.

—Qué juguete sexual más sexy eres —comentó Lucas.

Me acarició el clítoris y mi cuerpo se estremeció por el placer que me provocó. Siguió acariciándome y luego puso su boca sobre mí, moviendo la lengua sobre mi ano fruncido. Suspiré, jadeando mientras Manson se inclinaba sobre mí.

Su boca sustituyó a los dedos de Lucas en mi clítoris y vi las estrellas.

—Oh, te gusta, ¿verdad? —gruñó Lucas.

Hizo una pausa para coger uno de los cubitos de hielo y metérselo en la boca, luego, volvió a colocarse entre mis nalgas.

Me estremecí cuando me metió la lengua en el culo, con la boca fría mientras me lamía el ano.

Empujó el hielo hacia delante, presionándolo contra mí antes de volver a succionarlo.

Mientras tanto, la lengua de Manson me lamía el clítoris con una concentración implacable.

—Dios, me encanta —jadeé—. Por favor… Por favor, no paréis.

La mesa crujió debajo de mí, los músculos me temblaban con violencia. Todos los pensamientos abandonaron mi cabeza mientras temblaba de placer.

—¡Joder, Manson! ¡Lucas, por favor! —grité sus nombres mientras arqueaba la espalda, convulsionando de éxtasis al correrme.

No pararon hasta que me quedé exhausta, hasta que mis gritos se volvieron más fuertes por sobreestimulación.

Levanté la cabeza a tiempo para verlos besarse, para ver a Lucas lamiendo mi corrida de la barbilla de Manson.

—Voy a follarle la garganta —dijo Manson con voz apresurada y temblorosa—. Y tú hazla gritar.

Lucas asintió a toda prisa, con el pecho agitado. Se quitó la ropa y Manson se acercó a mí, inclinando mi torso hacia el borde de la mesa.

Se bajó los calzoncillos lo suficiente como para que su polla quedara libre, a pocos centímetros de mis labios. El líquido preseminal brillaba en la punta y yo abrí la boca con impaciencia, deseando saborearlo. Él se agarró el pene y comenzó a masturbarse, despacio.