La deuda (Losers 1) 21
39%

21

Jess

Me inventé una historieta para mis padres cuando llegué a casa. Mi madre pensaba que había pasado la noche en casa de Danielle otra vez y yo no la corregí, pero intentar explicarles que mi coche se había averiado y que había conseguido un buen precio fue mucho más difícil.

Al final, me limité a decirles que había ido a un taller de la zona y que conocía a los mecánicos del instituto, por lo que me habían hecho un descuento.

Mi padre quería saber la cifra exacta para asegurarse de que no podía conseguirme una oferta mejor en otro sitio, pero pude desviar la atención centrándome en las preguntas de mamá.

—¿Quiénes son esos chicos? —preguntó, entrecerrando los ojos y mirándome desde el otro extremo de la mesa.

Estábamos sentados en la mesa para la cena, la primera comida completa que tomaba en todo el día.

—Lucas y Manson —respondí.

Intentaba llenarme la boca con tanta comida como podía para retrasar las preguntas. pero mi madre se acercó a mí y me dio un golpe en la mano cuando iba a coger otro panecillo.

—Deja de atiborrarte, Jessica Marie, come más despacio —suspiró profundamente, con disgusto.

Al otro lado de la mesa, mi hermana pequeña, Steph, se rio entre dientes, contenta de ver que regañaban a otra persona.

—¿Lucas y… Manson, has dicho? —preguntó mi madre—. Más vale que no sean los mismos chicos que fueron expulsados por agredir a otros estudiantes.

Mierda, por supuesto que se acordaba de eso.

Ambos incidentes habían resultado en que el instituto enviara cartas a los padres explicando las situaciones y las medidas que se habían tomado.

Mi madre había perdido los nervios en ambas ocasiones, convencida de que Wickeston se iba a la mierda y que mi instituto se estaba volviendo cada día más peligroso.

—Bueno, o sea… ¿Sí?

Hice una mueca y mi madre levantó las manos con exasperación, mirando a mi padre como si todo fuera culpa suya.

—Roger, ¿de verdad no vas a decir nada al respecto? —le preguntó—. ¿No vas a decir nada sobre que nuestra hija vaya a un taller regentado por delincuentes ?

—Charlene, cálmate —respondió mi padre con su habitual voz lenta y mesurada—. No creo que debamos preocuparnos mucho por eso…

—¿Que no nos preocupemos? ¡¿Que no nos preocupemos?! —La voz de mamá había alcanzado ese tono ensordecedor que normalmente me hacía salir corriendo por la puerta—. ¿Quieres que trate con esos hombres? ¿Quién sabe lo que podrían hacer? ¡Podrían ser traficantes, Roger!

—Mamá, no son traficantes…

—Nunca se sabe, Jessica. Esa es la cuestión, nunca se sabe. —Me señaló con el dedo en señal de advertencia—. Justo el otro día, la hija de Jeanie dijo que una pareja la estaba siguiendo por Walmart, probablemente intentando secuestrarla. La gente ha estado hablando de ello en Facebook.

—Ah, sí, Facebook, el epicentro de las noticias de última hora —murmuré, y el tenedor de mi madre golpeó el plato—. Escucha, mamá, te juro que son majos. No son peligrosos.

Eso no era del todo cierto. Esos hombres eran extremadamente peligrosos, pero no como ella pensaba. Eran un peligro para mi orgullo, mi reputación y mis bragas.

—Uno de ellos amenazó a tu novio con un cuchillo —espetó mamá—. Te juro que no sé cómo he podido criar a una hija sin una pizca de sentido común.

Dejé el tema estar porque de verdad que no tenía sentido discutir con ella, y el resto de la cena transcurrió en un silencio tenso.

Pero sus palabras seguían molestándome incluso cuando estaba ya en mi habitación.

Ella solo sabía un par de cosas sobre esos chicos, pero eso no le había impedido hacer suposiciones descabelladas sobre ellos.

Al igual que la mayoría de la gente con la que había ido al instituto, a mamá le interesaban más los chismes que la verdad.

Hice una pausa para beber otro sorbo de café.

Había revisado casi toda la lista que me había dado Manson y las preguntas se habían vuelto bastante turbias.

Tuve que buscar en Google la definición de «katoptronofilia», solo para darme cuenta de que significaba que te ponía follar delante de un espejo.

Eso era un cinco sobre cinco en la escala de interés, junto con muchas otras cosas raras que nunca se me habían pasado por la cabeza.

Bondage extremo. Juegos con golpes. Látigos, cadenas, disciplina doméstica, marcas, escarificaciones, degradación…

La lista era interminable. Era raro, pero me tranquilizaba ver cosas que me interesaban en una lista como esa.

Me tranquilizaba saber que había otras personas —más de unas pocas— que tenían los mismos intereses que yo.

Pero también me hacía sentir que estaba metida en algo que me superaba.

Los azotes y las esposas me parecían fetiches bastante normales, incluso un poco modernos.

Pero había fetiches relacionados con el acoso, el secuestro y el cautiverio que me hacían temblar de deseo.

Todos ellos entraban en la categoría del «no consentimiento consensuado», en la que la persona sumisa fingía que no estaba dispuesta. Todo eso era un cinco de cinco para mí.

A la una de la madrugada, había completado todo el cuestionario y me retorcía en mi asiento por las fantasías que me había inspirado. Al menos había terminado y podía tener una pequeña cita con mi vibrador antes de acostarme. Salvo que…

Joder. Sus estúpidas reglas. Se suponía que no debía masturbarme sin permiso y, otra vez, me vino a la mente la pregunta: ¿cómo iban a saberlo?

Hice unas fotos a las hojas con el móvil y las adjunté al chat grupal que Vincent había creado, junto con un mensaje.

Si esta lista llega a los ojos de alguien más que vosotros cuatro, OS MATARÉ.

Dejé el móvil sobre el escritorio, eché el pestillo y rebusqué debajo de la cama hasta encontrar la caja donde guardaba mis juguetes sexuales.

No era una colección especialmente grande, pero sí muy utilizada.

Normalmente, no sentía tanta emoción al abrir la caja, pero saber que lo hacía en contra de sus órdenes me hacía sentir especialmente traviesa.

Todavía me dolía el culo por los últimos azotes que me habían dado, pero ya estaba dispuesta a romper una regla. Debería haberles advertido que las reglas y yo no nos llevábamos bien.

Mi móvil volvió a vibrar y suspiré. Debería haber imaginado que al menos uno de los chicos estaría despierto. Cogí el vibrador de la caja y lo tiré sobre la cama, dejándome caer entre las almohadas antes de mirar el mensaje. Era de Manson.

MANSON

La información confidencial de nuestros clientes es de suma importancia para nosotros. Tu secretito está a salvo.

Mirando fijamente la pantalla, me lo imaginé revisando la lista. Había sido brutalmente honesta, incluso con los fetiches que nunca pensé que admitiría que me gustaban. Me había sentido muy valiente mientras la rellenaba, pero ahora que ya no estaba en mis manos, estaba nerviosa.

¿Cuándo podré ver vuestras listas? Creo que es justo que yo también tenga material con el que chantajear.

Recibí un mensaje de Lucas.

LUCAS

No es chantaje si no tememos que se divulgue. Si el público quiere saber cómo follo, por mí bien.

Negué con la cabeza, sonriendo muy a mi pesar. Era fácil imaginar a Lucas declarando en voz alta exactamente lo que le gustaba a cualquiera que quisiera escucharle.

Para mi sorpresa, Manson respondió con un archivo adjunto. Luego Lucas, luego Jason. Luego Jason otra vez.

JASON

Esta es la de Vince. Está en el trabajo.

Recordaba vagamente que Vincent trabajaba como camarero, pero no estaba segura de dónde.

Primero abrí el archivo adjunto de Manson, incapaz de resistirme a echar un vistazo a su lista.

Apreté un poco más los muslos mientras abría los ojos y me mordía el labio inferior.

Cada vez que encontraba que nuestros intereses coincidían, sentía un pálpito en el pecho, como si mi corazón hubiera dado un salto de emoción.

Leer sus respuestas me puso mucho más cachonda de lo que esperaba.

Cogí el vibrador, lo encendí y lo deslicé despacio por la cara interna de mis muslos.

Había puntuado la escarificación con un cinco en su escala de interés, e inmediatamente pensé en el corazoncito que llevaba grabado en el dedo.

Había algo insoportablemente erótico en que él me hiciera un corte en la piel, viera cómo brotaba la sangre y se la bebiera delante de mí.

¿Cómo sería dejar que me cortara lo bastante profundo como para dejarme cicatriz? Suplicarle que no me hiciera daño y que él me sonriera en respuesta, sabiendo que no iba a parar…

LUCAS

¿Estás a punto de masturbarte, Jessica?

El móvil casi se me resbala de los dedos.

El mensaje era de Lucas.

Respondí a toda prisa.

Me dijisteis que no podía hacerlo sin permiso.

MANSON

Así que te acuerdas de las reglas. ¿Por qué las estás rompiendo ya, mocosa? ¿Intentas que te demos otra azotaina?

LUCAS

Deja el vibrador y empieza a suplicar que te demos permiso.

Mierda, ya la había cagado. Pero ¿cómo lo sabían? ¿Qué estaba pasando?

Fruncí el ceño, apagué el vibrador y lo dejé a un lado.

Tenía las cortinas abiertas, así que me incliné por la ventana y miré hacia el patio. No se veía nada más que oscuridad, pero…

Volví a coger el móvil.

¿Dónde estáis? ¿Cómo sabéis que estaba usando un vibrador?

El siguiente mensaje no tardó en llegar.

LUCAS

Dónde esté da igual. Pero si vuelves a coger ese juguete y empiezas a usarlo sin permiso, lo sabré.

El mensaje de Lucas tenía una foto adjunta y tuve que esperar a que se cargara. Pero una vez que lo hizo, me dejó sin aliento.

Era una foto de la ventana de mi dormitorio. Las cortinas estaban abiertas y la luz encendida. La foto estaba tomada desde algún punto de más abajo.

Volví a acercarme al cristal y eché un vistazo más exhaustivo al jardín. Los arbustos, los árboles, la valla de madera, detrás de los cubos de basura… Nada.

LUCAS

¿Te da miedo? ¿Saber que te estoy viendo?

Me quedé mirando su mensaje y luego volví a mirar hacia la oscuridad. No me asustaba, no exactamente. Era una sensación diferente.

¿Cuánto tiempo llevas observándome?

LUCAS