19 #2
Un rápido vistazo reveló que se trataba de una lista de fetiches, cada uno con una serie de preguntas al lado: mi nivel de interés en una escala del uno al cinco, si lo había hecho antes y si se trataba de un límite flexible o firme.
Las preguntas se repetían dos veces, tanto para mi interés en experimentar la actividad yo misma como en infligírsela a otra persona.
Vendas en los ojos… Azotes… Que me metieran el puño en la vagina o en el ano… Control del orgasmo… Ay, Dios, tenía que frenar mis pensamientos. Mirar esta lista mientras todos estaban sentados frente a mí era sinónimo de vergüenza.
Doblé las hojas y me las guardé en el bolso.
—Le echaré un vistazo. Aunque no puedo garantizar que lo termine para mañana.
—Si no puedes terminarlo para entonces, tienes que darnos un plazo de cuándo lo harás —dijo Vincent—. Todo es cuestión de comunicación. Dame tu móvil.
Se lo entregué. Me ponía nerviosa que Vincent husmeara en mi teléfono, sobre todo porque Lucas se había inclinado y estaba mirando la pantalla de forma muy evidente.
—¿Hay algo aquí que no quiera que veamos, señorita Martin? —Lucas me miró como si pudiera leerme la mente—. ¿Deberíamos echar un vistazo a la galería de fotos?
—¿O qué tal al historial? —sugirió Jason.
—¡No! —dije rápidamente—. Eso es un límite muy firme. No vais a mirar mi historial.
—De acuerdo. —Vincent levantó las manos inocentemente—. No voy a cotillear, lo prometo.
Lo último que necesitaba era que descubrieran que las cuentas que más consultaba eran las suyas.
—Te he añadido a un chat grupal con los cuatro —me informó Vincent mientras me devolvía el móvil—. Te he guardado todos nuestros números, así, si alguno de nosotros te llama, sabrás quién es.
—Ha corregido el nombre de contacto con el que me tenías guardado —dijo Jason con tono impasible, y mis mejillas se sonrojaron.
Su nombre en mi móvil seguía siendo «Encargado de los deberes», un retazo de uno de mis momentos más vergonzosos del instituto. Hubiera preferido que no se enterara de eso, sobre todo por la forma en que se crujió los nudillos. Algo me decía que mi culo pagaría por ello más tarde.
—Hay una cosa más —dijo Manson, recostándose en su silla—. Tenemos que repasar las reglas.
Entrecerré los ojos.
—¿Qué reglas?
—Si te sometes a nosotros, entonces sigues nuestras reglas —dijo Vincent—. No te preocupes, no son duras.
—Pero las consecuencias por desobedecer sí lo serán. —Lucas parecía demasiado emocionado con lo de las consecuencias, y yo me moví incómoda en la dura silla de madera.
Cada vez que mencionaban castigarme, sentía una extraña mezcla de terror y emoción, como si estuviera a punto de saltar de un avión y caer en paracaídas. Lo deseaba y lo temía a la vez.
—Vale —acepté—. ¿Y esas reglas son?
—Si quieres correrte, necesitas nuestro permiso —dijo Manson, sonriendo como si supiera lo frustrante que sería para mí—. No te toques, no uses juguetes y no permitas que nadie más haga que te corras, a menos que uno de nosotros te lo permita explícitamente.
Apreté los dientes.
Era imposible que pudieran obligarme a cumplir eso. No podían vigilarme las veinticuatro horas del día. Pero yo lo sabría si desobedecía, y la idea de desafiarlos abiertamente no me resultaba muy atractiva, aunque ellos nunca se enteraran de que lo había hecho.
—Jessica. —El tono firme de Manson me sacó de mis pensamientos—. ¿Entiendes la regla?
Respiré hondo.
—Sí, la entiendo.
—Eso nos lleva a la regla número dos —dijo—. Y es cómo te diriges a nosotros. En esta casa, cuando respondes, dices «sí, señor» y «no, señor». ¿Entendido?
—Sí —dije, pero enseguida me di cuenta y corregí—: Sí, señor.
Joder, mi orgullo estaba sufriendo un duro golpe. Luchaba contra ello, intentando mantener la cabeza alta y ser humilde al mismo tiempo. Quizá esto iba a ser más difícil de lo que pensaba. Nunca se me habían dado bien las reglas: fingir que las seguía era mucho más fácil que hacerlo de verdad.
Pero aquí no podía fingir. No podía fingir obedecerlas.
—Y la última regla… —Manson dio unos golpecitos en el respaldo de su silla—.
Siempre te comunicarás con nosotros de forma abierta, honesta y respetuosa.
Independientemente de lo que sea. Si te pedimos que hagas algo y crees que no puedes, dilo.
Si algo te asusta o te hace daño, dilo. Si no quieres continuar…
—Dilo —repetí—. Sin huir. —Todos asintieron—. De acuerdo. Eso puedo hacerlo.
No tenía ni idea de si de verdad podría hacerlo. ¿Cómo podía ser completamente sincera si no estaba segura de mi propia verdad?
Lucas me miraba de forma rara y me pregunté si la incertidumbre se me notaba en la cara. Intenté mantener una expresión neutra.
—Muy bien, pues. Rellena el cuestionario —dijo Manson—. Luego nos pondremos en contacto contigo.
Hizo que pareciera que se trataba de un acuerdo turbio que habíamos cerrado en un callejón oscuro, en lugar de a plena luz del día, sentados en su cocina. Al guardarme el móvil en el bolsillo, me temblaron las manos.
—¿Qué pasará cuando mi coche esté arreglado? —pregunté—. Entonces, ¿qué?
—Vuelve a fingir que no existimos —dijo Vincent, mirando el techo con cierta melancolía; luego, con un encogimiento de hombros desdeñoso, añadió—: O sigue jugando.
Quería decirle que no podíamos jugar para siempre, pero era una declaración demasiado aterradora.
Una parte de mí quería lanzarse de cabeza y olvidar todas las cosas que debería y no debería hacer y que tanto tiempo me habían obsesionado.
Otra parte quería aferrarse a esto, guardar este pequeño y sucio secreto.
Y otra parte de mí quería volver a huir, porque huir era más fácil que la introspección. Era más fácil que reconocer que tal vez había pasado años creando y adhiriéndome a mis propias mentiras sobre mí misma y sobre quién era.
—Está bien —cedí—. Pagaré mi deuda. Jugaré a este juego. Hasta que el coche esté arreglado, soy vuestra.