La deuda (Losers 1) 22
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Lucas

De niño, siempre me gustó trepar. Me subía a las ramas de los enormes robles que crecían alrededor de la casa donde crecí, llegando lo más alto que podía.

A veces era para esconderme de mis padres, ya que en aquella época siempre me metía en líos, pero sobre todo me gustaba la sensación de ver el mundo desde arriba.

Desde lo alto, todo lo que me daba miedo quedaba muy lejos.

Allí arriba era intocable, con mis pies descalzos y callosos manteniéndome en equilibrio entre el espeso follaje.

Podía esconderme durante horas, a veces incluso quedarme dormido.

Aunque a mi hermano le molestaba mucho que lo hiciera, porque pensaba que iba a caerme mientras dormía y romperme el cuello.

Hacía mucho tiempo que no me subía a un árbol, pero me resultó tan sencillo como siempre trepar por las ramas del gran álamo que había frente a la ventana de Jessica.

Las hojas eran tan tupidas que me ocultaban de su mirada, pero yo podía verla perfectamente.

Tenía las cortinas abiertas y estaba sentada en su escritorio, rellenando la hoja que le había dado Manson.

Su cama estaba justo al lado de la ventana, cubierta con muchas almohadas y un par de peluches mullidos.

¿Le gustaban ese tipo de juguetes? ¿Cosas mullidas con ojos grandes, diseñadas intencionadamente para ser lo más dolorosamente bonitas posible?

Nunca me había parecido una chica cursi, pero ¿qué sabía yo?

Había mucho rosa en su habitación, suaves tonos pastel y delicadas figuritas de cristal.

Tenía varias estanterías con trofeos y medallas, supuse que de competiciones de animadoras.

¿Seguiría siendo capaz de hacer las piruetas de entonces?

Había evitado los partidos de fútbol y cualquier cosa que me acercara lo más mínimo al territorio de los deportistas, pero la había visto entrenar muchas veces.

Siempre había sido muy discreto al observarla, pero tenía escondites por todo el campus.

Normalmente me subía a escondidas al tejado del gimnasio, me fumaba unos cigarrillos y la veía dar vueltas por el campo, gritando instrucciones a las otras chicas del equipo.

En aquella época tampoco nos llevábamos bien.

Yo había llegado a Wickeston como estudiante de otro centro, en mi segundo intento por terminar el instituto, y ella me había mirado con desprecio desde el primer momento.

Pero yo ya estaba acostumbrado a esas cosas.

Mi anterior instituto no había sido mejor.

Al menos en Wickeston, la gente no sabía nada de mí.

No sabían nada de mi hermano; no habían visto el nombre de Benji Bent en todas las noticias locales.

No estaba del todo seguro de por qué estaba allí, en su ventana, pero lo achacaba a simple curiosidad. ¿Qué había llevado a esta mujer a querer hacer un trato como este con nosotros? ¿Por qué se molestaba en hacerlo cuando tenía una docena de opciones entre las que elegir?

Para ella era un juego, otro reto que no podía rechazar. Pero si pensaba que podía jugar mejor que nosotros, mejor que yo, estaba muy equivocada.

Aunque me impresionó lo serio que se tomaba la tarea de escribir sus límites. Tenía el portátil abierto, escribía algo de vez en cuando y se desplazaba por los resultados de búsqueda. Estuvo concentrada durante horas hasta que por fin terminó y envió el resultado final al chat grupal.

Abrí la lista y le eché un vistazo rápido. Tendría que dedicarle tiempo a estudiarla detenidamente, pero no aquí, no cuando Jess acababa de sacar su vibrador y tenía claras intenciones de utilizarlo.

Qué traviesa, pensando que podía ocultarnos su placer.

Hubiera pagado por escuchar los gemidos que soltaba al correrse, con una mano apoyada contra el cristal de la ventana mientras seguía mis instrucciones.

La forma en que sus labios se abrían, jadeando en busca de aire, con todo su cuerpo temblando por la intensidad…

Estuve empalmadísimo todo el tiempo. Quería sentirla temblar así.

Quería inmovilizarla en esa bonita habitación rosa, taparle la boca para que sus padres no pudieran oírla gemir mi nombre y penetrarla con fuerza contra el colchón.

Esa noche fue el aperitivo. Estaba hambriento por el plato principal.

Normalmente empezaba el día mucho antes que el resto; todos teníamos horarios algo distintos.

Vincent trabajaba en el turno de noche los jueves, viernes y fines de semana, por lo que solía dormir durante el día; Jason siempre tenía el sueño cambiado, así que era imposible saber cuándo estaría despierto, y Manson se quedaría durmiendo hasta el mediodía si le dejábamos.

Pero yo me despertaba al amanecer, lo que me daba tiempo suficiente para sentarme en el porche con un cigarrillo y un café solo.

Me gustaban esas horas antes del amanecer, cuando el cielo del este se iba iluminando poco a poco y la niebla cubría el suelo como un suave manto blanco. No había ruido, el aire aún era fresco y algo frío. El mundo parecía estar dormido, dejándome solo con mis pensamientos.

Sin embargo, esta mañana yo no era el único madrugador. La puerta del garaje estaba abierta y vi el pelo azul de Jason mientras se movía entre los coches. Lo más seguro es que se hubiera pasado despierto toda la noche.

Los últimos días habían pasado en un abrir y cerrar de ojos, pero eso es lo que pasa cuando trabajas desde el amanecer hasta el anochecer.

Como Manson estaba ocupado tramitando lo del seguro para arreglar los coches, yo había tomado el relevo en el taller y Vincent se había cogido unos días libres para ayudar también.

Todos estábamos nerviosos, pero no solo porque se habían acumulado los factores estresantes del día a día. Teníamos un juguete nuevo con el que estábamos deseando jugar, pero las responsabilidades se interponían en nuestro camino.

Jessica ocupaba mis pensamientos con demasiada frecuencia, apareciendo en mi mente cuando debería haberme concentrado en tareas más pertinentes. Pero no era el único.

Manson me había follado tan duro la noche anterior que esta mañana me costaba caminar.

Me gustaba que fuera lo más duro posible, así que no me quejaba, pero era especialmente despiadado cuando estaba nervioso, y Jess lo ponía muy nervioso.

Era demasiado impredecible, demasiado confusa, y toda esa tensión se acumulaba en él hasta que prácticamente estaba a punto de estallar.

Era un alivio terminar un largo día dejando que mi mente agotada descansara mientras Manson tomaba el control. Aunque Manson no era pasivo, a mí me gustaba cambiar de rol. Mientras me follaba, yo pensaba en follarme a Jess al mismo tiempo.

Ahora era nuestra y podíamos jugar con ella, pero si nos íbamos a la cama después de medianoche y nos levantábamos temprano, no tenía mucho sentido intentar despertarla en mitad de la noche.

Ya no estábamos en el instituto; teníamos trabajos y responsabilidades.

En su lugar, Manson la llevaba al límite por la mañana y grababa la hazaña, enviando vídeos de ella jadeando al borde del orgasmo al chat grupal.

Seguramente era más tortura para ella que para nosotros, pero estaba claro que no facilitaba el autocontrol.

Ver un vídeo en el que agarraba un vibrador con una mano temblorosa, mientras se tapaba la boca con la otra para que sus padres no la oyeran, me hacía empezar cada día con una erección que no desaparecía.

Solo necesitábamos la oportunidad adecuada para estrenar nuestro nuevo juguete sexual, una oportunidad de tenerla solo para nosotros.

Me levanté del porche y estiré mi dolorida espalda antes de tirar lo que quedaba del cigarrillo. Me llevé el café conmigo mientras cruzaba el patio con paso decidido para reunirme con Jason en el garaje.

—¿Te has levantado temprano o no has dormido nada? —le pregunté al encontrarme a Jason con una aspiradora de mano y todas las puertas de su Z abiertas de par en par.

Estaba limpiando los restos de los cristales rotos de los asientos y el suelo, llegando con cuidado a todos los rincones.

Haribo estaba tumbado cerca de allí y me miró con cara de pocos amigos cuando entré.

Ese perrito tenía el carácter más fuerte que había visto nunca.

Técnicamente era de Vincent, pero siempre seguía a Jason como si necesitara protección.

Algo parecido a lo que hacía el propio Vincent.

—No he dormido —dijo, apagando la aspiradora—. Vince y yo vamos a ir hoy al taller de carrocería, así que pensé que debía limpiar. Nos quedaremos en casa de Dante durante el fin de semana para que Vincent no tenga que desplazarse al trabajo.

Dante era un muy buen amigo nuestro y había sido uno de nuestros primeros clientes; habíamos convertido su T-Bird en una bestia que corría siempre con tiempos por debajo de los diez segundos en la pista.

Vivía mucho más cerca del trabajo de Vincent que nosotros, así que, en lugar de desplazarse al club cuatro días a la semana, Vince a veces se quedaba en casa de Dante.

Bebí un sorbo de café mientras veía a Jason dar un portazo.

Era bueno que se fuera con Vincent: Jason se convertía en un cascarrabias cuando no dormía, pero se quedaba despierto durante días y solo empeoraba si se le dejaba a su aire.

Se obsesionaba con un proyecto y, una vez que su cerebro se ponía en marcha, no paraba hasta que se derrumbaba o hasta que Vincent le obligaba a hacerlo.

—Pensaba que os iríais por la tarde —le dije—. Son las seis y cuarto de la mañana.

Suspiró, se agachó y recogió a Haribo.

—Sí, bueno, como te dije, no podía dormir. Llevo cuarenta y ocho horas despierto, así que mejor intento llegar a las setenta y dos.

—¿Vince sabe que estás haciendo eso? Va a enfadarse.

Jason volvió a gruñir en respuesta.

Iba a tener que convencer a Vincent de que le echara unas pastillas para dormir en los cereales o algo así.

Se dejó caer en un taburete y acarició la barriga del perrito.

—¿Has visto ya la lista de Jess? —preguntó.

Era fácil adivinar que ella era la obsesión que lo tenía tan irritado en este momento.

—Sí.

La había estudiado a fondo, varias noches seguidas. A veces volvía a leer mis secciones favoritas, solo para recordarme que su interés en ser «acosada» y «secuestrada» era un cinco sobre cinco de verdad.

—¿Y tú?

Él asintió.

—No creo que sepa lo que significan algunas de esas cosas, tío. A esa chica no le gustan las lluvias doradas. No me lo creo.

—Supongo que tendrás que probarlo para averiguarlo —comenté, y él se rio mientras negaba con la cabeza—. Todos sabemos que tiene un lado atrevido. Está intentando mantener las apariencias y complacer a sus padres.

Puso los ojos en blanco.

—Qué pérdida de tiempo. —Hizo una pausa y el canto de los pájaros inundó el silencio mientras los rayos de sol se colaban entre los árboles—. Hablando de eso… Sus padres se van hoy del pueblo.

Eso llamó mi atención.

—Ah, ¿sí? ¿Cómo te has enterado?

—Facebook —respondió—. Se van a Cabo a celebrar su aniversario y estarán fuera una semana. Su hermana pequeña se queda en casa de una amiga.

—¿Ya tienes las contraseñas de su familia?

—No, no ha habido nada sospechoso de por medio —respondió—. Su madre publica información personal como si estuviera escribiendo sus memorias en tiempo real. Ni siquiera tuve que esforzarme.

—¿Quién está haciendo cosas sospechosas?

Manson entró en el garaje estirando los brazos.

—Vaya, vaya, mira quién se ha levantado de la cama al amanecer —comenté.

Le dejé que cogiera mi café y se lo bebió de un trago como si su vida dependiera de ello.

—Pareces un zombi —dije—. Hoy los padres de Jessica se van de viaje. Estará sola en casa, esperando compañía.

Eso lo despertó enseguida.

—Joder, parece que tengo un hueco en mi agenda esta noche. Deberíamos hacerle una visita sorpresa. No queremos que se sienta sola.

—Pero hay un problemilla —dije—. Su casa tiene sistema de seguridad.

Jason nos miraba, negando con la cabeza.

—Supongo que no sería divertido llamar a la puerta y ya está, ¿no?

—¿Llamar y ya está? —preguntó Manson—. Entonces no sería una sorpresa. ¿Dónde está tu imaginación?

—No le hagas caso —dije—. Está de mal humor porque lleva tres días sin dormir.

—Joder, tío, ¿todavía no has dormido? —preguntó Manson con el ceño fruncido por la preocupación—. Vas a perder la puta cabeza.

—Vale, vale, lo pillo, necesito dormir. —Dejó a Haribo en el suelo y agitó la mano como para quitarle importancia al tema—. Pero si vais a simular un allanamiento en casa de Jessica, vais a necesitar ayuda. —Abrió los brazos con una sonrisita—. Y yo soy el genio perfecto para hacerlo.

—Con que genio, ¿eh? —gruñó Manson.

—Espera a que solucione el problema con el sistema de seguridad para meterte conmigo —dijo—. Al fin y al cabo, lo hago únicamente por bondad. No es que pueda participar en vuestro jueguecito, teniendo en cuenta que tengo que solucionar este lío. —Señaló con el pulgar el Z.

Manson levantó las manos con inocencia.

—Oh, claro, claro. Está claro que solo tú eres el genio que puede hacer esto.

—El tío más inteligente de la casa —dije—. ¿Qué haríamos sin ti?

—Así está mejor. ¿A qué hora queréis entrar en casa de Jess?

Miré a Manson.

—¿Al atardecer?

Él asintió.

—Al atardecer.

—Qué miedo —comentó Jason—. Haré un poco de magia antes de que Vincent y yo tengamos que irnos. Estoy seguro de que a Jess le encantará el esfuerzo que estáis dedicando a vuestra primera cita.