23
Jess
No recordaba la última vez que había tenido una casa para mí sola.
Cuando vivía en la residencia universitaria, tenía tres compañeras de piso, por lo que siempre había alguien más allí.
Pero, esa mañana, mis padres se habían ido temprano para coger su vuelo a Cabo, después de dejar a Stephanie la noche anterior en casa de una amiga.
Tenía la casa para mí sola y podía hacer lo que quisiera.
Hace unos años, habría aprovechado esta oportunidad para organizar la fiesta más ruidosa y escandalosa posible.
A lo largo de los años, había conseguido organizar unas cuantas fiestas muy salvajes en casa de mis padres y ellos seguían sin tener ni idea.
Pero ahora lo único que quería era un día tranquilo, sobre todo después de una mañana complicada en el trabajo.
Mi jefe me había puesto a trabajar con uno de sus clientes más exigentes —y más adinerados—, dejándome la responsabilidad de responder a sus largos e incoherentes correos electrónicos diarios.
El hombre tenía tantas preguntas que a menudo sentía que estaba repitiéndome, pero me emocionaba que mi jefe quisiera que me ocupara personalmente de uno de sus clientes más importantes.
En cuanto terminé, me quité la ropa del trabajo y me puse una camiseta ancha, sin pantalones.
Me comí unos aperitivos en el sofá y puse la música tan alta como quise.
Llevaba varios días sin ir al gimnasio y me dije a mí misma que ese era mi último día de vagueo, así que tenía que aprovecharlo al máximo.
Después, tendría que volver a la rutina.
Aunque la rutina iba a ser diferente ahora que tenía a cuatro hombres dándome órdenes.
Todas las mañanas de esa semana, me despertaba con un mensaje de Manson ordenándome que me masturbara. Era una tortura estar tumbada allí a primera hora de la mañana con el vibrador entre las piernas, solo podía quedarme al borde del orgasmo antes de tener que parar.
Había intentado evitar mirar las listas de fetiches que me habían enviado, simplemente porque sabía que me pondría a cien y no podría hacer nada al respecto. Pero esa noche no pude resistirme. Me senté en el sofá y empecé a leer sus listas lentamente, con el labio inferior entre los dientes.
No me sorprendió en absoluto ver que el control del orgasmo era un cinco sobre cinco para Manson.
Ya era dolorosamente consciente de lo mucho que le gustaba.
Todos afirmaban estar interesados en el no consentimiento consensuado y Lucas y Jason no solo lo valoraban mucho como los que daban, sino también como los que recibían.
Siempre había tenido la sensación de que todos se acostaban entre ellos, tenían una camaradería que iba más allá de la amistad.
Vincent y Jason llevaban años saliendo sin mucho secretismo, y sabía que Manson era bisexual.
Lucas siempre había sido un misterio, pero ahora, después de haberlo visto con Manson en el garaje, lo era mucho menos.
No eran monógamos; eso estaba claro.
Esto era algo nuevo para mí. Estaba acostumbrada a tener relaciones en las que la monogamia era una regla inquebrantable.
Incluso mirar a otra persona durante demasiado tiempo me había causado discusiones con mis anteriores parejas.
Era como si se supusiera que tenía que ser celosa y posesiva, pero la verdad era que en esta situación no tenía sentido.
Me había puesto furiosa la posibilidad de que Veronica se liara con ellos, pero lo que me molestaba era la idea de que pasaran tiempo con una manipuladora, conspiradora y malvada gilipollas como ella. Había tenido demasiados problemas con Veronica como para no enfadarme.
Todavía me sentía un poco estúpida por darle tanta importancia; me parecía demasiado serio.
Pero ahora estaba metida de lleno en esto.
Había aceptado acostarme con ellos, someterme a ellos, ser su juguete para que hicieran lo que quisieran.
Creo que era una implicación lo suficientemente grande como para poder preocuparme por con quién más se acostaban.
Además, eran demasiado buenos para Veronica. Se merecían algo mejor.
Seguí leyendo, tomándome un té helado a sorbitos mientras me relajaba en el sofá.
Vincent ocupaba los primeros puestos en casi todos los aspectos del bondage , lo cual no era de extrañar.
Cualquier tipo de inmovilización era un cinco para él, al igual que la mayoría de los juegos de impacto: flagelaciones, azotes, bofetadas.
Jason tenía todos esos fetiches raros cuyas definiciones había tenido que buscar en Google, pero al menos eso había ampliado mi vocabulario.
No sabía qué demonios era «omorashi» hasta que rellené mi propia lista. Y ahora que lo sabía, me horrorizaba aún más. ¿Por qué demonios me tenían que gustar esas cosas raras?
Me estaba agobiando mucho. Seguir examinando esas listas durante más tiempo sería como una tortura sexual, sobre todo porque no esperaba ningún alivio. Manson parecía decidido a castigarme con la excitación durante el mayor tiempo posible.
En lugar de eso, saqué el cuaderno de dibujo y mis lápices y empecé a dibujar.
Puede que aún no me hubieran contratado como diseñadora, pero necesitaba practicar y asegurarme de desarrollar mis habilidades.
Me ayudó a pensar en otra cosa, concentrándome en cada trazo cuidadoso de grafito sobre el papel.
Nunca me había considerado una gran artista, pero diseñar una estructura requería algo más que visión artística.
Las dimensiones tenían que ser las correctas, la forma y la disposición tenían que llamar la atención y atraer los sentidos.
Al principio no estaba muy segura de lo que quería hacer, pero al poco tiempo la casa de Manson comenzó a tomar forma en el papel. La dibujé con un nuevo porche delantero, centrándome en los pequeños detalles de la madera y los marcos de las ventanas.
No era realista, pero esa era la idea. Una parte importante de mi trabajo consistía en imaginar lo que podría ser, el potencial de un edificio o un terreno. Había que capturar esa posibilidad, plasmarla en papel y perfeccionarla antes de que pudiera hacerse realidad.
Sin darme cuenta, se me pasó el tiempo volando. Cuando levanté la cabeza del cuaderno de dibujo y estiré el cuello para aliviar el dolor, ya había anochecido. Dejé el dibujo a un lado, cogí el móvil y vi que Danielle me había enviado otro mensaje.
DANIELLE
¡Hola, tía! ¿Te apetece ir a Billy’s? ¡Es noche de karaoke!
Suspiré y dejé el móvil a un lado, sobre el sofá.
No, no me apetecía pasar la noche en un antro con Danielle, Nate y quienquiera que se les uniera.
Además, sabía perfectamente lo que Danielle estaba haciendo.
Creía que me habían dado una lección, que me habían bajado los humos para que mantuviera la cabeza gacha y volviera a encajar en el grupo.
Hacíamos lo mismo con las chicas nuevas del equipo. Si alguna llegaba al equipo con demasiada arrogancia, buscábamos la manera de doblegarla, para luego mantenerla cerca y hacer que se ganara nuestro favor.
Era de traca. Había una razón por la que el equipo de animadoras de Wickeston tenía fama de ser tan cruel, y yo había contribuido a que siguiera siendo así.
Además, ¿por qué ir a un antro cuando por fin tenía la oportunidad de ver los documentales que quisiera sin que mi madre o mi hermana se quejaran de que eran aburridos?
Metí una bolsa de palomitas en el microondas y me senté en la isla de la cocina mientras esperaba a que se hicieran, navegando sin pensar por mi móvil.
Clic.
Me detuve. Sonaba exactamente igual que el pestillo del trastero que había bajo las escaleras. Obviamente, no podía ser eso. Pero entonces… ¿qué había sido ese ruido?
Me deslicé de la isla y miré hacia el pasillo.
La puerta del trastero estaba cerrada. El único sonido que se escuchaba era el del reloj decorativo de madera que había en la estantería junto a las escaleras, que marcaba lentamente el paso de las horas. La casa estaba tan silenciosa que se podía oír caer un alfiler.
El primer grano de palomitas estalló y el sonido me hizo dar un respingo tan fuerte que me eché a reír. Hacía tanto tiempo que no estaba sola en casa que, en realidad, me estaba asustando.
Volví a la cocina y, después de echar un vistazo a la colección de vinos de mi madre, me serví una copa de Moscato. Eso me ayudaría a relajarme.
Me dirigí al salón con mis palomitas y el vino, pero ahora tenía demasiado frío como para seguir sin pantalones. Me encaminaba hacia las escaleras para coger mis pantalones de chándal cuando volví a entrar en el vestíbulo y me di cuenta de que algo había cambiado.
La pantalla y el teclado del sistema de seguridad parpadeaban como si se hubieran reiniciado. Tecleé el código para activar el sistema, pero el teclado pitó y la palabra error parpadeó en la pantalla.
Suspiré con fuerza, pero no valía la pena perder el tiempo con eso. Nuestro barrio no era peligroso. Mientras el pestillo estuviera echado…
La puerta principal estaba entreabierta.
Me quedé muy quieta mientras la miraba fijamente, con el más mínimo susurro del viento colándose por la rendija.
No recordaba haber salido ni una sola vez en todo el día. ¿Se habían olvidado mis padres de cerrar con llave por la mañana? Juraría que estaba cerrada solo unos minutos antes.
Cerré la puerta, haciendo girar la cerradura y echando el pestillo. Se me puso la piel de gallina y esperé, escuchando con atención.
Sabía que la puerta había estado cerrada. Había pasado por el pasillo varias veces ese día y nunca había notado ningún fallo en el sistema de seguridad.
Un sonido me hizo girar hacia las escaleras, con el corazón latiéndome con fuerza.
¿Un paso?
Empecé a subir las escaleras, pero me detuve de repente. Esto no era una película de terror y no iba a ser la primera en morir por correr a investigar un ruido misterioso. Volví rápidamente al salón y cogí mi móvil.
Tenía un mensaje de Lucas esperándome.
LUCAS
¿Tienes las puertas cerradas con llave, juguetito?
Me di cuenta de la cruda realidad y maldije mientras la tensión y el miedo se disipaban de mi pecho. Debía haber sabido que ellos tenían algo que ver con esto.
Les respondí con un mensaje de texto.
Sí, tengo la puerta cerrada con llave. ¿Por qué no iba a estarlo?
¿Pensaron que sería divertido entrar a la fuerza y asustarme? Oh, yo les enseñaría algo divertido.
Cogí una de las revistas de mi madre de la mesa del salón y la enrollé en un tubo. Con el móvil en la mano, volví sigilosamente al pasillo, con todos mis sentidos en alerta máxima.
¿Cuál de ellos era? ¿O eran todos? Notaba un cosquilleo en el vientre por la emoción, era como si estuviera jugando al escondite, pero retorcido.
A continuación, apareció un mensaje de Vincent.
VINCENT
Si un kit de ganzúas barato de una tienda de artículos de broma puede abrir tu cerradura, yo no confiaría en que siga estando cerrada, Jess.
El mensaje de Jason llegó justo después.
JASON
Dile a tus padres que cambien el sistema de seguridad. La empresa ni siquiera ha solucionado un fallo que lleva ahí tres años, no pueden garantizar tu seguridad.
Se escuchó otro sonidito en el segundo piso cuando comencé a subir las escaleras.
Guardé el móvil y apreté un poco más fuerte la revista enrollada.
—¡Sé que estáis aquí arriba! —grité, y mi voz sonó extraña en la casa vacía.
El silencio era sepulcral.
Mi inquietud no hizo más que aumentar al llegar al rellano y mi vista se dirigió hacia las puertas que tenía delante. El resto de habitaciones estaban cerradas, pero el cuarto de baño y mi dormitorio estaban abiertos.
—Vamos, chicos —dije, con la voz temblorosa muy a mi pesar—. ¡Dejad de esconderos! Haced lo que hayáis venido a hacer aquí y…
Me quedé en silencio mientras miraba dentro de mi habitación. Alguien había escrito algo con pintalabios rojo en el espejo de mi tocador, unas palabras que eran ilegibles hasta que me acerqué.
«Hora de pagar».
Me reí un poco, nerviosa.
—¡Vale, qué miedo! Más os vale que no sea mi puto pintalabios de Mac.
Miré debajo del escritorio, luego me agaché y miré debajo de la cama.
Solo quedaba el armario. Me quedé mirando la puerta cerrada, con el corazón latiéndome con fuerza en los oídos. Era un juego, solo un juego de rol. Pero aun así dudé al alcanzar la puerta con persiana, intentando ver en la oscuridad entre los listones.
Despacio, me agaché hasta el suelo. Apoyé la mejilla contra la alfombra y miré a través del pequeño hueco debajo de la puerta. Estaba muy oscuro. Saqué mi móvil y encendí la linterna, apuntando hacia abajo.
Había dos pares de botas al otro lado.
Me levanté despacio, moviéndome como si tuviera un oso justo delante de mí.
La puerta se abrió de golpe, haciendo un poco de ruido al golpear la pared.
Manson y Lucas estaban uno al lado del otro y el pequeño armario los hacía parecer más grandes de lo normal.
Manson llevaba unos vaqueros ajustados oscuros y una camiseta negra, y me miraba con los brazos cruzados.
Lucas tenía el pecho tatuado al descubierto bajo un chaleco vaquero y sus músculos se tensaron cuando dio un paso adelante.
Manson le agarró del brazo, clavándole los dedos en el bíceps.
Mis ojos se movieron del uno al otro a toda prisa y la sonrisa de Manson se ensanchó.
—Tienes tres segundos antes de que suelte a Lucas —dijo—. ¿Cuánto terreno puedes recorrer en tres segundos?
Lucas entrecerró los ojos y me miró. Respiraba de forma entrecortada y parecía ansioso.
—Uno. —Manson empezó la cuenta atrás.
¿Hasta dónde podría llegar en tres segundos? No lo suficientemente lejos.
—Dos.
A pesar de mi valentía con la revista, se activó mi instinto de supervivencia. Mi cerebro me dijo que corriera, así que corrí, avanzando a toda velocidad hacia la puerta de mi habitación. El corazón me latía con fuerza y mis pensamientos se centraban en un único objetivo: escapar.
Pero, aun así, oí lo que Manson dijo a continuación.
—Tres. A por ella.