20 #2
Pero sin tener que preocuparme por ellos, me encantaban los moratones.
Me encantaba mirarlos por la mañana y recordar cómo habían llegado hasta allí.
Cómo anoche, mientras los dientes y las manos de Vincent dejaban marcas por todo mi cuerpo, me había obligado a hablar de Jess.
Me había obligado a decir en voz alta todas las formas en las que soñaba con follármela: yo solo, con él, con Manson y Lucas, en todas partes y en cualquier lugar.
Tenía que centrarme.
Me alejé de ella, encogiéndome de hombros como si nada importara.
—Qué pena. ¿Vas a venir a participar en la conversación o qué?
Me di la vuelta y me alejé, rodeando las taquillas, pero reduciendo el paso a medida que me acercaba a la puerta, dándole la oportunidad de cambiar de opinión.
—¡Espera!
Me detuve y me permití esbozar una sonrisa de satisfacción. Menos mal que no podía verme, porque lo que dijo a continuación estuvo a punto de hacer que me atragantara con mi propia saliva.
—¿Y si te enviara una foto desnuda?
Asomé la cabeza por detrás de las taquillas tan rápido que casi me dio un latigazo cervical.
—¿Fotos desnudas? ¿Tuyas? —Gracias a Dios, a Satanás y a cualquier otra deidad que exista porque no me hubiera temblado la voz; tenía que mantener la calma—. Te estás sobrevalorando un poco, ¿no?
No le gustó que le devolviera sus propias palabras.
—Francamente, enviarte una foto desnuda es pagar de más —dijo, haciendo un gesto con la mano—. Pero da igual. Dame tu número.
—Eh, espera. Aceptaré tu foto desnuda como pago, Jess, pero tengo condiciones. —Me miró cabreada, pero como ella lo había sugerido, iba a sacar todo el provecho posible—. No quiero una foto vieja con la que Kyle se haya masturbado. Quiero que te hagas una nueva, solo para mí.
Puso los ojos en blanco.
—Sí, claro, vale.
Joder, joder, joder . Lo decía en serio. Iba a hacerlo.
—Hazte una y envíamela, ahora —le dije—. No después.
Se llevó la mano al corazón, con una expresión de fingida ofensa en el rostro.
—Jason, ¿no confías en mí? Creo que deberías mostrar un poco más de agradecimiento. No es que le envíe fotos desnuda a cualquiera.
—Me importa una mierda cuánta gente te haya visto desnuda. —Me recosté contra las taquillas, intentando encontrar una forma de mantener la calma—. Lo único que me importa es que esta foto es para mí.
Se removió un poco. Ahí estaba otra vez, esa chispa de emoción en sus ojos. Como si esto le resultara emocionante. Como si fuera un juego.
—Está bien, será una foto desnuda nueva y deslumbrante solo para ti —cedió—. Adiós. Vete. Me gustaría darme una ducha antes de que empiecen a cerrar el recinto.
Sentí un cosquilleo por todo el cuerpo.
—Adelante. Haz lo que tengas que hacer.
—Tienes que estar de coña —gruñó, frustrada—. Uf, al menos mira hacia otro lado. Te arrancaré los putos ojos si te das la vuelta.
—Tranquila, fiera.
Me di la vuelta, con los brazos cruzados. No necesitaba verla desnuda y no iba a insistir en ello. Pero tampoco quería que se librara de pagarme. Yo había hecho el trabajo, me merecía algo a cambio. Si eso era lo que quería darme, joder, podía pagarme con fotos desnuda cuando quisiera.
—No estoy aquí para ser un pervertido, solo para asegurarme de que me pagan.
—Sí, claro, esto no es nada pervertido.
Se oyó un arrastrar de pies y luego el suave sonido de la tela al caer al suelo. Me empalmé. Cada vez se le daba peor mantener esa farsa de «aburrida e irritada». Había tensión en su voz, pero no era ira.
Me arriesgué y dije lo que pensaba.
—Personalmente, Jess, creo que te gusta cuando te dan a probar tu propia medicina.
—¿Qué quieres decir con eso?
—Quiero decir que te gusta cuando alguien te trata como la mierda.
Hubo una larga pausa.
—Voy a hacer como si no hubieras dicho nada —dijo, y aun así supe que tenía razón.
Su cámara hizo clic varias veces, con una pausa entre cada uno. Maldita sea, ¿estaba haciendo una sesión de fotos completa allí atrás?
—¿Qué prefieres? —preguntó—. ¿Tetas o culo?
Dios. ¿Era buena respuesta decir que ambas cosas? Porque eran ambas.
—Sorpréndeme.
—Algo me dice que te gustan los culos —dijo con naturalidad.
—¿Qué te hace pensar eso?
—Vincent tiene un buen culo.
Me tensé, mis músculos se pusieron en alerta al instante.
Independientemente de los avances en materia de igualdad y aceptación que hubiera logrado el resto del país, Wickeston seguía siendo homofóbico de cojones.
Vincent y yo mantuvimos lo nuestro como algo privado, pero no era precisamente un secreto.
Así que me preparé. Me preparé para un comentario sarcástico, un golpe a mi masculinidad, quizá algo peor.
—No le digas que he dicho eso —dijo enseguida—. O retiraré todos los futuros pagos con fotos desnuda.
Eso… no era lo que esperaba.
—No diré nada —gruñí, con la voz ronca por los nervios—. De todos modos, Vince no necesita que le suban el ego.
Claro que se lo diría. Sin lugar a dudas, en cuanto tuviera la oportunidad, se lo contaría todo. Iba a perder la puta cabeza. Yo no era el único obsesionado con esta chica.
—Está bien. Dame tu número de teléfono —dijo después de otro minuto sacándose fotos.
Se lo dije rápido, con el corazón latiéndome a mil por hora.
Esperé de espaldas hasta que mi pantalla se iluminó al recibir su mensaje.
Abrí los archivos adjuntos, manteniendo la respiración estable.
Estaba tan empalmado que era imposible ocultarlo, la tienda de campaña en mis pantalones era casi caricaturesca.
Pero, Dios, era… perfecta.
—Joder, Dios.
Las palabras se me escaparon en un susurro, reverente e incrédulo.
Me guardé el móvil enseguida. Seguía desnuda detrás de mí, así que no miré, aunque la tentación estaba ahí, simplemente le dije adiós con la mano por encima del hombro.
—Nos vemos. Ha sido un placer hacer negocios contigo.
—¿Se las vas a enseñar a alguien?
Su repentina pregunta me hizo detenerme.
No parecía preocupada. Parecía… ¿Curiosa? ¿Intrigada?
¿Me atrevía a pensar que sonaba a esperanza?
—¿Quieres que se las enseñe a alguien?
La pregunta quedó en el aire, una larga pausa sin respuesta. Pero ese silencio era una respuesta en sí.
—¿A quién crees que debería enseñárselas primero? —pregunté, a modo de prueba—. ¿A Vincent? Se pondrá muy celoso cuando sepa que las tengo. ¿O quizá a Manson? Cada vez que se pare junto a tu taquilla, pensará en ello. ¿Y qué me dices de Lucas?
Escuché cómo tragaba saliva.
—Muy gracioso, Jason. Ahora, ¿quieres pirarte de aquí? —espetó, su voz no transmitía tanta confianza como de costumbre.
Ese día salí del vestuario de las chicas con mucho más que la satisfacción de haber visto recompensado todo el trabajo gratis que había estado haciendo.
Había más en ella de lo que pensaba. Bajo ese exterior perfecto se escondía una pequeña criatura masoquista que anhelaba que alguien tomara el control.
Era un lado de ella que podía entender, algo con lo que podía sentirme identificado.
Algo con lo que podía jugar.