La deuda (Losers 1) 20
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Jason

Instituto, último a ño

Jessica Martin era una tramposa de mierda.

La princesa del instituto Wickeston no se sentaba a mi lado en todas las clases porque le gustara, aunque al principio fui tan tonto como para pensar que sí.

Allí estaba yo, con quince años y torpe como la mierda, sentado al lado de la chica más guapa del instituto.

Ella tampoco podía apartar los ojos de mí.

Cada vez que levantaba la vista, me devolvía la mirada, con esos grandes ojos verdes y esas largas pestañas que me hipnotizaban.

Resultó que no me estaba mirando a mí, sino a mis exámenes. A todos y cada uno de ellos.

Me di cuenta cuando Kyle me acorraló un día en el pasillo y me «convenció» para que empezara a hacerle los trabajos.

Jessica estaba todo el rato a su lado, sonriéndome como si le pareciera divertido que su novio cavernícola pudiera darme órdenes.

Acababa de salir de una pequeña escuela cristiana privada y estaba acostumbrado a los uniformes, a los horarios estrictos y a una política disciplinaria rigurosamente despiadada.

Wickeston no era así. Para un chico tímido y callado como yo, aquel lugar era el salvaje oeste.

Kyle me sacaba unos quince centímetros y tenía unos puños del tamaño de unos ladrillos, así que pasé de ser el chico callado que iba a clases avanzadas a ser el encargado de hacerles los deberes a los populares.

Intenté tomármelo como un juego, convenciéndome a mí mismo de que estudiaba más al hacerles los trabajos.

Me avergonzaba al recordarlo. Dios, había sido muy ingenuo.

Entonces conocí a Vincent, Manson y Lucas. Un grupo de marginados, pero juntos éramos más fuertes y nos aceptábamos unos a otros. Eso me dio más valor para luchar, abrirme camino y explorar.

También me enamoré de ese payaso tonto que hablaba de conceptos como el amor libre y la aceptación sexual. Me dio palabras para describir lo que sentía; no se volvió loco cuando le dije que estaba muy confundido porque me gustaban las chicas, pero, joder, los chicos también podían gustarme.

Vincent Volkov puso mi mundo patas arriba.

Cuando llegó el último año, todo cambió.

Mis padres me echaron de casa ese verano y la familia de Vincent me acogió. La edad adulta me golpeó como un jarro de agua fría y, de repente, era libre. Libre para actuar, hablar y vestirme como me diera la gana. Libre para amar a quien quisiera, libre para tener sexo como quisiera.

Era libre para defenderme.

Tenía que ser inteligente. Tenía que aprovechar mis puntos fuertes.

No podía vencer físicamente a esos capullos, al menos no a la mayoría.

Así que el chantaje se convirtió en mi pasatiempo favorito.

Aprendí a acceder a cuentas de redes sociales y a recopilar información privada como si fuera un deporte.

Ayudó que Vincent fuera el camello de la mayoría de los deportistas que me acosaban.

Él obtenía dinero y yo conseguía información comprometedora con la que podía chantajearlos.

Pero había una persona de la que tenía especial ganas de vengarme: Jessica Martin.

Quizá disfruté demasiado planeando cómo iba a ser, pero en realidad no había mucho que planear.

Pensé en conseguir las contraseñas de sus cuentas; un rápido correo electrónico fraudulento desde una dirección falsa bastaría.

Me imaginé mirando sus mensajes directos, encontrando las fotos de ella desnuda que le había enviado a su novio y amenazándola con publicarlas.

Lo imaginé… Pero no lo hice. No pude. Me parecía demasiado personal, algo que no podría perdonarme jamás.

Quería vengarme de ella, pero no fui capaz de hacer algo que podría arruinarle la vida.

No fui capaz de hacerle daño.

Así que decidí no complicarme. Si quería utilizarme para copiar, me iba a pagar de una forma u otra.

Esperé a que terminara el entrenamiento de las animadoras, hasta que fue la última en entrar en las duchas, cuando casi todas se habían ido a casa.

Tenía que reconocerlo: se esforzaba mucho cuando quería.

No se había convertido en capitana del equipo de animadoras sin motivo.

Practicaba durante horas, mucho después de que todas las demás hubieran terminado.

Hacía frío, pero tenía la cara roja y estaba sudando cuando al final se fue a las duchas.

La seguí.

—¡No te duches en la del fondo, es mía! —gritó.

La puerta se cerró detrás de mí, y una fila de taquillas me separaba de las duchas del otro lado. El corazón me latía con fuerza a cada paso. El vestuario de las chicas olía diferente al de los chicos. No necesariamente mejor, pero diferente.

Se quedó paralizada cuando rodeé las taquillas. Estaba inclinada sobre su bolsa de deporte, con el uniforme puesto y la ropa de recambio bajo el brazo.

—Eh, ¿hola? —Se puso recta y me miró fijamente—. No puedes estar aquí.

—No veo a nadie más por aquí que pueda ofenderse —dije—. Pensé que querrías que nuestra conversación fuera privada.

Se cruzó de brazos.

—¿Nuestra conversación? Eh, ya, no, no recuerdo apuntar hoy en mi agenda «perder el tiempo charlando con un perdedor aleatorio» —se mofó y pasó junto a mí hacia los espejos.

Observé su rostro en el reflejo, manteniendo la distancia.

—Usaste mis respuestas para tu examen —solté.

Se pasó el dedo por el labio inferior como si se estuviera retocando el pintalabios, pero el gesto parecía fingido. Estaba nerviosa. Intentaba parecer desinteresada.

—Espero recibir una compensación.

—¿Una compensación? —se rio, mirándome por encima del hombro—. ¿Una compensación por qué? ¿Por sentarme a tu lado? Mucha gente pagaría por ese privilegio.

No me cabía duda de que era cierto. Pero, por suerte para mí, yo tenía algo que ella quería, algo que necesitaba.

Sentir tanta confianza era embriagador. Solo quería verla retorcerse.

—Siento decírtelo, Jess. Las cosas van a funcionar un poco diferente a partir de ahora. Si hago el trabajo, se me paga. Y eso también se aplica a tu novio.

Tenía cosas en mente para Kyle. Era probable que la cantidad de cosas que tenía para usar de chantaje sobre él pudiera enviar a ese cabrón a la cárcel, pero me consideraba un chico bastante majo. No pasaría nada mientras él se mantuviera al margen.

—¿Esto es parte de todo ese rollo nuevo tuyo? —preguntó, entrecerrando los ojos y mirándome a través del espejo—. La ropa oscura, el pelo teñido, los piercings . No deberías dejar que Manson y Lucas te influyeran de esa forma, es mejor que sigas siendo un empollón.

Había cambiado mi aspecto, era cierto. Después de toda una vida llevando uniformes, lo único que conocía eran los polos y los pantalones caqui.

Pero sin mis padres encima, me dejé llevar.

Lucas me ayudó a cortarme el pelo y teñírmelo.

Manson me hizo los agujeros en las orejas y yo los agrandé.

Me daban envidia los tatuajes de Lucas, pero los tatuajes caseros hechos con aguja y tinta no eran mi estilo, así que Vincent y yo estábamos ahorrando para hacernos unos.

Quizá a Jess le parecía que me estaba esforzando demasiado, pero eso no le impedía mirarme fijamente.

Este año me miraba de otra manera. Era como si algo la sorprendiera cada vez que me veía. No iba a engañarme pensando que era atracción, pero era algo.

Una grieta en su armadura.

—No estoy de broma.

Me acerqué hasta que mi reflejo cubrió todo el espejo que había a sus espaldas. Olía muy bien; a fresa y vainilla, nata y azúcar. No sabía si era el champú, el perfume o el brillo de labios que llevaba, pero prácticamente me hacía salivar.

—O empiezas a pagarme cada vez que me utilizas para copiar o se lo cuento al director.

Ahí estaba, claro y sencillo. No era un chantaje real, sino una simple amenaza de que le contaría a alguien exactamente lo que había estado haciendo.

Entrecerró los ojos.

—Puto chivato.

Sonreí al rodearla, apoyando las manos en los bordes del lavabo y arrinconándola.

Nunca había estado tan cerca de ella, tan cerca que podía ver las pecas que tenía en los hombros y la pequeña cicatriz del brazo.

El brillo rosa iridiscente de su pintalabios resplandecía sobre su boca y me daba ganas de mordérsela.

Quería tener su labio entre mis dientes y oírla gemir, sentir cómo se estremecía.

Pero me bastó con ver cómo me miraba cuando acerqué mis labios a su oído.

Había incertidumbre, sí. Pero también emoción, un brillo repentino en sus ojos que no esperaba.

Me pilló desprevenido y bajé el tono al hablar.

—Cien dólares —dije—. Cada vez que te copies.

—Vaya. Te estás sobrevalorando un poco, ¿no? —Su voz se había suavizado, pero su mirada no—. Creo que al director le preocupará más que me sigas al vestuario de las chicas que el hecho de que eche un vistacito a tu examen.

—Probemos a ver —sugerí—. Iremos juntos a hablar con él.

Sus ojos se apartaron de mi rostro y se deslizaron por mi brazo, que estaba junto al suyo. Pareció fijarse en mi mano durante un buen rato, concentrándose en mis nudillos, que se aferraban con fuerza al borde del lavabo.

—Está bien. Apártate para que pueda ir a buscar mi bolso. Oh, espera…

Se dio la vuelta. Pecho contra pecho, punta de pie contra punta de pie. Tenía sus tetas justo ahí y no pude evitar mirarlas. Parecían muy suaves, con la piel muy tersa.

Cuando volví a levantar la vista hacia su rostro, sonreía con aire burlón.

—Hoy no llevo dinero en efectivo. Ups. Qué pena.

Pero mis ojos no eran los únicos que se desviaban.

Me miró el cuello y una expresión de confusión se dibujó en su rostro al fijarse en el chupetón que mi camiseta no cubría.

Antes era muy paranoico con esas marcas, y por una buena razón.

Fue parte de lo que al final alertó a mis padres, lo que les hizo empezar a hacer preguntas.